por Carlos Díaz Maroto
Quizás el nombre de Francisco Javier Miguel Gómez no diga nada a la mayoría de nuestros lectores. Sin embargo, si decimos Lem Ryan, muchos aficionados a los bolsilibros, también conocidos como novelas de a duro, sonreirán con deleite, pues se trata de uno de los autores más queridos y recordados de la perdida etapa de la literatura pulp a la española. Buena noticia, pues nuestro autor regresa con un título actual: Nueva Era.
Francisco Javier Miguel Gómez fue un autor muy joven que, allá por principios de los ochenta, publicó apenas una treintena de novelitas de a duro, o bolsilibros, como preferían denominarlas las editoriales, con el seudónimo de Lem Ryan. En aquella época, Ryan tocó diversos temas, así la literatura policial, las artes marciales, aventuras selváticas, deportivas, del oeste (sólo dos, y otra mezclada con... vampiros), pero con preferencia el terror y la ciencia-ficción; ciertas constantes despuntaban en su obra, como era la utilización de personajes arquetípicos como el hombre lobo (por el cual Ryan parece sentir fijación/veneración1) o citas a autores como H. P. Lovecraft o Robert E. Howard (de los cuales ha escrito diversos pastiches muy recuperables). Estas obras, divertidas, ingeniosas y con un ritmo apabullante, sufrían, lógico es, las limitaciones que exigían en la época las editoriales, la más evidente de las cuales era una extensión estándar, pero también el uso de ciertas constantes o la eliminación de otras.
Esta gloriosa etapa acabó por razones de mercado, y muchos de los autores que de ella se nutrían hubieron de buscarse las habichuelas en otros campos. Autores como Francisco González Ledesma (ergo, Silver Kane) tuvieron la suerte de seguir en el campo de la literatura, ganando inclusive un premio Planeta; otros, empero, hubieron de abandonar el medio e internarse en otras labores, acaso menos gratas.
Y ahora, sorprendentemente, después de unos veinte años, Lem Ryan regresa a las librerías2. Y regresa con una obra que es, digamos, una secuela espiritual de aquellas que pergeñó en el pasado, pero engalanada con lo que el tiempo ha ido acumulando en su vida junto a sus sienes. Pues Nueva Era es, en cierto modo, un bolsilibro, pero también es mucho más que eso. Mucho más porque, al fin, ya carece de limitaciones de extensión, y puede estirar la historia todo lo que precise, sin desarrollar la trama a un determinado ritmo y, en las cinco páginas finales, tener que ir cerrando todos los campos abiertos y dar por concluida la narración. Ahora no. Ryan, con todo, no es uno de esos autores que insuflan a sus libros páginas y páginas de retórica superflua, detalles redundantes que buscan la única finalidad de dar origen a un tocho de ochocientas páginas que se venda en las librerías a precios prohibitivos para el lector y sueldos envidiables para el autor. Ryan, como en su época pasada, va directo al asunto, no se anda por las ramas, y desarrolla la historia con un sentido del ritmo apabullante, sin altibajos, y con la capacidad de mantener el interés constante, sin que decaiga en momento alguno.
La editorial presenta el libro con un texto lo suficientemente enigmático para llamar la atención: «Detrás del velo de todas las alegorías hieráticas y místicas de las doctrinas antiguas, detrás de la oscuridad y las pruebas extrañas de todas las iniciaciones, bajo el sello de todas las escrituras sagradas, en las ruinas de Nínive o Tebas, en las piedras desmenuzadas de antiguos templos y en el semblante ennegrecido de la esfinge, en las pinturas maravillosas que decoran las páginas inspiradas de los vedas, en los emblemas misteriosos de nuestros viejos libros de alquimia, en las ceremonias practicadas por todas las sociedades secretas, allí se encuentran indicios de una doctrina que está en todas partes y que cuidadosamente se ocultó».
No obstante, la sinopsis del libro es algo más explícita: «Alfred Steiner, catedrático de arqueología de ascendencia alemana, muere en accidente de tráfico. Sin embargo un policía, el inspector Roberto Aguilar, sospecha de las extrañas circunstancias que rodean esa muerte, muy parecida a otras ocurridas dentro de la misma familia durante los últimos años. Los comentarios de un monje benedictino amigo del fallecido le llevan a especular con la posibilidad de que estén involucrados grupos satánicos, así que acude a una experta en esa clase de temas, Ana María Montalt, de la unidad anti sectas. Juntos, los dos policías investigan el pasado del científico y sus pesquisas les sumergirán en un tenebroso viaje a través de la historia y los mitos de civilizaciones antiquísimas, a la búsqueda del objeto más sagrado de la humanidad y a descubrir una conspiración que podría llevar al fin del mundo». La sinopsis se extiende más, pero preferimos dejarlo ahí, para mantener la intriga en el lector. Intriga que se mantendrá sobre éste a lo largo de toda la trama, atrapándolo de forma inmisericorde sin dejarle soltar el libro hasta finalizarlo del todo. Hacía tiempo que el que suscribe no quedaba tan absorbido en una lectura, tan emocionado con la evolución narrativa de una trama, tan implicado en lo que se narra a tal punto que resultaba difícil abandonar la lectura, e instado a abandonar otras obligaciones, menos gratas pero más perentorias, para proseguir la lectura.
Obvio es, Lem Ryan ya no es el adolescente que escribió aquellas dinámicas novelitas, y las canas que luce también tiñen el texto que desarrolla. Un texto, pues, más maduro, más trabajado, con unos personajes más desarrollados, con más pliegues, más lecturas. Pese a ello, Ryan no ha perdido esa capacidad de inmediatez, esa técnica de hacer que el lector, con dos líneas, conozca al personaje y se sienta de inmediato impelido a seguir con interés lo que le acontezca.
Se me informa que esta novela no es sino la primera de una nueva tanda de obras que Ryan piensa publicar. Esperemos que le acompañe el éxito –lo merece, sinceramente– y pueda proseguir brindándonos más textos de similar catadura. Lem Ryan ha entrado en una Nueva Era de publicaciones, y esto sólo es el principio. Nos pueden esperar horas y horas de gozosa lectura.
Entrevista
En los años 80 escribiste cierta variedad de bolsilibros con el nombre de Lem Ryan...
Sí, yo era entonces un adolescente con una imaginación hiperactiva, y aunque no tenía un gran nivel cultural se me daba bien eso de escribir, tal vez porque también leía muchísimo. Y una de las cosas que más leía, junto con los comics, eran precisamente esas novelitas que publicaba Bruguera, como lo hacían también millares de españoles en aquella época; me las leía a pares: había un puesto cerca de mi casa donde se podían cambiar por un duro, así que cada tarde, después de salir de clase, me pasaba por allí para conseguir mi dosis. Derrochaban fantasía, y algunas me parecían auténticas maravillas. Supongo que el paso de leerlas a terminar escribiéndolas fue algo casi lógico. Luego también tuve suerte, ya que al asesor literario, Enrique Martínez Fariñas, le gustó lo que le presenté a pesar de mi bisoñez y no tuvo reparos en aconsejarme. Publiqué unas treinta novelas, más alguna otra que quedó en el tintero con el cierre de la editorial.
Y luego desapareciste... ¿Dónde estuvo Lem Ryan, el escritor, durante toda esa época?
Hibernando en una dimensión paralela. Aprendiendo, esperando el momento adecuado para regresar. La experiencia de Bruguera me llegó demasiado pronto, o tal vez demasiado tarde si lo miramos desde la óptica del bolsilibro, que estaba viviendo sus últimos coletazos. Yo era demasiado joven y en poco tiempo pasé de estar en todos los quioscos de este país a ser un completo desconocido para el tambaleante sector editorial. Como se suele decir, tuve que buscarme los garbanzos en otro sitio, como les sucedió a muchos compañeros. Sin embargo esa comezón que es la literatura siempre ha estado ahí: los que nos dedicamos a esto sabemos de qué se trata. Y ya no podía contenerla por más tiempo. Ahora que he madurado, como escritor, pero también como persona, que he adquirido un bagaje vital, creo que es un buen momento para que Lem Ryan retorne.
Y ahora reapareces con la novela Nueva Era. ¿Es de reciente escritura, o estaba guardada en un cajón acumulando polvo y esperando el momento?
Es reciente. Tengo otras cosas guardadas, pero necesitan ser revisadas ya que ahora tengo perspectivas muy diferentes a cuando las escribí. Nueva Era la comencé hará dos años, aunque llevaba ya meses antes documentándome al respecto, empapándome de mitología, ocultismo, simbología, historia antigua…, siguiendo información que me llevaba a más información, y ésta a más aún, de manera que cada dato conseguido modificaba la idea anterior. Sólo cuando comprendí que tenía algo coherente me puse a redactarla, y lo hice de un tirón, expulsando todo lo que había acumulado dentro.
¿Por qué ha reaparecido Lem Ryan ahora?
Pues quiero pensar que porque ha llegado el momento, porque la literatura de género en español está viviendo una relativa bonanza que es posible que vaya a más incluso, porque el sector se atreve a arriesgar…, pero también porque durante este tiempo he acumulado muchas historias que ya pueden ser contadas. La verdad es que ha sido todo un cúmulo de circunstancias, sobre todo a nivel personal.
¿Qué hay en Nueva Era del autor de bolsilibros de hace veinticinco años?
Todo, pero más y mejor. Aprendí muchísimo de esa etapa: la propia estructura del bolsilibro te enseñaba a ser dinámico en la narración, a escribir pensando siempre en el lector, a plantear cada escena del modo más visual posible. Creo que todo eso también está en Nueva Era, aunque evidentemente no es un bolsilibro. Por otro lado, en este tiempo transcurrido mi estilo ha evolucionado y eso también se nota.
En la época de los bolsilibros tenías ciertas limitaciones, tanto de extensión como editoriales. Con esta novela, ¿has logrado eliminar totalmente estos problemas?
Reconozco que lo de la extensión es lo que peor llevo. Ahora está de moda el libro tipo “tocho”, de quinientas páginas en adelante, y encima hacer infinitas continuaciones, segundas y terceras partes, sobre todo en el género fantástico, que parece encasillado en el “estilo Tolkien” y las franquicias interminables. Supongo que algún día yo también haré una novela que no quepa en el maletero del coche, pero de momento cuento sólo lo que quiero contar, sin irme por los cerros. Llenar páginas y páginas de cosas intrascendentes hace que hasta yo mismo me aburra.
Ciertas constantes temáticas de tu novela podrían parecer inspiradas en obras de éxito actuales tipo El Código Da Vinci...
Lo reconozco. El enigma histórico me seduce, y de hecho Nueva Era nació de una reflexión: ¿por qué ese tipo de literatura, jugando con temáticas de tanto potencial fantástico, nunca se atreve a bucear completamente en ellas? Bien, pues Nueva Era sí lo hace, y hasta el fondo, adentrándose en la ciencia ficción y el terror a partes iguales. Se podría decir que es un experimento. A ver cómo resulta…
¿Qué opinas de este llamémoslo fenómeno literario, al que muchos autores, incluso españoles, se han sumado? ¿Sientes que formas parte de él?
Creo que estos temas siempre han interesado al público. El misterio que los envuelve resulta muy atrayente, y a mí personalmente lo que me extraña es que no se haya explotado antes. O, mejor dicho, que sólo lo explotaran las revistas “paranormales”, con todo el potencial que, como ya he dicho, hay detrás. Después de todo, ya Bécquer puso templarios en su “Miserere”, y lo que escribió Steinbeck sobre el Rey Arturo casi podría entrar en el saco del fenómeno.
Respecto a si formo parte de él, yo sólo soy un fabulador, y para mí el atractivo de esas temáticas sólo tiene valor como ficción. Soy un escéptico total más allá de ese terreno y adopto al respecto la misma incredulidad que me inspiran los hombres lobo o los vampiros, temas también fascinantes en el ámbito ficticio. Eso es tal vez lo que más me separa de ese nuevo género, ya que parece venderse como verídico cuando no lo es. Todo son especulaciones.
¿Hay más novelas de Lem Ryan esperando para sorprender al lector?
Las hay. De momento otra en cartera que se publicará en noviembre, con el título de La Frati Nigra, además de algunas reediciones de bolsilibros, y ya estoy documentándome para la siguiente historia que tengo en mente. Bueno, en realidad tengo dos historias dándome vueltas en el cerebelo, pero –es la única superstición que tengo– no puedo hablar de ellas.
Sobre La Frati Nigra, el germen de la historia surgió mientras acumulaba información para Nueva Era. Encontré detalles sobre una misteriosa organización con un pasado milenario y, curiosamente, luego parte de esa información desapareció, lo que me llevó a pensar que allí había algo digno de ser contado. Pero ya hablaremos de La Frati…en noviembre.
Próximamente volveremos a hablar contigo, pero si quieres añadir algo más para el lector...
Sólo agradecer toda la deferencia que Pasadizo y sus foros han tenido conmigo desde el principio. Y sobre todo a ti, Carlos, que has vivido esta aventura de mi retorno a la literatura casi en tiempo real. Tus consejos y apoyo cuando todo esto no era más que un proyecto han sido muy valiosos para mí.
Un abrazo.
Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)
1 Quien desee explorar un poco esta temática en su obra puede consultar mi libro Los hombres lobo en el cine (Ediciones Jaguar, 2005).
2 A los lectores interesados referir que, curiosamente, también en cierta fecha inmediata, otros autores de bolsilibros como Curtis Garland o Ralph Barby verán también de nuevo la luz.
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