Comentario
John Carpenter, convertido por los nostálgicos en un ave fénix en perpetuo estado de regeneración, Roland Emmerich, hastiado de pergeñar —sigue siendo su hobby— la manera más espectacular y efectista con la que destruir la Tierra ad aeternum, y Paul Anderson y su cuenta corriente, felices de los generosos beneficios que les comportan la explotación cinematográfica de los videojuegos demodé, han terminado de convertir a David Twohy (el gran tótem del género en su versión más evocadora) y, sobre todo, a Alex Proyas, en las únicas cabezas visibles a la hora de captar la atención de la mass media en torno a productos más o menos inspirados en la ciencia ficción de altos vuelos, un asunto nada menor (y elogiable) en una época oscura cuyos conceptos más próximos al género van a nutrirse de superhéroes atribulados por su exceso de ímpetu, de remakes que pretenden evocar viejos tiempos, de dilemas ecológico-catastrofistas de perfil bajo y de monstruos alienígenas de andares robotizados y voces solemnes, adictos a las palomitas y al ruido.
No cuenta, pese a todo, el director de Dark City, del beneplácito del espectador de género más refinado, que tampoco le considera el clavo en el que debe apoyarse el futuro del cine fantástico si quiere permanecer aprehendido a un escalafón próximo a la Serie A. Y, sin embargo, no deja de poseer el bueno de Alex Proyas una filmografía repleta de productos notables, la mayoría dedicados, más que tangencialmente, al desarrollo de la ciencia ficción cinematográfica, al menos en su vertiente estética, denotando una rara habilidad para convertir argumentos trufados de ingredientes ajenos en lúcidos technothrillers de aroma apocalíptico (Yo robot), en invasiones marcianas híbridas de los universos de Philip K. Dick y Kafka (Dark City); en superhéroes malditos porque nunca llegaron a serlo (El Cuervo)…, y lo sigue haciendo en su última película, Señales del futuro (Knowing), un film con el que renuncia, sólo parcialmente, a sus constantes ornamentales pero no a esa rara habilidad para saber ocultar entre los márgenes de su trabajo, entre el fasto y la pirotecnia que le imponen, no pocas dosis de fatalismo y otras subtramas de carácter melancólico, del todo punto ajenas a su naturaleza de producto para todos los públicos y gustos, que es justo lo que prometen –de forma equivocada, y así lo festejamos— los afiches promocionales de su última cinta.
Repleta de referencias cinéfilas (algunas tan obvias como vindicables, caso de The Day the Earth Caught Fire de Val Guest, otras más ignotas como Mimzy. Más allá de la imaginación de Bob Shaye, de la que coge parte de su trasfondo dramático y toda su moraleja), a los seguidores de la ciencia ficción literaria, sin embargo, puede llegar a recordarles el excelente relato “El fin de la evolución” de Robert Arthur, si bien Alex Proyas es capaz de encontrar una identidad de forma autónoma en su propio trabajo, aún transcurriendo por caminos altamente transitados con anterioridad, y a pesar de contar con el protagonismo de un Nicolas Cage que ya se ha visto antes en alguna parecida (a estas alturas ya sabemos que a Cage le gustan más los enigmas que los asesores estilísticos), nunca tan lúcida. Lo hace a través de un entramado que mezcla, también de forma delirante, diferentes subgéneros y texturas; del terror que sugiere su espeluznante prólogo al suspense más sofisticado (personificado, es un decir, en la figura de los “susurradores”) y efectista, pasando —será esta su vertiente más valiosa— por el cine fantástico de corte antropológico, con la fe y la ciencia como referentes conceptuales en pugna.
Se recrea en sus cuitas existenciales, otorgándole un protagonismo excesivo tanto a los problemas familiares que sacuden al protagonista como al propio Nicolas Cage (tan insoportable como casi siempre, tenía que decirlo); tarda demasiado en poner fin al debate entre la razón y la fe; pero apenas esto importa. Nos queda, sin embargo, una película preñada de dogmas religiosos (pienso en Orson Scott Card), provenientes de no menos adscripciones teológicas, mientras se desgrana un argumento cimentado sobre una estructura de cajas chinas y vasos comunicantes, resultando la sorpresa siguiente de mayor impacto que la anterior (alguna ciertamente epatante, ya en su parte final), permitiéndose la audacia de incluir en su desarrollo una de las escenas de catástrofes de mayor enjundia cinematográfica de los últimos tiempos, un (¿falseado?) plano-secuencia —tan bien ejecutado como pleno de eficacia— que va a terminar con nuestro protagonista rodeado de humo, desconcierto y trenes de aterrizaje envueltos en llamas. Es, en fin, el punto álgido, que no su conclusión, de una nada condescendiente historia cuyos mayores estímulos conceptuales se resuelven en sus márgenes. Lo que no es poco, podéis creerme.
Anécdotas
* Título en Argentina: Cuenta regresiva. * En principio estaba previsto que Richard Kelly (Donnie Darko) escribiera y dirigiera la película.
J. P. Bango (Ávila. España)