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Señalar a Macario Gómez "Mac" como uno de los cartelistas cinematográficos más significativos del panorama español a lo largo de toda la historia del cine no es exagerado. Durante el tiempo que el autor estuvo en activo (algo más de treinta años), fue la firma más admirada, la de mayor calado. El nombre de este artista está unido de por vida a miles de títulos, creaciones que en mayor o menor medida alcanzaron amplio reconocimiento en el mundo cinematográfico, dirigido más al espectador, ya que era y es éste su máximo destinatario. Ningún otro autor fue tan grande en conjunto de obra (no por cantidad, sino en ámbito de calidad visual, de seducir, de interpretación gráfica) que el autor mantuvo mientras estuvo trabajando en el medio. Mac era capaz de dotar cada cartel en el que trabajó de vida propia, impregnándolo de expresividad, de objetividad, todo ello en tono cinematográfico.
A lo largo de la vida del cine desde su nacimiento hasta la actualidad, el cartel cinematográfico era concebido por manos artesanas, fueron centenares de creadores que intervinieron en él (cartel). Los hubo de toda clase de condición gráfica, desde los ilustradores o dibujantes, pintores que se acercaban a este medio por su afán de curiosidad y experimentación, fotógrafos, hasta nuestros días, en los que, lamentablemente, en la mayoría de los casos se coge un fotograma del filme y un par de retoques de ordenador y listos; se ha perdido el 90 % del arte en el cartel de cine.
En la década de los años 20, el cartel vive su etapa de mayor contradicción creativa. Muchos son los autores/creadores que se acercaron al medio, atraídos por los premios y promoción de los concursos que sobre él se promueven. El resultado era desigual, pero esta época nos obsequiará con exquisitas creaciones de dibujantes e ilustradores emblemáticos como fueron Rafael de Penagos o Salvador Bartolozzi entre muchos otros. Llegados los años 30 aparecerán los autores con mayor vocación de cartelista, donde cabe destacar tres nombres insignes: Josep Renau, Josep Morell y Josep Soligó, tres escuelas de concepción diferenciada, que de formas muy distintas y a niveles diferentes evolucionarían los criterios interpretativos por los que iba a discurrir el futuro cartel (las bases del mismo). Detrás de ellos aparece una legión de nombres: Raga, Piñana, Peris Aragó, MCP, Lloan, Chapí, José María, etc.
Mac aterriza en el mundo del cartel al inicio de los años 50. Sus primeras creaciones tendrán lugar en el Estudio Esquema (propiedad de Martí, Clavé y Picó), aquellos que firmaban todos sus trabajos bajo las siglas MCP. Macario pronto empezará a deslumbrar a propios y a extraños, a través de sus creaciones para Ivanhoe o Qvo Vadis. Por aquel entonces, el cartel ya ha establecido normas de gran rigidez compositiva. Los mandatos de las distribuidoras no permitían el más mínimo asomo de metáfora en su interpretación. Las normas eran sencillas: rostro o busto de los actores principales, título del filme y algún elemento o referente de la trama a gusto del autor, con limitaciones. Era tan simple la norma que si el creador se ceñía a rajatabla a la misma el resultado era de lo más prosaico y vulgar. Ahí estaba la trampa que encerraba cualquier ejecución cartelística destinada al cine, un trabajo de enorme dificultad para aquellos autores celosos de su creatividad. No era sencillo sacarle brillo a un encargo que negaba la creación libre desde el origen. Por ese motivo, muchos fueron los autores e infinidad de carteles que mostraron unas hechuras tan triviales y maníqueas. Por fortuna, no todos los cartelistas abordaron la creatividad de sus carteles según las normas convencionales ni con la misma complacencia creativa, y ahí fue donde Mac se mostró como uno de los más transgresores.
En los carteles de Mac se distinguen tres valores que es difícil ver en otros autores. De un lado, su inconformismo creador (nunca amaneró sus composiciones, ni las ciñó a un estilo gráfico predeterminado ni imitador, siempre estuvo dispuesto a dar lo mejor de sí mismo, escarbando en su interior en busca de nuevas fórmulas de expresión). Sus registros creativos eran infinitos, inacabables, lo que le permitía versatilidad gráfica de análoga brillantez en todo tipo de géneros; poco importaba que fuese un drama o una comedia, un western o una de romanos: señalar como ejemplos válidos Los Diez Mandamientos, Moulin Rouge o Primera plana, por citar algunos, tres composiciones de distinto signo argumental y genérico.
En segundo lugar, y a pesar del corsé de los encargos, fue de los pocos en demostrar una constante rebeldía creativa, llevada siempre hasta sus últimas consecuencias, la misma que le llevó a plasmar muchas de sus creaciones bajo códigos de gran simbolismo, alegorías o metáforas que le acarrearon más de un problema con los responsables de los departamentos de publicidad de las productoras.
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