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Ralph Barby es uno de los autores de bolsilibros más célebres de esta modalidad que se dio en España años atrás, y que hoy día, por desgracia, parece perdida. Por suerte, él sigue escribiendo ficción sin preocuparse de la extensión de los resultados, y ha tenido la deferencia de enviarnos un relato para que pasadizo lo publique en exclusiva. Aquí lo tenéis; disfrutad de él.
Bella morte, vita onora
Dedicado a Juan Antonio Samaranch
Original de Ralph Barby
Miembro Asociación Colegial Escritores de España nº 48
El pequeño avión volaba ligero sobre el océano. Humberto Emmanuel Cavalieri semejaba observar su pasado a través de la pequeña ventana. Sus párpados, al otro lado de los cristales de sus gafas, apenas se movían. Había dejado de oír el suave zumbido de los motores Rolls Royce de la aeronave en la que, como pasajero, sólo viajaban él, Piñeiro, su secretario, y Nicoletta, su jefe de prensa y relaciones institucionales, los cuales parecían abstraídos ante sus respectivos ordenadores portátiles. El viaje era largo y el tiempo pasaba aprisa.
Nicoletta, hija de diplomático norteamericano y madre aristócrata italiana, poseía como valor más importante una agenda electrónica preñada de contactos personales, institucionales y empresariales que el ingenio informático no pariría sin las contraseñas oportunas ni haciéndole la cesárea con láser.
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Como ungido en la impecable bata blanca, casi almidonada, el eminente urólogo suizo, voz suave pero segura, le habló mirándole por encima de los resultados de la gammagrafía ósea que sostenía entre sus manos sonrosadas.
—Señor, ha de tomar una decisión a la mayor brevedad posible.
Don Humberto había fruncido el ceño sin apercibirse de ello, sus ojos claros y fríos no parecían parpadear, a lo largo de su vida había tomado muchas decisiones difíciles.
—¿Tan mal está?
Los ojos fríos, duros, inquisitivos, empequeñecidos dentro de los párpados, rugosos por el paso del tiempo, excavaron dentro de las pupilas del doctor Walter Volsktan, como tratando de leer algo que pudiera estar escrito sobre sus retinas, pero el galeno parecía rehuirle.
—¿Es lo que me temía?
El médico trató de disimular su aspiración nasal fuerte, ansiosa de oxígeno.
—Vivimos tiempos en que la ciencia médica está muy avanzada, se pueden iniciar unos tratamientos combinados.
—Por favor, doctor, ambos sabemos cuáles son los resultados finales de esos tratamientos que trata de sugerirme.
El doctor Volsktan siguió escapando de los ojos de aquel hombre duro, delgado, de nariz grande y piel agrisada, no se sabía si por causa de los años o de la enfermedad que quería evidenciarse a los ojos de todos aquellos que quisieran nominarla.
—Puedo recomendarle los mejores especialistas, en Houston encontrará...
—Por favor, doctor, sea sincero y dígame el tiempo que me queda.
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¿Qué motivos podían inducir a acomodarse junto a la ventanilla de un avión a reacción cuando se sobrevolaba un amplísimo océano? Don Humberto Emmanuel Cavalieri paseaba su mirada por una amplia gama de azules y grises mientras a gran velocidad y mayor altitud, escapaba de la negritud de la noche, había un tiempo marcado para disolver la oscuridad. La bóveda celeste tachonada de miríadas de estrellas, galaxias que como semen esparcido por el cosmos buscaban un macro-óvulo que engendrar, ya no tenía interés alguno para él. Sus ojos veían los azules y los grises de las aguas oceánicas y del cielo límpido, pero su mente no traducía aquello que sus retinas captaban. Los recuerdos de su pasado reciente eran como naipes en un mazo, cartas que luego se barajaban y no se sabía qué naipe quedaría sobre el tapiz verde de la mesa ofreciéndose descaradamente al descubierto.
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—¡Jovani!
El interpelado se hallaba de espaldas a la puerta, de pie frente a su mesa de trabajo, como seleccionando documentos. Miró de soslayo al hombre vestido de oscuro, calvo, de labios finísimos, ojos diminutos como si quisiera ocultarlos, un hombre que se suponía no iba a sonreír jamás.
—Jovani, acércate —le ordenó sin encararse con él—. Almendros, el correo diplomático, está traicionando a la patria.
Sin alterarse lo más mínimo, sin variar su tono de voz habitual, Jovani pregunto:
—¿Desea que lo entreguemos a la Seguridad Secreta, don Humberto?
—No —inició su respuesta sin alzar la voz, dispuesto a aceptar lo inevitable—, en todas partes hay lenguas interesadas y nuestro Gobierno, nuestra Patria tiene demasiados enemigos que inflan hasta el infinito cualquier hecho sin importancia, imagínese si se descubriera un asunto de apropiación de dineros del Estado.
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