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Introducción
Cada año Sitges ofrece un nuevo escaparate del fantástico. Una oportunidad para medir las constantes vitales del género y reflexionar sobre los viejos y nuevos caminos que trazan sus itinerarios sobre la pantalla de cine. El año pasado, sin ir más lejos, Pascal Laugier planteaba en su discutible Martyrs (2008) los límites de la representación del horror y, en especial, de nuestra recepción como espectadores de toda esa exhibición de atrocidades; si una imagen saturada de agresividad y violencia explícita puede, hasta cierto punto, seguir excitando nuestras emociones o, en cambio, pasar a ser una imagen más dentro del lento proceso de pérdida. En otras palabras, si una mala película revela nuestro anclaje sobre cierto tipo de códigos de representación que redirigen, tantas veces como haga falta, a un referente que se agota por su insustancialidad. A Laugier, pese a todo (1), le ha salido bien la jugada ya que, un año más tarde, ha recibido el Méliès d’Or (2) a la mejor película europea de género fantástico, todo un síntoma de hacia dónde puede encaminarse la producción cinematográfica en los próximos años.
Parece inevitable y, sin duda, se está convirtiendo en un lugar común, pero hay que reseñar la manera en que el clima de crisis ha incidido sobre Sitges. Su primera víctima, tal y como se anunció, fue la Sala Tramuntana, el segundo espacio de proyección del festival, que volvió a su función de zona para venta de entradas y recogida de invitaciones, así como de escenario de las varias clases magistrales impartidas durante esta semana. El recorte, en efecto, derivó en una menor programación que, sin embargo, tanto Retiro como Prado -las otras dos sedes de Sitges- se encargaron de cubrir hipervitaminando la agenda cinematográfica de cada día. Otra víctima ha sido la publicación anual del festival, una aproximación a la figura de Edgar Allan Poe en el cine, que ha quedado relegada a compartir estreno con el pase de El péndulo de la muerte (Pit and the Pendulum, Roger Corman, 1961) en una pobre muestra que desmerece la estupenda presentación y el estupendo ciclo de ciencia ficción programado el pasado año. No obstante, Sitges ha sabido recortar todo ese ambiente pesimista con una jugosa selección de filmes, quizá más prometedora que la del 2008, con la que combatir un sentimiento de derrota -parece que con cada reducción económica la creatividad y las ganas ceden a la presión- un poco absurdo, y dar al espectador la posibilidad de detenerse sobre un fantástico que nunca decae.
El año pasado comentaba que Sitges fue una muestra de cine hecho con nervio, visceral e hiriente, que extraía cualquier reflexión intelectual de la agresión sobre los cuerpos, de las emociones cada vez más materiales de sus protagonistas. Era el espacio perfecto para destacar la labor de unos cineastas empeñados en plasmar sobre las imágenes todos esos movimientos inquietantes del pensamiento que, en lugar de ser disimulados, volcaban su furia en la pantalla; en la agobiante selva mental de la protagonista de Vinyan (Fabrice du Welz, 2008); en la carretera secundaria que funciona como cordón umbilical para los psicópatas protagonistas de Surveillance (Jennifer Lynch, 2008); o en el enloquecido y metafórico western planteado por JT Petty en The Burrowers (2008). El año 2009, sin embargo, ha sido uno para la reflexión intelectual, para las identidades en fuga y los deseos en la encrucijada de su realización. Un año para analizar con el microscopio los problemas de nuestra sociedad contemporánea partiendo, según la ambición, del núcleo duro de ésta, la familia; o de los elementos que desestabilizan esa sensación de armonía cotidiana. Todo ello, eso sí, regado por la incesante cosecha de género que continúa disparando sobre el horror mainstream, el interés por los remakes y las secuelas, así como por las aspiraciones autorales en tiempos en los que dicho término ha entrado en una preocupante dinámica de indulgencia y morosidad.
De la cosecha del 2009 no están todas las que son -hay ausencias imperdonables, como las de Gaspar Noé, Vincenzo Natali o, por qué no, George A. Romero-, pero sí un catálogo ilustrativo de todos esos temas glosados líneas arriba. Para intentar componer este desorden, he preferido ordenar la lista de películas según la idea, la intención o lo que pretendían revisar para huir del menú de costumbre, para trazar un itinerario real a partir del cuál reflexionar sobre el fantástico que nos llega a las pantallas. Que sea revisionista, que inspeccione la salud del género o que aborde con vehemencia los retratos familiares cada vez menos nucleares es lo de menos. Lo importante, como en Sitges, es esa rara capacidad de estimular la ilusión de cualquier espectador por esperar una sorpresa plasmada sobre la pantalla blanca.
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 Este es el ambiente que imperó en el Festival
 Grace
 The Countess
 Ne te retorne pas
 Moon, la gran ganadora
 Poster del festival
 Mr. Nobody
 El péndulo de la muerte: homenaje a Poe
 Thirst
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