| EL NIÑO DE BARRO
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Buenos Aires, 1912. Un niño, hijo de una gallega mantenida por un policía, sufre periódicos ataques de inconsciencia mezclados con visiones de espantosos crímenes acontecidos sobre críos pequeños. Esos ataques coinciden con el momento en que en la ciudad un atroz criminal perpetra sus asesinatos en idénticas condiciones...
Ficha Técnica
Director: Jorge Algora / Productor: Julio Fernández para Filmax / Guión: Jorge Algora, Christian Busquier, Héctor Carré / Fotografía: Suso Bello / Música: Silvia Amador García / Montaje: Rita Romero / Dirección artística: Mariela Rípodas / Intérpretes: Maribel Verdú (Estela), Daniel Freire (comisario Petrie), Chete Lera (dr. Soria), Abel Ayala, Rolly Serrano, Juan Ciancio (Mateo), César Bordón (Octavio), Abel Ayala, Rolly Serrano, Óscar Alegre, Sergio Boris... / Nacionalidad y año: España / Argentina 2007 / Duración y datos técnicos: 103 min. C 1.85:1.
Comentario
Jorge Algora es un joven director gallego que con esta película se embarca en su primera producción de peso. Para ello parte de una historia real acontecida en Buenos Aires en 1912, y ello deriva en una coproducción con el país donde acontecen los hechos, Argentina; la suma de presupuestos deriva en un soporte medianamente lujoso, para nuestros cánones, lo cual ayuda a una sólida e impecable reconstrucción de época, con un vestuario y ambiente que transmiten veracidad a los hechos, algo muy importante para una película de estas características.
Veracidad, he dicho, y esa es la base del film, el eje sobre el cual gira todo el conjunto. Hechos reales, reconstrucción de época y, sumado a ello, unas excelentes interpretaciones de todo el elenco interpretativo, con una Maribel Verdú a la cabeza en un cometido un tanto similar al que ofrecía en El laberinto del fauno (2006), de Guillermo del Toro, y finalizando con Juan Ciancio, muchacho argentino que logra otorgar convicción a su muy difícil personaje, el niño de diez años que logra conectar psíquicamente con el asesino, ver los crímenes a través de los ojos del culpable. Personaje que vehicula la refundición entre el universo realista desde el cual parte la cinta con otro universo menos palpable, el de los sueños, las visiones, el más allá, lo sobrenatural, en suma.
El caso de El Petiso Orejudo, como es conocido en Argentina, es uno de los más atroces que puede ofrecer la crónica negra mundial, al perpetrarse sus crímenes sobre niños, entre trece y seis años. Apaleado por su padre, que le provocó veintisiete cicatrices en la cabeza, Cayetano Santos Godino, con sólo dieciséis años, asesinó a varios niños; les prendía fuego o los estrangulaba con un cordón que usaba como cinto. También provocó siete incendios en edificios de la capital bonaerense, elemento que no se menciona en la película, aunque sí acomete la incineración viva de una de sus víctimas, reflejo real de uno de sus actos. Murió en prisión a los cuarenta y nueve años, tras permanecer encarcelado más de treinta, involucrado en una pelea después de, al parecer, ahorcar y calcinar a dos gatos de los presos. Con nueve años, amén de involucrarse en peleas con los chicos del barrio, en una ocasión guardó en una caja de zapatos los canarios que había en las jaulas del patio, a los que arrancó los ojos y las plumas; en otra ocasión acuchilló a un caballo. Pero ya con ocho años perpetró su primer ataque sobre un menor: se llevó a un niño de veintiún meses a un descampado y comenzó a propinarle pedradas en la cabeza, pero un vigilante impidió que matase al crío. Una vez consumados sus crímenes y detenido, su juicio duró dos años, mientras el populacho clamaba la pena de muerte para este enfermo mental; fue procesado por tres homicidios y once agresiones, aunque se especula que hubiera cometido otros delitos más, y condenado a cadena perpetua.
La virtud del filme de Algora consiste en fusionar esa parte realista, de crónica negra, un tanto al estilo de la excelente serie televisiva La huella del crimen, con la parte fabulada, la del niño que conecta telepáticamente con el asesino y se sitúa en su lugar, al modo de cámara cinematográfica subjetiva, sirviendo de punto de inflexión narrativa. En todo caso, si algún defecto hubiera que achacarle a la película, nimio, es una mayor capacidad de sordidez, no en lo que muestra –la crudeza de los casos exige la elipsis en los crímenes- sino en lo que sugiere; es decir, una aproximación visual más degradada, menos brillante...; acaso un tanto al estilo del cine del mallorquín Agustí Villaronga. Pero eso es sólo una elección personal, que en nada invalida los logros de esta película cuyo realizador puede deparar no pocas sorpresas para nuestra artrítica industria cinematográfica.
Anécdotas
* El rodaje tuvo lugar en la localidad argentina de San Antonio de Areco. * Cuando el asesino se lleva a una de sus víctimas silba "Le Halle du Roi de la Montagne", perteneciente a Peer Gynt Suite No.1, Op.46 (1876), compuesto por Edvard Grieg..., el mismo tema que silba Peter Lorre en M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931), de Fritz Lang. * El título para exportación internacional del film es The Mud Boy.
Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)
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