La crisis del cine español

por Equipo Pasadizo

almoEl cine español está en crisis. Eso es lo que muestran las estadísticas. La gente prefiere ver El Señor de los Anillos. Las dos torres a ver A mi madre le gustan las mujeres. Hemos pasado la cuestión a un grupo de colaboradores de pasadizo y nos han dado sus respuestas; les hemos inquirido sobre la crisis, sus motivos y su posible solución. Y esto es lo que nos han respondido…

¿Es más importante que Mambrú vuelva a la guerra porque será más rentable que reconocer que el cine español lleva unos años sufriendo una crisis que acabará con él?

El problema que hay en España, es que aquí vemos todas las películas, las malas y las buenas, porque tengamos en cuenta que España es uno de los países europeos donde más películas se estrenan cada semana. Lo más sorprendente es que se cuelen en la programación insignificancias dobladas como Wasabi. El trato sucio de la mafia y Transporter, por citar algunas de las peores películas que las carteleras españolas hemos tenido que sufrir, cuando lo más justo hubiese sido que estas hubiesen pasado a ser filmes en VOSE y a estrenarse en salas más underground (de hecho el cine español está compartiendo salas con las películas más alternativas o con reposiciones) y así, en las salas comerciales, estrenar películas españolas que han pasado desapercibidas ante el gran público, que ante la avalancha de filmes insufribles como los citados se han estrenado en varias salas o multisalas, quedando las películas españolas abandonadas de la mano de Dios. ¿No hubiera sido más justo para todos que El efecto Iguazú o Cravan Vs Cravan (dos magistrales documentales) o La caja 507, por ejemplo, se hubiesen podido ver en cines más comerciales? Desde luego, esa hubiese sido la opción más adecuada.

Una cosa es evidente: no tenemos las mismas oportunidades que el cine americano, no hay igualdad de mercado y no tenemos cultura de cine español. El problema de fondo reside en que no existe una política audiovisual ni una política de Estado hacia el cine. La creatividad no se hace por decreto, pero no es mala.

Los datos del Ministerio de Cultura que proporcionó a los medios de comunicación hace un mes eran ya lo bastante alarmantes: el cine español ha perdido ocho millones de espectadores, una cifra que le coloca en una de las tasas más bajas de los últimos años. Para aclarar más el asunto, la cuota de mercado descendió cinco puntos: del 18,5 % en el 2001, al 13,4 % en 2002, mientras que el cine yanki se sitúa, imparable, en el 70 %, y no nos engañemos con excusas de que en España sólo se hacen españoladas, porque en Estados Unidos se hacen unas "yanquiadas" soporíferas, lo que ocurre es que ellos las saben vender mejor (pero por eso tiene una masa económica mejor, ¿no?). Sólo cuatro películas españolas (El otro lado de la cama, de Martínez Lázaro, la hispanoargentina El hijo de la novia, de Juan José Campanella, Hable con ella, de Almodóvar y Los lunes al sol de Aranoa) consiguieron superar la cifra del millón de espectadores. Mientras que cintas como 800 balas de Álex de la Iglesia o El embrujo de Shangai de Trueba pincharon estrepitosamente en taquilla. Recordemos que en el 2001 hubo un éxito y medio para el cine español en récord de taquilla, el primero Torrente 2 y el medio Los otros (y digo medio; por motivos obvios considero que es una cinta más yanqui que española).

Aunque habría que puntualizar que la crisis es común a todo el cine europeo, el caso español reviste especial dramatismo. La recaudación de un año para otro (2001-2002) cayó en picado, un descenso del 32 % que vendrían a ser unas pérdidas para la industria cinematográfica de unos 35 millones. En base a todo esto, llego a la conclusión de que a los españoles no les gusta el cine que se hace aquí, aún se siguen teniendo prejuicios y la verdad sigo sin entenderlo, porque, sí, este pasado año ha habido películas españolas realmente horribles, como es el caso de Darkness o El segundo nombre, por nombrar alguna, pero no nos engañemos, de americanas malas ha habido el doble en comparación proporcional, sólo que han tenido una mejor distribución.

Podríamos alegar que Hollywood nos asfixia (y es verdad), pero el espectador es libre de ver la película que quiere, pero ¿qué ocurre cuando no existe posibilidad de opción? Porque hay salas que sólo estrenan bazofias como Ali-G o Daño colateral (y en más de una sala, a veces en tres), antes que estrenar películas como Smoking Room o El robo más grande jamás contado, simple y llanamente, porque creen que el público no las va a ver. Un error que pagaremos caro si todo esto sigue así. Además, también es culpa de malas distribuidoras y un mini-complot (a la sombra y no reconocido) en contra de todo lo que sea made in Spain.

Actualmente se tacha al cine español como un remake o sofrito de la misma película de posguerra. Afirmar eso es demostrar ignorancia absoluta al respecto porque en España se tocan muchos más géneros. Entre "el arte y ensayo" y "la estupidez" hay un paso muy grande. No sólo de cine de autor se alimentan las películas patrias, no hagamos juicios de valor antes de tiempo. Y la calidad no tiene nada que ver en todo esto, ya que calidad hay de sobras, los problemas están agazapados en malas distribuciones (como he comentado anteriormente), a una mala respuesta de programación, a una falta de publicidad ( mayoritariamente carente) y a una producción mínima y pobre. Habría que añadir además que en España se solía hacer una media de 200 cortometrajes al año, cifra que ha bajado a 120; la respuesta: precarias subvenciones por parte del Ministerio de Cultura. El trato marginal no está beneficiando en nada al cine patrio. No nos equivoquemos, en el cine español hay talento, hay ideas, pero no tiene público generalmente por desconfianza y porque estamos mediatizados...

Hay crisis, y muy gorda, y a nuestros políticos les interesa recordarnos que es más importante que "Mambrú vuelva a la Guerra" porque es más rentable que reconocer y apostar por un cine (según opinan ciertos estratos del gobierno) caduco y sin futuro.

Sólo veo una solución posible, pero es excesivamente drástica y es cerrar fronteras, hacer como Francia y optar por tener una cultura "chovinista" que dé más opciones a un cine hecho aquí, en casa. Hoy por hoy es la única contra-respuesta posible para salvar a un cine que se está marchitando por falta de oportunidades.

Cine Español, S.A.

Todas las empresas, principalmente aquellas cuyo capital social se compone de las aportaciones que realizan sus socios (quienes a su vez adquieren una cuota de poder sobre la misma), realizan al final de cada ejercicio un balance sobre la gestión empresarial de dicho periodo. En él, se plasman las ganancias y las pérdidas, y si el saldo final que arroja es positivo hay beneficios, de lo contrario hace peligrar la estabilidad de la empresa, lo que la llevaría a disolverse y repartir el capital existente entre los socios.

El cine español, como si de una empresa se tratase, ha hecho también su balance anual y sus resultados han levantado la voz de alarma. Pero al contrario que en estas estructuras mercantiles, por muy mal que hayan ido las cifras, la industria no se declara en quiebra ni repartirá capital entre sus participantes (todos aquellos que contribuyen como buenos ciudadanos a llenar las arcas del Estado vía IRPF).

Según parece, el éxito o fracaso del cine español es directamente proporcional al número de espectadores que lo consumen, por lo que entramos en una dinámica de dudosos criterios valorativos en la que se anteponen los resultados comerciales y financieros a los estrictamente artísticos. Con ello da igual que la calidad de una película sea ínfima con tal de conseguir unos excelentes resultados en la taquilla.

Esta concepción corporativista de la industria cinematográfica, que en nada beneficia al cine como movimiento artístico, es consecuencia directa de la constante dependencia que tenemos respecto al modelo hollywoodiense. A pesar de que, a priori, el cine español se quiera distinguir por su independencia y se ofrezca como una alternativa al estilo norteamericano (consiguiéndolo en producciones como OT o El gran marciano), la realidad demuestra que en las más de las ocasiones se importan modas desde el otro lado del Atlántico (sin ir más lejos, el ya decadente género de terror adolescente). Lo que no se puede hacer es criticar al vecino para luego comportarse como él.

De este modo, al igual que los americanos tienen los Oscar, la mejor manera de vender sus propios productos al resto del mundo, en España contamos con los Goya, un intento de emular a la meca del cine y ensalzar el orgullo patrio, pero que gozan de una minúscula repercusión en comparaciones algo odiosas y evidentes. Sin quererlo, estamos abriendo las puertas a una franquicia y perdiendo las señas de identidad que tanto se quieren reafirmar.

Volviendo al hilo de los beneficios, puede que los responsables de la industria se frotasen las manos ante las nuevas películas de los popes de nuestro cine. A falta de Amenábar y Segura, Almodóvar, Garci y De la Iglesia prometían días de vino y rosas para el que iba a ser uno de los mejores años cinematográficamente hablando. Sus proyectos no han respondido a las expectativas y por ello ya se habla de crisis y otros términos catastrofistas.

No podemos depender eternamente de los mismos directores y, por ello, si algo positivo hay que reconocerle a este annus horribilis es la proliferación de nuevos y jóvenes cineastas como Norberto López Amado con Nos miran, Paco Plaza con El segundo nombre o Juan Carlos Fresnadillo con Intacto, algunos más acertados que otros, pero que reflejan el intento de revitalizar el gremio y alejarlo de ese coto privado de caza al que desde hace tiempo parece asemejarse (y sin olvidar a aquellos que van abriéndose camino, como Daniel Monzón y El robo más grande jamás contado).

Puede que, al fin y al cabo, no hay sido un año tan malo (en términos cinematográficos, entiéndase).

Objetivo: el público

El cine español está en crisis, y la culpa la tienen las malvadas distribuidoras que potencian más el cine extranjero (principalmente el estadounidense) que el magnífico y glorioso cine español, que se encuentra en estado de gracia pero que por oscuros manejos se ve relegado a eterno segundón, pese a ofrecer productos inmensamente superiores a los que más taquilla y éxito tienen.

Esta es la principal excusa que un gran número de la llamada "gente del cine" se busca para explicar el serio descenso de cuota de pantalla y número de espectadores del cine español.

Como siempre la culpa es de otros, nunca del propio cine español, por no conseguir que el público acuda a las salas a ver cine patrio. Sea por un error en la elección de las temáticas, por un serio desprecio a todo lo relacionado con el marketing, por un cierto aire elitista que aleja de las salas a un público mayoritario que busca diversión y buenas historias y, por encima de todo, la ausencia de una industria cinematográfica que pueda plantar cara en igualdad a las grandes producciones principalmente estadounidenses… Sea por el motivo que sea el cine español, pese a una feroz campaña que prácticamente obliga a la gente a ver cine español casi como una cuestión de estado y signo de madurez y criterio, no levanta cabeza.

Si analizamos la producción española de los últimos años veremos que, pese a tener cierta calidad, está dirigida a un público concreto y en cierto modo elitista y centrado en unos pocos temas: dramas rurales de posguerra, comedias ligeras y dramas urbanos que no son precisamente los que triunfan en la gran pantalla. Y gran culpa de ello la tienen los productores, que solo buscan el dinero fácil (las famosas subvenciones) sin arriesgar lo más mínimo (copiando el éxito del año anterior) y sólo pensando en el mercado interno con películas de difícil venta en el extranjero.

Esto no significa que deban dejar de hacerse películas de esos géneros y dedicado a ese tipo de público, sino que debería ampliarse el número de géneros que se realizan (y no limitándose a copiar éxitos ajenos, como ocurre con el efímero auge del cine de terror español, mero plagio del peor cine de terror teen estadounidense) y llevando a cabo superproducciones (al estilo francés, utilizando géneros yanquis pero dotándoles de un carácter e idiosincrasia propias, sin perder la capacidad de hacer llegar ese producto a todo tipo de público en otros países) que puedan venderse fácilmente en el extranjero; tenemos historias y profesionales capaces de llevar esto a buen puerto, pero no tenemos productores capaces de arriesgar, agarrados a su pequeña parcela y mirándose siempre su propio ombligo.

El cine español no carece de excelentes profesionales y el público reacciona muy bien ante films de calidad independientemente de su nacionalidad, así que, en vez de buscar culpables, pensar en absurdas medidas restrictivas, cuotas de pantalla y demás soluciones de "antiguo régimen", habría que pensar más en el público que es, en definitiva, el que va al cine y paga su entrada (los críticos y ministros no suelen pagarla), dejar de mirarse al ombligo y ofrecer productos que entretengan (en el más amplio sentido del término) y tengan calidad, y si eso supone que se realicen menos películas al año (actualmente se realizan ¡más de 100!, de las cuales normalmente muchas ni se estrenan, y el resto no permanece ni una semana en cartel), pero las que se hagan cumplan ese propósito, que así sea.

El público ante todo.

Diálogo para sordos: La crisis del cine español, realidad o ilusión

Todo tiene un comienzo, o al menos eso parece cuando uno se decide a escribir en una hoja en blanco. El principio, enfrentarse a la nada, no saber cómo comenzar ni qué palabras emplear para plasmar lo que tienes en la mente; es la complicación de todo comienzo. Y como todo principio, resulta difícil poner la primera piedra, que en definitiva es lo que le ha pasado al cine español desde sus inicios. Mientras otros países han tomado la delantera, España, debido al retraso cultural, político y social, ha ido cerrándose a influencias externas por motivos de variada índole (política o religiosa equiparable a la escisión entre católicos y protestantes que se da en el seno de la Iglesia), provocando un cambio de actitudes y formas de ver la vida y someterse de esta manera a un ideario centrado en el trabajo y la economía, considerándolo como la mejor forma de seguir el dictado de su religión.

Por aquel entonces España optó por aislarse debido al miedo de influencias externas, quedándonos apartados del progreso de los demás países, y conformando la sociedad arcaica, analfabeta y tradicional que querían tanto la Iglesia como los poderes fácticos de la época para mantener así sus puestos de forma vitalicia. Con este panorama el cine fue abriéndose camino como podía, pasando de ser un espectáculo para ricos a un espectáculo de masas. Así va evolucionando poco a poco, con sus consecuentes frenazos tras pasar una dictadura que, por medio de la censura, lo va debilitando, con la realización de películas evasivas de buenas costumbres y obras propagandísticas del régimen. También podemos encontrar joyas como las que nos muestran Berlanga o Neville, entre otros directores.

Quizás una de las peores épocas del cine español venga tras la dictadura, con la proliferación del desgraciadamente famosísimo "cine del destape", sin sentido y hecho a toneladas por aquellos años, o películas protesta con más o menos fortuna en su realización, las cuales invadían las pantallas de nuestro país. Pero el cine español prosigue su camino, evolucionando, y la gente, cansada ya del cine español precedente, al que iba dando la espalda, demanda un cine más novedoso, en el que se planteen inquietudes hasta entonces vetadas por el régimen. Y llegando hasta nuestros días hallamos una gran diversidad de propuestas como las de Julio Médem, Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar, Jose Luis Garci, Fernando León o Jaume Balagueró, entre otros, quienes han hecho trascender el cine español a otras fronteras siguiendo los pasos ya dados por Berlanga, Buñuel, Neville... recogiendo el testigo dejado por éstos.

Pero el cine español está en crisis (según las cifras oficiales) con respecto al año pasado. Teniendo en cuenta que este año no ha habido ninguna producción similar a Los otros, es normal que pueda haberse resentido la taquilla de cine español con respecto al período anterior, pero no así con otros años. Sólo hay que observar que películas como Al otro lado de la cama permanecen aún en cartel llenando las salas de cine durante los meses de verano, o también el efecto "Oscar" que va a reportar la doble nominación de Hable con ella. Pero según los gerifaltes de la administración y los datos, el cine español está en crisis.

Si bien es cierto que se hacen producciones con poco sentido y que no duran nada en cartel, también encontramos films que rompen taquilla como Al otro lado de la cama o La gran aventura de Mortadelo y Filemon. Lo que más curiosidad despierta es la utilización política del asunto.

La crisis del cine español ha salido a la vez que los actores y directores de nuestro país elevan la voz, contrariando a las posiciones gubernamentales, molestándoles por expresar su opinión en su propio medio público pagado por los contribuyentes.

Como conclusión, y en opinión personal, si se quiere llenar los cines con películas españolas una medida acertada sería bajar el precio de las entradas. Así la gente llenaría las salas para ver cine español.

El Desastre Annual

Según parece el cine español ha perdido 8 millones de espectadores… ¡¿8 millones?! ¿Lo dicen en serio? Y, cómo no, la culpa es del cine americano, ese mortífero invasor que destruye nuestras expectativas de alcanzar las mayores cuotas de pantalla, ese cine que con explosiones, efectos especiales y mucho dinero atrae más público que nuestras historias sobre la guerra civil española, despertar sexual de adolescentes en los 50 y 60, comedias y películas sobre parados u otros marginados.

El cine español está en crisis, pero desde hace muchísimos años, si bien principalmente en lo artístico: la cinematografía de este país se halla anclada en una forma de hacer cine arcaica y obsoleta, repitiendo los mismos esquemas una y otra vez, se siguen viendo los mismos argumentos, los mismos tipos de comedia estúpida, todo ello aderezado con una supuesta modernidad a la hora de filmar que convierte a muchos de estos films en puro esperpento. Lo más gracioso es que, tanto quejarse del cine americano, y cuando se perpetran películas -también series de televisión- que imitan al cine americano acaban copiando lo peor de ese cine (o mimetizando pobremente los conceptos más obvios).

Lo que necesita la cinematografía patria es buscar nuevas formas de no sólo contar historias, sino que debe ampliar su punto de mira, dejar de centrarse en el sempiterno realismo cotidiano-costumbrista, dedicarse a otros géneros y temas, y además buscar buenos guionistas y directores, porque el cine español no puede vivir de excepciones como Amenábar, Santiago Segura o cualquier otro que consiga un gran taquillazo.

Pero la crisis del cine en España también se centra en el propio espectador, uno adocenado y envilecido no sólo por el cine yanqui, que también, sino por su propia incultura promovida por este gobierno que intenta por todos los medios aborregar a la población, dejando de lado todo lo que tenga que ver con la cultura. Qué se puede esperar de un país donde sólo el 50 % de sus habitantes lee, y que de ese porcentaje sólo un 40 % lo hace con asiduidad… Si en España nadie lee libros, comics, periódicos, va al cine, al teatro, o a museos, ¿cómo puede alguien esperar que la cultura sea un negocio o una industria?

Producto nacional: Tocado y (casi) hundido

Que el cine español esté en crisis no debería sorprender a nadie. Es la consecuencia lógica de la ínfima calidad de la inmensa mayoría de las producciones nacionales apoyadas en la sempiterna temática de la posguerra, los melodramas costumbristas, las comedietas supuestamente graciosas y la reciente moda de los thrillers psicológicos y horror movies interpretadas por adolescentes actores televisivos y dirigidas por autores primerizos inexpertos y generalmente incapaces; una tendencia importada directamente de los Estados Unidos con el fin de imitar el éxito de esos productos de claras vertientes comerciales. El resultado es un sinfín de películas intrascendentes que, en más de una ocasión, caen en el ridículo más absoluto ya sea por falta de talento de sus creadores e intérpretes, carencia de medios de producción, intrusismo profesional, mediocridad de guiones infinitamente trillados o por el ánimo de copiar fórmulas hollywoodienses sin el menor atisbo de rubor o disimulo.

La cinematografía española se apoya casi exclusivamente en directores de evidente prestigio incluso en el ámbito internacional: Alejandro Amenábar (y sus inteligentes thrillers repletos de influencias varias), Pedro Almodóvar (con su universo particular que tanto fascina en Francia y Estados Unidos), Álex de la Iglesia (dominador del estilo visual, el ritmo narrativo y el humor negro), José Luis Garci (a pesar de su cine apolillado y anclado en el pasado), Fernando León de Aranoa (adalid del cine social), Manuel Gómez Pereira (con sus eficaces y correctas comedias), Carlos Saura (que vivió tiempos mejores), Julio Medem (caracterizado por un discurso críptico a la par que extraño), Santiago Segura (amasando millones a base de "torrentazos" ambientados en la "España profunda") y algunos más... Tras ellos y sus relativos buenos resultados, aparece un vertiginoso precipicio que conduce a la nada, al fracaso en taquilla, a la desaparición fugaz de títulos masivos producidos sin ton ni son... La cantidad de películas estrenadas que pasan sin pena ni gloria es brutal, pero, lejos de moderar el caudal de estrenos, se siguen ofreciendo más y más films cuyo destino es el previsible ninguneo por parte de un público al que no le seduce la oferta nacional en su mayoría.

Bien es cierto que el gigante americano acapara una mayor cuota de pantalla y que sus estrategias de marketing son años-luz mejores que las nuestras; sin embargo, ampararse en ello para justificar los malos resultados propios me parece una excusa que ya chirría en demasía y que ya nadie está dispuesto a aceptar. La producción doméstica debe convivir con semejante handicap y aceptarlo tal como es, siendo consciente de sus limitaciones y de sus posibilidades reales. En Francia, un ejemplo a seguir en este aspecto, han encontrado una parcela propia y reservada para su cine, dotándolo de unas señas de identidad definidas y basándose en la profesionalidad de su industria, caracterizada por poseer gentes de auténtico nivel artístico y presupuestos más que suficientes para crear propuestas dignas, atractivas y exitosas.

Por el contrario, en estos lares la máxima innovación ha consistido en el surgimiento de la Fantastic Factory, un intento en principio loable de ofrecer cine fantástico patrio de serie B con miras hacia la exportación. No obstante, los engendros originados hasta el momento son de tal despropósito que no producen más que vergüenza ajena.

España irá bien, pero nuestra cinematografía no es que vaya mal, es que va fatal. Y el futuro no se presenta demasiado halagüeño, dicho sea de paso.

Los restos del naufragio

En estos tiempos de máxima euforia dentro del cine español sorprende comprobar que el número de espectadores para nuestra producción fílmica es cada vez menor. Son muchas las conjeturas posibles acerca de este fenómeno, y sólo un hecho reconocible e incuestionable: se ha producido un alejamiento entre el cine español y su público; de alguna manera éste ya no se identifica con nuestra cinematografía. Las causa de tal distanciamiento, de orden inequívocamente coyuntural, se hunden no sólo en la historia de nuestra industria, sino incluso en la misma concepción del fenómeno cinematográfico.

Sin ánimo de iniciar un análisis exhaustivo que a ninguna parte llevaría, no cabe duda de que el cine es un medio con múltiples facetas: tanto arte como industria, lo que mantiene en pie su existencia en cualquier país es el equilibrio entre estas dos balanzas, la existencia de una infraestructura que mantenga las películas en las pantallas y, al mismo tiempo, ofrezca un cauce a los creadores que deseen expresarse en este medio. Y es precisamente en la ausencia de este equilibrio donde radica el gran problema de nuestro cine.

No puede existir equilibrio, en efecto, cuando no existen elementos sobre los que sustentarlo; tenemos, no cabe duda, una de las mayores afluencias de directores con talento y algo que decir surgidos en nuestra historia, mas tal creatividad no cesa de darse de bruces con el limbo industrial que ha padecido nuestro país desde hace más de cuarenta años: ahora que ha germinado la lucha por la supervivencia librada por aquellos jóvenes cineastas que la transición, sus descendientes se encuentran con el mismo desierto que hubieron de soportar sus predecesores; desaparecida la política de subvenciones que propició la irrupción de nuevos valores en el panorama fílmico patrio, ésta no ha sido sustituida por un engranaje en el que dichos valores puedan trabajar y evolucionar de forma continuada. Antes bien, persiste el amiguismo materializado en una serie de marcas/sponsors que favorecen a sólo aquéllos que consideran más viable para sus intereses, lo que hace que los aciertos se produzcan de forma aislada y en exceso dispersos, factores que a la larga provocan cierta desidia narrativa de la que el público acaba dando muestras de cansancio.

El espectador agradece el retrato de sus problemas cotidianos -como ha demostrado con Los lunes al sol-, pero también gusta del espectáculo, del cine de género realizado con solvencia -Los otros-; disfrutamos, cierto, de un cineasta que combina ambas facetas con notoria capacidad (Álex de la Iglesia), pero ¿cuántos directores han podido hacer lo mismo con cierta continuidad? Sin auténtico apoyo estatal, sin escuelas ni cauces reales donde artistas y técnicos puedan desarrollarse -el cortometraje podría ser una buena opción, pero de éste mejor no hablar-, con la sempiterna competencia de la industria norteamericana cada vez más presente, el cine español ha dado la primera señal de alarma acerca de su futuro. Cabe preguntarse, ante este panorama, si no acabaremos corriendo la misma suerte del cine australiano. De pronto, como surgidos de la nada, una serie de nombres de peso otorgaron crédito y personalidad propia a esta cinematografía. ¿Cuántas películas australianas se estrenan ahora? ¿Dónde trabajan, en este momento, Peter Weir, George Miller y demás?

La relatividad de la crisis

Hemos tenido que esperar al cambio de año para que la Academia lance la voz de alarma y remueva las opiniones en cuanto a la situación del sector cinematográfico de nuestro país. Como si de una novedad se tratase, nos echamos las manos a la cabeza y nos preguntamos dónde está el fallo, dejándonos llevar por unos números claramente desproporcionados respecto del año anterior, y olvidando en muchas ocasiones qué es lo que hay tras ese montón de datos estadísticos: bien es sabido que el cine español ha estado siempre en crisis, y que esto podríamos extenderlo al sector audiovisual en general.

A esta cuestión, que parece inevitable mientras dure una situación política cuyo apoyo a la industria, a diferencia de otros países vecinos, es prácticamente nulo, habría que sumarle otros factores que afectan directamente a los profesionales que trabajan en el sector. Para ello no hay más que plantearse qué es lo que ha afectado a esa desproporción, y nos daremos cuenta de que el cine español no está peor que el año pasado, sino que sigue igual de deficiente, pues sería un error decir que el 2001 fue un año encomiable en la historia de nuestro cine simplemente porque la recaudación global –que no media- fue más alta que otros años. ¿Alguien se ha preguntado qué ocurriría si el estreno de Los otros (2001) se hubiese retrasado un año? Probablemente ahora los analistas hablarían del 2002 como de un excelente año. Tanto éste como el estreno de Torrente 2: Misión en Marbella (2001) hizo que los espectadores acudiesen masivamente a los cines, mientras que el resto de la cartelera española seguía con una recaudación igual de mediocre que el resto de los años, incluido el que acabamos de dejar. No podemos, por tanto, achacar la crisis del cine español a un más bajo nivel de calidad de las películas. Nuestra industria carece de una infraestructura que permita su consolidación, pues aún está en vías de desarrollo. La trayectoria de nuestro cine, sobre todo a partir del fin del franquismo -pues antes de él ni siquiera había un manifiesto interés por buscar la vía más beneficiosa- ha sido como un tortuoso camino donde las productoras van tanteando las posibilidades comerciales de una y otra fórmula, arriesgando con productos que, a juzgar por las cifras, a buen seguro serán un fracaso. Ello no sería problema si ese fracaso permitiese subsanar el error en posteriores proyectos, hasta dar con la fórmula definitiva. Pero para ello sería necesario una sólida infraestructura detrás que permitiera invertir en más productos que ayudasen a los cineastas a hallar el más adecuado, y no que, como ocurre en la actualidad, en cada proyecto que se invierte las empresas tienen razones de más para morderse las uñas temiendo el fin de su carrera cinematográfica –y, por consiguiente, tienen que realizar milagros para poder emprender el siguiente proyecto, si es que lo hay-.

Pero no sería justo achacar todos los males del cine al entorno nacional en que se desenvuelve. El cine español siempre ha adolecido de un excesivo localismo en cuanto a los contenidos. Sus historias, sobre todo en el pasado, se concentraban en personajes y situaciones que no interesaban, o incluso disgustaban, al espectador ávido de evasión -no es extraño, pues, que a las películas se las calificase como españoladas-. En la actualidad se ha pretendido corregir, con mayor o menor éxito, este handicap que hemos venido arrastrando hasta bien entrados los 90. Se ha optado por una mayor variedad de contenidos, y lo que es más importante, por historias que interesan al espectador. Como consecuencia las películas también son más fácilmente exportables al mercado internacional. Ahora más que nunca se tienen en cuenta los gustos del público. De ahí la tendencia en los últimos años de importar fórmulas de probada eficacia en el cine extranjero –es decir, norteamericano-, como, por ejemplo, el que va orientado al consumo adolescente –véase la apuesta de Filmax con la Fantastic Factory-, derivando hacia un tipo