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Una Ciudad de Espejos
El cristal, en ciertas circunstancias, puede reflejar nuestra imagen
y devolvérnosla. Es por ello que La Ciudad de Cristal se
convierte en un juego de espejos, muchas veces deformantes, en el que los
protagonistas de la novela se ven reflejados en otros, en un juego de simetrías
con el que Auster manipula magistralmente el concepto de dualidad en la
novela. A poco que nos fijemos podremos descubrir que prácticamente
todos los personajes de la historia tienen una imagen gemela que se revela
inquietante en muchos pasajes del libro.
Detalles destacables de este aspecto serían, por ejemplo, las
figuras de los dos Peter Stillman de la historia: padre e hijo. Auster los
presenta a lo largo del libro como las dos imágenes paralelas de
un mismo concepto, haciendo que los dos hombres se llamen igual. Vuelve
a subrayar esta dualidad situando la casa de Peter Stillman en la calle
69 -más tarde, cuando su padre llega a la ciudad, se nos indica que
baja del tranvía en la calle 96-. Todo en esa representación
de Peter Stillman» es simétrico: las dos partes en que se divide
el libro que escribió, los dos incendios que destruyen las respectivas
viviendas de Dark y de Stillman, los dos hombres con el mismo rostro que
descienden del tren en la estación...
Este último momento, la llegada de Stillman a la estación,
raya lo magistral: Quinn acude allí para controlar al viejo desde
el primer momento y no perderlo de vista, y se encuentra con una escena
desconcertante, propia de una pesadilla. Stillman desciende del tren en
el que también llega otro individuo idéntico a él,
y que, por el aspecto más saludable y elegante que presenta, se nos
revela como la persona que podría ser o haber sido, como un Peter
Stillman alternativo. Auster logra hacernos pensar que aunque Quinn hubiese
seguido al segundo individuo, también éste habría sido
el Stillman que buscaba.
El propio Daniel Quinn quedará atrapado en esta pesadilla simétrica
cuando tome contacto con estos personajes. A lo largo de las páginas
del libro lo veremos comportarse, consciente o inconscientemente, como ellos:
hará suya la frase que Peter Stillman dice en su largo monólogo,
aquella de "Soy Peter Stillman. Ese no es mi auténtico nombre",
escribiendo en su cuaderno "Soy Paul Auster. Ese no es mi auténtico
nombre". Lo veremos escribir en un cuaderno similar al que usa Stillman
para hacer sus anotaciones. Recorrerá, en su vigilancia, las mismas
calles que recorre el viejo en sus largos paseos por Nueva York. Incluso
terminará acudiendo en busca de la ayuda del detective Paul Auster
y, como los Stillman, dará con el Auster equivocado.
Convertirse en otro
Cuando Daniel Quinn busca al verdadero Paul Auster, descubre que vive
muy cerca de su casa, que es escritor como él, y que incluso tiene
una esposa y un hijo como los que él hubiera podido tener. Como muy
bien se nos señala en un momento de la novela, sólo hay un
Daniel Quinn y sólo hay un Paul Auster en el listín telefónico.
Los Stillman llaman por teléfono a la casa de Quinn, aunque están
buscando a Paul Auster, y es llamando a ese teléfono donde "encuentran"
al Auster que buscan y el que Quinn dice ser. Esta reacción de Quinn
ya es suficiente para que ambos personajes se conviertan en uno sólo
en su mente. Por esto, al visitar al verdadero Auster en su casa, Quinn
experimenta el dolor de verse a sí mismo como la persona que podría
haber sido. Incluso el hijo de Auster se llama igual que él.
Nadie mejor que Quinn para protagonizar este delirio esquizofrénico.
En su continua huida de la realidad, Quinn puede convertirse en cualquier
persona: puede ser un escritor de novelas policíacas, un detective
privado, un viejo loco que vive su última pesadilla en las calles
de Nueva York, un joven traumatizado por un monstruoso encierro, un vagabundo...,
incluso puede ser todos ellos a la vez. Cualquier cosa menos admitir lo
auténticamente real: que es Daniel Quinn. Admitir que es esa persona
supondría admitir también toda la circunstancia que lo rodea,
y Quinn no puede soportar eso: que su mujer y su hijo ya no están,
que ha perdido aquello que más amaba, y que lo ha perdido para siempre.
Ante tal predisposición para buscarse problemas, Quinn acaba atrapado
en este gran anillo de Moebius, sin principio ni final definido, continuamente
enroscado sobre sí mismo, que es La Ciudad de Cristal, en
el que la práctica totalidad de sus acciones no serán más
que reflejos de las que efectúan los otros personajes: Quinn, siguiendo
a Stillman en sus paseos por las calles de Nueva York, no hace otra cosa
que repetir los mismos movimientos que realiza el viejo al que vigila. ¿Acaso
no se comporta de la misma manera, tomando notas sobre él en su cuaderno,
que no por casualidad, es igual que el de Stillman? Esta paradoja alcanza
su punto más elevado cuando Quinn, tras pasar varias semanas, meses
incluso, escondido en el callejón desde el que pretendía descubrir
la llegada de Stillman a la casa de su hijo, abandona el lugar para ir a
la estafeta de correos y recoger algún cheque.
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