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1. ¿La lógica del sueño?
Basta ver la televisión para comprobar que las influencias literarias
más importantes de la cultura, en este fin de siglo, son las de dos
"subgéneros" despreciados durante décadas por la
crítica "seria": la que hoy llamamos literatura fantástica,
surgida con las primeras novelas góticas del XIX (y que se ha diversificado
hasta abarcar lo mismo a Kafka que a Lovecraft, lo mismo a Tolkien que a
todos sus imitadores), y la ciencia-ficción, que comenzó,
también en el siglo pasado, como una apología de las ideas
sobre el progreso de la Ilustración, en medio de la creciente industrialización
de Europa.
Ya en las obras de H. G. Wells, y aún en las últimas de
Jules Verne, se criticaba la noción de que la tecnología iba
resolver todas las necesidades y problemas de la Humanidad, a terminar con
las guerras, etcétera. Pero al igual que con lo fantástico
(del que se explotan sólo los rasgos más escapistas), para
la gran mayoría del público la ciencia-ficción es menos
una literatura especulativa, como quiso llamarla Harlan Ellison, que fantasías
de poder adolescente con algún ropaje tecnológico. No es otra
la propuesta de grandes franquicias como Star Wars o Star
Trek, que tienen y merecen la desconfianza de los lectores y espectadores
más atentos.
En Latinoamérica, desde su nombre equívoco [una traducción
literal de science fiction, ficción científica], la
CF ha tenido que superar, además de los obstáculos mencionados
arriba, el absurdo aparente de cualquier examen de la tecnología
en países que no la producen. Nuestra realidad, se dice con justicia,
está lejos de ser la que reflejaban, en sus cuentos y novelas "clásicos",
autores como Hugo Gernsback, Isaac Asimov o Robert Heinlein, importadores
del optimismo europeo a los Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial.
Sólo a partir de los años sesenta, cuando escritores de todo
el mundo decidieron aprovechar los elementos y motivos de la CF (pero no
sus formalidades) para escribir narraciones de mayores pretensiones literarias,
menos interesadas en los detalles de la tecnología que en su impacto,
en sus efectos últimos sobre los seres humanos, la CF comenzó
a ganarse el respeto que merecía desde precursores como Mary Shelley
o Villiers de l'Isle Adam.
Pero los más grandes autores de CF en este siglo deben, si no
un gran conjunto de obras dentro del género, sí una soberbia
interpretación de sus convenciones y premisas, así como un
listado enorme de precursores e influencias, a un escritor que no acostumbramos
mencionar al discutir el tema: Jorge Luis Borges.
2. La flor y las máquinas
La obra de Borges, inspirada siempre en una visión del mundo semejante
a la de los filósofos idealistas, y basada en unos pocos temas recurrentes
(el sueño, la identidad, el tiempo, los laberintos, la literatura
misma), nos parece lejana de la CF y su pretendida elaboración lógica
de las posibilidades de las ciencias. Pero el 27 de noviembre de 1936, en
la revista argentina El Hogar, Borges publicó la siguiente
reseña:
THINGS TO COME, DE H.G. WELLS. El autor de El hombre
invisible, de La isla del doctor Moreau, de Los primeros
hombres en la Luna y de La máquina del tiempo (he mencionado
sus mejores novelas, que no son por cierto las últimas) ha publicado
en un volumen de 140 páginas el texto minucioso de su reciente film
Lo que vendrá (1). ¿Lo ha hecho tal vez para
desentenderse un poco del film, para que no le crean responsable de todo
el film? La sospecha no es ilegítima. Por lo pronto, hay un capítulo
inicial de instrucciones. Ahí está escrito que los hombres
del porvenir no se disfrazarán de postes de telégrafo ni corretearán
de un lugar a otro, embutidos en armaduras de celofán, en recipientes
de cristal o en calderas de aluminio. "Quiero que Oswald Cabal (escribe
Wells) parezca un fino caballero, no un gladiador con su panoplia o un demente
acolchado. Nada de jazz ni de artefactos de pesadilla. Que todo sea
más grande, pero que no sea nunca monstruoso." Los espectadores
recordarán que los personajes del film carecen de calderas de celofán
y de armaduras de aluminio, pero recordarán que la impresión
general (harto más importante que los detalles) es de pesadilla,
y monstruosa.
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