| FRANKENSTEIN AND THE MONSTER FROM HELL [TV/VD/DVD: FRANKENSTEIN Y EL MONSTRUO DEL INFIERNO]
Formato:
DVD
El barón Victor Frankenstein sigue experimentando en un sanatorio mental bajo el nombre de Dr. Carl Victor. Aprovecha la presencia de un joven doctor, Simon Helder, para, juntos, llevar adelante su nuevo proyecto utilizando el cuerpo de un interno violento. A ellos se une, como ayudante, la hermosa Sarah. Las manos de un artesano y el cerebro de un brillante profesor, completan el organismo de la criatura.
Ficha Técnica
Director: Terence Fisher / Producción: Roy Skeggs para Hammer Film Productions / Guión: John Elder [Anthony Hinds] / Fotografía: Brian Probyn / Música: James Bernard / Montaje: James Needs / Intérpretes: Peter Cushing (barón Victor Frankenstein / Dr. Carl Victor), Shane Brian (Simon Helder), Madeline Smith (Sarah), David Prowse (monstruo), John Stratton (director del sanatorio), Michael Ward (travestido), Norman Mitchell (sargento de policía), Clifford Mollison (juez), Philip Voss (Ernst), Charles Lloyd Pack (profesor Durendel)… / Nacionalidad y año: Reino Unido 1974 / Duración y datos técnicos: 99/93 min. color 1.85:1.
Comentario
Desde la condición de antiguo montador en modestas producciones, Terence Fisher fue espolvoreando su talento hasta pasar a convertirse en el emblema del terror-Hammer, capaz de orillar el recuerdo de El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931, James Whale), el referente cinematográfico del monstruo ideado por Mary Shelley más sólido hasta ese momento.
Cuando Michael Carreras pone en menos de Fisher la dirección de La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), estaba esparciendo la semilla que germinaría en el cénit del terror de la productora, y para muchos, del género: Drácula (Dracula, 1958). Mantendrá ese listón Las novias de Drácula (Brides of Dracula, 1960), hasta el ocaso marcado por el fracaso comercial de la última de sus cinco realizaciones sobre el monstruo: Frankenstein y el monstruo del infierno, que no era más que la constatación de un declive anunciado en la productora británica años antes y que también descabalgaba al guionista y productor Anthony Hinds.
La personalísima visión del género de Fisher le hizo caminar en muchas ocasiones por senderos nada fáciles, teniendo que lidiar con una crítica que cargaba contra cualquier heterodoxia, que, por fortuna, el tiempo pondría en su lugar; al caso vienen La maldición del hombre lobo (The Curse of Werewolf, 1961), Las dos caras del Dr. Jekyll (The Two Faces of Dr. Jekyll, 1960) o La Gorgona (The Gorgon, 1964).
Terence Fisher hacía sus reflexiones sobre el terror en sus propias películas, y para ello había que cambiar el lenguaje del género que desde décadas anteriores, con honrosas excepciones, andaba embutido en el corsé del clasicismo que la Universal había agotado. El propio Fisher señalaba: “No soy un fanático del campo, me gusta reunir en plano a héroe y monstruo; pertenecen al mismo mundo”. Efectivamente, el encuadre de Fisher integra espacio, luz, decorado, actores… y todo ello permite perspectiva e interpretación.
Frankenstein y el monstruo del infierno cierra el ciclo que inició La maldición de Frankenstein, The Revenge of Frankenstein [tv: La venganza de Frankenstein, 1958], Frankenstein Created Woman [tv/dvd: Frankenstein creó la mujer, 1967] y El cerebro de Frankenstein (Frankenstein Must Be Destroyed, 1969).
Es cierto que toda la serie va más allá de la concepción original del doctor que encontramos en las páginas de Mary Shelley; más allá de prurito científico del Dr. Frankenstein y de su arrepentimiento culposo tan evidente en James Whale, Fisher dota al barón de una autoconcepción divina, creadora, por encima del Bien y del Mal, sin la rémora de justificar con juicios morales porque el ciclo de la propia vida es circular.
Frankenstein y el monstruo del infierno responde estructuralmente a esa concepción cíclica; comienza con la exhumación de un cadáver y termina con el inicio de la creación de una criatura. Pero a diferencia de los monstruos que le precedieron, incluido el de Shelley, aparece dotado con cualidades que sobrepasan a su divino creador. El barón no lo abandona tras su fracaso, forma parte de la creación, una parábola sobre el género humano y muchas reflexiones sobre el cine del momento, superficial y esquemático, y su experiencia personal, un cine que ata y quema las manos del creador -no olvidemos que el director británico abordó esta película tras cuatro años con problemas de salud- . Por ello no es casual que la personalidad del barón esté trufada de escepticismo, cuando no de pesimismo.
No concibió Fisher su serie de Frankenstein como obra de continuidad, tal vez así fueran proyectadas las dos primeras de la saga, pero todas guardan autonomía y personalidad diferente; otra cosa son las referencias y el déjà vu como guiño narcisista autocomplaciente y puramente cinematográfico; las manos quemadas, la observación de los ojos que miran a quien los mira, el tráfico clandestino de órganos, el linchamiento del grupo y el pequeño homenaje a La novia de Frankenstein de James Whale (Bride of Frankenstein, 1935) en la figura del violinista ciego y su melodía.
Con el discurrir de la película se modula la psicología del doctor; se mantiene enérgico, con una postura ética ante las vejaciones del director, y actúa como protector ante los enfermos, pero a medida que avanza la trama va acercándose al delirio hasta caer al final en la demencia. En este caso, el ayudante de Carl Victor, el doctor Helder, es quien lleva al espectador por el camino de la racionalidad, el de hacerse preguntas tras irrumpir en ese mundo demencial del sanatorio; sin embargo, termina sucumbiendo al principio de autoridad del barón y se convierte en una prolongación más de sus intenciones. Por otra parte, la criatura es físicamente extravagante, descomunal y casi simiesca, encerrada en su habitáculo, más cercano a una jaula; la encarna David Prowse que ya había sido monstruo en El horror de Frankenstein de Jimmy Sangster (The Horror of Frankenstein, 1970) y que después interpretará a Darth Vader. El contrapunto de su estética es Sarah, la figura femenina conocida como el ángel por los pacientes, a la que Fisher, al contrario de lo que había sido hasta el momento, le otorga una condición virginal, intocable, que impone el sosiego entre la esperpéntica ambientación. Esa visión misógina de lo femenino, como distorsionadora, provocadora del caos, se dulcifica y al mismo tiempo contrasta con la secuencias de vísceras y disecciones mucho más explícitas que en anteriores entregas, porque no esconde aquí la manipulación de cerebros o apertura de cráneos, y una concesión al fino humor visual en la escena del frasco de ojos observados a través de la lupa y al más grueso trazo grotesco en el desfile guiñolesco final de los dementes.
Quien quiera ver en Frankenstein y el monstruo del infierno una pieza de terror decadente, descarnada, ausente de las virtudes del cineasta británico y desubicada en la ejecutoria del genio se carga de razón, pero habrá de revisarla para entrever en ella todo un acto de reflexión sobre el género, de metacine, incluso de autoparodia, con la que un octogenario Fisher no sólo cierra un ciclo del monstruos, sino que clausura, sin reproches, la deriva última que la productora había tomado y que no era otra que la de reconvertir a autores del género en empleados de la Compañía.
Tópicamente se lee y se habla de Frankenstein y el monstruo del infierno como el testamento fílmico de Terence Fisher, pero algunos tópicos, no por repetidos, están huérfanos de verdad.
Anécdotas
* Último título de la saga Frankenstein producido por la Hammer. * Peter Cushing declaró que la peluca que le encasquetaron le hacía parecerse a la actriz Helen Hayes. * La versión en dvd editada en España tiene algunos cortes de censura en los planos gore.
A. Luis Cano (Cartagena. España)
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