por José Antonio López
La anglosajonización cultural que domina hoy en día ha borrado o pretende borrar el papel que ha jugado el cine de autor europeo en la historia del cine fantástico. Esta nota rescata a esos Autores que construyen su vision lejos de la gran industria del cine.
Si alguien hablara de una historia sobre dos personas que se encuentran en una gigantesca mansión sin saber cómo han llegado, cuánto tiempo llevan allí ni qué han hecho antes seguramente muchos pensarían que se trata de un relato de Philip K. Dick u otro autor de ciencia-ficción; sin embargo, ese es el argumento de El año pasado en Marienbad -L'année dernière à Marienbad, 1961- de Alain Resnais. Si se habla de una película sobre una chica neurótica que asesina a todos los hombres que intentan acercársele, podría pensarse que se trata de algo de Cronenberg o incluso de un gore, pero es Repulsión -Repulsion, Roman Polanski, 1965. ¿Y una historia de un personaje llegado de otra dimensión que cambia profundamente la vida de una familia? ¿E.T.? No, Teorema - Pier Paolo Pasolini, 1968. ¿Una historia sobre una mujer enigmática que vampiriza la personalidad de otra? ¿Un thriller tipo Mujer blanca soltera busca? Pues no, Persona - Ingmar Bergman, 1966.
Sin embargo, muy rara vez estas películas aparecen mencionadas en los fanzines o páginas web de cine fantástico. La anglosajonización cultural que domina hoy en día ha borrado o pretende borrar el papel que ha jugado el cine de autor europeo en la historia del género. Muchos aficionados identifican fantástico hecho en Europa con series B italianas o españolas -Dario Argento, Paul Naschy, Jess Franco- que sí son reconocidas porque intentan imitar en la mayor parte de los casos a los productos norteamericanos. Sin embargo, otras muestras del fantástico español bastante más interesantes, como pueden ser La torre de los siete jorobados (Edgard Neville, 1944) o Arrebato (Iván Zulueta, 1979), son injustamente mucho menos apreciadas.
Es cierto que películas como las ya mencionadas arriba u otras como Ordet de Carl Dreyer (1955) o El angel exterminador de Buñuel (1962) no encajan exactamente en el perfil del terror, la ciencia-ficción ni de ningún otro género, porque la no adscripción a ningún género comercial es precisamente una de las características del cine de autor, pero es difícil negar su influencia sobre casi cualquier director de cine actual, y muy especialmente sobre los autores más vanguardistas del género como Cronenberg o Lynch. Por otra parte, el carácter transgresor que tiene el fantástico, al negar las rígidas leyes causales y lógicas del cine clásico, lo hacen muy próximo al rupturismo buscado por el cine de autor de los 50-60, por mucho que esto pueda extrañar a muchos fans del género. Precisamente, los que niegan esta relación porque piensan que las pretensiones intelectuales del cine europeo son opuestas al espíritu de serie B y producto de explotación comercial para adolescentes que según el tópico son la esencia del fantástico, están demostrando más bien un conocimiento y una comprensión muy superficiales del género, y parecen estar de acuerdo con sus detractores que lo identifican con basura y con ausencia de contenido.
En resumen, si lo que define a un aficionado al fantástico es el gusto por explorar otros mundos o por mezclar realidad y ficción, y si se sabe ver más allá de los clichés de naves espaciales y monstruos gigantes, entonces no quedan muchas más alternativas aparte de reconocer que los universos de Bergman, Buñuel, Tarkovski o Resnais, al menos en unas cuantas de sus películas, tienen mucho que ver con la ciencia-ficción y el cine de terror, y que quien solamente vea películas americanas y piense que los cines francés, italiano o sueco "son un coñazo" no puede decir que conoce a fondo el cine fantástico sino sólo la vertiente más famosa de él.
José Antonio López (Vigo, España).
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