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LA POSESIÓN (POSSESSION)
Formato:
DVD
Berlín, antes de la caída del muro. Cuando Marc regresa de viaje encuentra a su esposa Anna cambiada, muy nerviosa y perturbada. Ésta lo acaba abandonando y le confiesa que tiene una aventura. Marc cae en una terrible depresión que lo lleva al borde de la locura. Tres semanas más tarde, con el fin de seguir a Anna, Marc contrata a un detective privado que será asesinado en condiciones horribles. La verdad sobre la aventura secreta de Anna se revelará monstruosa.
Ficha Técnica
Director: Andrzej Zulawski. Productora: Marie-Laure Reyre para Marianne Productions, Oliane Productions, Soma Film Produktion. Guión: Andrzej Zulawski, Frederique Tuten. Música: Andrzej Korzynski. Fotografía: Bruno Nuytten. Montaje: Marie-Sophie Dubus, Suzanne Lang-Willar. Efectos especiales: Carlo Rambaldi (criatura). Intérpretes: Sam Neill (Marc), Isabelle Adjani (Anna/Helen), Margit Carstensen (Margit Gluckmeister), Heinz Bennent (Heinrich), Johanna Hofer (madre de Heinrich), Shaun Lawton (Zimmermann), Michael Hogben (Bob), Carl Duering (detective), Maximilian Rüthlein, Thomas Frey, Leslie Malton, Gerd Neubert... Nacionalidad y año: Francia, Alemania Oriental 1981. Duración y datos técnicos: 80/127 min. color. 1.66:1.
Comentario
Hace tiempo que Andrzej Zulawski dejó de interesar al cine -o quizá el orden de los factores funcionó a la inversa- y, en consecuencia, a la escritura cinematográfica. Podríamos pensar que, como otros realizadores, Zulawski fue demasiado hijo de su tiempo y su obra ha quedado abandonada a la suerte. Claro que también sería lógico especular si realmente hubo algún tiempo en el que colocar su trabajo y todo él no fue una corriente desbordada y anárquica que recorrió, con especial virulencia, una década tan apática como la de los ochenta. Sea como fuere, y sin ánimo de emprender reivindicaciones estúpidas, lo cierto es que, a pesar de su silencio, el cine de Zulawski conserva una particularidad: su capacidad de inquietar o remover, para bien o para mal, los interiores del espectador. La posibilidad de imprimir unas sensaciones, entre patéticas y enternecedoras, a unos personajes en constante proceso de revelación: de sus entrañas, de sus deseos, de sus heridas, de sí mismos; de nosotros mismos.
Supongo que el hecho de que pueda desnudar nuestras interioridades es ya un detalle que da cuenta de que en el cine de Zulawski hay vida más allá del grito -o bien éste es el primer signo de vida- y de que, imposturas intelectuales o no, hay superficie que rascar para observar la negrura o la pureza de nuestra condición. Al fin y al cabo, por muy sórdidas que aparezcan ante nuestros ojos, sus tramas describen los movimientos del corazón, los impulsos que definen nuestras decisiones y, en fin, los problemas de la razón para capitalizar todos esos errores que cometemos y que nos matan con lentitud cuando no queremos asumirlos -o cuando apechugamos de mala gana con ellos-. En otras palabras, vivir en nuestras carnes el dilema moral de Servais (Fabio Testi) en Lo importante es amar (L’important c’est d’aimer, 1975), cuando siente como una cuchillada en el estómago el miedo a herir a Nadine (Romy Schneider) y ser herido si le revela sus sentimientos y no es correspondido. Pero el vértigo y el deseo, que prácticamente lo transforman en una necesidad, son tan potentes y constrictivos que nublan el raciocinio y obligan al corazón, a la visceralidad del protagonista, a decidir sobre su futuro, sobre lo que será su vida o dejará de ser.
Es una situación patética, porque por muy misfits que sean representados, los personajes típicamente zulawskianos despiertan una ternura que los precipita hacia los abismos de la destrucción. Sus mundos tienen la fragilidad de la porcelana peor conservada y sus mentes son tan permeables a cualquier tipo de experiencia que en su afán por evadir una cotidianidad absurda y cosificadora acaban cayendo en una espiral de violencia y aniquilación que reduce sus aspiraciones a cenizas, sus historias a patéticos intentos por imponerse sobre un orden establecido y sus vidas, en fin, a ficciones y metaficciones, representaciones en el interior de sucesivas representaciones, que acaban desdibujando los rasgos familiares, la identidad de éstos, hasta hacerlos irreconocibles, otras personas, tal y como le sucede a la Ethel poseída por su representación en La mujer pública (La femme publique, 1984). O al idiota de Léon en L’amour braque (L’amour braque, 1985) que parece no saber y, a la vez, saberlo todo, y en esa situación de tensión -entre la certidumbre y la incertidumbre- acaba solo, fuera del escenario mental a través del cual ha representado su ficción.
La posesión (Possession, 1981) no es, en este sentido, una excepción. En ella, la relación entre Marc (Sam Neill) y Anna (Isabelle Adjani) es narrada como un puñetazo que desencaja la mandíbula. Sólo conocemos la distancia emocional existente entre ambos personajes y sus desaforados arrebatos sentimentales. Son dos náufragos a la deriva en una ciudad fantasma, Berlín, dibujada a partir de sus ausencias -toda esa gente a la que nunca vemos por la calle- y presencias -ese sentimiento de vigilancia constante, a través de una cámara en movimiento-. Son dos personajes que tienen miedo, no de la otra cara -de su interior- sino, precisamente, de la imagen que proyectan sobre los demás. De hecho, es significativo que Marc trabaje como una especie de detective secreto y Anna desdoble sus rasgos maternales en el personaje de Helen -también interpretado por Adjani-, la profesora de Bob, el hijo de ambos. Por así decirlo, parecen indicar que el verdadero terror consiste en no ser capaces de modificar, a no ser de manera radical, su fachada, porque nunca podrán penetrar en el interior de los demás, llegar a conocerlos realmente y sólo a través del exterior podrán compartir algo.
Por eso, muchos de los personajes de Zulawski guardan un carácter creativo. En Lo importante es amar, Servais monta una obra de teatro para alterar la realidad y el contexto en el que se mueve Nadine. Anna, en cambio, produce un monstruo, al que alimenta, con el que tiene relaciones sexuales, y al que dota de rasgos humanos, para alterar su realidad y la de Marc. Quizá porque piensa que estamos hechos para nadar en la corriente, no para encallar en la orilla. Y uno de los mejores vehículos para observar la realidad es el fantástico. De ahí que las necesidades de Anna se hagan carne en un monstruo viscoso y tentacular, un sustituto para un Marc que no reconoce y al que debe crear de nuevo para conseguir estar en paz consigo misma. Un monstruo para cerrar la herida interior, que nadie puede ver y, sin embargo, podemos sentir de manera intensa.
El desorden en el cine de Zulawski supone una revuelta contra la realidad, contra un orden institucionalizado que, tarde o temprano, acaba mostrando sus costuras. Como esas sociedades perfectamente construidas que revelan sus inconsistencias una vez se ponen en marcha, Zulawski comprende el cine como algo desordenado, caótico, sobre lo que no podemos volcar etiquetas, porque pueden acabar mostrándose inconsistentes. De alguna manera, como la propia vida, cuyos movimientos son tanto o más salvajes que los personajes de su cine. Al fin y al cabo, la odisea de Anna y Marc finaliza cuando ambos alcanzan el margen, a partir del cual sólo resta volver a lo de siempre, a una cotidianidad imposible de asumir para ellos. Es en ese momento, cuando el realizador polaco modera su gusto por lo exagerado, cuando permite ver con meridiana claridad el eje de la historia. ¿Cómo podemos bucear en nuestra identidad? ¿Cómo curar nuestra existencia emocional si, a diferencia de la carne, no podemos tocarla? De ahí que conduzca a sus criaturas hacia una conclusión lógica: destruirse para volver a ser ellos mismos. Formatear sus emociones de la manera más visceral y física posible para volver a sentirse vivos. Porque todo el horror que podamos sentir viendo La posesión consistirá en reconocer cómo nos sentimos muertos cuando no podemos volver a lo que antes encontrábamos familiar; cómo parcheamos artificialmente -aquí con un monstruo- nuestras inseguridades porque no conseguimos reconocer al otro. En definitiva, cómo, en el cine de Zulawski, se hace imposible reconocer al otro cuando ni siquiera sabemos si el yo resistirá en pie. Por eso, es muy posible que un filme como La posesión sea una de las crónicas más desgarradoras de lo que significa sentir miedo al cambio; cuando toda la realidad -y pueden ser nuestras relaciones sentimentales, nuestro trabajo o, globalmente, nuestra vida- se desmorona frente a nuestros ojos y no sabemos qué hacer, porque tememos mover una ficha y perdernos a nosotros mismos. El mayor terror que nos ha enseñado el cine.
Anécdotas
* Repuesta en Estados Unidos como The Night the Screaming Stops. * En el Festival de Cannes de 1981 Isabelle Adjani ganó el premio a la mejor interpretación (junto a la de Quartet, de James Ivory), y ese mismo año, en el Festival de São Paulo, la película ganó el premio de la crítica. En 1982 Isabelle Adjani ganó el César a la mejor actriz. En 1983, en el Festival de Fantasporto ganó una mención especial del jurado del público, y Adjani como mejor actriz. * La película fue prohibida por la censura británica; finalmente se pudo ver en aquel país, íntegra, en 1999. * Pese a ser co-producción con Alemania, jamás se ha estrenado allí. * En Estados Unidos la película fue amputada en más de media hora. La copia editada recientemente en dvd en España es la versión íntegra; en vídeo apareció una versión cortada.
Óscar Brox (Valencia. España)
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