Sylvia Likens: Gothic american

El terrible caso real de Sylvia Likens ha sido rescatado por la literatura y el cine, paladines en este caso de una muchacha cuya historia es tan atroz que duele al conocerla. En 2003 se publicó la novela La chica de al lado, de Jack Ketchum, y en 2007 se llevó al cine la adaptación del libro, con el mismo título, y An American Crime (El encierro), como si coincidir en el tiempo fuera necesario en esta época para enfrentar a un público mucho más sensibilizado al horror del alma humana, a este caso criminal, el peor en toda la historia del estado de Indiana, Estados Unidos.

A menudo la literatura se ha fijado en el potencial terrorífico que tienen los sótanos en las viviendas. A nadie le resulta indiferente, de hecho, y tienen una connotación decididamente siniestra. El primer antecedente serían los calabozos del castillo de Udolfo donque Ann Radcliffe inauguró oficialmente el reinado de la novela gótica, acompañados de las atroces criptas que podemos encontrar en su colega Lewis y su tremenda El monje. Ya estos maestros de la literatura clásica supieron ver lo pavoroso que resulta la materialización física de lo más oscuro del alma en el silencio e intimidad de un sótano.

En 1963, John Fowles publicó su gran novela El coleccionista, que luego calcaría casi al detalle la vida real en la historia de Natascha Kampusch. Partiendo así de la idea del sótano como lugar pavoroso, en que todo lo horrible está permitido y tiene cabida a un nivel casi primigenio, tampoco el cine ha permanecido indiferente a ese gran potencial. No es casualidad que la escena cumbre de la legendaria Psicosis de Alfred Hitchcock se desarrolle en un sótano oscuro y tenebroso, o que Wes Craven llevara su imaginación delirante a los extremos con la bizarra El sótano del miedo. Desde un punto de vista psicológico, esa estancia, siempre oculta, donde rara vez llega el sol, donde se esconde lo que no se quiere mostrar, es la parte negra de nuestra alma: el lado oscuro, el lado del Mal.

Y así hemos llegado a encontrar horrores en la vida real que sólo se habrían podido concebir en la ficción. El ya citado caso de Natascha Kampusch es casi idéntico a la novela de Fowles. Superando la ficción está la atroz historia de Joseph Fritzl, el llamado “monstruo de Amstteten”. Viendo la vorágine mediática que ambos casos han causado en la opinión pública, resulta paradójico que uno de los peores casos de ese tipo que han sucedido haya pasado casi desapercibido... como si hubiera sido una consigna común en el lugar donde aconteció el sepultarlo en el olvido por no poder asumirlo en su magnitud. Sin embargo, el caso de Sylvia Likens ha sido rescatado por la literatura y el cine, paladines en este caso de una muchacha cuya historia es tan atroz que duele al conocerla. En 2003 se publicó la novela La chica de al lado, de Jack Ketchum, y en 2007 se llevó al cine la adaptación del libro, con el mismo título, y An American Crime (El encierro), como si coincidir en el tiempo fuera necesario en esta época para enfrentar a un público mucho más sensibilizado al horror del alma humana, a este caso criminal, el peor en toda la historia del estado de Indiana, Estados Unidos.

Y todo sucedió en un sótano.

 

La historia real

26 de octubre, 1965. Un día más de otoño en la tranquila ciudad de Indianápolis, una de esas que Stephen King podría describir con tanto acierto en sus novelas. Casitas limpias y ordenadas, dos plantas, sótano y un porche rodeado de una parcelita de jardín. Gente piadosa, tranquila, donde todo el mundo se conoce. Pero en ese día, todos esos detalles van a saltar por los aires y se van a poner en entredicho. Cuando ese día acabe, mucha de esa gente sentirá sus manos manchadas de sangre.

La policía se presenta, tras recibir una llamada, en el 3850 de East New York Street, la casa donde Gertrude Banizewski vive con sus siete hijos. En el segundo piso, sobre un colchón mugriento, yace el cuerpo torturado de Sylvia Likens, que en el siguiente 9 de enero habría cumplido 17 años. La foto que se conserva de ella en las actas del juicio muestra una jovencita dulce, de aire tímido, delicado, de largos cabellos rubios. Nada así encuentra la policía. El cuerpo está tan severamente castigado que se dice que los forenses, pese a ser profesionales avezados, acaban llorando. Le han quemado con cigarrillos, le han violado con botellas de cristal, le han fracturado costillas a golpes y finalmente, con un hierro punzante (después se sabría que con un alfiler al rojo vivo) le han grabado en el estómago la lapidaria frase “Soy una prostituta y estoy orgullosa de serlo”. Es difícil, incomprensible, entender qué ha pasado, afrontar ese cadáver y lo que conlleva. En una de esas casitas blancas, ordenadas, en un barrio tranquilo. Entre gente normal.

Así acabaron los tres meses de residencia de Sylvia y Jenny Likens en casa de Gertrude (Gertie, como todos la llamaban), a quien todos en el barrio conocían, a ella y a sus siete hijos; a la misma que habían oído gritar e insultar a Sylvia sin intervenir, sin denunciar los terribles gritos que salían de aquella casa, sin preguntar qué estaba haciendo Gertie para que a todas horas brotaran de las ventanas las risas maníacas mezcladas con el rumor incontenible de un llanto desesperado; aquel 26 de octubre, toda la ciudad se enfrentó al hecho de que con su silencio habían contribuido a que una joven de 16 años fuera salvajemente golpeada y torturada hasta la muerte.

Fue Jenny, la hermana superviviente, quien describió a la policía lo que había sucedido. Sólo puso una condición al agente que le preguntaba: “Sáquenme de aquí. Sáquenme de aquí y les contaré todo.” Jenny llevaba muletas y las piernas sujetas con tablillas de madera, secuelas de la polio infantil. Había presenciado la mayoría de las torturas que se le hicieron a su hermana. Lo contó todo.

Fue en junio, tres meses antes, cuando los padres de las chicas, feriantes de circo, aceptaron un contrato para trabajar todo el verano en Miami. En lugar de llevárselas, pensaron que era mejor que se quedaran alojadas en casa de Gertrude Banizewski, por veinte dólares semanales en concepto de alojamiento y comida, hasta que acabara el contrato y volvieran a recogerlas. No quedó claro qué nivel de conocimiento tenían de la señora, pero no debió ser mucho. A pesar del dolor que mostraron en el juicio, aún resulta incomprensible que unos padres dejen a sus hijas a cargo de una desconocida, prácticamente, sin ocuparse, después, de comprobar si estaban siendo correctamente cuidadas. Los hechos demostraron que al menos esto último los padres de Sylvia Likens no lo hicieron.

El infierno empezó pronto, muy pronto. Por algún motivo, a Gertie no le gustaba Sylvia. Claro que a Gertie, que con 39 años aparentaba ya 50, no parecía gustarle gran cosa... salvo fumar, beber y monologar sobre la vida frustrante y vacía que llevaba, sola, con siete hijos a su cargo, sin recursos económicos y emocionalmente gastada. Solía trabar amistad con los amigos de sus hijos, vecinos del barrio, a quienes trataba con cercana camaradería. En aquella casa se respiraba desorden y liberalidad en exceso.

Parece ser que ese clima singular había traído consecuencias. Paula, la hija mayor de Gertie, estaba embarazada, y Sylvia, al notarlo, lo dijo. En público, se quejaba indignada Gertie. Y quizá fue ese el momento en que todo encajó, pieza a pieza, como un puzzle maligno, en la maraña de sentimientos colectivos de los que se implicaron en las torturas: el odio primitivo, visceral, hacia el forastero a quien se siente superior moralmente por pura carencia personal; el voyeurismo del castigo ajeno, cuanto más físico, mejor; la sensación euforizante de dejarse llevar cada vez más lejos, sin atender a las barreras morales, paso a paso. Bajo la atenta mirada de una Gertie permisiva, que alentaba inmisericorde y fomentaba la agresión, a Sylvia se la sometió a todos los maltratos imaginables, para acabar recluyéndole en el sótano que sería su tumba, sin agua ni comida, con un colchón donde caer inconsciente tras los golpes. Una joven desnuda, atada y amordazada, en medio de la penumbra, rodeada de doce, catorce torturadores, arrastrados por la espiral de locura que emanaba de Gertie y autorizaba, con su innegable condición de adulto, la masacre.

Alimentada la locura por la continua transgresión de los límites, no hubo salvajada a que la indefensa joven no estuviera expuesta. La noche del 25 de octubre, enarbolando un alfiler al rojo vivo, una enloquecida Gertie se lanzó a grabar una frase en el estómago de Sylvia, pero al poco rato se cansó, y fue uno de los amigos de sus hijos quien la completó.

No sólo estuvo Gertie en el banquillo de los acusados. Estuvieron sus hijos, y los amigos de sus hijos, mientras un vecindario en pleno shock contemplaba la estampa de la locura colectiva que se vuelve asesina, que es sádica, que sirve para golpear a una jovencita hasta la extenuación, luego subir las escaleras, despedirse de la amable señora Banizewski y volver a casa a cenar, o a asistir a misa los domingos. Muchachos que en el juicio admitieron haber golpeado a Sylvia y no supieron explicar por qué ante una sociedad que si bien había hecho oídos sordos a la evidencia de un maltrato mal disimulado, ahora reclamaba respuestas.

No las hubo. Gertrude y su hija mayor fueron condenadas a cadena perpetua; el resto de participantes, a diferentes condenas de cárcel. En el cementerio de Indianápolis, una hermosa lápida recuerda a la joven. Y en Youtube se pueden recorrer, tecleando el nombre de Sylvia Likens, las estancias de esa casa, hoy abandonada, estigmatizada por el horror, la violencia y el miedo. El miedo no sólo al más allá, sino al más acá: al que permite que estas historias sean reales.

 

La chica de al lado, Jack Ketchum

Los libros calificados como “extremadamente fuertes”, “muy duros”, “no aptos para personas sensibles” tienen siempre una gran atracción para los lectores. De alguna manera, afrontar la lectura de un libro con semejante reputación tiene algo de desafío, de reto, y del encanto morboso y retorcido de lo peligroso y lo prohibido. Así me he enfrentado a títulos de considerable dureza, como American Psycho o Felices como asesinos, auténticos platos indigestos para estómagos de hierro. En este caso, se une una soberbia lección de buena literatura tan evidente que no se puede dejar. Por mucho que resulte terriblemente doloroso continuar su lectura, se lee hasta el final. Sin respirar, con sufrimiento y con gran admiración.

Jack Ketchum escribió en 2003 la versión novelada del horrendo caso real de Sylvia Likens, y lo hizo como sólo lo puede hacer un gran escritor: manejando la prosa con el arte de un virtuoso que atrapa al lector y le hace sufrir endiabladamente en el infierno al que le lleva, impidiendo con su gran calidad que escape a la mitad de las páginas. No hay opción. En el momento en que se empieza a leer este libro catártico, de lectura soberbia y dolor garantizado, no se puede abandonar. El dilema al que se enfrenta el lector no tiene cabida, pues si un escritor puede hacer que su lector no quiera seguir leyendo y sin embargo no pueda dejarlo, es un maestro. Lo hizo Knut Hansem con su terrible Hambre y lo consigue este autor prácticamente desconocido en nuestro país con esta novela excepcional que ayuda al lector extraordinariamente a comprender los entresijos de la historia inverosímil pero real de Sylvia Likens.

El argumento cambia algunos detalles de la historia real, pero son perfectamente reconocibles todos. Narra la historia de un adolescente que vive justo en la casa de al lado de los Chandler: con voz madura y atormentada, el narrador describe el proceso por el que una familia en apariencia normal, compuesta por la madre y cuatro hijos, se dedica a torturar a una joven a quien han acogido, arrastrando en una vorágine de locura, perversión y muerte a los amigos del vecindario. Versión terrorífica de la bestia humana, locura colectiva que convierte las torturas a una muchacha indefensa en una droga para quienes participan y bajan velozmente a los abismos del infierno. Con un estilo sencillo pero muy efectivo, Jack Ketchum va adentrando al lector en un barrio normal, de gente más o menos normal, en un entorno que reconocerán los lectores del It de Stephen King pero en el que el horror es mucho más humano... y atroz.

El estilo de Ketchum es coloquial y, en muchos momentos, la facilidad con que se expresan las situaciones forma parte del gancho indiscutible de la prosa. Los diálogos tienen una notable brillantez, y reflejan con viveza la incomodidad, el temor y el insidioso perfil de una amenaza latente que a medida que transcurre la acción se hace cada vez más contundente. De alguna manera, la espiral de locura que transpiran las palabras se respira y uno se mantiene atrapado, conteniendo la respiración, horrorizado... pero incapaz de dejar de leer, tan incapaz como los personajes de observar, con vicioso morbo de enajenados, el cuerpo torturado de Meg.

Los personajes están retratados con un realismo brillante. Dentro del sótano donde se desata el sadismo no hay buenos y malos: hay locura, y en esa locura caen todos, se inoculan de ella y pierden el sentido de la realidad: a pesar de que el personaje de Ruth está muy bien trazado y es quien desata el infierno, su maldad diabólica está revestida de pura patología. Queda muy claro en este libro que dentro del alma humana existe el bien y el mal, y son determinadas circunstancias las que resaltan uno u otro. En quien mejor se observa esa dualidad es en el narrador, que con sinceridad va contando lo que vio, lo que sintió, cómo participó... y no está trazado como “malo”. El mensaje del libro llega perfectamente y se entiende mejor el caso real, lo que tiene mérito.

No se pueden recomendar este tipo de libros con la misma soltura con que hablamos de otros. Se trata de una novela muy dura. Hay muchos momentos –en la segunda parte del libro, cuando la espiral de violencia llega al paroxismo- en que hay que detener la lectura y respirar. Y retornar al mundo por un rato, abandonar ese sótano claustrofóbico donde reina el horror. Y plantearse si continuar o no ese camino tan desagradable. Pero se continúa, porque la prosa nos atrapa, el afán de voyeur también nos ha cogido.

Cuando leí este libro –que estaba deseando terminar, pero no podía dejar inacabado- no sabía que el caso era real. Y si la lectura de esta gran novela es desasosegante creyéndola ficción, es pavorosa sabiéndola real. No hay peor infierno que el que puede concebir una mente enferma.

 

De la realidad al cine

Con el material anteriormente expuesto, es algo lógico que finalmente se fijara el cine en ambas historias: la real y la novelada, que tan estrechamente unidas se encuentran. En 2007 dos versiones diferentes rescatan del olvido el caso de Sylvia Likens. Gregory Wilson adaptó la novela de Ketchum, y Tommy O'Haver se basó en las actas del juicio que se celebró contra Gertrude Banizewski y los demás torturadores de la joven. No deja de resultar curiosa la diferencia notable entre ambas versiones tratándose de la misma historia, vista desde dos ángulos distintos pero al mismo tiempo complementarios. La versión de Gregory Wilson (v. Dossier Pasadizo 2007, pág. 61, reseña de Carlos F. Cenalmor Pascual) adapta La chica de al lado con magistral pulso; es de una increíble dureza, pero alienta una fascinación tan compleja que de alguna retorcida e inquietante manera reproduce la atracción oscura que experimentan los protagonistas.

En el momento en que se comienza este film durísimo el espectador es atrapado: por mucho que sufra, al igual que sucede con el libro, no se puede sustraer del fascinante retrato del Mal que en una verdadera lección de cine magistral el director va desplegando. Fascinantes los personajes: la malvada, malvadísima Ruth, está tan brillantemente interpretada que llega a provocar auténtico terror: diez para una actriz casi desconocida que consigue despertar a la vez horror y atracción insondable; toda la historia está narrada con impecable factura y sin dejar momento alguno de respiro. Es de las mejores adaptaciones de la novela al cine que se han hecho; y quizá la fuerza horrible que tiene esta extraordinaria película ha provocado su paso casi imperceptible por las carteleras. Es demasiado fuerte, demasiado dura. Puede ser ficción, pero se palpa la realidad en cada una de las escenas. Llega más, y con más poder, que la versión basada en el caso real. Es el lado más oscuro y siniestro de las historias cotidianas del verano de Stephen King: hay algo inquietante bajo el sol y las casitas luminosas con sus parcelitas de jardín y el sótano donde se esconden (quizá) secretos inconfesables.

Tommy O'Haver nos muestra su film An American Crime (titulado El encierro en los países de habla hispana) con un pulso mucho más cercano al thriller destinado a consumo masivo en los cines con la moraleja y el impacto de saber que es un caso real. En muchos aspectos, la estructura argumental recuerda El exorcismo de Emily Rose; los fragmentos donde se muestran escenas del juicio que son ilustrados, seguidamente, por segmentos de los sucesos recreados a partir de las declaraciones de los testigos. An American Crime contaba con bazas de ganador: unas actrices bastante conocidas -Ellen Page, Catherine Keener (Hard Candy, Asesinato en 8 mm)- y un guión bastante bueno. El problema es que la versión falla en varios aspectos cruciales. Por un lado, el personaje de Sylvia Likens -Meg en el film de Gregory Wilson-. Es mucho más cercano a la realidad el personaje de Meg; no sólo por la edad, sino por una madurez producto de una educación diametralmente opuesta a la de la Indianápolis de 1965; Ellen Page recrea una Sylvia Likens demasiado niña, demasiado infantil; los hechos se dieron con una adolescente de 16 años mucho más cercana a la protagonista de The Girl Next Door. La perversión latente desde el principio, el aspecto sexual incipiente que se alienta y es reflejado en la novela de Ketchum -y por ende en su adaptación cinematográfica- no puede concebirse de la misma forma en la niña (no adolescente, prácticamente niña) que recrea la joven Page. Se decanta esta versión en acentuar el aspecto inocente de la muchacha, pero cae en el error de confundir inocencia con infancia; obviamente, el aspecto sexual fue fundamental en el crimen de Sylvia Likens, algo que O'Haver no sabe plasmar. Hubo un componente de represión sexual desbordada en esa sociedad puritana y oscura que fue esa pequeña ciudad ante la llegada de una desconocida, una forastera más madura en el aspecto sexual, física y quizá mentalmente, y el choque ineludible causó la tragedia. Esa situación no se refleja bien en esta versión, donde se infantiliza en exceso a Ellen Page.

Ciertamente es más creíble, y mejor retratada, Gertrude Banizewski; se hace especial hincapié en aspectos de la vida de esta mujer que, aunque no justifiquen en modo alguno, dejan entrever la cruda realidad que dio lugar a ese sadismo desatado que acaba protagonizando. A pesar de ello, como espectadores ávidos que somos, es imposible no preferir a la formidable malvada, represión aguda y fanatismo ciego, de la versión novelada. Las escenas de las humillaciones y maltratos a Sylvia están recreadas con delicadeza, procurando no herir innecesariamente, sin buscar el gore gratuito, dejando de manifiesto el horror de la situación y la vulnerabilidad extrema de la joven; otro gran acierto.

Sólo en un momento cumbre se llega al clímax del horror en una determinada escena, pero incluso en ese momento, la película adolece de una sensibilidad digna de aplauso, máxime tratándose de un tema tan delicado y difícil de plasmar, en el que con suma facilidad puede exacerbar la nota. Y entonces la película da un giro drástico y su hasta entonces gran habilidad se desmorona con una serie de escenas oníricas que en un primer momento desconciertan al espectador desprevenido –que, francamente, los habrá, no lo dudo, pero son pocos- para después cabrearle con un deux ex machina digno de los años 20, cuando el cine era inocente y con sombras chinescas e imágenes lentas se recreaba la imaginación; a estas alturas, ese pseudo final sin sentido no consigue más que indignar y lamentar un buen trabajo tan tontamente tirado a la basura. Inenarrable el desenlace, que no hay manera de entender tras una película bastante bien llevada, muy dignamente desarrollada, y que de un plumazo (véanse escenas de un tiovivo, al comienzo, francamente descartables, que no aportan nada al personaje o, si acaso, acentúan el aire inocente, asexuado, del personaje) destroza el buen hacer y deja un mal sabor de boca. Muy malo. Moralina pura y kleenex en abundancia es un triste desenlace para un film que podría aspirar a mejor resultado. Bien por los actores; una magnífica Catherine Keener, humanizada a partir de un guión comprensivo (el lector que quiera aproximarse al caso real encontrará que la Gertrude genuina fue mucho más beligerante; de hecho, se parece más al personaje de la novela, por mucha ficción que sea), una muy buena Ellen Page, y unos giros de guión que dan al traste con una película que de otro modo hubiera sido una gran obra.

 

Y en resumen

Es un caso sin duda que no puede pasar desapercibido. Las implicaciones que tuvo en su momento fueron muy duras, pero a pesar de los casi cincuenta años transcurridos, no es nada difícil hallar paralelismos entre la historia de Sylvia Likens y algunas que aparecen de improviso en los periódicos y telediarios para gritar a los cuatro vientos que algo en la sociedad falla: que hay un aislamiento emocional hacia el entorno que acaba siendo el calvario de personas inocentes que caen en el silencio y el horror, que padecen sufrimientos terribles al lado nuestro sin ¿saberlo? Lo único seguro es que hay que desconfiar de los sótanos.

Mª José Vilches Carrasco (Madrid, España)

 

BIBLIOGRAFÍA:

La chica de al lado, por Jack Ketchum.

La Factoría de Ideas

Madrid, 2006

PELÍCULAS:

The Girl Next Door

Dtor: Gregory Wilson

Estados Unidos, 2007

An American Crime

Dtor.: Tommy O'Haver

Estados Unidos, 2007