El Cine Español de la transición (II): Cine político y de Autor

Los cuerpos de las actrices no eran lo único que la censura franquista había obligado a cubrir y que se destapó luego en la transición. La política, la religión, la sexualidad, la problemática social, etcétera, habían sido borradas o camufladas en los guiones durante décadas...


Introducción

Los cuerpos de las actrices no eran lo único que la censura franquista había obligado a cubrir y que se destapó luego en la transición. La política, la religión, la sexualidad, la problemática social, etcétera, habían sido borradas o camufladas en los guiones durante décadas, y al llegar la transición todos esos temas aparecieron de golpe en las películas. Son años muy convulsos, con una sociedad dividida y confusa, y el cine de la época reflejó todo aquello; es cierto que a muchos de los directores de estas películas les gustaba lamerse las heridas de la dictadura de una forma bastante complaciente y que miraban demasiado al pasado y no al futuro, y hasta cierto punto se comprende el aburrimiento que los espectadores sintieron pronto ante la avalancha de películas sobre la guerra civil y la represión posterior. Sin embargo, el panorama cinematográfico español de hace veinte o veintitantos años se veía bastante más vivo e inquieto que el actual. Aunque hoy el cine nacional es industrial, técnica y narrativamente muy superior al de entonces, también es mucho más aséptico, más falto de riesgo y de originalidad, más desconectado de la realidad del país, y podría decirse que mucho más cobarde.

 

Elías Querejeta y el cine metafórico

Probablemente, Elías Querejeta fue el cineasta más importante de la transición, y uno de esos productores que son más autores de sus películas que los que las dirigen. Fue el creador y máximo representante del "cine metafórico", películas que utilizaban símbolos y recursos indirectos para criticar al ejército, la iglesia y todos los elementos de la sociedad franquista. El régimen tenía cierta manga ancha con estas películas porque su éxito en el extranjero permitía dar una imagen (falsa) de España como país abierto en el que se podían contar ese tipo de historias, mientras que dentro no eran demasiado peligrosas porque no las veía casi nadie. El principal director de la factoría Querejeta fue Carlos Saura, uno de los máximos representantes del cine de autor europeo de los 70, ganador de infinidad de premios y todavía hoy muy conocido en el ámbito internacional. El tándem Saura-Querejeta generó, entre otras, Ana y los lobos (1972), La prima Angélica (1973), Cría cuervos (1974) o Elisa, vida mía (1976), de enorme éxito entre la crítica extranjera. Sin embargo Querejeta también produjo otros títulos fundamentales de la época con otros directores, como El espíritu de la colmena de Víctor Erice (1973), Furtivos de José Luis Borau (1975) o El desencanto de Jaime Chávarri (1976). Muerta la censura, el cine metafórico perdió casi todo su sentido porque ya no hacía falta hablar con rodeos ni dobles discursos; la carrera de Querejeta decayó, aunque él ha seguido en activo y aún en los 90 produjo títulos como Familia (1996), una interesantísima puesta al día de este cine simbólico dirigida por Fernando León.

Acabada la dictadura, el director Manuel Gutiérrez Aragón se convierte en el principal nombre del cine metafórico. Tras sus comienzos en Habla, mudita (1973), producida por Querejeta, se decanta por un cine hermético con una simbología bastante más inaccesible y menos obvia que la de cineastas como Saura en títulos como Sonámbulos (1978), Maravillas (1980) o Demonios en el jardín (1982). Ha escrito también guiones para otros muchos directores, incluyendo algunos tan importantes como Furtivos o Las truchas (José Luis García Sánchez, 1978). Actualmente su carrera atraviesa un mal momento. Su última película, El rey del río (1995), no convenció a la crítica ni al público.

 

La tercera vía

Ante la división bastante radical que había a principios de los 70 entre un cine populachero sin ninguna pretensión de calidad y un cine intelectual que no veía apenas nadie, el productor José Luis Dibildos optó por una "tercera vía": intentar hacer un cine comercial de ciertas pretensiones críticas y sociales. Españolas en París, de 1971, consigue un importante éxito; tras ella vendrán en los años siguientes Vida conyugal sana (1974), Tocata y fuga de Lolita (1974) o Mi mujer es muy decente dentro de lo que cabe (1975), con la colaboración de directores y guionistas como Roberto Bodegas, Antonio Drove o José Luis Garci. Son películas que juegan con los mismos elementos que las españoladas, y de hecho el espectador actual las puede confundir fácilmente con el cine del destape, pero, a pesar de resultar mucho más casposas de lo que pretenden, hacen un cierto análisis de la emigración del campo a las ciudades, los problemas sexuales y de pareja, etcétera que van más allá de los tópicos habituales. Los protagonistas emblemáticos de muchas de estas películas fueron José Sacristán y María Luisa San José; se puede decir que Sacristán, luego comprometido con el cine de ideología progresista, fue el sustituto en la transición de Alfredo Landa como representante del españolito medio, papel que a su vez cedería en los años 80 a Antonio Resines. La tercera vía tampoco supo ponerse al día tras el franquismo, y José Luis Dibildos abandonó el cine en 1985, no sin antes haber llevado a cabo el mayor éxito crítico de su carrera al producir La colmena (Mario Camus, 1982).

 

El cine progre

Tal vez a algunos les sorprenda que José Luis Garci fuera durante la transición el principal cronista y representante de los progres en el cine español. Asignatura pendiente, su primera película, fue en 1976 todo un fenómeno sociológico y un taquillazo; la película hablaba de la frustración de los treintañeros de izquierdas de la época, de la represión que habían sufrido y de cómo el franquismo les había robado su juventud, todo ello, eso sí, en un tono más nostálgico y sentimental que ácido. La fórmula se repitió en Las verdes praderas (1979) o Volver a empezar (1982); con la consolidación de la democracia, su cine se fue volviendo más apolítico, tranquilo y próximo a las películas clásicas de Hollywood que tanto le gustan, hasta el punto de que al que fuera considerado director oficial del gobierno socialista hoy se le acusa de ser el cineasta predilecto de la derecha española. ¿Un oportunista que en cada momento se ha acercado al sol que más calienta, o simplemente alguien que ha sufrido la misma involución ideológica que muchos españoles? Toda una incógnita.

Aparte de Garci, otros directores expusieron y defendieron sus ideas en películas en las que solicitaban cambios sociales y políticos. Entre 1976 y 1982 muchos títulos hablan de la guerra civil, los presos políticos, el terrorismo, las secuelas de la educación franquista, y otras preocupaciones del momento: Siete días de enero (Juan Antonio Bardem, 1978), Arriba Hazaña (José María Gutiérrez, 1978), Operación ogro (Gillo Pontecorvo, 1979), Las largas vacaciones del 36 (Jaime Camino, 1976), Camada negra (Manuel Gutiérrez Aragón, 1977), etcétera, hoy en su mayor parte bastante olvidadas y difíciles de encontrar, aunque no porque no sean interesantes, sino más bien por una pésima y casi inexistente distribución en vídeo y televisión. Uno de los directores que lograron mayor éxito con este cine fue Imanol Uribe. Sus panfletos pro-terroristas de la transición, como La fuga de Segovia (1981) o La muerte de Mikel (1984), consiguieron cierta simpatía en su día dado lo reciente de la dictadura, pero resultan repulsivos vistos hoy; Uribe ha seguido desarrollando su carrera hasta la actualidad gracias a una cierta habilidad técnica y al apoyo de parte de la crítica, aunque su calidad como guionista esté por debajo del nivel de la indigencia, su rendimiento en taquilla sea nulo, y de vez en cuando todavía perpetre apologías del fascismo y la misoginia tan intolerables como Días contados, de 1996.

 

La comedia madrileña

Sin abandonar las inquietudes políticas y sociales, algunos de los nuevos cineastas surgidos esos años quisieron hacer un cine comercial y divertido en el que reflejaran la vida de la clase intelectual izquierdista a la que pertenecían y sus ideas políticas, pero con ironía y en un tono ligero; la idea era hacer una especie de puesta al día de la comedia española de toda la vida, pero adaptada a los nuevos tiempos y a los nuevos españoles. Tigres de papel, ópera prima de Fernando Colomo de 1977, fue el título más emblemático de esta nueva comedia madrileña. Mucha gente se sintió identificada con los personajes urbanos y desorientados de una película casera, fresca y divertida, y su protagonista, Carmen Maura, empezó a ser considerada musa de la modernidad de la época. Colomo intentó continuar la fórmula al año siguiente con Qué hace una chica como tú en un sitio como este (1978), pero la espontaneidad era ya muy inferior a la de Tigres de papel; desde entonces, su carrera ha seguido un proceso degenerativo continuo con películas cada vez más anacrónicas que presentan situaciones forzadas e inverosímiles.

Opera prima de Fernando Trueba (1980) fue la otra gran comedia moderna de la época; a diferencia de Colomo, Trueba apostó menos por la naturalidad y más por los diálogos chispeantes, con un estilo muy influenciado por Woody Allen y por el cine francés. También el cine de Trueba evolucionó con el tiempo, como el de Garci, hacia productos menos originales y más a la americana.

 

José Antonio López (Vigo, España).