| ANTICHRIST (ANTICHRIST)
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Una pareja sumida en el dolor se retira a una cabaña perdida en medio del bosque, llamada “Edén”, con la esperanza de que el contacto con la naturaleza cure sus corazones rotos y su tambaleante matrimonio. Pero la naturaleza sigue su curso y las cosas empiezan a ir de mal en peor.
Ficha Técnica
Dirección: Lars Von Trier. Productora: Meta Louise Foldager para Zentropa. Guión: Lars Von Trier y Anders Thomas Jensen. Música: Fragmento del Rinaldo, “Lascia ch’io pianga” de Händel. Fotografía: Anthony Dod Mantle Montaje: Anders Refn. Intérpretes: Willem Dafoe (Él), Charlotte Gainsbourg (Ella) Nacionalidad y año: Dinamarca, Alemania, Francia, Suecia, Italia, Polonia 2009. Duración y datos técnicos: 105 min. color. 2.35:1.
Comentario
De entre las muchas notas teóricas que dejó escritas, Jean Epstein acabó concluyendo que el cine se había transformado en un arte de lo invisible. Por ello, su concepto de la fotogenia era fugaz y efímero; experiencia y emoción en movimiento que acaba consolidándose como el elemento constitutivo del cine. De un arte que se define por su carácter representativo -de la realidad, por ejemplo- y, sin embargo, no renuncia a encontrar una poética propia; una identidad individual que module las inquietudes de cada artista. Dar vida a los fantasmas de nuestro interior; exponer en la pantalla nuestras impresiones más profundas, más íntimas, más difíciles de plasmar porque apenas las conseguimos intuir. Abrirnos hacia fuera para observar lo que hay dentro.
En Antichrist (Antichrist, 2009), Lars Von Trier combina naturaleza con naturaleza humana, como si éstas fueran dos entidades independientes y, a la vez, formasen parte del mismo conjunto. Agita los cuerpos de sus protagonistas hasta bordear la ribera del torture porn y, en cambio, desprende una lástima y un desconsuelo que produce mayor incomodidad que cualquier violencia explícitamente gráfica enunciada. Quizá porque, lejos de sus obviedad, de sus eventuales salidas de tono; lejos de su aspecto de titiritero engañosamente distante que aparece y desaparece de sus filmes según le conviene, Von Trier está abriendo en canal su mente para que nosotros hagamos lo mismo. Para que toda esa intensidad dramática que pueda suscitar la muerte -la de cualquier ser, querido o no- no obstruya nuestra capacidad de analizar nuestros sentimientos, si es que los tenemos, y nuestras reacciones al duelo o a su falta. De alguna manera, nos proyectamos sobre la pantalla blanca como si los personajes no existiesen y nos contemplásemos a nosotros mismos; y nos revolvemos sobre la butaca. Porque lo que vemos, pasado el malestar inicial, nos anestesia -por su belleza formal, fea, hermosa, excesiva toda ella- y nos hace sentir como él (Willem Dafoe), una figura obsesionada por comprender la naturaleza de ella (Charlotte Gainsbourg) que, en su esfuerzo, acaba separándose de la capacidad de duelo de ésta -así como la naturaleza se independiza de la naturaleza humana, y ese bosque que encierra la cabaña Edén se convierte en territorio alucinado a medio camino entre la razón y lo ignoto- asimilando, no obstante, su imposibilidad de vivirlo de la misma manera.
Von Trier habla de las emociones humanas de manera radical, porque dispara sobre la raíz, pero buscando que empaticemos con su discurso. Sabiendo que no lo va a conseguir, porque tememos bucear en nuestras interioridades y alcanzar una respuesta que nos amargue la existencia: que estemos vacíos, que las palabras que pronunciemos cuando amamos a alguien, o cuando estamos afligidos por un suceso, tengan una validez limitada exclusivamente a un registro del lenguaje; que fuera de ese lenguaje, mejor o peor razonado, la triste realidad sea que no estamos capacitados para sentir realmente todo aquello que sentimos. Un, en definitiva, terrible exorcismo sobre nuestros sentimientos que, a pesar de conocer su fracaso, Von Trier se obsesiona por recorrer hasta sus últimas consecuencias. De esta premisa es probable obtener un grado de desesperación -porque nos reconocemos en ese perfil, porque no queremos que nuestra intensidad emocional acabe arrollándonos, porque no tenemos los mimbres adecuados para vivirla- tan elevado como de molestia causada por el espectáculo que el realizador danés convoca a medida que avanza la película.
En El intruso (L’intrus, 2000), Jean-Luc Nancy reflexionaba sobre su cuerpo enfermo necesitado de un transplante de corazón, y de cómo ese nuevo órgano alteraría su percepción de sí mismo, haciéndole un intruso en su propio cuerpo, su propio yo, extrañándose hasta convertirse en algo simultáneamente ajeno y propio; en otras palabras, dándole un nuevo matiz a la propiedad. Antichrist exige que nos extrañemos para observarnos en ese proceso. Pero no a la manera de Cronenberg, con una mirada de entomólogo fascinado por su visión del mundo; quizá a la manera de Zulawski -aunque el realizador polaco sea más hiriente y libre en su visión del ser humano- o de Tarkovski; desesperadamente humana. Como si todo ese juego de crueldad y dolor que inspiran las imágenes del filme -desde su prólogo exquisitamente sádico, irónico y despiadamente humano, hasta los capítulos finales- lo produjésemos a causa de nuestra insistente necesidad de colocar esa emoción justa en el lugar -el entierro de un niño, una sesión de terapia, mientras hacemos el amor- que no corresponde. Sólo satisface nuestra impostura emocional, ese primer gesto tranquilizador de acompañar en el sentimiento y no tener ni idea de en qué radica ese determinado sentimiento. En síntesis, darnos cuenta de que vivimos nuestras emociones como extraños, y que hasta el sexo es visualizado como una mezcla de movimientos preciosistas marcados por su ausencia de autenticidad.
La carrera de Tarkovski, dentro y fuera de la Unión Soviética, vino marcada por su deseo de hallar lo humano entre áreas; entre lo pernicioso y lo trascendente; entre el éxtasis de encontrarlo y la frustración de dedicar toda una vida a semejante empresa. En Antichrist el viento sopla, los personajes se solapan con su entorno hasta participar cada uno de los dos roles asignados -naturaleza y naturaleza humana-, hasta conducirles a la simbiosis completa -en esa hermosa imagen de ella fundiéndose con la hierba verde. Pero, en cambio, no llegamos a tener la certeza de que consigan alcanzar esa conciliaridad -la libertad en armonía con el entendimiento, sea en el área que sea- anhelada por el realizador ruso. Quizá porque el tiempo ha pasado, la sociedad ha ido fracturándose paulatinamente y Antichrist participa de esa fractura casi insalvable.
Lars Von Trier será un imitador -de Dreyer, de Brecht, incluso de Gene Kelly- y sus películas podrán o no participar de la impostura que muchas veces ahoga su gesto de verdadero artista. Incluso Antichrist podrá navegar en un ridículo consciente y asumido tanto como en una desbordante corriente salvaje de emociones primarias. De lo que no cabe duda es de que consigue sacudir las telarañas de nuestra vieja moral, embargarnos en nuestra propia zozobra y jugar, a veces delicadamente, otras poniendo sus manazas, con nuestros sentimientos. Tal vez, porque nos sienta más extraños de lo que se siente él mismo. Tal vez porque ya nos lo sintamos nosotros; tanto como cuando lloramos sin explicación alguna, o cuando tenemos un motivo y no lo hacemos. Tanto como cuando investigamos en torno a nuestra naturaleza humana y nos aterroriza sentirnos patéticos al no tener posibilidad de describir por qué amamos a quienes amamos. Y eso, sea una buena o una mala película, es cada día más difícil de inspirar, porque cada vez es más fugaz.
Anécdotas
* Charlotte Gainsbourg ganó el premio a la mejor actriz en la pasada edición del Festival de Cannes del 2009 * Los diseños abstractos que dividen cada uno de los capítulos del filme fueron realizados por el artista danés Per Kirkeby.
Óscar Brox (Valencia. España)
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