| EL ASESINO HA RESERVADO NUEVE BUTACAS (L’ASSASSINO HA RISERVATO NOVE POLTRONE)
Formato:
DVD Importación
Los integrantes de una familia no demasiado bien avenida deciden visitar el antiguo teatro de la casa familiar. Pronto empiezan a vivir situaciones extrañas, como la presencia de un misterioso invitado al que nadie parece conocer. Cuando las puertas del recinto se cierran, dejando a todo el mundo encerrado, y una de las asistentes es asesinada, la extrañeza pasa a convertirse en miedo.
Ficha Técnica
Dirección: Guissepe Bennati. Productor ejecutivo: Dario Rossini para Cinenove. Guión: Guiseppe Bennati, Paolo Levi, Biagio Proietti. Fotografía: Guiseppe Aquiari. Música: Carlo Savina. Montaje: Luciano Aconetani. Intérpretes: Rossana Schiaffino (Vivian), Chris Avram (Patrick Davenant), Eva Czemerys (Rebecca Davenant), Lucretia Love (Doris), Paola Senatore (Lynn Davenant), Gaetano Russo (Duncan Foster), Andrea Scotti (Albert), Renato Rossini (Russel), Janet Agren (Kim), Eduardo Filippone (hombre misterioso), Luigi Antonio Guerra (vigilante). Nacionalidad y año: Italia 1974. Duración y datos técnicos: 99 min. color.
Comentario
El asesino ha reservado nueve butacas (L’assassino ha riservato nove poltrone, 1974) es una obra a medio camino entre el giallo y el cine de terror que casi pasó desapercibida en el momento de sus estreno; sin embargo, vista hoy, se configura como una de las aportaciones más curiosas que nos ha brindado este subgénero —aunque en esta ocasión venga maridado con otras corrientes, como ya he comentado—, especialmente en el aspecto formal de la cinta. En su fondo, la película es bastante típica, casi tópica, presentando una base argumental que, con pequeñas variaciones, achacables al componente seudo fantástico de la misma, es la misma que de películas como And Then Were None [tv: Diez negritos, 1945] o El juego de la sospecha (Clue, 1985). Esto es, un grupo de personas encerradas en un espacio físico concreto del que no pueden salir, un teatro en este caso, van siendo asesinadas misteriosamente; en la presente obra se añade el matiz de que no son extraños, como es tradicional, sino miembros de una misma familia (no demasiado bien avenida) y sus allegados, introduciendo así razones para que cualquiera pueda ser el asesino, amén de una malsana ensalada de odios, rencores, celos, sentimientos incestuosos, y demás esqueletos, típicos de este tipo de familias que pueblan semejantes productos de suspense. De nuevo, para no salirse de la tradición, los personajes tendrán comportamientos irracionales, como separarse para investigar, y que les colocarán en las garras del asesino de turno que parece estar en todas partes.
Si fuese por el argumento, desde luego, la película hubiese pasado al olvido con bastante justicia; sin embargo, en cierto modo, este se configura casi como un macguffin para jugar con las posibilidades estéticas y estilísticas que brinda el escenario en que acontece la historia y desarrollar de paso un interesante juego “metatextual” sobre el propio subgénero en que se encuadra.
Su condición de ejercicio de estilo, casi teatral, se observa ya desde el mismo inicio. En lugar de ofrecernos unos títulos de crédito de corte clásico, o la tradicional escena de este tipo de producciones en que cada personaje llega a la casa por su cuenta y es presentando por el mayordomo —o equivalente—, la cámara va recorriendo una caravana de coches que se encaminan a un mismo punto. Se va deteniendo en cada personaje, mostrándonos así, tanto al actor o actriz que lo personifica como sus relaciones con otros personajes que viajan en el mismo vehículo. Recuerda este modo de presentar a los actuantes a las dramatis personae —pequeños glosarios en los que se nos dan datos bastante someros para que podamos identificar desde un primer momento a los distintos personajes— que anteceden algunas novelas (como las de Agatha Christie editadas en España por Molino) o en obras de teatro editadas en papel.
Y es ese aspecto formal lo que hace que la película pase de ser “del montón”, un giallo (o semi-giallo, casi mejor) más, a un producto sugestivo. La película es totalmente consciente de su condición de ejercicio de estilo y, por eso, es capaz de jugar con sus propios defectos: un guión rocambolesco y arquetípico —aunque el final, al menos, tiene su punto de coherencia— y unas interpretaciones más bien justitas —en algún caso sobreactuadas— hasta paliarlos o convertirlo, incluso, en elementos a su favor, subrayando su condición de artificio dentro de otro artificio y llevando hasta el último extremo alguno de los elementos típicos del subgénero italiano. Así, los personajes se perfilan lo justo y necesario, porque para el asesino y director de la función que estamos presenciando estos no son más que mera carnaza que ha de cumplir un rol vinculado a un suceso acaecido en siglos pasados.
Y es que, de algún modo, la película se configura como una aproximación un tanto peculiar al arte dentro del arte —teatro dentro del cine en el caso que nos ocupa—, convirtiendo a los actores del reparto en actores de una macabra función de cuyo libreto carecen, pero cuyo final les es conocido —al menos a algunos—. Esa vertiente de asesinato como función teatral se hace especialmente palpable en el peso que se le da al patio de butacas del viejo teatro, donde las víctimas son testigos de algunos de los sucesos más extraordinarios, o al escenario del mismo, sin olvidar los “grupos escultóricos” que el criminal perpetrará con los cadáveres en un macabro remedo de escenografía. Tampoco se obvian ambientes más típicos del cine italiano de género, como las macabras criptas, los oscuros pasillos o las habitaciones misteriosas, pero estas son un mero complemento, bien usado, eso sí, de la verdadera estrella de la función (nunca mejor dicho): el viejo teatro abandonado, singular protagonista de esta película.
Podemos concluir que nos encontramos, por tanto, ante una obra en la que la forma prevalece sobre el fondo, convirtiendo así una historia tradicional y mil veces contada en un sugestivo ejercicio de estilo que satisfará a aficionados al fantástico italiano en general y, especialmente, a degustadores del giallo —tamizado por el filtro del fantástico, en este caso— ; y es que, en el fondo, la puesta en escena de El asesino ha reservado nueve butacas no deja de ser una sublimación intencionada del esteticismo exagerado que ha convertido al giallo en un subgénero con identidad propia, pero que también ha terminado por convertirse en un lastre para el mismo al postergar el mínimo desarrollo argumental frente a la originalidad y el efectismo de los crímenes.
Cabe señalar, como colofón, que el componente fantástico de la cinta es dosificado a lo largo del metraje con un estupendo sentido del suspense e introducido con coherencia, resultando orgánico a la historia en lugar de un elemento introducido a calzador para dotar de un mayor halo de misterio a la historia.
Anécdotas
* Título anglosajón: The Killer Reserved Nine Seats. * Estrenada en Italia el 21 de mayo de 1974.
Ana Morán Infiesta (Gijón. España)
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