Por Antonio V. Chinchilla
La mítica productora británica Hammer dio a conocer una serie de directores que, si bien no trabajaron en exclusividad para dicha compañía, sí que se han hecho un lugar en el Olimpo de los directores fantásticos gracias a que en un momento determinado de sus carreras trabajaron para dicha marca. Terence Fisher, por supuesto, es el principal bastión de esta amplia nómina, y como otros nombres destacados encontramos a Roy Ward Baker, Freddie Francis o Seth Holt, por ejemplo. De entre todos ellos, el nombre de John Gilling parece ir reivindicándose entre los aficionados con el paso del tiempo, no por tener una abultada filmografía, pero sí porque sus películas poseen un toque de distinción que las hace diferentes a cualquier otra película salida de los estudios Bray.
Tras iniciarse en el cine en Estados Unidos en 1930 realizando los más variados oficios, John Gilling se traslada a Inglaterra y se emplea en diversos estudios británicos. En ellos ya muestra su predilección por el cine de aventuras y el fantástico en títulos como Mother Riley Meets the Vampire (1952), Conflicto íntimo (The Man Inside, 1958), El bandido de Zhobe (The Bandit of Zhobe, 1959) o La carne y el demonio (The Flesh and the Fiend, 1959) extraño film de terror que supone el inicio de su colaboración con el genial Peter Cushing. El encuentro del director con la productora de cine fantástico por antonomasia no tardaría en llegar aunque, curiosamente, no aparecería en los créditos la Hammer, sino que, por alguna razón, la película figuró como una producción de la compañía BHP (¿quizá, encubiertamente, "Britannic Hammer Productions"?). El caso es que nos referimos a la inédita en España Shadow of the Cat (1961). Una película muy original para la época y que se tiende a confundir como una versión más del clásico The Cat and the Canary.
La trama gira en torno a la venganza que maquinará ¡un gato! hacia los responsables directos del asesinato de su ama. Lo más destacado del film es sin duda el punto de vista de los asesinatos, siempre a través de los ojos del gato, utilizando para ello Gilling una panorámica ampliada. Pero esto no iba a ser sino el comienzo de una fructífera colaboración con los estudios. Seguirían a esta película tres entretenidos filmes de aventuras: Pirates of Blood River (1962), The Scarlet Blade (1963) y Rebelión en la India (The Brigand of Kandahar, 1965). Las dos primeras forman parte de los cuatro títulos que sobre piratas lanzó la Hammer durante los años sesenta junto a Captain Clegg (1962) y The Devil-Ship Pirates [tv: Los piratas del Diablo, 1967].
En Pirates of Blood River Christopher Lee recupera el personaje del bucanero La Roche que ya había interpretado en The Devil-Ship Pirates. Dirigida por Gilling con el mismo pulso que las grandes cintas de aventuras norteamericanas, destaca la sangrienta secuencia de las pirañas. The Scarlett Blade es una aproximación al enfrentamiento que en el siglo XVII mantuvieron Carlos I y Cromwell, y que co-guionizada por el propio Gilling. El tercero es mucho más conocido en nuestro país, puesto que fue estrenado con el nombre de Rebelión en la India. Todas estas películas estaban realizadas con un gran oficio y dominio de los resortes narrativos de este tipo de producciones. De hecho, gracias a estas películas, Gilling consiguió una situación de privilegio solo superada por el principal director de la casa, Terence Fisher.

The Gorgon
El encuentro entre ambos realizadores no se haría esperar por más tiempo. Gilling firmó el guión de The Gorgon (1964) (editada en nuestro país directamente en vídeo con el nombre de La leyenda de Vandorf, después emitida por televisión como La Medusa y, finalmente, estrenada en salas comerciales de forma minoritaria como La Gorgona; como La leyenda de Vandorf también ha sido editada en dvd legalmente). En principio pensada para ser dirigida por el propio Gilling, fue al final Fisher quien llevó la vara de mando. En Vandorf, un pueblo imaginario del centro de Europa, una joven (Toni Gilpin), embarazada de un artista llamado Bruno Heitz, aparece petrificada. Consciente de que la pobre joven estaba encinta de Heitz, el doctor del pueblo (un pérfido Peter Cushing) se las arregla para acusar al amante. Acuciado por la situación, Bruno decide suicidarse. La familia de Heitz decide entonces investigar lo sucedido desplazándose al pueblo en compañía del profesor Karl Meister, una eminencia en temas esotéricos (Christopher Lee, en un insólito intercambio de papeles con su amigo y compañero Cushing).
En base, el brillante guión de Gilling no narra sino una historia de amour fou donde no sólo aparece el mito de Medusa (la tercera hija de las tres monstruosidades gestadas por el dios griego del mar y su esposa Ceto), sino que subyacen elementos bíblicos (recordemos a la esposa de Lot, que tras volverse y ver la destrucción de Sodoma queda convertida en estatua de sal). Y qué decir de las sirenas, que llevaban a la perdición a los navegantes con sus estremecedores cantos. Por primera vez la Hammer creaba un monstruo propio, no inspirado en fuentes anteriores. Por primera vez también, la amenaza era una bestia femenina, logrando una simbiosis entre el horror y la belleza que pocas veces se había dado hasta la fecha. Formalmente hermosísima, el film se beneficia del mejor equipo Hammer en su mejor momento. James Bernard firma la que probablemente sea su mejor partitura, el decorador, Bernard Robinson, recrea con inusitada belleza la oscura atmósfera de Vandorf, y qué decir de Fisher, que logra aquí una de sus más grandes obras maestras.
Ese mismo año, Gilling firmaría otro guión mucho más intrascendente para la Hammer, The Secret of Blood Island, que a pesar de su rimbombante título se halla alejado de cualquier temática fantástica, siendo una película de carácter bélico que en su época fue un escándalo por la explicitud de sus escenas de tortura.

The Plague of the Zombies
Y llegamos al fin al año clave en la filmografía de Gilling, 1966, año en que dirigió sus dos obras más conocidas y, desde luego, más relevantes como director. Me refiero, por supuesto a The Plague of the Zombies [tv/vd/dvd: La plaga de los zombies] y The Reptile [tv/vd/dvd: El reptil]. El primer título no es sino una nueva aproximación al mito que inauguró aquella mágica White Zombie (La legión de los hombres sin alma en nuestro país) aquel pequeño clásico dirigido en 1932 por Víctor Halperin. La segunda podría considerarse una revisitación precisamente de La Gorgona, aunque curiosamente el guión no sea de Gilling sino del mismísimo Anthony Hinds (o John Elder, si se prefiere, que es su seudónimo cuando toma las riendas de guionista). Ver ambas películas en sesión doble produce sensaciones muy chocantes en el espectador. Primeramente porque ambas están rodadas exactamente con los mismos decorados (el cementerio, la taberna...), igual elenco artístico y, por supuesto, idéntico equipo técnico. Iniciar una discusión sobre cuál de los dos títulos es mejor sería una pérdida de tiempo; ambas son magníficas películas y con los suficientes puntos de interés como para que ningún aficionado al cine fantástico omita su visionado.
El rodaje de La plaga de los zombies comenzó a finales de junio de 1965 y duró sólo veintiocho días. Al ser una producción de muy poco presupuesto (incluso para los parámetros de la Hammer) no se contaba con grandes estrellas como Lee y Cushing, aunque eso curiosamente resultó ser beneficioso para que el público se involucrara en la trama. Los decorados eran reciclados de los realizados para Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula, Prince of Darkness), y que a su vez ya fueron reutilizados en Rasputín (Rasputin, the Mad Monk) ambas de 1966. El elenco estaba compuesto por el siempre eficaz André Morell (uno de los Dr. Watson más solventes que ha dado el cine), Diane Clare, John Carson, la bellísima Jacqueline Pearce y Michael Ripper, auténtico actor fetiche de Gilling, y que en ambas producciones realiza por fin personajes determinantes en la trama, más acordes con su talento y alejados de esos anecdóticos borrachos o conductores de carruaje a los que nos tenía acostumbrado en otras producciones Hammer.
El argumento gira en torno a un pérfido aristócrata, Clive Hamilton (el insulso John Carson), que se vale de la magia negra para resucitar los cadáveres del pueblo y usarlos como mano de obra barata en su mina de estaño. El joven médico del pueblo solicita la ayuda de su antiguo profesor (un André Morell en plena forma) para investigar los fallecimientos que se suceden, ante la ignorancia provinciana que le impide incluso hacer la autopsia a los cadáveres aparecidos en extrañas circunstancias. De nuevo, como en La Gorgona, la ayuda tiene que provenir del exterior, de manos de un científico que deberá luchar contra las supersticiones del pueblo. La nobleza y la riqueza representan el mal, que se aprovecha del pueblo llano para sus propósitos. Eso se hace patente sobre todo en la escena en la que una batida de cazadores del zorro se cruza en el camino del carruaje de nuestros protagonistas. Esos indeseables nobles nos recuerdan ineludiblemente al sensacional comienzo de El perro de los Baskerville (The Hound of the Baskervilles, Terence Fisher, 1959), curiosamente también con André Morell en el reparto. En el colmo de la indecencia, el grupo de nobles se atreve incluso a interrumpir con sus juegos algo tan sagrado como un entierro, ante la pasividad (¿quizá resignación?) de los aldeanos.
Todo esto Gilling lo rueda con su particular estilo, o mejor dicho "no-estilo", una planificación que, lejos del desparpajo y la poesía de las imágenes de Fisher, muestran la acción de manera fría, sin alardes de cámara, sin aspavientos. De manera tranquila, como lo era el propio Gilling. Este estilo tan adusto curiosamente le sienta muy bien al relato, introduciéndonos poco a poco en ese ambiente claustrofóbico al que están sometidos los habitantes de la aldea. Pero Gilling también sabe ser impactante cuando quiere. Y como ejemplo tenemos dos momentos memorables de la película. En primer lugar la secuencia en que Alice, la esposa del joven doctor, corre hipnotizada por el bosque en dirección a la mina abandonada. El clímax final corresponde con la sombra de un zombie apareciendo sobre la muchacha.
Pero si algo destaca en esta película, y en toda la filmografía de Gilling, es la famosa escena onírica en donde los zombies salen de las tumbas del cementerio, arañando con sus manos la tierra y rodeando al protagonista. Rodada cámara en mano, la secuencia es aterradora, y se afirma que inspiró al mismísimo George A. Romero para su posterior La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1969). El maquillaje de los monstruos fue creado por Roy Ashton utilizando una finísima capa de goma, papel arrugado que coloreó con tierra y una segunda capa de látex. El resultado es efectivo incluso hoy en día y no es difícil imaginar el impacto que pudo provocar entre el público de la época. Con toda la fría corrección que se le suele atribuir a John Gilling, él fue, con este film, el que más se acercó al lirismo que destilan las imágenes de I Walked with a Zombie [tv/dvd: Yo anduve con un zombie, 1943] del gran Jacques Tourneur.

The Reptile
Todavía más fama tiene The Reptile. Comenzó el rodaje de la misma una semana después de la anterior, como digo, en los mismos decorados y con idéntico equipo técnico y artístico. El rodaje duró treintidos días. Una vez más, a Gilling se le debe la creación de un monstruo "made in Hammer", y de nuevo encarnado en una mujer. Si en The Gorgon la belleza y la maldad se mostraban unidas en forma de chica que se transformaba en una de las monstruosas Gorgonas de la mitología griega, aquí la sufrida protagonista se ve abocada a una horrible enfermedad que le obliga a mutar su piel periódicamente, transformándose en una horrible mujer-serpiente. Un guión que se debe a uno de los grandes guionistas de la casa, John Elder, no obstante es imposible pensar que en el argumento tuviera gran parte de culpa el director, vista las similitudes que tiene con la película de Fisher. Buscando más referencias no podemos olvidar que recuerda ineludiblemente al mito de la licantropía, pudiendo considerarse incluso esta película todo un remake encubierto de El hombre lobo (The Wolfman) de la Universal, dirigida por George Waggner en 1941. Por otro lado existe una película dirigida por Sidney J. Furie titulada The Snake Woman (1960), donde otra mujer serpiente era controlada por la música de un encantador y que es muy probable que fuera conocida por los responsables de The Reptile. Aquí Gilling, lejos de la acción trepidante de su anterior cinta, imprime a toda la trama, desde su inquietante prólogo, un ritmo lento que contribuye a lograr un aire lúgubre y de decadencia, subrayado además por la excelente partitura musical. Sin embargo, en los ataques de la bestia logra una planificación resuelta, imitando el estilo de Terence Fisher y logrando con ello el golpe de efecto deseado. Aún reconociéndole sus aciertos, que los tiene, es evidente que a The Reptile también se le deben achacar ciertos errores de bulto. Por un lado, el guión no está tan bien construido como el de The Gorgon, y el desenlace resulta precipitado, poco creíble y, lo que es peor, dejando en el espectador algunos interrogantes en lo relativo a la naturaleza de la maldición y relación entre algunos personajes.
Por otro lado, el desconocido reparto que había beneficiado a la anterior cinta aquí provoca el efecto contrario. Y es que el personaje del doctor y padre de la víctima es interpretado por el desconocido Noel Willman, que a pesar de su esforzada creación no puede hacernos olvidar que ese papel lo hubiera bordado estrellas de la talla de Cushing o Christopher Lee. Ni siquiera tenemos esta vez a un eficiente André Morell para suplir aquí esas ausencias de nombres de más peso. En cambio, mucho más acertada es la creación que Jacqueline Pearce hace de la hija del doctor/mujer-serpiente, dotando a su creación de personalidad propia a pesar del aparatoso maquillaje que parecía surgido de una monster-movie americana de los años cincuenta. No en vano, con su trabajo en estas dos películas Pearce se labró un lugar en el exclusivo club de las "Hammer Girls" como una de las más queridas por los fans. Este díptico fue rodado con la idea de ser estrenado en sesión doble. Pero al final el estudio no se atrevió para que no quedara tan en evidencia que se habían rodado exactamente en los mismos decorados, y The Reptile fue estrenada finalmente junto a Rasputín, logrando ambas un tremendo éxito.

The Mummy's Shroud
Pero Gilling aún no había dicho su última palabra en el estudio. Al año siguiente se embarcaría en la tercera aventura de otro de los grandes monstruos clásicos en la Hammer. The Mummy's Shroud [dvd: El sudario de la momia, 1967] no se puede decir que pasará a los anales de la historia como una de las mejores apariciones fílmicas del personaje. La historia no ofrece nada nuevo (salvo quizá el personaje de la hechicera que vislumbra los crímenes que van a acontecer a través de su bola de cristal), y se limita a narrar la maldición de la momia que intentará acabar con todos aquellos que se atrevieron a interrumpir su descanso. Pero no toda la culpa debe echársele a Gilling. A decir verdad, con esos escasos medios de producción poco se podía hacer. Los decorados del otrora inspirado Bernard Robinson son aquí más de cartón piedra que nunca, y la dirección de actores y figurantes es demasiado estática, más propias del cine mudo que de una película de aventuras. Con todo, la película tampoco es despreciable, y algunos detalles de dirección la salvan sin duda del desastre.
La escena en la que Michael Ripper pierde las gafas momentos antes del ataque del monstruo o la planificación de algunos de los asesinatos muestran el buen hacer de Gilling. El estupendo prólogo donde la voz en off de de Peter Cushing (que en un principio iba a protagonizarla, pero cuya colaboración termina con esta narración) nos va introduciendo en la historia del antiguo Egipto con un adecuado tratamiento del color y el uso que le da a la arena en todo el trascurso de la historia nos recuerdan que nos encontramos ante un director culto y de buen gusto en todas sus puestas en escena. La cinta no fue precisamente lo que se dice un éxito, y supuso el fin de la relación entre Gilling y la Hammer. De hecho, la película fue la última en ser rodada en los míticos estudios Bray. A partir de entonces Gilling encontró acomodo rodando episodios en series como El Santo entre otras. Finalmente se traslada a nuestro país, donde rodaría su última obra, La cruz del diablo (1975), demostrando de nuevo sus extensos conocimientos y gusto por las leyendas y mitos y teniendo que bregar con un guión del inefable Jacinto Molina. Pero esa ya es otra historia. John Gilling murió en Madrid en 1984, dejando un hueco en la historia del fantástico, y que sólo ahora comenzamos a apreciar algunos seguidores del género.
Antonio V. Chinchilla
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