por Manel Lledó Bertomeu
El descubrimiento de un mundo oculto, la atracción por los abismos de la moralidad, la seducción del misterio, la destrucción de los iconos típicos de la vida socialmente aceptada, la oposición entre el Bien y el Mal, la cercanía del Sueño Americano a su reverso de Pesadilla... Todos estos temas y muchos más se comprenden en Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986), una de las obras cumbres de su director, el inimitable David Lynch. En las próximas líneas acometeremos una aproximación a las claves de este complejo clásico moderno, magistral abanderado del cine de culto que ya ha pasado, por méritos propios, a la historia como uno de los productos más talentosos jamás vistos en pantalla.
Empecemos por el poético título de la obra. Éste podría indicar tanto el fetichismo implícito en ella como el elegante y bello material de lujo que debe ser desgarrado para sacar a la luz la espeluznante verdad de lo que contiene. Así pues, no sólo es el título de una película y la deliciosa canción homónima de Bobby Vinton, sino también el indicativo inicial que desvela las intenciones de su director: ofrecernos una fábula perversa en clave adolescente acerca del "otro lado" de la humanidad, porque esa población llamada Lumberton, al igual que Dorothy Vallens, están vestidas, disfrazadas con un envoltorio de gala que no permite apreciar la truculenta esencia.
Para contarnos este desenmascaramiento, Lynch opta por el género negro y el misterio, sembrándolos de elementos de terror y dando el protagonismo a la adolescencia, la etapa de la curiosidad, el aprendizaje y el descubrimiento por excelencia. Ubicada en esta clasificación de manera fundamental, también transita por el suspense y la historia de amor como telón de fondo. A partir de ahí, el realizador es libre para desplegar su complejo talento, sus obsesiones, y subvertir todo ese falso entramado de la América idealizada de la doble moral, mostrando lo inconfesable, lo que permanece en lo más recóndito y que preferimos ignorar; algo que, por mucho que nos pese, forma parte consustancial de nuestra naturaleza.
Pero vayamos por partes.
- El SEXO.
"Cuando era adolescente, el sexo era como un juego. Era tan misterioso que descubrí toda una vida llena de fantásticas texturas... Me di cuenta de lo vasto que era el reino del sexo, de los muchos niveles que abarcaba -desde la lujuria hasta la violencia- . Es la llave que abre un fantástico misterio de la vida."
La vertiente enfermiza, descarnada, límite, bizarra y sádica entre Frank Booth y Dorothy Vallens es uno de los posibles niveles que puede alcanzar el sexo en contraposición a la retraída y reprimida relación de pureza entre Jeffrey y Sandy. En un extremo, el sexo más "oscuro", y en otro, el mojigato e ingenuo inicio amoroso entre los adolescentes.
El director muestra la inocencia y la lujuria más desatada en un todo, y la introducción de Jeffrey en el mundo adulto le descubre las múltiples y seductoras variables plausibles de la relación sexual.
- REALIDAD, SUEÑO Y UNIVERSOS PARALELOS.
"Los sueños que tienes cuando estás despierto son los verdaderamente importantes. Cuando duermes no controlas tus sueños. Me gusta sumergirme en un mundo onírico que yo he construido o descubierto: un mundo que elijo." "Empecé a tener ideas en 1973 pero todo era muy vago. Sólo tenía un sentimiento y un título. Luego, cuando acabé "Tenía que ser una oreja porque es una obertura. Una oreja es ancha y te metes. Va hacia algún lugar inmenso. Es un ticket hacia otro mundo." La oreja cercenada que Jeffrey encuentra en un descampado es el punto de partida de su odisea. A partir de ahí, el protagonista inicia su investigación personal que le conducirá a otro nivel de conocimiento, a otra "dimensión" o universo paralelo que para él permanecía virgen. La puerta del infierno. - SU AMÉRICA: EL BIEN Y EL MAL.
"Así es como yo veo a América: hay un aspecto muy inocente e ingenuo en la vida americana, y también hay horror y maldad." "He oído decir alguna vez que nuestro viaje por la vida es para alcanzar la mente divina a través del conocimiento y la experiencia de los opuestos combinados. Esa es nuestra historia. El mundo en el que vivimos es un mundo de opuestos. Y la cosa es reconciliar estos opuestos." Lynch acostumbra a plasmar en su cine las dos caras de América: la inocente y la perversa. En Terciopelo azul nos descubre los trapos sucios de un resplandeciente pueblo maderero, pero es en toda su obra en su conjunto donde mantiene una constante dualidad que divide conceptos aunque en ocasiones se entrecrucen. - MÚSICA Y SONIDO.
"Me fascinan las presencias, lo que se llama sonido de ambiente. Es el sonido que se escucha cuando hay silencio, entre palabras o frases. Es una cosa peligrosa, porque en este aparente silencio se pueden aportar sentimientos y se pueden crear ciertas imágenes de un mundo superior. Todas esas cosas son importantes para construir ese mundo." Una de las claves fundamentales del cine de este autor es la utilización de música y sonidos evocadores, hipnóticos, sugerentes, capaces de adentrar al espectador en otros universos y atmósferas por medio del sentido auditivo. Con la inestimable colaboración del grandioso Angelo Badalamenti y su exquisito gusto por los temas clásicos de los cincuenta, las películas de Lynch se sienten más allá de las imágenes. Calan hasta lo más profundo de la audiencia. - ENTORNOS.
"Me gusta la El dominio de la composición de los espacios es seña identificativa de Lynch, un autor total que no deja nada al azar y diseña los entornos con minuciosidad, guiándose por una razón de ser en la que nada es casual. Trata de crear una atmósfera especial que caracterice al personaje de algún modo, como es el paradigmático caso del apartamento de Dorothy Vallens. - "Que exista un misterio es una emoción inmensa. Es emocionante que exista algo más que lo que ve el ojo. Por eso me parece que los fragmentos de cosas son tan interesantes. Te permiten soñar el resto. Hablar sobre algo grande lo empequeñece." El misterio que causa la insinuación o la sugerencia siempre resulta mayor y más apasionante que la explicitud. Proyectar partes de un todo posibilita que el espectador se sienta partícipe a la hora de juntar las piezas del puzzle y que, al mismo tiempo, sufra la incertidumbre de saber si Lynch se las ofrecerá todas o si, por el contrario, habrá de aportar algunas propias para intentar encajar todas las piezas. - LA OSCURIDAD.
"El negro tiene profundidad. Es como una salida; puedes penetrar en él y, como continúa siendo oscuro, la mente se apodera de ti y todas las cosas que hay allí dentro empiezan a manifestarse. Y empiezas a ver lo que te da miedo. Y empiezas a ver lo que amas y se convierte como en un sueño." Penetrar en la oscuridad representa la entrada a un lugar que está fuera de nuestro control, a un lugar donde cualquier cosa puede ocurrir, en el que hasta lo más inesperado nos puede ser revelado. Es la puerta de nuestros temores más profundos. Conocidos los conceptos fundamentales que maneja su creador y sus propias declaraciones acerca de los mismos, es momento de comentar, desde el punto de vista crítico del que esto escribe, la obra que nos ocupa: La belleza esconde fealdad y el Bien siempre existe en unión íntima e inexorable con el Mal, pudiendo ser éste último localizado en cualquier parte (la cercanía de la vivienda del protagonista respecto a los focos negativos) a pesar de que el aspecto externo pueda indicar lo contrario, como sucede en la comunidad maderera de Lumberton en la que se desarrollan los escabrosos sucesos que, más adelante y coincidiendo con la llegada de la noche, se revelarán con asombrosa contundencia. Este entorno que oculta más de lo que aparenta sería explotado posteriormente por Lynch con magníficos resultados en la reputada serie de televisión Twin Peaks (Twin Peaks, 1990-1991), en la incomprendida Twin Peaks. Fire Walk with me [tv: Twin Peaks, fuego camina conmigo] (centrada en la muy macabra vida de Laura Palmer, mujer deslumbrante durante el día y viciosa y pervertida al caer la noche en el ámbito de un pueblo de dos caras) y en la reciente Mulholland Drive (Mulholland Drive, 2001), que contiene el contraste entre, por un lado, el Hollywood dorado donde todos los sueños de éxito y fama pueden hacerse realidad y, por otro, las mafias, las coacciones y el desengaño amoroso como detonante de la tragedia y el fracaso: el reverso tenebroso, otra vez, del Sueño Americano. Esta sociedad de apariencia impoluta donde la inocencia e incluso la candidez imperan en la superficie, contiene también su lado siniestro, truculento, infernal... La brutalidad, la desquiciada desviación sexual, los abusos y adicciones más enfermizas, la corrupción, los crímenes y mucho más se encuentran soterrados al amparo de un suave y engañoso envoltorio de "terciopelo azul" que será desgarrado por la insana curiosidad del morboso antihéroe, Jeffrey Beaumont (fantástico, esquinado, Kyle MacLachlan), deseoso de experimentar nuevas sensaciones que le conducirán a un mundo tan depravado como extraño ("Es un mundo extraño", expresión manifestada en varias ocasiones a lo largo del metraje). Esta penetración en una atmósfera de pesadilla supone el despertar de la sexualidad extrema de un adolescente, víctima de una poderosa fascinación por la desconcertante cantante que sufre los abusos, vejaciones y chantajes del demente Frank Booth (sobrecogedora caracterización de un Dennis Hopper prácticamente ido), uno de los villanos más temibles y enloquecidos de la historia del cine. Sus perversiones sexuales son tan ilimitadas y su actitud tan radicalmente violenta que lo convierten en un ser imprevisible, letal, sumamente peligroso; un tipo que, sin ir más lejos, necesita de una mascarilla de oxígeno "para ponerme en forma". Ambos personajes, Jeffrey y Frank, representan a entidades completamente opuestas que interactúan de un modo tan intenso que saltan auténticas chispas entre ellos, momentos en los que el espectador se identifica irremediablemente con el primero, sintiendo un desasosiego casi insoportable por lo que le sucede, viendo atacadas sus barreras morales debido a lo que Lynch nos ofrece con toda la visceralidad y crudeza imaginables pero sin caer en el exhibicionismo gratuito o grotesco. Aunque varios fragmentos del film se revelen como desagradables, la elegancia de la puesta en escena por parte del autor es de tal grado que surge la impresión de que todo lo que se muestra y el mecanismo utilizado para ello tienen su razón de ser, causando, además, un contraste arrebatador entre momentos emotivos, poéticos o bellos con otros instantes donde fealdad y maldad se imponen con total virulencia. El poder sugestivo de las imágenes y sonidos consigue penetrar en el atormentado subconsciente del público y provocar su emoción, su excitación y, al fin y al cabo, su participación en un relato que deviene absorbente hasta no dejar a nadie en la indiferencia, un relato que desnuda a la sociedad y al propio ser humano para mostrar todas sus más íntimas vergüenzas y derrumbar sus presuntas virtudes, sacando a la luz, por consiguiente, las debilidades que lo atenazan. Aunque, en principio, tales personajes antagónicos se consideren los símbolos del Bien y del Mal, lo cierto es que el espécimen teóricamente positivo e inocente no es otra cosa que un curioso y entrometido voyeur con inquietudes poco recomendables ("No sé si eres un detective o un pervertido", le dice Sandy a Jeffrey cuando éste le cuenta su plan). En este sentido, se extrae un mensaje relativo a la ambigüedad moral que nos define y a la fina, casi imperceptible, línea que separa lo bueno de lo malo, la cordura de la locura, el placer del dolor, una frontera fácil de cruzar incluso en el lugar y el instante más insospechado. La contraposición también cabría realizarla entre la impecable pareja clásica característica de la década de los cincuenta compuesta por Jeffrey y Sandy (interpretada por la espléndida Laura Dern, con las apropiadas dosis de dulzura e ingenuidad) y la moderna combinación formada por los desequilibrados Frank Booth y Dorothy Vallens (Isabella Rossellini, en un arriesgado papel de elevada dificultad dramática encarnando a una femme fatale tan agresiva como vulnerable). Si bien ambos jóvenes parecen no haber crecido lo suficiente ni haber vivido demasiadas experiencias vitales, sus contrarios han exprimido y agotado sus vidas hasta lo indecible, pasando a otra fase en la que el exceso y la aberración dominan su existencia. Por ello, los acontecimientos que vivirán los jóvenes les demostrarán que, tras una engañosa fachada impoluta y autocensurada, existe todo un mundo por descubrir donde tiene cabida la sordidez más exacerbada. Esta evolución hacia la madurez conllevará la pérdida de la citada inocencia y la superación del limpio amor adolescente para subir a un escalafón superior en el que las sensaciones fuertes esperan para destrozar la relación de pareja en su concepción clásica. Su avidez por aprender, por transitar lugares desconocidos, es irresistible, algo que se refleja con toda claridad en estas dos intervenciones del personaje de MacLachlan en diálogo con el de Laura Dern: "Hay oportunidades en la vida para aprender y adquirir experiencia. A veces es necesario correr un riesgo. Creo que quien entre en el apartamento de esa mujer, aprenderá mucho". Y: "Nadie sospechará de nosotros porque nadie pensará que estamos lo suficientemente locos como para hacer una cosa así".
Con el presente film, donde el cripticismo enigmático que ha definido gran parte de la filmografía del director se encuentra atenuado, el genio de Montana se aproximó a la narrativa más "convencional" de su majestuosa El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), ya que el único elemento surrealista presente es lo concerniente a la oreja encontrada por Jeffrey en un descampado, apéndice amputado que significará el origen del camino oscuro, de la dimensión paralela que le llevará al autodescubrimiento y búsqueda existencial. Durante su torturado trayecto, los clásicos estandartes del American Way of Life y del Sueño Americano son dinamitados y, por consiguiente, demolidos ante el nuevo prisma que se abre a raíz de su entrada en el apartamento de Dorothy, una travesura malsana de funestas consecuencias al destapar una devastadora caja de los truenos de la que emerge todo aquello que podríamos situar en el rincón más recóndito del alma humana. Y es que este camino emprendido por nuestro protagonista sigue una estructura circular, pues se inicia en el mundo iluminado por la bondad y las buenas costumbres, continúa con un descenso a los infiernos de lo oculto, y finaliza nuevamente ante la plena luz del día y el confort, condimentado con un apunte final irónico que resume el sentido ambiguo de esta obra de arte: el precioso jilguero que mantiene a un insecto atrapado en su pico ante la mirada de los personajes. Belleza y repulsión en un todo. El suspense, la tensión creciente, los extravagantes y peculiares seres que pueblan el ambiente (en especial, todos y cada uno de los integrantes de la criminal fauna nocturna... como ese estrambótico Dean Stockwell...), la subyugante banda sonora del fiel e imprescindible Angelo Badalamenti, la fotografía de Frederick Elmes (decisiva para lograr el contraste entre el universo idílico y el terrorífico), la creación de atmósferas o el misterio son resortes que conforman un psycho-thriller turbador, romántico y sexual, próximo al mismísimo cine de Hitchcock y construido con la habilidad de quien maneja los elementos de los diversos géneros a la perfección para amoldarlos a sus propias inquietudes. No en vano, su impactante influencia cultural durante la última parte del siglo XX ha sido notoria. A día de hoy, es difícil determinar si Terciopelo azul es o no la mejor película de la trascendental filmografía de David Lynch, uno de los pocos creadores contemporáneos comprometidos con un universo personal e intransferible de atracción y originalidad dignos del máximo reconocimiento. Lo que sí es seguro es que supuso un punto de inflexión inolvidable, un empujón artístico arriesgado que rompió moldes, despertó pasiones, provocó la polémica y llegó a zarandear tanto a la producción cinematográfica como al impresionado público de su tiempo. Una magistral obra de culto de enfermiza belleza que aún hoy sigue produciendo un efecto de incalculable valor para cualquier obra artística que se precie: la fascinación del espectador. "Yo empecé como pintor, en la escuela de Bellas Artes, pero un día estaba delante de un cuadro y me pareció ver que algo se movía en él. Desde entonces intento combinar sonido e imágenes de la mejor manera que puedo." Manel Lledó Bertomeu (Alicante. Madrid) Todas las citas en cursiva son debidas a David Lynch.
Bajo el idílico aspecto de la sociedad del bienestar yankee, caracterizada por paisajes florecidos, colores vivos y brillantes, deslumbrante luz solar en un clima agradable, adorables viviendas con jardín, niños cruzando la vía, un vehículo de bomberos circulando a cámara lenta y la canción "Blue Velvet", de Bobby Vinton, sonando plácidamente, se esconde la más repulsiva podredumbre del ser humano. Enseguida, se produce el absurdo accidente de un hombre mayor regando su jardín (escena teñida de un sorprendente humor negro), y es entonces cuando la cámara de Lynch toma vida propia para sobrepasar el verde césped y adentrarse en las entrañas de la tierra donde diversos insectos se amontonan, poniéndonos sobre aviso, a través de la metáfora, de la perturbadora historia, con ligeros tintes autobiográficos, que a continuación se nos va a servir de forma descarnada y sin concesiones que valgan.
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