por José Arce Bernal
Finales de la Primera Guerra Mundial. El jefe de pelotón Klaus Schneider dirige el sangriento asalto a una capilla tomada por el enemigo. En el brutal ataque resulta herido en la cabeza, por lo que es trasladado a un hospital de campaña; allí entablará amistad con el doctor Emil Bettelheim, quien se convertirá en su mentor cuando descubra, para su sorpresa, que el paciente tiene ciertos poderes hipnóticos y de clarividencia. Este hecho real fue el punto de partida para una película peculiar y enigmática, que intentaremos explorar en este artículo.
El enigma Hanussen
Finales de la Primera Guerra Mundial. El jefe de pelotón Klaus Schneider (Klaus Maria Brandauer) dirige el sangriento asalto a una capilla tomada por el enemigo. En el brutal ataque resulta herido en la cabeza, por lo que es trasladado a un hospital de campaña; allí entablará amistad con el doctor Emil Bettelheim (Erland Josephson), quien se convertirá en su mentor cuando descubra, para su sorpresa, que el paciente tiene ciertos poderes hipnóticos y de clarividencia. Finalizado el conflicto bélico, el capitán Tibor Nowotny (Karoly Eperjes) convencerá a Schneider para que se traslade con él a las grandes capitales centroeuropeas con el propósito de cautivar al público con sus capacidades. Es el inicio de la fulgurante y trágica carrera de Hanussen, el adivino (Hanussen, István Szabó, 1988).
La acción se sitúa históricamente a principios del pasado siglo XX, durante el primer gran conflicto bélico de la era moderna. El mismo arranque de la película nos coloca en primera línea del frente, con un largo plano que recorre la trinchera donde los hombres maldicen, rezan o lloran ante la inminencia del enfrentamiento. Estas son las gentes a las que pertenece Schneider, personas trabajadoras, del pueblo llano, como él; a este origen debe su talante honesto, incorruptible más tarde, cuando sus "dotes" le aproximen al más peligroso de los poderes. Hay un claro contraste entre los personajes, todos secundarios alrededor del protagonista, que van apareciendo en el film: las clases medias burguesas, en claro ascenso social, que intentan asentar su posición en una Europa destartalada; la aristocracia, audiencia fundamental del popular adivino, preocupada por continuar ocupando los estratos más elevados de la débil estructura del viejo continente; por último, los obreros, el proletariado que espera a la salida de los grandes teatros para poder entablar un irreal contacto con aquellos situados por encima de ellos. Todos esperan los acontecimientos que están por venir, expectantes y cautelosos en este convulso período de entreguerras. Es curioso ver cómo Schneider, oculto bajo el nombre artístico de Hanussen a partir del momento en que empieza a actuar, se desenvuelve entre unos y otros, manteniendo su personalidad en todo momento, sosteniendo su integridad a pesar de las circunstancias, aunque será esta obsesión con su honorabilidad la que le abocará al desastre.
Hanussen, cuyo arte ha estado latente siempre en su interior pero que no aflora hasta que no surge la oportunidad, de forma espontánea, decide actuar por primera vez ante las maltrechas tropas con las que comparte penurias en el hospital de campaña. Si bien esta prueba de fuego coincide con el anuncio del final de la guerra, su capacidad para atraer la atención de las masas queda más que demostrada. Bajo la sabia dirección de Nowotny inicia un brioso periplo que le llevará a las joyas centroeuropeas del momento, Viena y Berlín. Allí conocerá el éxito y el reconocimiento, pero también permitirá al director de la película, István Szabó, comenzar un recorrido incómodo que deslucirá el triunfo del protagonista, que caerá bajo las complejas telarañas de los juegos de poder: ciertos estamentos se verán amenazados por las siniestras mañas del adivino, a pesar de que éste proclama una y otra vez su sincera falta de interés por la política. Durante un tiempo, Hanussen logra esquivar las incómodas preguntas de aquellos que le instan a predecir futuros gobiernos, a pesar de que sus poderes van en aumento: con sólo mirar a una persona, puede leerle el pensamiento...
Un hombre solo
La originalidad de la trama propuesta por el film es realmente fascinante: la historia de un adivino en tiempos del ascenso de los nazis en la Alemania de entreguerras. Pero el hecho de que Erik Jan Hanussen fuese un personaje real recubre la intriga de un extraño velo de incomodidad que toca directamente al espectador. Berlín se presenta de forma esplendorosa, mágica, con sus teatros brillantes, repletos, y las calles bullen en una algarabía festiva -ciertamente contenida, eso sí- que trata de dejar atrás el dolor del conflicto que acaba de finalizar. Hanussen es, además, un triunfador que encandila al público, a la prensa y a las mujeres, que le adoran; sin embargo, la amenaza del floreciente nacionalsocialismo empaña cualquier posibilidad de felicidad. Este contraste entre un mundo ideal y mágico lleno de videntes, fakires, tarotistas y tragafuegos, y la dolorosa realidad a la que los espectadores sabemos que van a tener que enfrentarse a medida que avanza la película impide que nos hagamos partícipes de los triunfos del protagonista. Más aún cuando, durante una de las cenas con la alta sociedad, Hanussen cede ante las presiones de quienes le interrogan acerca de quién será el próximo líder político de Alemania: Adolf Hitler, afirmará con total seguridad.
A partir de ese momento, la gente comenzará a intuir un -falso- partidismo en las declaraciones y actos de Hanussen, incluidos aquellos que le son más cercanos, como Nowotny, que le abandonará para regresar a su país; como queriendo compensar ese vacío, reaparece en escena un decadente doctor Bettelheim, que acude a Berlín ciego a lo que está sucediendo y permanecerá con su amigo y protegido hasta el final. Solo aquellos que comprueben de primera mano los poderes del adivino creerán en su capacidad, sean estos periodistas, políticos o artistas. Hasta que el propio ministro de propaganda de Hitler se pone en contacto con él, para agradecerle personalmente sus declaraciones. El adivino, que continúa defendiendo su apolitismo por encima de todo, no se percata de las implicaciones que tiene entablar una relación de amistad con el partido nazi, sembrando una cada vez mayor animadversión entre la clase política.
La tragedia de Hanussen es la coincidencia de su cenit con su caída como personaje popular. El público, incrédulo, se niega a aceptar sus habilidades excepcionales, y cree sólo lo que le interesa creer, cegándose en su rechazo ante lo que evidencian como una actitud partidista. Lo único que quieren es alguien que le divierta, que le abstraiga. Las funciones a las que acuden en masa son simples actos catárticos, nadie se plantea su credibilidad. Y el tono con el que Szabó rueda la película no decae, se mantiene: los momentos trágicos o felices se reflejan de un modo seco, austero, prácticamente sin acompañamiento musical, con una frialdad que en ocasiones estremece. No hay un momento de respiro para la cámara del director, que objetivamente acompaña al personaje principal allí donde acude, con un tono casi documental y monocromo. Y ni un solo instante falta Hanussen en pantalla. Brandauer atrapa con su interpretación, encandila por la energía que transmite en su papel, elevándose por encima del resto de personajes, siempre sonriente, seguro de sí mismo, en una actuación memorable y poderosa cuando ha de serlo, pero ingenua e iracunda en ocasiones, en especial a medida que la trama se aproxima al desenlace y los nazis juegan con sus facultades. Inolvidable es, a este respecto, la secuencia en la que la fotógrafa de Hitler realiza una sesión con él, pidiéndole que pose en actitud en una serie de imágenes que luego servirán como modelo para aquellas, que todos hemos visto y recordamos, en las que el propio Führer aparece como un líder demagógico y carismático.
El protagonista, halagado por quien él sabe que alcanzará el poder, cae en la trampa. Comienza a ser tildado de charlatán, de mentiroso, de patético imitador de Hitler, en especial cuando éste, gracias al voto de los obreros en paro, se hace con la Cancillería germana. Pero sus actuaciones, curiosamente, no sufren el castigo del público, atraído por sus cada vez más sorprendentes capacidades para, por ejemplo, hipnotizar a una mujer para que incendie el teatro en el que actúa; y si sus poderes de transmisión de voluntad son cada vez mayores, también lo son sus dotes de clarividencia y premonición. Hasta que prevé el incendio del Reichstag, momento en el que comienza a ser considerado demasiado peligroso. Otra de las grandes tragedias de la película: sometido por los juegos más sucios de la política, Hanussen tratará de ser objetivo y ecuánime, de "adivinar para todos", por expresarlo de alguna manera; pero los intereses contrapuestos son demasiado importantes. Una fría mañana, el que podría haber sido uno de los más grandes adivinos de la historia, Erik Jan Hanussen, es conducido a un bosque por la policía de Hitler y ejecutado a sangre fría. Antes de morir, anuncia la caída del régimen nazi; y en un último plano, en una imagen de archivo, el Reichstag arde en la noche, sin que nadie pueda evitarlo...
El imposible retrato de un personaje atípico
La película no puede considerarse, en sentido estricto, como una biografía de Hanussen. Es, más bien, un reflejo de su ascenso en los círculos artísticos centroeuropeos y su libre deambular por los mismos, manteniéndose al margen de la política en la medida de lo posible. Su contacto con el partido de Hitler se refleja de modo somero, ya que no hay ninguna referencia a la relación que mantuvo con él durante años, de quien llegó a ser su astrólogo personal, como veremos más adelante. Quizás el mayor defecto atribuible es, precisamente, esta falta de profundidad a la hora de dar a conocer los distintos aspectos de la vida de este eminente austríaco. A pesar de la duración de la obra, que supera las dos horas, no hay un reflejo claro de sus ideas -por mucho que se reitere su apolitismo-, ni de sus orígenes, ni de su verdadero talante humano. Incluso sus actuaciones en público son ligeras y no excesivamente representativas, más allá de lo anecdótico. A pesar de todo ello, Hanussen, el adivino es un título imprescindible en la obra del húngaro István Szabó, dentro de lo que se conoce como su Trilogía Alemana, compuesta por Mephisto (Mephisto, 1981) y Coronel Redl (Redl ezredes, 1984), todas protagonizadas por Klaus Maria Brandauer. El director coordina la trama con distanciamiento, alejándose de la figura central, a la que deja todo el protagonismo. No hay alardes técnicos ni de montaje, con un desarrollo lineal de la historia, que de modo implacable recorre los distintos ambientes en los que tiene lugar la trama, fundamentalmente, el hospital en el que se inicia la narración y más tarde Viena y Berlín. Desde la brutalidad de la guerra a la represión de los nazis, desde la lírica -casi irreal- relación de amistad paterno-filial entre Bettelheim y Hanussen hasta las superfluas relaciones de éste con periodistas, políticos o amantes, el tono frío, casi de documental, nunca cede. Incluso las situaciones más cómicas están teñidas de una seriedad fruto del realismo con que la puesta en escena está llevada a cabo.
Al seco ambiente general contribuye, sin lugar a dudas, la labor del director de fotografía Lajos Koltai, habitual en el cine de Szabó -doce películas juntos lo atestiguan- y que refleja con aséptica frialdad el paseo del protagonista por sus éxitos y fracasos. Su aportación es fundamental, ayudando en buena medida a la fantástica ambientación de la producción, especialmente durante las actuaciones públicas de Nauseen, en las que crea un clima envolvente que le presenta como aislado del resto del mundo. No en vano, Koltai ha recibido numerosos premios a lo largo de su trayectoria; recientemente, se ha alzado con el Premio a la Mejor Fotografía de la Academia de Cine Europeo por La leyenda del pianista del océano (La leggenda del pianista sull´oceano, 1999) y fue nominado al Oscar el año siguiente tras su trabajo en Malena (Malena), ambas de Giuseppe Tornatore. Actualmente está en pleno rodaje de su primera película tras las cámaras, Sin destino, basada en la novela de Imre Kertesz, Nobel de Literatura en 2002.
El siempre interesante director István Szabó es uno de los estandartes del cine húngaro del siglo XX. Nacido el 18 de febrero de 1938 en Budapest, ha centrado los argumentos de sus producciones en el pasado de la vieja Europa, el imperio austro-húngaro o el Pacto de Varsovia, hasta llegar a la épica Sunshine (1999), que narra los avatares de una familia húngara judía desde finales del XIX hasta la década de los 60. En sus primeras películas puede verse la influencia de realizadores franceses como Truffaut o Godard, pero fue en 1979 cuando, gracias a Confidence (Binzalom), que se alzó con el Oso de Plata en Berlín y fue nominada para el Oscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa, obtuvo repercusión internacional. Su Trilogía Alemana, que relata el ascenso y caída del Imperio Austro-Húngaro, es la parte de su obra más recordada; compuesta por Mephisto (1981), Coronel Redl (1985) y Hanussen, el adivino (1988) y protagonizada en su totalidad por el actor austríaco Klaus Maria Brandauer, obtuvo con cada una de ellas una nominación al Oscar -que ganó por Mephisto- y abundantes premios en festivales de todo el mundo. Su debut en el cine anglosajón llegó con Cita con Venus (Meeting Venus, 1991), protagonizada por Glenn Close. Su último trabajo ha sido Taking Sides (2003), con Harvey Keitel en el papel principal.
"El Rasputín germánico"
¿Quién fue realmente Erik Jan Hanussen? Se sabe que nació en Viena a finales del siglo XIX, pero tanto su vida como su muerte siempre han estado rodeadas de misterio. Tras trabajar unos años en circos de baja categoría, estableció un gabinete astrológico en Praga, lo que le permitió ir ganándose un nombre. Posteriormente huyó a Berlín, donde fundó dos revistas, Die Hanussen Zeitung y Die Handere Welt, publicaciones en las que contó con colaboradores como Hans Heinz Ewers, esoterista que le presentó a Adolf Hitler; tanto él como otros personajes que le eran afines, como Hess o Goebbels, pasaron rápidamente a ser discípulos del adivino, estableciendo un vínculo de dependencia que haría de Hanussen una figura realmente poderosa.
La cada vez más íntima relación entre el Führer y su astrólogo suscitó las envidias de las más altas cúpulas del partido nazi, fruto de las que nacieron las investigaciones que ciertos mandos comenzaron a realizar sobre su pasado. A pesar del descubrimiento de que su origen fuese posiblemente judío (su verdadero nombre era Harschel Steinschneider), nada pudo convencer a Hitler para que abandonara su amistad y su tutela. Pero una noche de febrero de 1933 Hanussen celebró la inauguración de una sala de actuaciones ante lo más florido de la clase alta de Berlín; para impresionar a tan distinguida audiencia, decidió hipnotizarse a sí mismo, entrando en un trance que le provocó un profundo desmayo, no sin antes vaticinar el terrible incendio del Reichstag. A pesar de que tras despertar aseguró no recordar nada de lo que había sucedido, su augurio agotó la paciencia de los dirigentes del partido, que tenían planeado -él lo desconocía- calcinar el edificio dos días más tarde.
Tras esta revelación, Hanussen perdió la confianza de Hitler. Iracundo, escribió un artículo en otra de sus publicaciones defendiendo su falta de partidismo y la veracidad de sus poderes y capacidades. Fue lo último que hizo: el 8 de abril de 1933 su cuerpo fue hallado en un bosque, medio devorado por animales salvajes. Con el tiempo, las investigaciones han determinado su origen judío y han demostrado la veracidad de muchas de sus predicciones, como el ascenso de los nazis al poder, la matanza de Rohem o el propio incendio del Reichstag. Por qué no evitó su propia muerte continúa siendo una incógnita. Dos películas más se basan en su persona: Hanussen, dirigida e interpretada por O.W. Fischer en 1955, e Invencible (Invincible, Werner Herzog, 2003), en esta ocasión con Tim Roth en el papel principal y que se centra en su relación con el forzudo polaco Zishe Breitbart durante la etapa de Hitler en el poder en Alemania.
José Arce Bernal (Madrid. España)
Hanussen en la reciente película de Herzog
La versión de los 50
La versión de los 50
El verdadero Hanussen
Istvan Szabo
Cartel de una actuación real del adivino
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