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CELDA 211

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Juan, funcionario de prisiones, se presenta en su nuevo destino un día antes de su incorporación oficial. Allí sufre un accidente minutos antes de que se desencadene un motín en el sector de los FIES, los presos más temidos y peligrosos. Sus compañeros no pueden más que velar por sus propias vidas y abandonan a su suerte el cuerpo desmayado de Juan en la celda 211. Al despertar, Juan comprende la situación y se hará pasar por un preso más ante los amotinados.

Ficha Técnica

Dirección: Daniel Monzón. Productores: Álvaro Augustín, Borja Pena, Juan Gordon, Eva Lustres. Guión: Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría, según la novela de Francisco Pérez Gandul. Fotografía: Carles Gusi. Música: Roque Baños. Montaje: Mapa Pastor. Intérpretes: Luis Tosar (Malamadre), Alberto Ammann (Juan Oliver/Calzones), Antonio Resines (Utrilla), Carlos Bardem (Apache), Manuel Morón (Ernesto Almansa), Fernando Soto (Armando Nieto), Manolo Solo (Director de la cárcel), Marta Etura (Elena), Vicente Romero (Tachuela), Luis Zahera (Releches). Nacionalidad y año: España, Francia 2009. Duración y datos técnicos: 110 min. color 1:85.1.

Comentario

En una entrevista a John Carpenter, al veterano realizador norteamericano le preguntan cómo llega uno a hacerse maestro. Para el director de La niebla (The Fog, 1980) el horror es “una emoción universal. Todos nos asustamos. Nacemos asustados. Es probable que compartas conmigo algunos de mis miedos, y viceversa. Es algo con lo que nos podemos relacionar, pero que depende de cómo es presentado. Puede ser tan sutil como un thriller psicológico o tan inmenso como un monstruo del espacio exterior. Todo juega con ciertos aspectos humanos. Muchos de los asesinos representados por el cine no son más que nuestros miedos envueltos en un cuerpo humano. Es simplemente la conexión que estableces con el material”. A pesar de sus buenas intenciones, así como de lo variado de sus propuestas, todas ellas inscritas en el cine de género, a Daniel Monzón le ha faltado siempre esa conexión con el material, esa posibilidad de compartir las pasiones cinematográficas con el espectador. En sus tres largometrajes previos estaba el germen de lo que finalmente ha explotado con Celda 211 (2009): la convicción y el oficio de narrar una historia con los elementos suficientes como para conectar con las necesidades del público.

La gran baza de la película consiste en la sencillez con la que hilvana los diferentes acontecimientos que marcan el transcurso de la historia. Desde los primeros minutos hasta la conclusión, el relato cambia de un escenario a otro, de la prisión a las oficinas, salta de atrás hacia delante según el punto de vista del personaje, y dispara pequeñas bombas informativas que enriquecen el ya de por sí variado mapa de reclusos que protagonizan la película. Así, del filme sobre las pésimas condiciones de vida de los reclusos de una cárcel modelo, nos encontramos con el sólido thriller que desglosa el motín dentro de la prisión, el vigoroso retrato de un individuo, Malamadre (Luis Tosar) cuyo doble papel de líder y, al mismo tiempo, vínculo emocional con el protagonista, aboca su relación hacia el inevitable drama. Todo ello atravesado por la inquietante presencia de los presos etarras, que confieren al relato una nueva lectura: el papel de comodín que tienen los llamados presos políticos como mecanismo de presión -son los peones con los que demandar una mejora del sistema penitenciario al Ministerio del Interior- de los presos comunes para forzar a la opinión pública a que los escuche.

Juan (Alberto Amman), el protagonista del filme, visita su lugar de trabajo, la cárcel, un día antes de iniciar el servicio. Allí todo es calma, orden y transparencia, tanto que parece un cementerio en lugar de una prisión. Sin embargo, lo que en un principio da la impresión de comprender un sistema perfectamente gestionado como una máquina sin errores, pronto descubre un corazón podrido plagado de reclusos peligrosos abandonados a su suerte dentro de la cárcel. Y es curioso, porque en esa disyuntiva también participan los propios funcionarios, cuya recta moralidad es paulatinamente erosionada conforme descubrimos sus aspectos más oscuros. Así, Utrilla (Antonio Resines), el encargado de seguridad, es un funcionario sórdido y violento que aplica la brutalidad sobre los reclusos, mientras aprovecha su puesto para favorecer sus intereses. El contacto de Juan con el resto de presos es el reflejo de un enloquecido sistema penitenciario que, lejos de cumplir sus promesas de rehabilitación, se ha convertido en una jungla de cemento en la que héroes y villanos se confunden hasta cuando están entre rejas.

En Celda 211 hay, a pesar de su vibrante puesta en escena, un intermitente sentimiento de tragedia. Al fin y al cabo, Juan es un infiltrado a su pesar que tiene que intentar contener el motín mientras busca salvar su vida en medio de una turba de asesinos. Pero es, tal vez, la idea de que detrás de toda esa violencia no hay un rostro más terrible que el de sus superiores, lo que provoca que acabemos empatizando con un personaje como el que interpreta Luis Tosar, con un sentido de la fidelidad y del respeto a la vida paradójicamente más acentuado que el de aquellos que protegen la ley. Por eso, Juan ve en Malamadre a un amigo imposible en el que poder confiar, aunque tarde o temprano uno de los dos tenga que morir para poder continuar con el curso de sus vidas. Porque, lo quieran o no, son hombres marcados sin posibilidad de reinserción social, que viven en la cárcel una vida construida a partir de los recuerdos de un pasado que nunca volverá a repetirse.

Daniel Monzón y su guionista, Jorge Gerricaechevarría, rehuyen la ortopedia moralista en un retrato crudo y desesperanzado, a pesar de sus eventuales toques costumbristas, que se atreve a dibujar una parte de la sociedad española que permanece, precisamente, en los márgenes. De este modo, la cárcel es el escenario para un thriller frenético en el que, en lugar de negociar por el cese del motín, lo que está en juego es la propia vida de un puñado de hombres sin mundo que saben que no van a poder escapar de los barrotes porque cualquier intento de subvertir el orden acabará en fracaso. Por eso, a pesar de su estructura rellenada de flashbacks y su narración partida entre varios escenarios, lo que sobresale en el amargo recorrido por el sistema penitenciario que plantea Daniel Monzón es, precisamente, la imagen imposible, aquella que nunca vimos y que nunca veremos porque significaría romper con el orden enquistado que dirige la vida de los reclusos: Malamadre volviendo a tomar una cerveza en un chiringuito de la playa de Cádiz. Celda 211 es una historia de vencidos, una película triste con pespuntes de thriller que se erige como brillante reflejo de las faltas de una sociedad, la española, poco proclive a realizar autoanálisis. Es costumbre que en el cine norteamericano sea la figura del policía el vehículo apropiado para desgranar los problemas de la sociedad, pasada o presente. Aquí es la dialéctica entre unos personajes borrosos al límite de la ley y la moral la que desmonta esa fachada estúpida de buenos sentimientos estériles que el cine español acostumbra a vender. España se refleja en una cárcel de máxima seguridad y sus protagonistas representan, con sus virtudes y sus defectos, una historia de sangre, dolor y lágrimas en la que siempre hay un precio que pagar. Incluso para vivir.

Anécdotas

* Presentada fuera de competición en los festivales de Venecia, Montreal y Sitges. * Se negocia un remake en Hollywood. * Estreno en España: 6 de noviembre de 2009.

Bibliografía

PÉREZ GANDUL, Francisco: Celda 211. Madrid: Lengua de Trapo, 2003. Colección: Nueva Biblioteca; nº 83.

Óscar Brox (Valencia. España)

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