Lionel Atwill y Fay Wray: una pareja de miedo

Por Miguel Ángel Rodríguez Gómez

foto3Lionel Atwill y Fay Wray fueron un dúo insólito que protagonizaron algunos de los clásicos más recordados de la historia de nuestro género favorito y que curiosamente intervinieron juntos en tres films de bajo presupuesto justo antes de que se convirtieran en estrellas. Lionel Atwill, curtido en el teatro y poseedor de una de las presencias más inquietantes del medio, aun no había participado en La sombra de Frankenstein, por lo que todavía no era considerado el gran actor de carácter de la Universal que llegaría a ser. Y, por supuesto, la encantadora Fay Wray aun no había dejado sin aliento a los espectadores con su papel de objeto de deseo de King Kong. Y por eso resulta un festín para los aficionados al terror clásico el poder disfrutar de las películas que esta pareja bien avenida rodaron juntos. ¿Quizás estemos ante los Spencer Tracy y Katharine Hepburn del horror de serie B? Eso sería decir mucho, teniendo en cuenta que estos dos iconos solo participaron juntos en tres películas: Doctor X, The Mistery Of The Wax Museum y The Vampire Bat. Y aunque temáticamente las tres cintas no tienen nada que ver, lo cierto es que es inevitable constatar la similar atmósfera de las tres propuestas, el inevitable encanto de las mismas y la estupenda química que se establece entre estos dos intérpretes tan opuestos. Atwill, un actor shakesperiano, como muchos otros británicos que se buscaban la vida en Hollywood, y Wray, una aspirante a starlette de las tantas que había en esa época. Y ambos, sin embargo, demostraron un talento que sigue maravillando a sus fans actuales y que convierte estas tres piezas macabras en joyitas de culto.

Antes de entrar a comentar esta "trilogía" vamos a ofrecer unas breves biografías de nuestros dos protagonistas. Es curioso que haya un par de coincidencias en las mismas a pesar de la gran distancia que separaba a ambos intérpretes. Pero es cierto que ambos fueron actores recurrentes de la productora Universal -Atwill, como ya sabemos, especializado en secundario de los clásicos del terror, y Wray como secundaria de muchos westerns silentes del estudio-, y los dos comenzaron su carrera fílmica en los años veinte y la acabaron en los años cuarenta. Wray debido a su retiro y Atwill a su prematura muerte.

foto2Nacido en 1885 en un pueblecito londinense llamado Croyton, el futuro mad doctor apellidado Atwill comenzó su carrera teatral a la temprana edad de veinte años y pronto especializó su repertorio en obras del famoso bardo y de otros autores más modernos como Bernard Shaw o Ibsen. Este bagaje le permitió trasladarse a los Estados Unidos en 1915 y labrarse una buena reputación en Broadway, debido principalmente a su sonora y profunda voz. Esa cualidad tan distintiva -de hecho su acento autoritario le hacía ganar puntos como villano de la función-, le dio mucho trabajo en una época en la que el cine sonoro comenzaba a desplazar al silente, y los intérpretes con buenas voces eran muy apreciados. Con Michael Curtiz rodó por primera vez en el clásico Capitán Blood en un breve papel junto a Errol Flynn, y luego repetiría en dos de las películas del ciclo que comentamos. En cuanto al resto de su aportación al terror fílmico, es tan amplia que daría para una semblanza dedicada únicamente a su carrera. Tan solo destacar su memorable papel como el manco inspector Krogh en La sombra de Frankenstein (Son of Frankenstein, 1939) -tan genialmente parodiado por Mel Brooks en El jovencito Frankenstein- y papeles menos recordados pero igualmente efectivos en las ensaladas de monstruos de la Universal: Ghost of Frankenstein, La mansión de Drácula y Frankenstein contra el hombre lobo.

Tampoco debemos olvidar su intervención en La marca del vampiro de Tod Browning, que fue la primera vez que trabajó con Bela Lugosi y, ya alejados del horror, imprescindibles son sus aportaciones al ciclo de Sherlock Holmes interpretado por Basil Rathbone, así, como el doctor Mortimer en The Hound of the Baskervilles, y nada menos que como el profesor Moriarty en Sherlock Holmes y el arma secreta. Parece ser que sus papeles de villano eran especialmente queridos para él y los mimaba hasta el punto de improvisar algunos de sus diálogos. Como adelantábamos unas líneas más arriba, Lionel Atwill nos dejó de forma prematura en 1946 a causa de un cáncer de pulmón, tras un escabroso escándalo en la época relacionado con unas bacanales que el actor gustaba de organizar. En un periodo histórico en el que comenzaba a instaurarse el código Hays para la censura en el mundo fílmico, este asunto le condenó al ostracismo cinematográfico. No es de extrañar que acabara sus días trabajando para una productora tan infame como la Producers Releasing Corporation, malgastando su talento en seriales del tres al cuarto. Por suerte hoy en día es una estrella de culto reivindicada en todo el mundo.

fay_wrayEn cuanto a la dama del grito Fay Wray, su lugar de nacimiento se sitúa en Alberta, Canadá, pero se trasladó en su adolescencia a los Estados Unidos donde empezó a trabajar como extra antes de llegar a la mayoría de edad. Tras su etapa de cine mudo en los westerns de la Universal antes citados, su oportunidad de oro le llegó con su papel en La marcha nupcial de Erich von Stroheim, que le abrió las puertas de Hollywood y la convirtió en partenaire habitual de estrellas como Gary Cooper. Al igual que Lionel Atwill, Fay no tuvo ningún problema en la transición del cine mudo al sonoro, y de hecho muchos años atrás había sido elegida por los publicistas cinematográficos como una de las escasas trece estrellas de cine susceptibles de triunfar tarde o temprano en el medio.

Y así ocurrió poco después de que un productor llamado Merian C. Cooper la informara de que tenía un papel para ella, en el que tendría como pareja a un protagonista "alto y moreno", sin especificar que se estaba refiriendo a un gorila monstruoso. El papel de Ann Darrow en King Kong (1933) la convirtió en una celebridad y grabó a fuego su figura en el imaginario cinematográfico. Con escenas como aquella en la que aguarda atada la aparición de Kong o los momentos en que el gorila la protege, ya sea de monstruos prehistóricos o de aviones del ejército, todo en la interpretación de Wray destila terror, peligro, emoción y la verdadera sustancia de la que están hechos los iconos del siglo XX y de cualquier otro siglo. Con Cooper también realizó la magnífica El malvado Zaroff, y poco después su estrella comenzó a declinar tras elegir algunos guiones poco afortunados. Estas circunstancias se agravaron debido a un traumático divorcio del guionista John Monk Saunders en 1939 tras once años de matrimonio. Después de intervenir en algunas cintas de acción de bajo presupuesto y volver a casarse, Fay decidió alejarse de las bambalinas y dedicarse a su vida marital en 1942. En los años cincuenta y sesenta volvió para hacer algunos papeles en cine y sobre todo televisión, pero fue más un comeback anecdótico que otra cosa. Su aportación a la historia del cine en el clasicazo de Cooper y Shoedshack fue demasiado icónica y probablemente muy absorbente para Wray, pero ella nunca rechazó dicha fama. De hecho estuvo a punto de realizar un cameo especial en el remake de King Kong llevado a cabo por Peter Jackson en 2005, pero por desgracia "la belleza que mató a la bestia" murió en agosto de 2004. Por supuesto el remake fue dedicado a su memoria.



El doctor X (Doctor X)

foto8Nos situamos en 1932 y en una de las primerísimas muestras de explotación del horror fílmico. La First Nacional Pictures (Warner Bros.) deseaba su parte del por entonces tan de moda cine de terror, así que se decidieron a realizar su propio film macabro, con sus propias estrellas. Para ello hicieron uso del gran Michael Curtiz como director y se descolgaron con un argumento que tenía ecos de Frankenstein, El Fantasma de la Opera y cualquier relato pulp con científico loco. Es realmente ese toque de literatura de misterio barata lo que hace que El doctor X sea tan entretenida y absorbente, a pesar de sus muchos fallos argumentales. Sin olvidar el baile de géneros que presenta, en una época en la que las constantes del terror en cine no estaban aún del todo definidas, por lo que la película podría definirse como una pieza de misterio científico con aroma terrorífico, pero también con excesivos toques de romance e incluso comedia slapstick.

La historia tiene su origen en una obra teatral. Lionel Atwill interpreta aquí a Jerry Xavier, un científico al que da vida con su habitual toque autoritario y misterioso. La academia que regenta se convierte en el principal foco de sospecha de las idas y venidas de un misterioso criminal conocido como El Asesino de la Luna Llena, que mata mujeres de forma salvaje en ese periodo lunar, y cubre su rostro con una máscara de piel sintética. Uno de los presentes en la mansión es el asesino, y eso atrae la atención de un periodista deslenguado (Lee Tracy), que además de servir de espectador para un bizarro experimento del doctor Xavier destinado a desenmascarar al asesino, se sentirá atraído por la hija de este, interpretada por Fay Wray. Referencias al canibalismo e incluso al incesto nos convencen de que estamos ante una película pre-código Hays.

La trama no es que sea muy original, siendo el habitual recorrido por los tópicos del gótico y el misterio en mansión aislada (estilo Agatha Christie). Pero lo que hace que esta obrita trascienda como una experiencia realmente disfrutable -además, por supuesto, de nuestra pareja protagonista- es su concepción técnica. En una época de experimentos, el Technicolor que tinta las imágenes del film se descubre como todo un logro, y el trabajo fotográfico del excelente Ray Renahhan -unido a unos decorados artísticos muy meritorios-, nos regala unas escenas llena de contrastes entre el color y el claroscuro inevitable en este tipo de producciones. En cuanto a la historia, el grupo de sospechosos -todos ellos con algún tipo de tara física- es lo suficientemente atrayente como para mantener el interes del whodunit que se nos presenta, y como decíamos las referencias al canibalismo que encontramos en la trama la hacen más avanzada para la época de lo que en realidad parece. El bloque final, con el secuestro de Fay Wray (que nos regala algunos de sus legendarios gritos) y revelación final del psycho killer es lo suficientemente emocionante como para sobrepasar el aprobado.

Es una pena, eso sí, que tengamos que soportar el personaje del periodista infiltrado en la casa. Sus chistes y gracietas -que incluyen jocosos encuentros con trampas ocultas y pasadizos secretos-, hacen bajar enteros la película cada vez que aparece en escena. Pero aun así, el carisma de Atwill y Wray consiguen dignificar aun más la ya de por sí interesante propuesta.



the_mistery_of_the_wax_museumLos crímenes del museo (The Mistery of the Wax Museum)

Tras los excelentes resultados en taquilla de Doctor X, la Warner no perdió el tiempo y convocó al mismo equipo técnico y artístico para regalarnos otro cuento macabro lleno de perversidad. Así, Michael Curtiz volvió a contar con Atwill y Wray como ejes de la trama en Los crímenes del museo (1933), un film de mayor calidad que se predecesor y todo un festival de tenebrismo para nosotros, gourmets del horror vetusto, que podemos disfrutar hoy en día de esta película gracias a su afortunado descubrimiento en los años setenta, mientras acumulaba polvo en los archivos de Jack Warner. Hasta ese momento, Los crímenes del museo se había considerado perdida y solo podíamos hacernos una idea de ella viendo su estupendo remake, Los crímenes del museo de cera (House of Wax, 1953), en el que Vincent Price sustituyó a Atwill con su habitual maestría.

Lo cierto es que el film de Price respeta casi punto por punto la trama de la versión del 33, pero dándole un toque que lo acerca casi a la categoría de "...para todos los públicos". En el viejo clásico con Atwill y Wray, de nuevo disfrutamos de una sinopsis y unos diálogos "pre-código de censura", lo que nos permite asistir a sorprendentes detalles macabros -especialmente en los asesinatos y en la atmósfera mortuoria del decorado del museo de cera-, y también resulta chocante el aperturista tono erótico del film, con una escena final en la que Wray, atada a una mesa, es desnudada lujuriosamente por Atwill y una conversación en la que la periodista interpretada por Glenda Farell le pregunta a un policía: "¿Cómo va tu vida sexual?". Momentos impensables en el remake posterior.

La trama no es desconocida para los fans de nuestro género. Tenemos la clásica variación sobre el esquema Fantasma de la Ópera, en el que Atwill interpreta a un artista de las figuras de cera que resulta terriblemente desfigurado en un incendio y se cobrará una cruel venganza sobre sus verdugos. A la vez que desarrolla sus planes, se encaprichará de una bella chica a la que querrá conservar bella eternamente como una de sus siniestras figuras de cera. El actor británico nos maravilla con una de sus más atormentadas composiciones para la pantalla, resultando amenazador en todo momento -incluso cuando le vemos en silla de ruedas- y Fay Wray es el contrapunto perfecto con su sutil encanto y sus imprescindibles gritos.

En cuanto a los secundarios, la periodista antes mencionada cumple la misma función bufa que tenía el personaje de Lee Tracy en Doctor X, aunque resultando en mi opinión bastante más soportable que aquél. Dignas de recuerdo son las escenas en las que Atwill acecha a sus víctimas con su macabro maquillaje y, por supuesto, el primitivo technicolor de dos tonos le permite a Curtiz volver a emplear con gran soltura el juego de atmósferas y de contrastes pictóricos que le dan ese aire tan especial a sus dos filmes con la pareja que nos ocupa, resultando, como decimos, una película superior en todos los aspectos a su primera colaboración conjunta y un clásico legendario para fans del horror y admiradores de la recordada versión de Vincent Price, que tiene aquí su más que digno antecedente.



Sombras trágicas: ¿Vampiros? (The Vampire Bat)

vampire-batFinalizamos con una cinta rodada el mismo año que Los crímenes del museo, aunque esta vez en un glorioso blanco y negro que nos retrotrae a los mejores momentos del horror años treinta. No será la única referencia cronológica que nos encontremos, ya que The Vampire Bat (1933), es la respuesta de la modesta Majestic al boom del terror que comenzaba a gestarse gracias a los éxitos de los monstruos clásicos de la Universal, igual que las dos anteriores películas de nuestra pareja eran la respuesta de la Warner. En aquella época todo el mundo, ya fueran productoras de serie A o B, quería apuntarse al carro -no tardaría en contraatacar la Metro con Freaks o, una década después, la RKO con el ciclo de Val Lewton-, y podemos quitarnos el sombrero ante el mimo y calidad que las "competidoras" pusieron para ampliar el naciente universo del horror fílmico. En The Vampire Bat volvemos al toque pulp que caracterizaba los dos films "B" de Atwill y Wray, pero la atmósfera creada por el estupendo blanco y negro creado por Ira H. Morgan y la genial utilización de la niebla durante todo el metraje le confiere al film un maravilloso toque de cuento de hadas que sazona de maravilla una historia que comienza como un terror estilo Universal, continúa como el clásico folletín de misterio ambientado en un ambiente rural y concluye con unas pinceladas de ciencia ficción, lo que otorga variedad y gran entretenimiento al conjunto. Además de Atwill brillando con luz propia en el papel del científico local y la hechizante Fay Wray -con un papel más breve en esta ocasión-, tenemos nada menos que a Dwight Frye haciendo un reprise de sus míticos papeles en la Universal (siendo el Renfield de Drácula el más recordado), en este caso un pobre diablo acusado de una ola de crímenes sangrientos en la villa. ¿Quién es el vampiro que amenaza a los lugareños? ¿Tiene un lado oscuro el pacífico pero siniestro doctor interpretado por Atwill?

Fay compone junto al protagonista Melvin Douglas la típica pareja de tortolitos enfrentados al mal que abundaron en esta época casi tanto como los periodistas metomentodos, de los cuales hemos visto algunos ejemplos en las dos anteriores películas de nuestra pareja. El doctor que interpreta Atwill instruye en el mundo del ocultismo al personaje de Douglas, que no acaba de creer en la raíz sobrenatural que sugieren los crímenes.

La trama que hace referencia al sonambulismo resulta fresca en el cine de la época, aunque no deja de recordar el ambiente de El gabinete del Dr. Caligari. Los toques de humor son más escasos en este tercer encuentro entre Atwill y Wray -eso sí, mucho mejor llevados, siendo el principal foco la tía hipocondríaca-, pero el toque siniestro bizarro se mantiene, con algún que otro momento realmente meritorio y macabro que no desvelaré aquí si aún no habéis tenido la oportunidad de disfrutar de esta joya oculta.

Y lo mismo digo del resto de películas de este ciclo. Si las tres permanecen ocultas para vosotros, ¡descubridlas! El doctor XLos crímenes del museo aparece como extra de la reciente edición española en dvd del remake de Vincent Price. Por último, The Vampire Bat, además de ser de dominio público y poder ser vista y descargada en la red, podréis encontrarla en el pack de puede ser encontrada en zona 1, subtítulos en castellano incluidos, en varias ediciones. L'Atelier 13 "Grandes clásicos del Cine de Terror".

En definitiva, tres muestras imprescindibles de una añorada forma de entender el género y del carisma interpretativo de dos actores legendarios.


Miguel Ángel Rodríguez Gómez (Málaga. España)


NOTA: El presente texto ha sido publicado originalmente en el blog http://hauntedfilms.blogspot.com/ y se reproduce aquí con autorización de su autor.