El sabor de la sandía (The Wayward Cloud / Tian bian yi duo yun)

Comentario

Resulta una suerte y un acontecimiento el que se estrene comercialmente en nuestras carteleras y por primera vez, la última (octava ya) película de Tsai Ming-liang, uno de los directores de Taiwán (y por extensión del cine asiático contemporáneo) más interesantes y estimulantes del momento.

La nueva y polémica obra de Ming-liang, que fue avalada por la crítica y con varios premios a sus espaldas tras pasar por varios Festivales, aterriza en nuestras pantallas convirtiéndose desde ya en una de las obras maestras de nuestro tiempo.

Desconcertante y sorprendente por su magnética sordidez, ello la convierte en obra de arte poética y bella, un poema en silencio que huye de la palabra para ser recitado por medio de la expresión corporal de sus actores. Ming-liang (como habitualmente acostumbra) prefiere moverse en terrenos más físicos que hablados, ya que al fin y al cabo las palabras se las lleva el viento y en cambio la imagen queda retenida, almacenada en nuestro cerebro, adquiriendo un nuevo significado. El cineasta asiático se acerca a las fórmulas expresivas del cine silente utilizando el silencio del grito rabioso, demandando desesperadamente el auxilio de seres que sufren de la soledad en compañía, enfermos de esa pandemia de la incomunicación actual a la cual se ven sumergidos en una sociedad egoísta y sin tiempo disponible. La misma que ha perdido la capacidad de escuchar, de entender, de observar. En suma: de sentir.

Ming-liang, a lo largo de su carrera fílmica ha ido tejiendo una serie de historias interconectadas por un invisible cordón umbilical que las une en una sola película. Obra aún por acabar, que se construye indefinidamente a partir de ahondar una y otra vez en los mismos elementos (la soledad, la falta de amor, individuos sin rumbo que buscan algo o alguien y se buscan a sí mismos intentando encontrar el sentido de sus vidas), enfocados desde distintos ángulos.

¿Se puede entonces ver entonces El sabor de la sandía sin conocer las películas predecesoras de Ming-liang? Pues, aunque no es necesario para su disfrute global, sí sería recomendable poder ver algún trabajo anterior para familiarizarse con las intenciones poéticas y las obsesiones de su autor. Aunque, como digo, no es necesario, ya que tan sólo requiere de cierta predisposición por parte del espectador novel para dejarse llevar en ese fascinante vaivén narrativo en el que se mueven sus sorprendentes argumentos.

El sabor de la sandía retoma las formas estilísticas de The Hole (filme anterior), pero sus intenciones y resultados difieren. Aquí, Ming-liang le da la vuelta a aquel argumento: si en aquel los personajes tenían que hacer frente a un diluvio universal que los tenía incomunicados y sufriendo la inundación del desespero emocional (y del agua en su defecto), en ésta es la falta de agua y su sustituto natural el epicentro de la trama. Aunque ambas películas ofrecen la misma forma de expresión: la mezcolanza de géneros, el drama con el musical kitsch (homenaje directo a los musicales de los años 50) más un peculiar y casi ingenuo sentido del humor. Aunque en El sabor de la sandía hay también una notable nota diferenciadora, y es la inclusión de un nuevo género que se suma a los citados: el erotismo donde se incluyen tórridas escenas de sexo explícito.

La película se abre con la filmación de una película porno: La cámara se sitúa en un hospital donde el protagonista masculino (Lee Khang-sheng) masturba a una joven actriz vestida de enfermera que tiene una sandía entre las piernas simulando su sexo femenino. Una declaración de intenciones poéticas que le sirven a Ming-liang como tarjeta de visita para conocidos y desconocidos de su cine. Pero la polémica anunciada que lleva la película como lastre por culpa del sector más puritano tardará (aún) en llegar, pues éste se encuentra en el sensacional tramo final de la cinta que ya comentaremos más adelante, sin revelar nada esencial, pero que merece ser analizado con algo más de detenimiento.

El cineasta asiático rescata a la pareja protagonista de uno de sus mejores trabajos, What Time is it There? (y su continuación en forma de corto, The Skywalk is Gone), y los coloca en un entorno esp(a)ecial de gran fuerza metafórica: es la historia de Shiang Chyi (quien permanece muda durante casi todo el metraje) cuando regresa a Taipei después de una estancia en París (mostrada en un anterior film del director). Su llegada coincide con una importante sequía que tiene inmersa a la ciudad durante largos períodos de cortes de agua. La joven, así como todos los habitantes de la ciudad, acumulan el preciado líquido de la vida en botellas de plástico, o bien robando el agua de aseos y locales públicos o llenando las bañeras de sus casas. Las televisiones anuncian continuamente las medidas tomadas por el gobierno e instan al pueblo para que sustituya el agua por zumo de sandía (el 90 % de esa jugosa fruta es agua) y así podrán aplacar su (irremediable) sed. En el otro lado del espectro está Hsiao-kang (el joven actor porno), que a escondidas consigue bañarse con el agua residual de la lluvia en el tejado de su piso, sitio que le sirve como refugio ante su rutinaria y claustrofóbica realidad que pide a gritos que alguien o algo le salve. Ambos personajes no tardarán en encontrarse y en reconocerse, pues Shiang Chyi le compró un reloj cuando éste era un vendedor ambulante, aunque desconoce su actual profesión, que él guardará en secreto mientras le sea posible…

Ming-liang utiliza insertos de coloristas números musicales que romperán intencionadamente la pausada narración, consiguiendo esbozar una sonrisa (si no una carcajada ante el desconcierto) en el público. El director bordea (premeditadamente) el límite del ridículo con claras intenciones de denunciar la soledad a la que ambos personajes están sometidos. Los momentos dramáticos y románticos son todos aquellos en los que vemos la cotidiana vida de sus personajes, con largos planos inmóviles, que nos muestran su aburrido día a día: cómo duermen, cómo se visten, cómo orinan o cómo se masturban… los vemos también yendo a comprar alimentos o trabajando, caso del sufrido actor porno y sus continuos apareamientos sexuales con actrices durante los rodajes de sus películas X. Él tiene sexo continuo, pero sufre la sequía del amor de espíritu. ¿Existirá?, se pregunta en esas ensoñaciones coreografiadas y musicada, reflejo de sus inquietudes y pensamientos… Pero los momentos más emotivos y sentimentales (que no sentimentaloides) son cuando ambos personajes se cruzan, se miran y comparten comidas y conversación, e incluso Ming-liang permite que se enamoren.

Una de las señas de su director son esos planos largos que nos hacen disfrutar de todos y cada uno de los detalles, sin que nada ocurra porque sí, fortuitamente y sin posterior explicación. ¿No tienen la sensación de que actualmente la mayoría del cine que nos llega todo pasa excesivamente deprisa y que apenas tienes tiempo para entender las actitudes y decisiones tomadas por los personajes? Ming-liang se toma su tiempo (sin excederse), poniendo la cámara como si de un ojo voyeur, inmóvil y paciente, se tratara. De ese modo radiografía a sus personajes, lo cuales aparecen en pantalla, sin seguirles, dándoles libertad de movimiento y vida propia. De ese modo consigue que éstos se fundan con el paisaje o que lo lleguen a concebir. La sombra elegante del maestro nipón Yasujiro Ozu es larga y afilada, y las formas estilísticas de Ming-liang en este aspecto nos recuerdan, aunque sea vagamente, a las formas del maestro nipón. Esos planos a pie de tatami donde los personajes también aparecían ante la cámara y ésta no los seguía, adquiriendo el entorno parte definitoria de sus personajes.

Pero no se confundan: Ming-liang no es sólo un director de ambientes y situaciones, ni un pretencioso paisajista, tampoco es solamente un coreógrafo chalado que quiere recuperar el musical camp y pintoresco. También es un director de actores. Así, durante todo el metraje vemos una importante implicación de mimo y cariño hacia sus intérpretes, explotando todas las virtudes, destacando la labor realizada con Lee Kang-sheng (habitual del cineasta), de mirada tierna y triste, que se convierte en el perfecto émulo de Buster Keaton o incluso de Jacques Tati con su expresivo mutismo.

A la obra de Ming-liang (y por defecto a la actual película) se le podría también emparentar con el cine de dos interesantes cineastas. Por un lado, el extraño y personal humor de Ming-liang tiene una mirada similar al de otro cineasta interesante actual: Aki Karismäki. Y respecto a la forma que tiene el realizador oriental de enfocar la dificultad para establecer relaciones auténticas entre las personas, la imposibilidad de comprender la realidad, y el desarraigo de los individuos ante una sociedad fría y deshumanizada, con Michelangelo Antonioni, ahí es nada.

Sólo un director valiente y arriesgado es capaz de plantear una película de apariencia humilde y sincera, como una poesía reflexiva sobre el amor y el sexo y su inseparable unión. Pues una cosa necesita de la otra para su vital existencia. Este ensayo apasionado se ve reflejado mediante metáforas y simbolismos a partir de la sandía, su pulpa, sus pepitas y su jugo. Además, El sabor de la sandía se vale del sonido de los líquidos y las comidas, del tragar o beber, del roce húmedo y pasional de los cuerpos, etc. Banda sonora de nuestra vida, que en muchas ocasiones pasa desapercibida por su cotidianidad y que aquí es captada por el realizador malayo afincado en Taiwán como una nueva forma de expresión músico-narrativa de la película. Pero Ming-liang, con su habitual lirismo, aún va más allá, convirtiéndose en un certero francotirador, y denuncia la situación machista de la mujer (actriz) en el cine porno de su país (por extensión podríamos también situarlo a nivel general), donde ésta no es más que un pedazo de carne, dos tetas, un coño, una boca y un culo. Esta crítica adquiere mayor contundencia durante la mencionada y controvertida escena final, donde el poema romántico mira cara a cara al cine porno y que ahora pasaremos a analizar levemente, aunque si no ha visto la película sería recomendable dejar de leer el siguiente párrafo.

La secuencia de marras, que dura nada más y nada menos que unos treinta minutos aproximadamente, se centra en la grabación de una escena pornográfica para una película donde interviene Hsiao-kang (Lee Kang-sheng). Aquí el actor se folla a una actriz fiambre sujetada por sus extremidades, entre el director de la película, el operario de la cámara y el sufrido actor porno. La escena llega al súmun cuando, a punto de llegar al orgasmo, Hsiao-kang ve a su amor (o alma gemela) Shiang-chyi atónita observando desde una pequeña ventana la escena. En ese momento, él se levanta, abandona a la actriz y eyacula en la boca de la joven, la cual no deja que se caiga ninguna gota del viscoso líquido, deslizándose eso sí una lágrima por su mejilla. La sequía llega a su fin…

Concluyendo: La nueva película de Tsai Ming-liang es una obra maestra única e insólita en su especie, que por esa misma razón no dejará a nadie indiferente. El sabor de la sandía entraría en ese saco de las películas sin término medio, de esas a las que amas u odias. Yo, personalmente, me decanto por lo primero. Una cinta recomendada para paladares exquisitos que aún tienen esperanzas en encontrar arte en el mal definido Séptimo Arte.

Anécdotas

* Filmografía anterior a El sabor de la sandía (2005) de Tsai Ming-liang (cortometrajes y largometrajes): Rebels of the Neon God (1992), Vive l’amour (1994), The River (1996), The Hole (1998), What Time Is It There? (2001), The Skywalk Is Gone (2002), Goodbye Dragon Inn (2003). * El guión es del propio director quien, inicialmente, quería centrar la película en la historia de una abuela que encuentra a su nieto en un espectáculo porno. * Consiguió el Oso de Plata a la mejor contribución artística, el Premio Alfred Bauer y el de la Fipresci en el Festival de Cine de Berlín 2005, donde muchos espectadores abandonaron la sala en la escena final. * Se presentó en la XXXVIII Edición del Festival Internacional de Cine de Catalunya en Sitges (2005), donde se llevó el Premio especial del Jurado, el correspondiente a mejor actor (Lee Kang-sheng) y el premio José Luis Guarner de la crítica. * La película ha sido escogida por Taiwán para representar al país asiático a las candidaturas de los Oscar de 2005 para las películas de habla no inglesa. * Ming-liang ha comentado en varias entrevistas que inicialmente había pensado titular la película Cloud At The Edge Of The Sky (“Una nube al borde del cielo”), pero finalmente prefirió el título actual.

Alberto Rodríguez Alonso (Barcelona. España)

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