por Carlos Díaz Maroto
Poco pudo imaginar Jack Finney cuando ideó su novela Los ladrones de cuerpos el partido que se sacaría de ella. Dentro de poco tendremos una nueva versión, Invasión, con Nicole Kidman y Daniel Craig, así que buen momento es para que nos aproximemos a las versiones anteriores y, después, comentar un poco lo que tendremos...
Los orígenes
Nacido como Walter Braden Finney (1911-1995), el escritor Jack Finney se inició literariamente en el género fantástico con el relato “Such Interesting Neighbours” en Collier’s Weekly (1951), si bien su carrera se caracterizará por tocar muy diversas temáticas. Su obra más famosa, por supuesto, es Los ladrones de cuerpos (The Body Snatchers, 1955), pero también adquirió fama con otras novelas como The Woodrow Wilson Dime (1960), sobre mundos paralelos, o Ahora y siempre (Time and Again, 1970), sobre viajes temporales. Es un escritor de notable prestigio, en especial entre sus colegas de profesión, pero en España es prácticamente desconocido.
La idea de Jack Finney en el título que nos ocupa comenzó como un serial radiofónico, que después el propio autor adaptó al formato de novela (previo a su serialización en la revista Collier’s Magazine en 1954).
En todo caso, la temática de la novela de Finney, que, como dijimos, se publicó en 1955, no era novedosa. Posiblemente, el tema de los humanos reemplazados por duplicados alienígenas, o controlados mentalmente por parásitos que les convierten en entidades de apariencia inexpresiva, fue utilizado por vez primera por el escritor Robert A. Heinlein en su célebre Amos de títeres (The Puppet Masters, 1951), que contaría con una adaptación al cine con la sólida The Puppet Masters [tv/vd/dvd: Alguien mueve los hilos, 1994], de Stuart Orme (y que fue saludada como una copia del clásico de Siegel), pero ya con anterioridad contó con una versión apócrifa en la simpática The Brain Eaters [tv: Devoradores de cerebros; dvd: Las sanguijuelas humanas, 1958], de Bruno VeSota. Otras películas que han abordado esa idea son las estupendas Invaders from Mars [tv/vd/dvd: Los invasores de Marte, 1953], de William Cameron Menzies, It Came from Outer Space [tv: Venidos del espacio; vd/dvd: Llegó del más allá; dvd: Vinieron del espacio, 1953], de Jack Arnold o I Married a Monster from Outer Space [tv: Me casé con un monstruo del espacio exterior, 1958], de Gene Fowler Jr.
La paranoia de los 50
Cuando el director Don Siegel (1912-1991) acometió La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956) se enfrentaba por vez primera al género, al que nunca volvería. Especializado en el cine policial (Harry el Sucio, Código del hampa, Brigada homicida, Identificación) y el western (El último pistolero, Duelo en Silver Creek, El seductor, Dos mulas y una mujer), acaso por ello se basó en las constantes del primero para desarrollar la narración de esta película de ciencia-ficción. Si bien cabe apuntar que su estructura de flash-back fue un añadido de última hora: el film había de finalizar con las escenas del doctor Bennel clamando en la carretera la invasión, con el primerísimo plano de un Kevin McCarthy desencajado; sin embargo, la censura exigió un final más optimista, por lo cual se le otorgó un prólogo y un epílogo, lo cual acercaría la cinta a ese tono de encuesta policial (y, de paso, a esa obra maestra del onirismo que es La mujer del cuadro, de Fritz Lang), por medio de la narración en primera persona del protagonista, que es, curiosamente, el mismo enfoque del libro, al que sigue con notoria fidelidad, salvo precisamente el final.
Poco a poco, pues, por medio de un excelente clima, se nos van desvelando los hechos en un crescendo descriptivo impecable, con una narración precisa, diríase desarrollada con tiralíneas, acrecentada por una magistral estética otorgada por el contrastado blanco y negro de Ellsworth Fredericks en formato panorámico. Sin embargo, es en el desarrollo de los personajes y sus relaciones (o falta de ellas, una vez acontecida la conversión) donde Siegel logra concebir un magistral clima pesadillesco, acercando a esta cinta de ciencia-ficción al género de terror.
La invasión de los ladrones de cuerpos ha deparado innúmeros análisis y críticas, no solo sobre la base de su altísimo nivel cualitativo (para el que firma es una de las cinco mejores cintas de ciencia ficción de todos los tiempos), sino por su curiosa lectura política, divergente en ocasiones. Así, algunos estudiosos han querido ver en el film un reflejo del clima de guerra fría entre los bloques, típico de la época, siendo los “ultracuerpos” una metáfora del comunismo; así se vería esa uniformización que acontece una vez convertidos los humanos en sus sosias allende las estrellas. Ese análisis quedaría subrayado cuando los protagonistas son invitados a transformarse, con una frase que expone Kevin McCarthy: “¿Un mundo en el que todos fuéramos iguales? No, gracias, no me interesa”.
Otra interpretación, sin embargo, sería la de convertir La invasión de los ladrones de cuerpos en una metáfora sobra el maccarthysmo (el productor, Walter Wanger, sería acosado por la caza de brujas, y el guionista Mainwaring estaba en la lista negra), donde la transformación en un ser sin sentimientos ofrecería una visión del clima de delación que vivió los Estados Unidos por aquel entonces: la caza de brujas se convertía, literalmente, en la conversión en un ser diferente, inhumano, donde el que piensa de forma distinta (el que tiene ideas izquierdistas) debe ser eliminado.
Sea como fuere, se trate de un film de derechas o izquierdas, tanto da, lo cierto es que La invasión de los ladrones de cuerpos es, sin lugar a dudas, una de las mejores películas de ciencia-ficción de todos los tiempos.
La paranoia de los 70
Si La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956) estuvo ambientada durante la época de la caza de brujas macchartysta y en una pequeña población rural (y presumiblemente conservadora) norteamericana, La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978) está situada en un contexto muy distinto. La acción tiene lugar en San Francisco, una gran urbe con diversidad de grupos étnicos y una de las que la mayor concentración de población homosexual detenta; es decir, un lugar donde la diversidad en su amplia concepción está aceptada. También tiene lugar en el Estados Unidos posterior al Watergate, donde la población perdió su candidez de pueblo joven y descubrió que la corrupción llegaba a las más altas esferas; donde el niño descubrió que papá no era perfecto.
Dentro de este contexto, una nueva versión de la novela de Finney encajaba perfectamente. Una visión más pesimista que la previa, pues aquí no hay posibilidad de sobrevivir a la invasión. La trama ubica más o menos las mismas situaciones que la previa película en otro lugar y con otros personajes, pero las líneas maestras son claramente identificables. A partir de la escena del encierro en la casa, el argumento se halla más cercano a la novela que al film de Siegel, así como el clímax en la fábrica de vainas. Se le añade un epílogo pesimista y desazonador, que conlleva que todos estamos condenados a convertirnos en vainas, a perder nuestra capacidad de amor, comprensión y preocupación por los demás, y convertirnos en cáscaras vacías sin sentimientos, impelidos por un mero afán reproductor, como el polen que es arrastrado por el viento para polinizar en otro lugar, lejos de lo que te es familiar.
En ese paisaje desolador, Kaufman, cuando ya había abandonado sus inicios titubeantes y contraculturales, y antes de devenir en pulcro, frío y académico adaptador, se aplica en narrar una película con gran diversidad de planos comunicativos, desde el más vehemente cine de género hasta la lectura socio-política más actual. En el primero de los casos, la cinta, con un devenir pausado, va desgranando paulatinamente los elementos que la conforman, va adquiriendo poco a poco un poso más afligido, más frío, menos esperanzador, con unos efectos especiales contundentes en su desnudez. La gran calidad de los actores nos ayuda a sentirnos implicados, inmersos dentro de la historia, convertirnos en uno de los personajes acosados con el peligro de ser convertidos en otro sin dejar de ser uno mismo.
Una de las escasas ocasiones en que un remake obtiene unos altísimos logros, y la prueba contundente de que es posible volver a narrar lo mismo si se tiene un nuevo punto de vista que adoptar. Ojalá todos los remakes fuesen así.
La paranoia de los 90
La tercera adaptación de la novela de Jack Finney, Body Snatchers [tv/vd: Secuestradores de cuerpos], se estrenó en 1993. Ese año, el 20 de enero en concreto, abandonaba la presidencia de Estados Unidos George H. W. Bush, padre del actual y nefasto presidente, y responsable de una política que fue seguida fielmente, pero con más visceralidad, por su retoño. En ese contexto, una nueva versión de la célebre historia resultaba pertinente. Ahora, la trama se focaliza dentro de la familia disfuncional, y en un entorno tan adecuado como es un cuartel militar.
En un inicio, la presente iba a ser dirigida por el estrambótico Larry Cohen (que escribió una de las versiones del guión, y que aparece acreditado en la traslación final), y la película de Abel Ferrara, una vez finalizada, sufrió gran cantidad de cortes y cambios por parte de los productores. El intrusismo de éstos provocó un tono descompensado en la película y, finalmente, fue un fracaso de crítica y público. Pese a todo, personalmente la película no me parece nada desdeñable.
Como decíamos, el eje sobre el cual se articula la narración es la familia disfuncional. Al inicio del film, mientras los protagonistas llegan a su nuevo lugar de residencia, la voz en off de la muchacha nos informa que la esposa de su padre es “la que ha reemplazado a mamá”; durante gran parte de la película, la chica se siente una intrusa dentro del núcleo familiar, desplazada, ignorada. Por lo demás, la amiga que encuentra tampoco forma parte de una familia como cabría desear: su padre es el general de la instalación militar, más ocupado en educar a sus soldados que a su hija, y su madre es alcohólica. Esos personajes se ubican dentro de esa gran familia que es el estamento militar, lugar inmejorable para reflejar la deshumanización, la coartación de libertad y albedrío, la supeditación a unas normas preestablecidas. Aquí, los ultracuerpos están en su salsa.
Ferrara dirige la película con tino y precisión, desentrañando la historia con fuerza y habilidad. El punto de vista lo distorsiona simplemente con un movimiento de cámara, rotando la planificación por una inclinada para mostrar la intrusión de la anormalidad. Hay planos, por lo demás, que ofrecen gran inquietud, cabiendo resaltar la escena en el jardín de infancia, donde todos los niños muestran unos dibujos de turbadora similitud, salvo el hijo de los protagonistas: ahora él es el diferente, cambiando el punto de vista de una forma inquietante.
La adaptación, también producida por Robert H. Solo, al igual que la previa, hace uso de elementos que ya aparecían en la versión de Kaufman, como es el famoso grito o la presencia constante e inquietante de los camiones de basura, donde los convertidos van a arrojas los restos de su pasado. En todo caso, la estructura de la historia, antes que a la novela de Finney recuerda a la de Ira Levin Las poseídas de Stepford (The Stepford Wives, 1972), sólo que cambiando la urbanización idílica por el enclaustramiento militar. En todo caso, se trata de una muy interesante película que fue muy maltratada y que merece una mayor atención.
La paranoia, hoy
...Y ahora tenemos una nueva versión del mito. Una época, como decíamos con anterioridad, en la cual los Estados Unidos está gobernado por uno de los individuos más mezquinos que existan, y cuya política ultra-reaccionaria está haciendo sus efectos en todas las partes del planeta. En ese contexto no resulta superfluo ubicar de nueva la paranoia de la sustitución de uno mismo por alguien que es igual que tú, pero que ya no eres tú. Hay un momento en la versión de Philip Kaufman en que el protagonista, cuando le refieren una de esas “conversiones”, pregunta: “¿Se ha vuelto republicano?”. No es gratuito, pues, interpretar como una metáfora política todas las versiones que hasta ahora ha habido. La presente, por lo que parece, también ofrecerá esa perspectiva.
Tras lo acontecido con la previa versión, en todo caso, en esta, nuevamente, los productores “metieron mano”, alterando notoriamente el producto inicial. Y es que de hecho la película debiera haberse estrenado hace unos años...
En 2004, en efecto, Joel Silver, el famoso productor de cine de acción, sugirió a la Warner una nueva versión. Fue contratado David Kajganich para escribir el guión, y una vez finalizado éste el director elegido fue Oliver Hirschbiegel, realizador alemán famoso por su film El hundimiento (Der Untergang, 2004), de gran polémica porque se atrevió a mostrar a Adolf Hitler no como el monstruo que se espera ver, sino como un ser humano: la gente parece tener miedo a enfrentarse a la idea de que lo más atroz que cometemos es por nuestra parte humana. Era, pues, una elección muy acertada, si la intención era efectuar una película inteligente, compleja, de sutiles lecturas socio-políticas, como eran las previas. El título de la película, por aquel entonces, era el de The Visiting, con el fin de que no fuese confundida con la atractiva serie Invasión (Invasion; ABC, 2005-2006), la cual, por cierto, tenía un punto de partida muy similar a la novela de Finney. Cuando la serie fue cancelada tras su primera temporada, se decidió optar por el título de The Invasion. Por aquel entonces, tras el anuncio de la película, la revista Entertainment Weekly definía el proyecto como “mitad thriller, mitad alegoría política”, añadiendo que era “una exploración terrorífica y profunda de la naturaleza del miedo”.
Hirschbiegel inicia el rodaje a finales de septiembre de 2005, tardando sólo mes y medio en completar el film. Una vez montado, se hace un pase a un público “escogido”, así como a los prebostes de la Warner. Al parecer, nadie queda contento con los resultados (imaginamos que Hirschbiegel sí). A estrenar en agosto de 2006, se cancela esa idea y se remonta la película, pero los estudios siguen sin quedar contentos. Así pues, Silver decide pedir ayuda a los hermanos Wachoswki. Estos reescriben parte del guión; según unas fuentes, redactarían escenas adicionales que alcanzaban las treinta páginas, según otras, unas setenta. La intención era aprovechar parte de lo rodado por Hirschbiegel, y reemplazar e intercalar otras que estuvieran más acordes con la idea que del cine tienen los ejecutivos de los estudios. Para ello, para rodar esas nuevas escenas, se llama a James McTeigue, ayudante de dirección de los Wachoswki en la nefasta saga de Matrix, y al que éstos ofrecieron la realización de V de Vendetta (V for Vendetta, 2005), adaptación del cómic de Alan Moore un tanto light, pero en todo caso bastante consistente e interesante, y con una lectura política que, hasta cierto punto, hace que la elección tampoco aparente desacertada.
Así pues, McTeigue se pone a rodar esas nuevas escenas entre enero y marzo de 2007, según se dice la mayoría de ellas persecuciones, explosiones, y flash-backs para explicar lo eliminado de la otra versión; además, aprovechando que uno de los actores, Daniel Craig, en ese lapso ha alcanzado fama mundial con su papel de James Bond, se alarga su papel. Y al fin se estrena en Estados Unidos esta nueva versión el 17 de agosto de 2007 (esperamos que la anterior, al menos, se edite en dvd, como se hizo con las dos versiones diferentes de la última entrega de la saga de El exorcista). Y aquí lo tendremos el 26 de octubre. Hasta entonces, habrá que esperar para conocer los resultados.
Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)
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