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BORGES Y LA CIENCIA-FICCIÓN
por Alberto Chimal
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1. ¿La lógica del sueño?

Basta ver la televisión para comprobar que las influencias literarias más importantes de la cultura, en este fin de siglo, son las de dos "subgéneros" despreciados durante décadas por la crítica "seria": la que hoy llamamos literatura fantástica, surgida con las primeras novelas góticas del XIX (y que se ha diversificado hasta abarcar lo mismo a Kafka que a Lovecraft, lo mismo a Tolkien que a todos sus imitadores), y la ciencia-ficción, que comenzó, también en el siglo pasado, como una apología de las ideas sobre el progreso de la Ilustración, en medio de la creciente industrialización de Europa.

Ya en las obras de H. G. Wells, y aún en las últimas de Jules Verne, se criticaba la noción de que la tecnología iba resolver todas las necesidades y problemas de la Humanidad, a terminar con las guerras, etcétera. Pero al igual que con lo fantástico (del que se explotan sólo los rasgos más escapistas), para la gran mayoría del público la ciencia-ficción es menos una literatura especulativa, como quiso llamarla Harlan Ellison, que fantasías de poder adolescente con algún ropaje tecnológico. No es otra la propuesta de grandes franquicias como Star Wars o Star Trek, que tienen y merecen la desconfianza de los lectores y espectadores más atentos.

En Latinoamérica, desde su nombre equívoco [una traducción literal de science fiction, ficción científica], la CF ha tenido que superar, además de los obstáculos mencionados arriba, el absurdo aparente de cualquier examen de la tecnología en países que no la producen. Nuestra realidad, se dice con justicia, está lejos de ser la que reflejaban, en sus cuentos y novelas "clásicos", autores como Hugo Gernsback, Isaac Asimov o Robert Heinlein, importadores del optimismo europeo a los Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial. Sólo a partir de los años sesenta, cuando escritores de todo el mundo decidieron aprovechar los elementos y motivos de la CF (pero no sus formalidades) para escribir narraciones de mayores pretensiones literarias, menos interesadas en los detalles de la tecnología que en su impacto, en sus efectos últimos sobre los seres humanos, la CF comenzó a ganarse el respeto que merecía desde precursores como Mary Shelley o Villiers de l'Isle Adam.

Pero los más grandes autores de CF en este siglo deben, si no un gran conjunto de obras dentro del género, sí una soberbia interpretación de sus convenciones y premisas, así como un listado enorme de precursores e influencias, a un escritor que no acostumbramos mencionar al discutir el tema: Jorge Luis Borges.

2. La flor y las máquinas

La obra de Borges, inspirada siempre en una visión del mundo semejante a la de los filósofos idealistas, y basada en unos pocos temas recurrentes (el sueño, la identidad, el tiempo, los laberintos, la literatura misma), nos parece lejana de la CF y su pretendida elaboración lógica de las posibilidades de las ciencias. Pero el 27 de noviembre de 1936, en la revista argentina El Hogar, Borges publicó la siguiente reseña:

THINGS TO COME, DE H.G. WELLS. El autor de El hombre invisible, de La isla del doctor Moreau, de Los primeros hombres en la Luna y de La máquina del tiempo (he mencionado sus mejores novelas, que no son por cierto las últimas) ha publicado en un volumen de 140 páginas el texto minucioso de su reciente film Lo que vendrá (1). ¿Lo ha hecho tal vez para desentenderse un poco del film, para que no le crean responsable de todo el film? La sospecha no es ilegítima. Por lo pronto, hay un capítulo inicial de instrucciones. Ahí está escrito que los hombres del porvenir no se disfrazarán de postes de telégrafo ni corretearán de un lugar a otro, embutidos en armaduras de celofán, en recipientes de cristal o en calderas de aluminio. "Quiero que Oswald Cabal (escribe Wells) parezca un fino caballero, no un gladiador con su panoplia o un demente acolchado. Nada de jazz ni de artefactos de pesadilla. Que todo sea más grande, pero que no sea nunca monstruoso." Los espectadores recordarán que los personajes del film carecen de calderas de celofán y de armaduras de aluminio, pero recordarán que la impresión general (harto más importante que los detalles) es de pesadilla, y monstruosa.


Olaf Stapledon


H. G. Wells


La vida futura


Ray Douglas Bradbury


Jorge Luis Borges


Adolfo Bioy Casares

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