El Verdugo y otros Cuentos Siniestros

El último título de la colección Infernaliana de Celeste Ediciones: El verdugo y otros cuentos siniestros, ya está a la venta. Una antología de relatos franceses del siglo XIX, con ilustres firmas tales como Alexandre Dumas, Honoré de Balzac, Charles Rabou, Jean Richepin, Émile Deschamps, ect... Os ofrecemos en exclusiva uno de los fascinantes relatos que contiene esta antología...

El Verdugo y otros Cuentos Siniestros

[Antología del Relato Francés del XIX]

Alexandre Dumas · Honoré de Balzac · Charles Rabou · Jules Janin · Jean Richepin · Émile Deschamps · Eugène Guinot

Escindida entre la tradición romántica y el impulso realista, la literatura francesa del xix se interesó por esa sombría zona de la cultura que es la narración de horror. Sus más ilustres Þrmas se vieron tentadas por ella en algún momento de sus carreras, y crearon toda una nueva manera de entender el relato gótico, marcado a veces por la ironía, la truculencia o un negro sentido del humor. Una corriente que el escritor romántico Teophile Gautier deÞnió como "literatura de morgue o presidio, pesadilla de verdugo, alucinación de matarife ebrio o policía de sangre ardiente", más cercana al detalle de la realidad contemporánea que a la creación de remotos escenarios fantásticos.

El presente volumen recoge relatos de varios representantes de este roman noir genuinamente galo, entre ellos nombres tan célebres como los de Balzac o Dumas.

Os ofrecemos en exclusiva uno de los relatos incluidos en el libro:

 

François Picaud. Relato contemporáneo

por Alexandre Dumas

En 1807, vivía en París un oficial de zapatero, que trabajaba por cuenta propia, de nombre François Picaud. El pobre diablo, joven y guapo chico, estaba a punto de casarse con una lozana muchacha, complaciente, melindrosa, y que le gustaba mucho, cosa que suele ocurrir, por otra parte, a los zagales del pueblo con aquéllas a quienes eligen como únicas prometidas de entre todas las mujeres. Porque la gente llana sólo entiende una posible manera de tener mujer, que no es otra que casarse con ella. Así que con tan hermoso proyecto en la sesera y con sus ropas de domingo, François Picaud se fue a ver a un conocido que tenía un café, un muchacho de su misma clase y edad, pero más rico que nuestro obrero, y cuyo rasgo más sobresaliente estribaba en sentir extravagantes celos de cuanto prosperase a su alrededor.

Nacido en Nîmes, Mathieu Loupian regentaba, como Picaud, su negocio en París. Se trataba de un pequeño café que atendía a una nada desdeñable clientela de los alrededores de la plaza de Sainte-Opportune. Era viudo y tenía dos hijos de su difunta esposa. Con él se encontraban tres parroquianos habituales, todos originarios del departamento del Gard, los tres conocidos también de Picaud.

- ¿Qué pasa? -exclamó el dueño del establecimiento-. ¡Eh, Picaud! ¡Cómo luces hoy! ¡Parece que vas a bailar las treillas (baile popular muy de moda, en aquella época, en el bajo Languedoc)!

- Mucho mejor que eso, Loupian; es que me caso.

- ¿Y a quién has elegido para que te ponga los cuernos? -preguntó uno de los asiduos, de nombre Allut-.

- Desde luego que no a la segunda hija de tu suegra, porque en esa familia tienen tan poco arte para ponerlos que, por ejemplo, los tuyos te han agujereado el sombrero.

Todos se miraron y comprobaron que, en efecto, el gorro de Allut mostraba un desgarrón, por lo que se echaron a reír a cuenta del comentario del peyou (remendón).

- Bromas aparte -dijo el dueño del café-, ¿con quién te casas Picaud?

- Con la chica de Vigouroux.

- ¿Con Thérèse, la rica?

- La misma.

- ¡Pero si dispone de cien mil francos! -replicó el del local-.

- Se los compensaré con creces en amor y felicidad. Así que tengo el gusto de invitaros a la misa que se dirá en Saint-Leu, y al baile, que celebraremos después del banquete nupcial, ahí donde la verbena popular de los Bosquets de Venus, en la calle aux Ours, en el quinto piso de la parte trasera del edificio, en casa del señor Lasignac, el maestro de baile.

La felicidad de su camarada les sorprendió tanto que los cuatro conocidos apenas pudieron articular unas palabras de compromiso.

- ¿Y para cuándo es la boda? -preguntó Loupian-.

- El martes próximo.

- ¡Pues hasta el martes!

- Cuento con vosotros. Hasta entonces. Me voy al ayuntamiento, y luego a ver al alcalde (Salió, mientras los otros intercambiaban una mirada).

- ¡Pues sí que está contento el chaval!

- Es un brujo.

- ¡Una chica tan guapa y tan rica!

- ¡Y se la lleva un peyou!

- ¡Y la boda, el martes que viene!

- Dentro de tres días.

- Me apuesto lo que queráis -dijo Loupian- a que consigo retrasarles el festejo.

- ¿Y qué vas a hacer?

- ¡Nada! Una tontería.

- Pero, ¿de qué se trata?

- Una broma estupenda... El comisario vendrá por aquí...; así que le diré que tengo mis sospechas de que Picaud es un agente de los ingleses. Ya me entendéis. Le pedirán que se pase por comisaría, le interrogarán, pasará miedo y la boda tendrá que aplazarse, por lo menos, ocho días.

- Loupian -replicó Allut-, eso no está bien. No conoces a Picaud... Si llega a descubrir la jugarreta, capaz es de vengarse con dureza.

- ¡Bueno! ¡Ya será menos! -dijeron los otros-. Además estamos en carnaval y hay que divertirse.

- Lo que vosotros queráis. Pero yo no voy a entrar en eso. Allá cada cual.

- ¡Hombre! -le respondió el del café, con acritud-; no me extraña nada que lleves cuernos, porque eres un calzonazos.

- No; soy honrado, y tú eres un envidioso. Yo viviré tranquilo, y tú morirás como un desgraciado. ¡Hasta mañana!

En cuanto se dio media vuelta, el trío comenzó a animarse para llevar a cabo tan divertida broma. Y Loupian, el incitador de la propuesta, prometió a sus dos amigos que se reirían a mandíbula batiente. Aquel mismo día, dos horas más tarde, el comisario de policía, a quien Loupian había revelado tales insinuaciones, cumplió con su deber de funcionario vigilante. Y del parloteo del dueño del café pasó a redactar un magnífico informe con su estilo policial, que envió a sus superiores.

La fatal nota cae en manos del duque de Rovigo (1), y coincide con una serie de revelaciones relacionadas con los movimientos en la región de La Vendée. No cabe duda: Picaud hace de intermediario entre el sur y el oeste. No hay duda de que se trata de un personaje importante, y su oficio actual sirve como tapadera a un caballero del Languedoc. En un abrir y cerrar de ojos, en la noche del domingo al lunes, el desgraciado Picaud es detenido en su cuarto, con tanto sigilo que nadie le vio abandonarlo. Es más, desde aquel día, su rastro se perdió por completo. Ni padres ni amigos sacan nada en limpio sobre la suerte que ha corrido, y pronto comienzan a olvidarse de él.

Pero el tiempo pasa, y llega el año 1814, fecha de la caída del gobierno imperial. Y allá por el quince de abril, desciende del fuerte de Fénestrelles un hombre encorvado por los padecimientos, mucho más envejecido por la desesperación sufrida que por el paso del tiempo. Cualquiera diría que han pasado cincuenta años, y no sólo siete. Nadie sería capaz de reconocerle, porque ni siquiera él mismo lo ha conseguido cuando, por primera vez, ha podido mirarse en un espejo, en la mísera posada de Fénestrelles.

Ese hombre que, en la cárcel, respondía al nombre y apellido de Joseph Lucher había sido más un hijo que un sirviente para un rico eclesiástico milanés. Indignado por el abandono en que le habían dejado sus parientes para mejor disfrutar de las rentas de su inmensa fortuna, este hombre de Iglesia les ocultó el capital que tenía depositado en la banca de Hamburgo, así como el dinero que, más tarde, había colocado en el Banco de Inglaterra. Por otra parte, había vendido la mayor parte de sus posesiones a un gran dignatario del reino de Italia. Pero la venta se llevó a cabo a fondo perdido, mientras que la renta anual de las tierras se hacía efectiva a un banquero de Amsterdam, quien se encargaba de hacer llegar el dinero al vendedor.

Aquel noble italiano murió el cuatro de enero de 1814, y dejó como único heredero de unos siete millones limpios al pobre Joseph Lucher. Y no sólo esto: también le dio algunas pistas para descubrir el secreto de un tesoro que consistía en un millón doscientos mil francos en diamantes, a precio de mercado, y otros tres millones, cuando menos, en divisas de curso legal, tanto ducados milaneses, florines venecianos y cuádruplos españoles como luises franceses o guineas inglesas.

Tras verse en libertad, Joseph Lucher se encaminó rápidamente hacia Turín, desde donde ganó Milán. Actuó con tacto y, al cabo de unos pocos días, ya estaba en posesión del tesoro que había ido a buscar, con la sorpresa de que éste se vio incrementado con multitud de piedras antiguas y admirables camafeos, todos de gran valor. Desde Milán, Joseph Lucher partió para Amsterdam y Hamburgo; posteriormente, se trasladó a Londres. A lo largo de sus viajes acumuló riquezas suficientes como para llenar a rebosar las arcas de un rey. Instruido a fondo por su protector en las claves secretas de la especulación, Lucher supo colocar tan bien sus divisas que, tras reservar para sí los diamantes y un millón para gastos corrientes, obtenía unos ingresos anuales de seiscientos mil francos, cuyos pagos se repartían los Bancos de Inglaterra, de Alemania, de Francia y de Italia.

Una vez hecho todo esto, se puso en ruta hacia París, ciudad a la que llegó el quince de febrero de 1815, exactamente ocho años después de la desaparición del infortunado François Picaud, quien habría cumplido los treinta y cuatro por aquellas fechas. Al día siguiente de su llegada a París, Joseph Lucher cayó enfermo y, como carecía de mansión y no disponía de criados, pidió que le llevasen a una casa de salud. Cuando Napoleón retornó a Francia, Lucher seguía enfermo, y aún lo estaba cuando Bonaparte fue desterrado a la isla de Elba. Es decir que, mientras el emperador permaneció en suelo francés, el enfermo Lucher prolongó su convalecencia. Pero cuando la Segunda Restauración permitió la consolidación definitiva de la monarquía de Luis XVIII, nuestro enfermo abandonó el sanatorio, y se fue al barrio de Sainte-Opportune. Allí se enteró de algunas cosas.

En el mes de febrero de 1807, había dado mucho que hablar la desaparición de un joven zapatero, hombre honrado y a punto de contraer un magnífico matrimonio. Pero una broma que le gastaron tres conocidos dio al traste con su buena fortuna. El pobre diablo había huido, o había sido detenido, pero nadie sabía nada de su paradero. Su prometida le lloró durante dos años, pasados los cuales, y quizá harta de tanta lágrima, se casó con Loupian, el dueño del café, quien, tras ese matrimonio, adquirió una más amplia visión de los negocios, y era ya propietario del mejor y más concurrido de los cafés parisinos, en plenos bulevares.

A primera vista, Joseph Lucher escuchó toda esta historia con bastante indiferencia. Aunque, eso sí, trató de informarse de los nombres de aquéllos cuya broma había desencadenado las presuntas desgracias de Picaud. Pero nadie recordaba los nombres de aquellos sujetos.

- No obstante -apuntó uno de aquéllos a los que el recién llegado preguntaba-, había un tal Antoine Allut, quien presumió, en una ocasión y en mi presencia, de conocer a esos hombres por los que os interesáis.

- Conocí a un Allut, en Italia; era de Nîmes.

- La persona de quien yo hablo también era de por allá.

- El tal Allut me prestó cien escudos y me pidió, si no recuerdo mal, que se los devolviera a un primo suyo que se llamaba Antoine.

- Pues enviadle allí esa cantidad, porque el sujeto en cuestión se retiró a aquella localidad.

Al día siguiente, un carruaje de postas, precedido por un correo que pagaba a tocateja el triple de lo estipulado, volaba más que rodaba por la ruta de Lyon. Desde aquella ciudad, el coche siguió el curso del Ródano en dirección a Marsella, hasta que la abandonó en el puente de Saint-Esprit, lugar en el que, por primera vez desde el comienzo del viaje, un cura italiano echó pie a tierra.

Allí, tomó un landó y bajó hasta Nîmes, donde se alojó en el conocido albergue de Luxemburgo. Sin dar muestras de afectación, se informó por los empleados de la posada acerca de aquel Antoine Allut. Pero el apellido era bastante corriente en aquella comarca, y lo portaban diferentes familias, todas de distintos rango, fortuna o religión. Así que pasó bastante tiempo antes de que identificasen a aquel individuo que buscaba el cura Baldini. Y también fueron necesarios algunos días hasta que el clérigo llegó a intimar con Antoine Allut. Una vez finalizados todos los preliminares, el sacerdote le contó a Antoine que, mientras había estado prisionero en Nápoles, en la fortaleza dell'Ovo, por razones de Estado, había tenido la oportunidad de trabar conocimiento con un buen compañero, cuya muerte, acaecida en 1811, le había apenado mucho.

- En aquella época -le dijo-, era un muchacho de unos treinta años. Expiró, llorando la lejanía de su país y perdonando a todos aquéllos de quienes tenía motivo de queja. Era de Nîmes; se llamaba François Picaud.

Allut dio un grito, y el cura le miró con extrañeza.

- Así pues, ¿conocíais a ese Picaud? -preguntó a Allut-.

- Era un buen amigo mío... Y el pobre ha ido a morir tan lejos... Pero, ¿llegasteis a saber por qué lo detuvieron?

- Ni siquiera él mismo lo sabía; y me lo juró tantas veces, que no me cabe la menor duda de que lo ignoraba todo al respecto.

Allut suspiró, pero el cura prosiguió.

- Toda su vida le obsesionó una sola idea. Según él, habría cedido gustoso su puesto en el paraíso a quien le hubiera dado pistas sobre el responsable o los responsables de su detención. Y esa misma obsesión fue la que le inspiró la ocurrencia de la singular cláusula testamentaria que redactó. Pero antes he de deciros que, en la cárcel, Picaud rindió importantes servicios a un inglés, también prisionero, quien, tras su fallecimiento, había legado a Picaud un diamante de no menos de cincuenta mil francos...

- ¡Hombre, tuvo suerte! -exclamó Allut-; cincuenta mil francos son una fortuna.

- Cuando François Picaud se vio en el lecho de muerte, me hizo llamar y me dijo: "Mi final me resultará más soportable, si me prometéis llevar a buen fin mis intenciones; ¿me lo prometéis? Lo juro -le respondí-, pues estoy seguro de que nada me pediréis que vaya contra el honor o la religión. ¡Oh, no, faltaría más! Escuchadme y lo comprobaréis: nunca pude saber el nombre de quienes me arrojaron en este infierno; pero he tenido una revelación. La voz de Dios me ha anunciado que uno de mis paisanos de Nîmes, Antoine Allut, sabe quiénes son los que me denunciaron. En cuanto obtengáis la libertad, id a verle y entregadle, de parte mía, el diamante que heredé de sir Herbert Newton. Pero con una condición: que cuando pongáis el diamante en sus manos, él habrá de confesaros los nombres de aquéllos a quienes considero como mis asesinos. Cuando os los haya confiado, regresaréis a Nápoles, y haréis que los inscriban en un túmulo de plomo sobre mi tumba".

Antoine Allut confesó allí mismo que, efectivamente, lo sabía, y dijo los nombres que se le pedían, aunque no sin sentir un oscuro temor. Pero allí estaba su mujer para darle ánimos, y el cura tomó nota de los nombres de Gervais Chaubard, de Guilhem Solari y, finalmente, de Mathieu Loupian.

El cura le entregó la sortija, la cual, como estaba previsto, pasó a ser propiedad de un joyero, a un precio estimado de sesenta y tres mil setecientos cuarenta y nueve francos con once céntimos, cantidad que hizo efectiva en el acto. Pero, cuatro meses más tarde, y para eterna desesperación de los Allut, aquel diamante fue revendido a un negociante turco por ciento dos mil francos. Tal diferencia de precio fue la causa de un asesinato, el del joyero, así como de la ruina total de los avariciosos Allut, quienes se vieron obligados a huir y, desde entonces, permanecen en Grecia, país donde encontraron refugio en su desgracia.

Un día apareció una señora por el café de Loupian, y preguntó por el propietario. La dama le cuenta, en confianza, que su familia estaba en deuda, por muy importantes servicios, con un pobre hombre arruinado durante los acontecimientos de 1814, pero que éste es tan desinteresado que rechaza cualquier compensación. Tan sólo desearía trabajar como camarero en un establecimiento donde fuera tratado con cierto miramiento. Además, no era joven, porque debía de rondar ya los cincuenta años; pero como ayuda para que el señor Loupian tomase la decisión más conveniente, la familia de la dama en cuestión le entregaría al dueño del local cien francos por mes, sin que lo supiera el futuro empleado.

Loupian aceptó, y allí se presentó un hombre bastante feo y mal vestido. La dueña del lugar, la señora de Loupian, le examinó con atención y creyó reconocer en los rasgos de aquel hombre el rostro de alguien conocido. Mas extraviada en sus recuerdos, no dio con nada que le encajase del todo y se olvidó de tal circunstancia. Dos sujetos de Nîmes frecuentaban aquel café. Un día, no apareció uno de ellos, y hubo bromas acerca de los motivos de su ausencia. Pero, un día más tarde, tampoco se presentó. ¿Dónde estará? Guilhem Solari promete que dará con la razón de aquella ausencia. Y a eso de las nueve de la noche, aparece de nuevo por el café y cuenta, consternado, que, la víspera, en el puente des Arts, a las cinco de la mañana, había aparecido el infortunado Chaubard con una puñalada. Quien lo hubiera hecho había dejado el arma clavada en la herida, mientras que en una de sus mangas había aparecido un escrito, con palabras compuestas en letras impresas, en el que podía leerse: NÚMERO UNO.

No faltaron las especulaciones. ¡Dios sabe cuántas conjeturas se hicieron en torno al suceso! La policía removió Roma con Santiago, pero no hubo investigación capaz de conducir a un culpable. Poco tiempo después, un magnífico perro de caza, propiedad del dueño del café, apareció envenenado; un camarero joven declaró que había visto a un cliente en el momento de arrojar unas galletas al pobre animal. El empleado dio, además, la descripción del mencionado cliente.

Se llegó a la conclusión de que se trataba de un enemigo de Loupian, quien, para mofarse del propietario, acudía al café, donde, de alguna manera, éste se encontraba a sus órdenes. Se intentó un proceso contra tan malévolo cliente, pero éste consiguió demostrar su inocencia mediante una coartada probada. Era correo suplente de postas y, en el día de autos, se encontraba a las puertas de Estrasburgo. Dos semanas más tarde, la cotorra preferida de la señora de Loupian sufrió pareja suerte: fue envenenada con almendras amargas y perejil. Se realizaron nuevas pesquisas, pero sin resultado alguno.

Fruto de un primer matrimonio, Loupian tenía una hija de dieciséis años, bonita como un ángel. Un fantasioso la vio, se enamoró locamente de ella y gastó sumas extraordinarias para ganarse a los camareros del café y a la doncella de la muchacha, lo que le ayudó sobremanera a mantener numerosas entrevistas con la persona interesada, a quien llegó a seducir tras hacerse pasar por marqués y millonario. La joven no se dio cuenta de la imprudencia cometida hasta que hubo que ampliarle el corsé, momento en el que confesó a sus padres su debilidad. ¡Irreparable desesperación! La familia va a hablar con aquel caballero, quien, tras hacer mención de su fortuna, consiente en casarse, no sin haber mostrado árboles genealógicos y títulos de propiedad. La alegría vuelve al hogar de los Loupian. Al poco, se celebra el matrimonio, y el esposo, que desea unos espléndidos esponsales, encarga una cena de ciento cincuenta cubiertos en el Cadran Bleu.

Todos los invitados acuden a la hora indicada. Pero el marqués no se presenta. Llega, sin embargo, una carta en la que explica que, por orden del rey, ha tenido que ausentarse a su castillo, razón por la cual llegará más tarde, pero que comiencen a cenar sin él que, a más tardar, regresará hacia las diez al lado de su esposa. Se sirve la cena, sin contar con la presencia del amable yerno, lo que suscita el mal humor de la recién casada, a quienes todos, por otra parte, dan sus parabienes por la posición que ostenta su marido. A los postres, un camarero deja una carta sobre el plato de cada uno de los convidados. Por ella, todo el mundo se entera de que el marido es un liberado de galeras y que se ha dado a la fuga.

Terrible consternación de los Loupian que, a pesar de todo, no acaban de ver nada claro este asunto. Cuatro días después, un domingo, cuando toda la familia ha ido a pasar un rato de asueto al campo, alguien prende fuego al piso situado encima del café, por nueve sitios diferentes. Al verlo, una multitud de menesterosos se acerca hasta allí y, con la excusa de que pretendían ayudar, se dedican al pillaje; roban, destrozan y devastan. Mientras tanto las llamas se han extendido por toda la casa, que desaparece en el incendio. El propietario del inmueble inicia un pleito contra Loupian, quien se queda en la más completa ruina. La desgraciada pareja no dispone más que de unos pocos bienes por parte de la esposa, pues todas sus pertenencias, tanto en dinero contante y sonante como en títulos públicos y acciones, han sido destruidas o robadas en la desgracia que se les ha venido encima.

En consecuencia, los Loupian se ven abandonados por sus amistades, con la única excepción del viejo camarero, Prosper, quien sigue fielmente a su lado, sin querer separarse de ellos y, sin pedir nada a cambio, satisfecho de compartir el pan de sus amos. Tal hecho produce admiración y elogio. Y así echa a andar un nuevo, aunque muy modesto, establecimiento en la calle Saint-Antoine, al que acude Solari, igual que antes. Hasta que una noche, al volver a su casa, sufre unos dolores atroces. Llaman a un médico, quien diagnostica que Solari ha sido envenenado y, a pesar de todos los remedios aplicados, el infortunado muere entre terribles convulsiones. Doce horas más tarde, cuando, según la costumbre, el ataúd quedó expuesto en el portal de la casa en que vivía Solari, alguien encontró un papel bajo el paño negro que recubría la caja, en el que, con caracteres impresos, alguien había escrito dos siniestras palabras: NÚMERO DOS.

Por otra parte, además de aquella hija, a quien el destino le había sido tan adverso, Loupian tenía un hijo. El joven, rodeado de sujetos de dudosa catadura y seducido por mujeres del arroyo, trató de hacer frente a las circunstancias, pero acabó por entregarse a una vida desenfrenada. Una noche, algunos de sus camaradas proponen llevar a cabo una broma: se trata de penetrar en un almacén de bebidas, robar doce botellas, beberlas y pagarlas al día siguiente. Y Eugène Loupian, medio borracho, aplaude tan divertido proyecto. Pero en el momento en que, una vez forzada la puerta y elegidas las correspondientes botellas, cuando ya cada uno de los de la pandilla se ha guardado un par de ellas en los bolsillos, aparece la policía, advertida por un soplón infiltrado en el grupo. Y los seis culpables, o imprudentes, son detenidos y, más tarde, condenados por robo con nocturnidad y allanamiento. Tan sólo la gracia real salvó al joven de la infamia, a pesar de las ingentes cantidades de dinero y de las múltiples gestiones realizadas cerca del soberano para disuadirle de tal medida de clemencia. El hijo de Loupian fue condenado a veinte años de cárcel.

Esta catástrofe fue el colmo de la ruina y la desgracia de los Loupian: la hermosa y rica Thérèse murió de pena, sin dejar descendencia, y en las honras fúnebres se fueron los restos de la dote. El desgraciado Loupian y su hija se quedaron sin nada. Entonces, aquel honrado camarero, que tenía algunos ahorros, los puso a disposición de la joven, pero no a cambio de nada, sino que hizo odiosas proposiciones a la señorita Loupian. Con la única idea de salvar a su padre, habida cuenta de la extrema miseria en que se encontraban, aceptó la vergüenza de un concubinato, lo que obligó a la pobre desgraciada a rebajarse hasta el último grado del envilecimiento.

Loupian sobrevivía a duras penas; tantas desgracias le habían perturbado el juicio. Una noche, cuando daba un paseo por un camino oscuro del jardín de las Tullerías, un hombre enmascarado se presentó ante él.

- Loupian -le dijo, en voz alta-; ¿te acuerdas de 1807?

- ¿Por qué?

- ¿Te acuerdas del crimen que cometiste?

- ¡Yo! ¿Un delito?

- ¡Una acción infame! Por envidia, arrojaste a un calabozo a tu amigo Picaud. ¿Te acuerdas ahora?

- ¡Y tanto! ¡Bien que me ha castigado Dios!

- No; no ha sido Él. Fue el propio Picaud, quien, para saciar su sed de venganza, apuñaló a Chaubard en el puente des Arts, envenenó a Solari, dispuso que un presidiario fuera marido de tu hija y preparó la trama del enredo en que cayó tu hijo. Con sus propias manos, mató a tu perro, al igual que hizo con la cotorra de tu esposa, incendió tu casa e instigó a unos maleantes para que la saqueasen. Así que él ha sido el responsable de que tu mujer haya muerto de pena, el mismo de quien tu hija es ahora la concubina. Sí, reconocerás a Picaud en tu camarero Prosper, pero esto sólo ocurrirá en el momento en que él deje escrito su NÚMERO TRES.

Con tal furia se expresó aquel personaje y, con certera puñalada, alcanzó el corazón de su víctima. Loupian cayó al suelo y murió, con un débil gemido... Tras haber cumplido el postrer acto de su venganza, Picaud pensó en abandonar las Tullerías. Pero una mano de hierro lo cogió por el cuello y lo arrojó por tierra, cerca del cadáver: un desconocido se aprovechó de haberle pillado por sorpresa, le ató de pies y manos, y le amordazó con fuerza. Luego, lo envolvió en su propia capa, y se lo llevó precipitadamente.

Difícil resulta describir el furor y la sorpresa que experimentó Picaud, al verse maniatado y raptado. Estaba claro que no había caído en manos de la fuerza pública, porque un gendarme, ni aun en el caso de que Picaud se hubiera encontrado solo, no habría adoptado tan extraordinarias precauciones, cuanto menos si hubiera sospechado que algún cómplice se encontraba en las proximidades. Además, una simple llamada habría bastado para advertir a los guardias que andaban por allí cerca... ¿Sería, pues, un ladrón, quien así se lo llevaba...? ¡Pues qué caco tan peculiar...! En cualquier caso, parecía claro que no se trataba de una broma, sino que Picaud había caído en una celada: tal era la única e incontestable realidad que imaginaba el asesino Picaud.

Cuando el hombre que lo llevaba a la espalda se detuvo por fin, Picaud calculó que habría caminado durante una media hora, pero, arrebujado como iba en aquella capa, no había visto nada de los sitios por los que había pasado. Cuando aquel hombre se desembarazó de él, Picaud se dio cuenta de cómo lo depositaba en una cama plegable (un catre de tijera) con su correspondiente colchón. La atmósfera del cuarto en el que se encontraba era espesa, pesada. Por un momento pensó que se encontraba en alguna gruta subterránea, situada, posiblemente, en alguna cantera abandonada.

La casi completa oscuridad del lugar, el estado de agitación en que, como es natural, se encontraba Picaud, los cambios que diez años de miseria y desesperación dejan en un rostro, no permitieron al asesino de Loupian reconocer al individuo que se le había aparecido como un fantasma. Le examinaba en un taciturno silencio, a la espera de que le explicase cuál era la suerte que le esperaba. Así transcurrieron diez minutos, sin que ninguno de los dos hombres abriese la boca.

- Bueno, Picaud -le preguntó-, ¿qué nombre llevarás de ahora en adelante? ¿El que recibiste de tu padre o, más bien, el que elegiste a tu salida de Fénestrelles? ¿Te convertirás de nuevo en el cura Baldini o en el camarero Prosper? ¿O tu ingeniosa inteligencia te permitirá adoptar una quinta personalidad? Sin duda, para ti, la venganza es poco más que una broma. Pero, no: en tu caso, se trata de una manía furibunda, de la que tú mismo te habrías horrorizado, si no hubieras vendido tu alma al demonio. Has sacrificado los últimos diez años de tu vida en perseguir a tres miserables a los que hubieras debido perdonar. Has cometido crímenes horribles. En una palabra, estás perdido, y me has arrastrado al abismo contigo.

- Pero, ¿quién eres?

- Soy tu cómplice; un loco que, a cambio de un poco de oro, te vendió las vidas de sus amigos. Pero tu dinero resultó funesto. La codicia, que tú insuflaste en mi alma, jamás se extinguirá, y la sed de riquezas me ha hecho violento y culpable. Maté a quien me había engañado; me vi forzado a huir con mi mujer, que murió en el destierro; yo fui detenido, juzgado y condenado a galeras; fui marcado a fuego y expuesto ante todo el mundo, y arrastré la bola de los prisioneros. Por fin, conseguí evadirme, y quise llegar, para castigarle a mi vez, hasta ese cura Baldini, que tan certeramente encuentra a quien busca para vengarse. Fui a Nápoles, pero allí nadie le conocía. Busqué entonces la tumba de Picaud, y me percaté de que éste aún vivía. ¿Que cómo lo he sabido? Ni tú, ni el papa de Roma, me arrancaríais tal secreto. Fue cuando me dedicaba a buscar a ese pretendido muerto. Pero para cuando quise encontrarlo, dos asesinatos jalonaban ya el rastro de su venganza. Además, los hijos de Loupian estaban echados a perder, su casa incendiada, su fortuna volatilizada. Esta noche, tenía intención de abordar a ese pobre miserable, y contárselo todo. Pero una vez más, como me dijiste en una ocasión, el diablo te había concedido la delantera, y Loupian había caído por obra de tu puñal, antes de que Dios, mi guía, me permitiera arrancar a tu última víctima de las garras de la muerte. Pero, ¿qué importa eso después de todo? Te he atrapado. Y ahora podré devolverte todo el mal que me has hecho; te probaré que las gentes de nuestra tierra disponen de brazos tan fuertes como su memoria. Soy Antoine Allut.

Picaud no respondió. Extrañas sensaciones transitaban por su alma. Sostenido hasta aquel instante por la vertiginosa ebriedad de la venganza, incluso había olvidado la inmensa fortuna con la que contaba y todos los placeres que, gracias a ella, podía permitirse. Pero ahora su venganza ya estaba cumplida: tenía que pensar en vivir como el rico que era. Y justo en ese momento había ido a caer en manos de un hombre tan implacable como él lo había sido. Estas reflexiones se le pasaron rápidamente por la cabeza y, con rabia, mordió convulsivamente la mordaza con la que Antoine Allut había tenido la precaución de acallarle.

Sin embargo, pensó, como soy rico, ¿no seré capaz, mediante engañosas promesas e incluso, llegado el caso, con un sacrificio real, de deshacerme de mi enemigo? He gastado cincuenta mil francos en saber los nombres de mis víctimas; ¿no podré gastar otro tanto, el doble si fuera preciso, para librarme del peligro en que me encuentro?

Pero Dios permitió que la espesa humareda de la avaricia ofuscase la lucidez de tales razonamientos. Aquel hombre, poseedor de al menos dieciséis millones, sintió miedo ante la posibilidad de tener que entregar la cantidad que se le pidiese, de forma que el amor al dinero ahogó los gritos de su carne, que se rebelaba, que quería verse libre, y aquella sensación sólo llegó a manifestarse débilmente. El oro se convirtió en su carne, en su sangre, en su vida. Y pensó, para sus adentros, que cuanto más se hiciera pasar por hombre pobre, antes abandonaría aquella cárcel. Como nadie sabe lo que poseo, se dijo, finjamos estar en la pobreza; así me dejará libre a cambio de unos pocos escudos y, lejos de sus manos, poco tiempo ha de tardar éste en caer en las mías.

Eso es lo que Picaud imaginó. Tal es el nulo caso que hizo tanto de sus errores como de sus esperanzas, en el preciso instante en que Allut le quitaba la mordaza.

- ¿Dónde estoy? ­preguntó-.

- ¡Qué más te da! Te encuentras en un sitio donde no conseguirás que nadie te ayude ni se compadezca de ti. Eres mío..., todo mío, ¿me oyes?, esclavo de mi voluntad y de mis caprichos.

Picaud sonrió con desdén, y el que fuera su amigo calló la boca. Le dejó tumbado en el camastro en el que le había colocado, pero no le desató. (Se contentó, como hemos dicho, con librarle de la mordaza). Incluso añadió más trabas con objeto de retener allí a su prisionero: a la altura de los riñones, le pasó un ancho y grueso cinturón de hierro, sujeto con una cadena a tres anillas incrustadas en la pared. Una vez hecho esto, Allut se puso a cenar, y como Picaud vio que Allut no le ofrecía nada de lo que comía, le dijo:

- Tengo hambre.

- ¿Cuánto me pagarás por el pan y el agua que te dé?

- No tengo dinero.

- Dispones de más de dieciséis millones -respondió Allut-.

Y dio tales detalles a Picaud sobre cómo tenía colocados sus fondos en Inglaterra, Alemania, Italia y Francia, que el avaro se quedó totalmente horrorizado.

- ¡Tú sueñas!

- ¡Pues sueña tú que estás comiendo!

Allut se fue, y no regresó en toda la noche. Hacia las siete de la mañana, volvió y desayunó. La visión de los alimentos hizo que a Picaud le resultara más intensa la tortura del hambre.

- Dame de comer ­dijo-.

- ¿Cuánto me pagarás por el pan y el agua que te dé?

- Nada.

- Está bien. ¡Ya veremos quién de los dos se cansa primero!

Y, de nuevo, se fue.

A las tres de la tarde, estaba de regreso. Hacía ya veintiocho horas que Picaud no había probado bocado. Entonces, imploró piedad a su carcelero, y le ofreció veinte céntimos por una libra de pan.

- Escúchame -contestó Allut-; éstas son mis condiciones: te daré de comer dos veces al día y, por cada una de esas comidas, me pagarás veinticinco mil francos.

Por más que Picaud gritó y se revolvió en su camastro, el otro permaneció impasible.

- Ésa es mi última palabra. Tú eliges. Tómate el tiempo que necesites. Igual que no tuviste compasión de los amigos, yo seré inmisericorde contigo.

Y el desgraciado prisionero pasó el resto del día, y la noche que siguió, atenazado por la hambruna y la desesperación. Su angustia moral había llegado al límite, y el infierno se asentó en su corazón. Sus padecimientos fueron tales que los nervios se le desataron, como si hubiera contraído el tétanos. Se le trastornó por completo la cabeza, de forma que el soplo de inteligencia celestial que le animaba quedó sofocado ante tal cúmulo de desbocadas y extremas pasiones. Poco tardó en reconocer el despiadado Allut que aquello era un tormento desproporcionado para un ser humano: su antiguo amigo ya no era capaz de discernir; era como una máquina inerte, sensible todavía al dolor físico, pero incapaz de hacerle frente o de apartarlo de sí. Se veía, pues, obligado a renunciar a arrancarle una sola palabra. Y Allut se desesperaba cuando pensaba que, si Picaud moría, no habría forma de apropiarse de la inmensa fortuna de su víctima. Y se daba golpes a sí mismo, con saña. Pero, tras sorprender una sonrisa diabólica en el rostro lívido de Picaud, Allut se precipitó sobre él como una bestia salvaje, le mordió, le arrancó los ojos con un cuchillo, le destripó y, tras huir de aquel lugar donde ya no había más que un cadáver, se alejó, abandonó París y se marchó a Inglaterra.

En aquel país, cayó enfermo en 1828, y se confesó con un sacerdote católico francés. Conminado a renegar de sus pecados, él mismo dictó al cura todos los detalles de esta espantosa historia, y estampó su firma en cada una de las hojas. Allut murió reconciliado con Dios, y recibió cristiana sepultura. Tras su muerte, el padre P... envió a la policía de París el valioso documento en el que se reseñaban los extraños sucesos que se acaban de leer. Aquel texto iba acompañado de la siguiente carta:

"Señor prefecto,

He tenido la satisfacción de conducir al arrepentimiento a un hombre eminentemente pecador. Él creyó, y yo pienso lo mismo que él, que os sería útil saber de una serie de hechos abominables en los cuales este pobre desgraciado se vio envuelto, como sujeto activo y pasivo, a la vez. Si se siguen las indicaciones que contiene el escrito anexo a esta carta, será posible dar con la cámara subterránea donde aún deben de encontrarse los restos del miserable e infortunado Picaud, triste víctima de sus pasiones y de su odio. Dios perdona, pero los hombres, en su orgullo, quieren ser más que Él, y por ello buscan la venganza, que siempre acaba por destruirlos.

Antoine Allut indagó, sin resultado, dónde y cómo estaban colocados los fondos de que disponía su víctima. Incluso llegó a penetrar, una noche, en su vivienda secreta, pero no halló ningún resguardo, título o documento, ni siquiera dinero en efectivo. En el mismo anexo, encontrará la dirección y las indicaciones precisas para llegar hasta los dos alojamientos que, con nombres falsos, ocupaba Picaud en París.

Ni siquiera en su lecho de muerte, Antoine Allut se avino a referirme cómo había llegado a tener conocimiento de los hechos que me relataba de memoria, ni quien le había dado la información sobre los crímenes o la fortuna de Picaud. Únicamente, una hora antes de expirar, me confesó: 'Padre, la fe de ningún hombre puede ser más viva que la mía, puesto que he visto y oído hablar a un alma separada de su cuerpo'.

Nada indicaba entonces que Allut sufriera de delirio. Todo lo contrario: acababa de hacer una auténtica profesión de fe. Los hombres del siglo son presuntuosos y, en su ignorancia, consideran que su negativa a creer es algo parecido a alcanzar la sabiduría. Pero los caminos de Dios son infinitos. Adorémosle, y aceptemos su voluntad.

Sin nada más que añadir, le saluda, etc., etc.".

(Archivos de la policía)

FIN