El Cine Erótico

Breve historia del cine erótico y un repaso a sus principales films. Comenzando con las ligeras insinuaciones de Rita Hayworth en Gilda, pasando por la etapa de oro del género en los años 70, con producciones ya consideradas clásicos como Emmanuelle y El último tango en París, para acababar en la etapa en que el erotismo llega a los grandes estudios en los años 80 con películas como Fuego en el cuerpo, Nueve semanas y media, Instinto básico...

 

¿Qué es el Cine Erótico?

El concepto popular de cine erótico parece ser el de cine concebido para poner caliente al personal sin rebasar los límites de lo que la moral cristiana y la legislación de los países consideran pornografía. Pero lo de lo erótico y lo pornográfico es un poco arbitrario; por lo visto en cine consiste más o menos en que si los actores fingen es erótico y si no fingen es pornográfico, mientras que en la literatura, como no se ve, nadie se pone de acuerdo en cuál es la frontera, si es que hay una frontera, entre erotismo y pornografía. Así que si esa es la definición, el género visto así se queda en una cosa bastante pobre: un quiero y no puedo, una tierra de nadie, o un frustrante sucedáneo del cine X. Los que quieren alegrar su entrepierna no se andan con tonterías y van directos a la sección de adultos del videoclub, y los que tienen otras inquietudes piensan que otros géneros se las podrán saciar mejor. No es de extrañar que al erotismo le cueste encontrar un público y sólo mantenga una buena salud en países que todavía no han resuelto la cuestión de la censura: Estados Unidos, donde las películas de Almodóvar son consideradas pornográficas (!), e Italia, país donde la lujuria sigue siendo el pecado nacional y donde la proximidad del Vaticano provoca aún de vez en cuando algún que otro caso bochornoso de prohibiciones de películas.

Los críticos tampoco ayudan mucho precisamente; el concepto de película erótica lo aplican sólo a las españoladas e italianadas de los años setenta. Un film que compagine el contenido tórrido con alguna pretensión artística ya no es una película erótica a secas, sino un drama erótico o un thriller erótico. Y si la peli es de gran calidad y se la quiere poner realmente  bien, entonces, por mucho despelote que haya, será simplemente un drama o un thriller.

La otra opción sería considerar erótica a aquella película que, aunque plantee otras cuestiones o utilice elementos de otros géneros, se centra en varios o en alguno de los aspectos de la sexualidad, al margen de si los personajes practican el sexo bien o mal, mucho o poco, o si se limitan a hablar de él o incluso a pensar en él. Seguramente sería muy chocante para muchos el llamar eróticas a películas de qualité donde ni siquiera hay desnudos, como Sexo, mentiras y cintas de video (sex, lies and videotapes, Steven Soderbergh, 1989) o muchas obras de Woody Allen, pero sería un concepto más amplio y más completo del género.

 

Breve Historia del Género

-Inicios

Durante muchos años no existía el cine para adultos; el cine era el entretenimiento popular para toda la familia, y lo que no fuera adecuado para los niños, sencillamente no se podía ver en la pantalla. Esta imposición de la mirada infantil convirtió al sexo en algo inexistente o reducido a su mínima expresión en el cine clásico (1). Los contoneos de Rita Hayworth cantando "Put the Blame on Mame" en Gilda (Gilda, Charles Vidor, 1946), con un vestido ajustado pero nada escandaloso ni mucho menos, fueron las escenas más atrevidas del celuloide de los años cuarenta y lo más parecido al cine erótico que se puede encontrar en el Hollywood de la época. Por supuesto, algunos directores muy hábiles eran capaces alguna que otra vez de subvertir las reglas de los géneros y convertir de forma velada la sexualidad de sus personajes en el motor de la historia: uno de los casos más famosos es Vértigo/De entre los muertos (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958), un thriller sobrenatural durante la primera mitad de la película, y un estudio del fetichismo y la necrofilia durante la segunda. El gran director español Luis Buñuel en su cine mexicano era todo un experto en hacer melodramas a partir de las paranoias sexuales de los obsesos, como en Él (Él, 1952) o en Historia de un crimen (Historia de un crimen/La vida criminal de Archibaldo de la Cruz, 1955).

-La edad de oro: los años 70

El cine comercial siempre ha sido enemigo del erotismo; como le ocurre con la violencia, la política, la religión, y demás temas considerados espinosos, a veces lo utiliza para atraer al público, pero le da miedo llegar demasiado lejos y que la polémica pueda ir en su contra, así que suele limitarse a cumplir poniendo alguna escenilla estereotipada y casi metida con calzador. Precisamente, la gran baza del cine independiente y lo que le permite sobrevivir ha sido siempre el ofrecer más sexo y violencia de lo que Hollywood se atreve a mostrar. Por lo tanto, no es de extrañar que cuando por fin se crea el sistema de clasificación por edades y todo tipo de cine se puede exhibir legalmente, la oleada de erotismo de los años 70 llegue principalmente de Europa, sobre todo de sus dos industrias cinematográficas más fuertes, Francia e Italia.

En este aluvión se puede encontrar absolutamente de todo: películas comerciales poco transgresoras y sin mayores pretensiones, como la saga Emmanuelle (la primera parte dirigida por Just Jaeckin en 1974) o Bilitis (Bilitis, David Hamilton, 1977), adaptaciones de clásicos de la literatura erótica como Historia de O (Histoire d'O, de nuevo Just Jaeckin, 1975), Casanova (Casanova, Federico Fellini, 1976) o Salò o las 120 jornadas de Sodoma (Salò, Pier Paolo Pasolini, 1975), títulos muy personales de los más prestigiosos autores de la época, como Bernardo Bertolucci (El último tango en París/LUltimo tango a Parigi, 1973), Luis García Berlanga (Tamaño natural, 1977), Nagisha Oshima (El imperio de los sentidos/Ai no corrida, 1976), Marco Ferreri (Adios al macho/ Ciao maschio, 1976) o Pier Paolo Pasolini (Las mil y una noches/Il fiore delle mille e una notte, 1974), cine sensacionalista con pretensiones de vanguardia como Portero de noche (Il portiere di notte, Liliana Cavani, 1974) o las primeras obras del español Bigas Luna (Caniche, 1979) y, por supuesto, una retahíla infinita de secuelas, imitaciones, subproductos y sub-subproductos.

Se puede ver que Francia aportó las películas más comerciales e Italia tuvo más éxito en el mercado internacional con el cine de autor. Sin embargo, el underground americano aportó también otro autor fundamental y pionero del género, Russ Meyer. Su cine, personalísimo y fácilmente identificable por las inverosímiles tallas de sujetador de sus estrellas femeninas, absolutamente inéditas en una época anterior a la revolución de la silicona, es demasiado delirante para considerarlo simple explotation comercial; el rey del mal gusto, el director John Waters, considera la obra de Meyer Faster Pussycat Kill Kill (1966) como la mejor película de todos los tiempos. Otros títulos importantes suyos serían Más allá del valle de las muñecas (Beyond the Valley of the Dolls, 1970) y la trilogía Vixen, Super Vixens y Beneath the Valley of the Ultra-Vixens (1968, 1975 y 1979).

Hay que señalar también que en la marea erótica de los 70 dan sus primeros pasos, en Holanda y Canadá respectivamente, dos nombres fundamentales del fantástico moderno: el primero, Paul Verhoeven, más comercial, llevó a cabo en 1973 el mayor éxito de toda la historia del cine holandés, Delicias turcas (Turks Fruit, 1973), y siempre ha separado el cine erótico del fantástico salvo en la excelente El cuarto hombre (De vierde Man, 1983); el segundo, David Cronenberg, más experimental, los ha mezclado desde su primera película, Vinieron de dentro de... (They Came from Within, 1975)

-El erotismo de los grandes estudios: de los años 80 en adelante

La nueva década marca el fin de la era de oro del erotismo; con la llegada del vídeo, muchos adictos al género prefieren disfrutar de sus estrellas más calientes en la intimidad. Además, la llegada al poder de Ronald Reagan y la aparición del SIDA evitan que se pueda hablar del tema con la despreocupación y la alegría anteriores; por otra parte la industria americana se hace más fuerte y el cine europeo entra en una crisis que estuvo a punto de llevarlo a la extinción. Y ya vimos que la industria es más bien enemiga de lo erótico. El género empieza su crisis y se refugia en sus dos principales bastiones, USA e Italia.

El erotismo que llevan a cabo los grandes estudios americanos, aparte de ser bastante más suave y menos explícito que el europeo de la década anterior, suele adoptar un punto de vista conservador de asociar sexo con peligro y muerte; de ahí el éxito del thriller erótico, subgénero que descubrió a la gran Kathleen Turner en Fuego en el cuerpo (Body Heat, Lawrence Kasdan, 1981), lanzó a Jessica Lange (El cartero siempre llama dos veces/The Postman Always Rings Twice, Bob Rafelson, 1981), y más tarde también a la no menos estupenda Sharon Stone con Instinto básico (Basic Instinct, Paul Verhoeven, 1992). Otros títulos de la misma tendencia serían El beso de la pantera (Cat People, Paul Schrader, 1982), El color de la noche (Color of Night, Richard Rush, 1994), etc.

Nueve semanas y media (9 Weeks, Adrian Lyne, 1986) fue el mayor éxito comercial del cine erótico durante los años 80. Se trataba de la adaptación de una novelilla sadomasoquista, pero el resultado final fue un videoclip gigante tan light y tan difuso que es difícil darse cuenta. Sin embargo, la película caló tan hondo que Kim Bassinger se convirtió en la mujer más deseada del mundo y, aún hoy, en cualquier fiesta en la que suene el célebre "You Can Leave Your Hat On" de Joe Cocker, nunca falta el inevitable gracioso que empieza a emular el strip-tease de Kim. Su influencia no se quedó ahí; uno de los productores y guionistas de la peli, Zalman King, se animó años más tarde a dirigir Orquídea salvaje (Wild Orchid, 1990), de nuevo con Mickey Rourke. Fue el comienzo de una carrera como erotómano impenitente que continuaría con más pena que gloria en Piernas de terciopelo (Wild Orchid II, 1992) o Delta de Venus (Delta of Venus, 1995); su estética Playboy de persianas venecianas, heredera de los años ochenta, sigue siendo la dominante en la mayor parte de la producción erótica americana, casi íntegramente dirigida al mercado del vídeo.

En los 90, Instinto básico fue el mayor bombazo; nueve años después de su estreno se sigue especulando con su secuela y nadie ha reemplazado todavía a Sharon Stone como la última reina del género. Inmediatamente después, la chica intentó repetir la jugada con Sliver-Acosada (Sliver, 1993), otro thriller erótico dirigido por Phillip Noyce, un australiano que había hecho un trabajo bastante competente en Calma total (Dead Calm, 1989), y escrita por el mismo guionista de Instinto básico, Joe Esterzhas. La película era de una mediocridad aplastante, pero su idea de partida resultaba particularmente buena: el voyeurismo del propietario de un edificio de apartamentos que espiaba a sus inquilinos con cámaras ocultas. La era de esplendor de Gran hermano que vivimos en toda Europa convierte a Sliver en un film adelantado a su tiempo.

También Paul Verhoeven, el director de Instinto básico, espoleado por el exitazo, quiso volver a los viejos tiempos tórridos de sus primeras películas holandesas, esta vez sin la coartada del género policíaco. Se juntó de nuevo con Esterzhas como escritor, y el resultado fue Showgirls (Showgirls, 1995), probablemente el más interesante intento de melodrama erótico de la historia de la industria americana, y un abierto desafío a la censura yanqui al estrenarla con la temida clasificación X. La peli presentaba al sexo como un elemento de consumo más en el capitalismo salvaje y hortera de Las Vegas, donde está ambientada. Verhoeven jugaba peligrosamente en el filo entre criticar el mal gusto y regodearse en él; aunque desde un punto de vista técnico su trabajo en la dirección fue impecable, no pudo evitar la inquisición de malas críticas y feroces descalificaciones por parte al mismo tiempo de los sectores más reaccionarios y de los supuestamente progresistas. Visto lo visto, nadie se ha atrevido nunca más a presentar una película X en un gran estudio.

 

Otras Propuestas

La década de los noventa trajo un resurgir del cine independiente y alternativo, lo que ayudó a que aparecieran algunas películas innovadoras sobre sexo. Uno de los títulos más importantes y pioneros de este renacer fue Sexo, mentiras y cintas de video (sex, lies and videotapes, Steven Soderbergh, 1989). Era la historia de un ama de casa borde y reprimida (Andie MacDowell), y de un freak impotente (James Spader) que se consolaba grabando en vídeo y luego viendo las confesiones eróticas de sus conocidas; mientras, el marido de ella y mejor amigo de él (Peter Gallagher), típico yuppie de los ochenta y un pájaro de cuidado, se cepillaba a la hermana de Andie (Laura Saint Giacomo). Este pequeño culebrón rodado sin un duro de la forma más sencilla tuvo un éxito atronador para una película de sus características. La clave seguramente fue que los problemas sexuales y existenciales que se contaban eran compartidos por un público agobiado por el SIDA y el ultraconservadurismo de la política de Ronald Reagan y similares. El cine erótico ya no podía volver a la inocencia hippie del intercambio de parejas de Bob, Carol, Ted y Alice (Bob & Carol & Ted & Alice, Paul Mazursky, 1969), pero todavía tenía mucho que decir.

El renacer del underground favoreció también la distribución de películas de contenido erótico contadas desde prismas diferentes al punto de vista tradicional del varón blanco cristiano heterosexual. El cine dirigido por homosexuales militantes o queer cinema (literalmente, cine marica) tuvo un pequeño momento de gloria con el reconocimiento alcanzado por la película, interesante pero sin duda sobrevalorada, Mi Idaho privado (My Own Private Idaho, Gus Van Sant, 1991), protagonizada ni más ni menos que por Keanu Reeves acompañado del malogrado River Phoenix. Sin embargo su listillo director no siguió en esa onda, sino que usó su éxito como carta de presentación para Hollywood, donde se dedica actualmente a hacer dramones telefílmicos tan rancios como El indomable Will Hunting (Good Will Hunting, 1997).

El piano (The Piano, Jane Campion, 1993) fue otro proyecto independiente apoyado por actores famosos (en este caso todo un dream team: Holly Hunter, Harvey Keitel y Sam Neill). La película parece pretender ser una indagación en la sexualidad de una mujer llevada a cabo por una guionista y directora también mujer, y no por un hombre como es lo habitual; el caso es que Holly Hunter va de liberada y se niega a acostarse con su marido, pero en cambio no pone reparos en que Harvey Keitel se la beneficie a cambio de recuperar su piano, que está en poder de él; como la torpeza de la puesta en escena y del diseño de los personajes es notable, no queda claro si ella se enamora de Keitel al prostituirse para él o accede a prostituirse porque está enamorada, pero en cualquiera de los dos casos la visión de la directora sobre la sexualidad de las mujeres es de premio. Lo mejor es cuando ella le envía a su amante un mensaje escrito en una tecla del piano, aunque antes él le ha dicho que es analfabeto. Este engendro fue uno de los mayores bombazos de toda la historia del cine de autor, y la musiquilla de Michael Nyman logró un insólito número uno en las listas de ventas. Inasequible al desaliento, la Campion perpetró hace poco Humo sagrado (Holy Smoke, 1999), que parecía ir en la misma línea erótico-pedante-pseudofeminista que la ha hecho famosa. El cine caliente que han llevado a cabo últimamente otras mujeres, en este caso francesas, con películas como Romance (Romance, Catherine Breillat, 1999) y Fóllame (Baise-moi, Coralie y Virginie Despentes, 2000), al menos está produciendo un debate sobre la censura y los límites de la pornografía; son películas con escenas de sexo duro que se han librado por los pelos de la clasificación X y se están viendo en salas normales, desafiando la idea de que el porno es un ghetto sin ninguna inquietud artística.

También dentro del underground, aunque en su propia órbita, se mueve David Cronenberg, el erotómano más oscuro y transgresor; Cronenberg definió en su obra cumbre Videodrome (Videodrome, 1983) un nuevo concepto de la sexualidad humana, la Nueva Carne. Los postulados de esta perversión/religión/filosofía son la fusión entre lo biológico y lo mecánico y la eliminación de las fronteras entre realidad y ficción (en Videodrome James Woods absorbía a través de su cuerpo una cinta de vídeo y Deborah Harry se convertía en una imagen de televisión). No está claro si el proceso de autodestrucción que sufren siempre los personajes de Cronenberg es positivo o negativo, si supone una condena o una liberación.

Si gran parte del cine de este hombre sigue los esquemas del porno duro (personajes viciosos que se mueven sólo en función de sus instintos sexuales, ritmo cadencioso, escenas similares que se repiten una y otra vez, atmósfera artificial y sensual...), Crash (Crash, 1996) se puede considerar un porno de lujo. Los miembros de una curiosa secta sexual, integrada entre otros por algunos viejos conocidos del género como James Spader o Holly Hunter, se ponen a cien reproduciendo accidentes de automóvil y luego contemplando y sobando sus cicatrices y hematomas. Los adictos a la Nueva Carne no suelen interesarse por la vida ni la sexualidad convencionales. También en la última gamberrada de Cronenberg, eXistenZ (eXistenZ, 1999), Jennifer Jason Leigh y Jude Law se enganchan al fetichismo, en este caso en forma de sensual juego bioinformático al que hay que conectarse físicamente.

La última aportación importante al género, estrenada poco después de eXistenZ, es Eyes Wide Shut (Eyes Wide Shut, 1999), el testamento del gran Stanley Kubrick, y una de las mejores radiografías de la sexualidad y la pareja nunca vistas en el cine. Tom Cruise y Nicole Kidman interpretaban a un elegante y pijo matrimonio neoyorquino aparentemente muy feliz. Sin embargo, una noche ella, ligeramente colocada, confiesa una fantasía erótica en la que soñó con fugarse con un desconocido; la parrafada que le suelta al panoli de su marido, rodada en un primer plano intensísimo que Kidman aguanta magistralmente, revela que su relación de pareja es bastante insatisfactoria a pesar de las apariencias. Él, que no se había dado cuenta de nada, se queda patidifuso; en este momento la película toma su punto de vista y nos introduce en su mundo de fantasías de reprimido. En su vagar por las calles de la ciudad durante una noche, el mundo exterior que lo rodea está rodeado de sexo: todas las mujeres que aparecen se le insinúan, aunque siempre hay algo que evita que la cosa vaya más lejos, y también todas esas mujeres representan un peligro. Su fantasía más desbocada, la de una orgía, la mejor secuencia del film y donde Kubrick desarrolla todo su poderío visual, resulta ser también la más peligrosa. En realidad este personaje es bastante parecido a los adolescentes de las películas de juergas de instituto y universidad, o a las películas de Alfredo Landa o Pajares y Esteso, y comparte unos sentimientos de deseo y al mismo tiempo temor ante el sexo bastante equiparables. La diferencia, claro está, es que Kubrick rueda con estilo y sin zafiedad, y ve a su protagonista con distancia en vez de identificarse con él; con quien sí está de acuerdo el director es con el inteligente personaje de Nicole Kidman: de hecho, por si quedara alguna duda, ella resume toda la tesis de la película en su discursito final, que acaba con un contundente fuck. Kubrick buscó hacer la obra definitiva de cada género, y en el erótico consiguió llevar a cabo, si no la definitiva, al menos probablemente la mejor hasta ahora.

 

José Antonio López (Vigo, España).

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(1) Por supuesto, el autor se refiere al cine erótico, base de este artículo. El pornográfico siempre ha existido. De todos modos, cabe resaltar un insólito clásico del erotismo como es Éxtasis (Ekstase Symphonie der Liebe, 1932), film checo de Gustav Machaty que mostraba un mítico desnudo integral de Hedy Lamarr o representaba de modo poco simbólico el título del film. (Nota de los Editores).


Crash: Holly Hunter con las manos ocupadas


Eyes wide shut: Nicole Kidman cantándole las cuarenta a Tom Cruise


La simpática Kitten Natividad
musa de Russ Meyer


Emmanuelle. Erotismo light destinado a mentes burguesas


Nueve semanas y media: Kim Basinger y las imprescindibles persianas venecianas


Sexo
mentiras y cintas de video: Andie MacDowell grabando cintas guarrindongas


Instinto básico: Sharon Stone no tiene nada que ocultar