Mujeres Monstruo

maloteUn repaso por todos los monstruos femeninos que han recorrido la gran pantalla, desde Attack of the Fifty Foot Woman hasta The Lair of the White Worm pasando por Freaks y Cat People...

Introducción

Nada tan erótico como un buen monstruo. Resulta indudable que la carga erótica del monstruo -de la criatura marginada, contracorriente, desestabilizadora del plácido orden social establecido- ha venido siendo utilizada recurrentemente en las producciones de todo el mundo de muy variadas maneras, quizá por esa mencionada característica "monstruosa" de personificar lo inusual, lo morboso, lo extraño, que tanto atrae en una relación (culminada o no) sexual y/o amorosa.

La mil veces repetida foto de estudio de la bestia con la bella en brazos -desmayada, gritando, rendida de miedo o de placer- es ya todo un símbolo de la carga "freudiana" que, en la mayor parte de las ocasiones, contiene la relación monstruo/personajes de carne y hueso.

 

El subconsciente colectivo propició que el monstruo se utilizase como la perfecta excusa para eludir las nada sutiles redes de la censura, pues, ¿cómo puede sentirse atraída una mujer de límpidos cabellos rubios, rojos y carnosos labios por un bicho purulento lleno de pelo y garras? En definitiva, no había tanto problema con un montonazo de monstruos "salidos", como con estúpidas escenas de películas de primera fila en las que quizá una sombra era ya motivo de escándalo para los "guardianes de la moral".

 


Mujeronas y mujercitas

Ahora que nos encontramos inmersos en esa moda de exuberantes mujeres del tipo de Pamela Anderson, ¿por qué no exigir una mujer enorme en todas sus proporciones? Eso debió pensar en 1958 el director Nathan Juran -un especialista del fantástico que también dirigiría pequeñas joyas como Simbad y la princesa (The Seventh Voyage of Sinbad, 1956) y Jack, the Giant Killer [tv: Jack, el gigante asesino, 1962]- quien, firmando como Nathan Hertz, llevó a la pantalla el guión de Mark Hanna Attack of the Fifty Foot Woman. En ésta, una joven y atractiva conductora (Alison Hayes) es interceptada en una carretera desértica por una nave a1ienígena que le alterara la genética. Sin que nadie pueda evitar lo, la mujer llegará a alcanzar un tamaño de cerca de cincuenta pies de alto (unos quince metros). Algo inestable menta1mente, la infidelidad de su marido le lleva a despachurrarlo junto a su amante, momento desde el cual policía y ejército tratarán de pararla, algo preocupadillos por su progresiva locura... Con una hábil dirección de Juran, Attack of... es una de esas deliciosas B-Movies de los años 50, aunque lamentablemente el erotismo de la situación es desaprovechado (¿alguien es capaz de imaginar una escena erótica entre esta mujer y un humano de tamaño natural?). De hecho, el escaso presupuesto para efectos especiales provocó que durante todo el metraje se enseñara poco más que la mano de la "mujerona" protagonista. El remake para la televisión por cable protagonizado por la deliciosa Daryl Hannah, El ataque de la mujer de 50 pies (Attack of the 50 Foot Woman, 1993), de Christopher Guest, apenas logra superar los postulados artísticos y erógenos de su predecesora, resultando una risible muestra de feminismo acromegálico.

 

Un año mas tarde -de la versión original-, The 30 Foot Bride of Candy Rock (1959), de Edward Sherman, supone la única película en solitario de Lou Costello (pareja habitual de Bud Abbott en el famoso tándem Abbott y Costello), cuya novia sufre un experimento científico que sólo la hará crecer 30 pies de nada...

 

Todo lo contrario le ocurrirá a Lily Tomlin (no se me ocurre nada menos erótico que esta mujer) en The Incredible Shrinking Woman (1981), dirigida por el ahora encumbrado Joel Schumacher (Jóvenes ocultos, Línea mortal, Batman y Robin, Asesinato en 8 mm.), una obvia parodia del clásico de Jack Arnold, y donde nuestra mujer quedará reducida a su mínima expresión.

 


Monstruos humanos

Si hay una clase de monstruos aterradora, ésta es aquella en la que todos sabemos que los eficientes Departamentos de Efectos Especiales nada tienen que ver: los monstruos humanos, un espejo deformante de nuestra propia realidad que siempre resulta enormemente desasosegadora.

 

No existen demasiadas producciones protagonizadas por estos seres deformes y malditos, carne de cañón en el pasado de estrambóticos circos. El espíritu de tan especiales hombres y mujeres lo supo entender a la perfección Tod Browning, quien en 1932 sorprendió al pacato público de la época con La parada de los monstruos (Freaks), cuyo plantel de actores se componía de un alucinante compendio de deformidades circenses de todo tipo: mujeres barbudas, cuerpos normales con cabezas diminutas, el hombre-gusano (sólo cabeza y tronco), etcétera. Esta increíble obra maestra, que aún hoy sigue conservando la misma fuerza expresiva que tuvo en el día de su estreno, viene a estas páginas de la mano de una auténtica "bomba-erótica", la trapecista Cleopatra (Olga Baclanova), una atractiva mujer que deviene en una especie de Diosa del Amor, adorada por los pobres despojos humanos que la rodean. Su boda con el enano Hans, para luego eliminarlo y quedarse con su fortuna, le valdrá la sangrienta venganza de los freaks. Así, en la estremecedora escena final, vemos que la bella Cleopatra se ha convertido en un patético monstruo, mitad mujer mitad gallina.

 

En 1966 surge de los más profundos infiernos un extravagante remake de este film, She Freak, de Byron Mabe. Producida por David F. Friedman (también productor de clásicos del gore como Colour Me Blood Red y 2000 Maniacs), el argumento nos trae a otra perversa mujer que vuelve a hacer de las suyas en un circo (hasta quema a un enano). Faltaría más, sus poco comprensivos habitantes la dejan hecha un auténtico asquito. De nuevo, la monstruosidad psicológica acaba aparejando la física.

 


Mujeres insecto

En una antología de películas de cualquier subgénero fantástico que se precie es difícil no toparse con alguna de las viejas producciones de Roger Corman. En este caso, para inaugurar un Mini-Ciclo de Mujeres-Insecto, donde bellas mujeres se transforman en insaciables avispas o abejas.

 

La divertida The Wasp Woman (1959, no estrenada en España) está protagonizada por una de las chicas Corman, Susan Cabot, en el papel de Janice Starlin, famosa propietaria de una empresa de cosmética. Cuando las primeras arrugas empiezan a surcar su cutis, parece no fiarse mucho de sus propios productos y prefiere acudir al científico loco de turno, el doctor Zinthrop, que le inyecta una buena dosis de encimas de Avispa Reina para brindarle la eterna juventud. La fórmula funciona, pero con el pequeño defecto de convertir a Mrs. Starlin en una hambrienta avispa ávida de sangre y carne cuando llega la noche. Breve, modesta y eficaz.

 

Más delirante si cabe es Invasion of the Bee Girls [vd: La invasión de las abejas reina, 1973], de Denis Sanders. Realizada en plena efervescencia feminista, La invasión... plantea un curioso giro a la parábola del dominio femenino sobre el hombre: una doctora convierte mediante una radiación a comunes mujeres en Abejas Reina que, deseosas de aparearse tal y como sus homónimas abejiles, demuestran un furor sexual digno de las más ardientes ninfómanas. El lado malo del asunto proviene de su desagradable manía de eliminar a sus parejas macho (supuestamente con un aguijón) en el preciso momento del orgasmo... Mala, pero desternillante en sus desvergonzados planteamientos, la película nos bombardea con mujeres de explosivos pechos, sexo a todo trapo y un ambiente psicodélico heredero de las más absurdas parodias del cine de "Agentes Secretos" tan de moda en la década de los 60. Dos curiosidades: el guión del luego reputado (y con razón) Nicholas Meyer (Elemental, Dr. Freud, Los pasajeros del tiempo, Aquel país desconocido) y la presencia en el reparto de un abonado a la "Serie B", William Smith, y de Victoria Vetri, la chica Hammer protagonista de Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra.

 


Chicas muy monas

Aparte del empacho de monos de variado pelaje que todos hayamos podido sufrir con la heptalogía de El planeta de los simios, existe un encantador tríptico que nos narra las desdichas de una orangutana que, por medio de unos cuantos Mad Doctors, se convierte en un ser mixto, ni humano, ni simio: Captive Wild Woman (1943), Jungle Woman (1944) y Jungle Captive (1945) seguían los mismos planteamientos. Estos se basaban en una mujer-mona desdichada, loca de amor imposible por algún apuesto galán. Desgarrada por su naturaleza dual, inevitablemente acababa muriendo al final de la película, para ser resucitada en la siguiente entrega (en este sentido, los tiempos no han cambiado tanto).

 

Con monstruas en su vertiente más romántica y menos agresiva, esta serie de películas producidas por una Universal en decadencia estaba dirigida por realizadores nada desdeñables, tales como Reginald Le Borg y Edward Dmytryk, e interpretadas por maravillosos actores de "Serie B": John Carradine, J. Carrol Naish, Evelyn Ankers, Acquanetta (exótica actriz que encarnó a Paula, la Mujer-Mono, en las dos primeras producciones) y Rondo Hatton.

 


Mujeres felinas

Que los felinos son una de las tipologías animales más eróticas lo atestiguan las películas donde determinadas actrices han adoptado alguna de las personalidades felinas más comunes, equiparando el tópico acerca del eterno desconocimiento sobre el sexo femenino con el salvaje e incluso sobrenatural misterio de panteras, tigres, gatos, etcétera.

 

Bien lo demuestra Cat People, cuyas dos versiones fueron dirigidas, respectivamente, por Jacques Torneur en 1942 y Paul Schrader en 1982.

 

La primera, titulada en España La mujer pantera, es ya un clásico del cine fantástico, fruto de la colaboración de un extraño caso de productor inteligente y a la vez riguroso, Val Lewton, y un estilista tan refinado como el francés Jacques Torneur. El guión de Dewitt Rodeen partía de una maravillosa premisa: Irina es una diseñadora de moda que, tras contraer matrimonio, confirma su sospecha de que ella es descendiente de miembros de una extraña secta proveniente de los Balcanes, cuyas mujeres se convierten en panteras en aquellos momentos en los cuales la pasión las desborda. Esta increíble sugerencia, de un erotismo arrebatador, es la perfecta demostración de cómo pasar de la banda de estúpidos censores de turno por medio de ideas sibilinas. Torneur, por supuesto, llevó a esta historia a unos límites casi celestiales, con unos juegos de luces y sombras, matices, ideas apenas sugeridas que dejan con los calzones bajados a muchos cultivadores actuales de la tripa en la cara ajena. Simone Simon, como la mujer pantera, es lo más parecido a este animal que se puede encontrar en la especie humana: frágil y a la vez peligrosa, sensual, llena de secretos. Imposible no enamorarse de ella, esta actriz francesa también participó en su supuesta continuación The Curse 0f The Cat People [tv: La venganza de la mujer pantera], de Robert Wise, que en realidad era una historia de fantasmas de escasa relación con su predecesora.

 

40 años después, Paul Schrader se empeña en darnos su particular visión de la historia y, de paso, nos endilga una buena ración de sus sempiternas obsesiones personales. La mezcolanza de ambas cosas acaba por ser algo indigesta, aunque no exenta de interés: El beso de la pantera será su título español. En este caso, fa1taría más, el sexo y la violencia se hacen muy expresivas y, aparte de algunas escenas de gran belleza visual, lo mejor es la idea de emplear a la inigualable Nastassja Kinski como reclamo erótico y al zumbado de Malcolm McDowell como un malvado depredador, hermano incestuoso de Irina.

 

Inspirada igualmente en esta mitología totalmente cinematográfica, el británico Alfred Shaughnessy se saca de la manga una agradable Cat Girl (1957), donde otra mujer, Lenora, dará rienda suelta a sus pasiones felinas cuando descubre al infeliz de su marido con una amante en pleno jardín de su casa. Protagoniza Barbara Shelley, una de las musas fantásticas de la Hammer de la que luego hablaremos en el apartado "Monstruas con Tradición".

 


Hembras lobo

Desde una perspectiva puramente cronológica, una de las primeras Hembras-Lobo que actúan como protagonistas -si no la primera- es la Nina Foch de Cry of the Werewolf (1944), interesante actriz que ese mismo año había debutado en la muy apreciable The Return of the Vampire, al lado de Bela Lugosi. La Foch interpreta a Celeste La Tour, Reina de las Gitanas Troiga (¡qué deliciosos nombres!) y, de paso, Hembra-Lobo en su tiempo libre, siempre que la dejen sus deberes reales. Con otro debutante en la dirección, Henry Levin, esta primera incursión de una fémina en el campo de la 1icantropía no fue muy lejos.

 

She-Wolf of London (1946), de Jean Yarbrough, nos descubría al final que la Hembra-Lobo del título no existía, caso distinto de La Loba (1964) de Rafael Baledón, una de esas irrepetibles producciones mexicanas que tanto placer nos causan a los buscadores de rarezas. En este caso, el amigo Baledón recrea nada menos que un particular love-story entre un hombre y una mujer loba...

 

La Serie Z italiana tampoco podía dejar de poner en ridículo a una pobre Hembra-Lobo en La lupa mannara [vd: Aullidos de terror, 1976] de Rinno di Silvestro, una merde sin paliativos en la que los traumas sexuales de una mujer (Annik Borel) ¡la conducen a la 1ícantropía! Para hacerla algo más soportable, imprescindible aderezo de dosis ingentes de sexo y sangre.

 

Llegamos finalmente a una de las grandes creaciones del terror contemporáneo, Aullidos (The Howling, 1980) de Joe Dante, la cual forma parte, sin duda, de la trilogía de oro licantrópica junto con Curse of the Werewolf [tv: La maldición del hombre lobo, 1960] de Terence Fisher y Un hombre-lobo americano en Londres (An American werewolf in London, 1981) de John Landis. Serie B con elementos de primera clase -Joe Dante, alumno aventajado de Roger Corman, en la dirección; el hábil John Sayles firmando el guión; un elenco interpretativo que incluye a Dee Wallace, Patrick MacNee, John Carradine, Dick Miller, Kevin McCarthy...-, Aullidos combina el terror más espeluznante (y a ello ayudan mucho los abracadabrantes efectos especiales de un Rob Bottin en plena forma) con un incisivo humor negro.

 

Esta renovación absoluta del mito licantrópico nos trajo además a la Hembra-Lobo más atractiva que haya dado nunca el cine fantástico: Marsha, interpretada por Elizabeth Brooks, una actriz de la que se dijo en su momento podría ser una nueva Barbara Steele, pero cuya presencia no volvió a detectarse nunca más, en una de las más clamorosas desapariciones cinéfilas de la década de los 80. La escena cumbre nos regala la vista con la Brooks y Christopher Stone convirtiéndose en Hembra y Hombre Lobo respectivamente, mientras hacen el amor a la luz de una hoguera, todo ello aderezado con la excelente música de Pino Donaggio. Dentro de las múltiples secuelas de Aullidos (ya anda por la 7), la segunda parte, dirigida por el extravagante realizador australiano Philippe Mora, tuvo el acierto (quizá el único) de contar con Christopher Lee y con una Reina de los Hombre-Lobo, en la piel de la carnal y exuberante Sybil Danning.

 


Monstruas con tradición

Mitos, leyendas, viejas historias apenas susurradas hablan de muchas variedades de mujeres monstruosas, retomadas enseguida por un cine ávido de fuentes de inspiración.

 

Desechando otras muchas opciones, empezamos nuestro recorrido por las monstruas con pedigree citando a Cult Of The Cobra (1955), dirigida por un adicto a la Serie C fantástica, Francis D. Lyon. Este film, superior a la media dentro de la larga carrera de Lyon, estaba protagonizado por una actriz llena de personalidad, Faith Domergue. La Domergue encarnaba a una Reina Cobra que, loca de venganza por la profanación por parte de seis soldados USA de un Templo del Dios Cobra en un remoto país asiático, los perseguirá hasta Nueva York, donde los ira eliminando uno a uno. Ni qué decir tiene que, al final, la Reina Cobra perderá la vida en su sangriento empeño, adquiriendo en su muerte la forma de una hermosa serpiente. Como último detalle, cabe reseñar la labor en la fotografía de uno de los grandes de Hollywood, Russell Metty.

 

1956 nos regala a ¡la mujer primordial! con The She Creature [tv: La criatura], realizada por -y van- otro habitual del género en su vertiente más cutre, Edward L. Cahn. Mayor tradición la de esta monstrua imposible: 100 millones de años de antigüedad, el primer esbozo de mujer, aunque no tenga mucho que ver con la Eva de la Biblia. Todo ello a través de una sesión de hipnotismo, en la cual el Doctor Lombardi provoca que su conejillo de indias, Andrea, retroceda tanto en el tiempo que hasta su estructura genética se transforma, convirtiéndola en una horrible criatura (femenina) escamosa, de apariencia -todo hay que decirlo- bastante ridícula. Inenarrable.

 

La Gorgona es un maravilloso mito de origen griego, un terrible ser con serpentinos cabellos que petrifica a aquellos mortales que tienen la desgracia de mirarla a los ojos. La Hammer tuvo el buen detalle de echarle mano al mito y, aún mejor, le cedió la dirección al gran Terence Fisher. Con guión del también realizador John Gilling, The Gorgon [vd: La leyenda de Vandorf, 1964] es una de las obras maestras de la Hammer, de Fisher y, por ende, de la Historia del Cine Fantástico. Ambientada, por extraño que pueda parecer, en el pueblo de Vandorf (Bohemia), a la griega Gorgona parecen sentarle bien los aires eslavos y numerosos habitantes son descubiertos petrificados. Tendrán que ser Paul Hertz (Richard Pasco) y el Profesor Meinster (Christopher Lee) quienes detengan al cruel ser mitológico, aunque el perverso Doctor Namaroff (Peter Cushing) trate de impedirlo como sea. Fisher imprime a la producción su peculiar talento poético/horrorífico y logra llevar al cúlmen esa tan difícil como fascinante compenetración que existe entre el romanticismo exacerbado y terror profundo. La creación de la Gorgona, con la bella Barbara Shelley convertida en un horrendo monstruo (en realidad, la actriz Prudence Hyman), es tan inolvidable como cada segundo de metraje (¡con música de James Bernard!). Quien tenga la oportunidad de verla, que no desperdicie la ocasión.

 

Y volvemos a encontrarnos con la Hammer y, de paso, con John Gilling, esta vez dirigiendo The Reptile [tv: El reptil, 1966]. Aunque aburra decirlo, también es magnífica, e igualmente presenta a una fascinante monstrua: una mujer serpiente. En este caso, se trata de la hija (Jacqueline Pearce) de un doctor en Teología, especializado en cultos primitivos, y que en una de sus estancias en el lejano Oriente recibió una desagradable maldición por parte de una Secta de Hombres-Serpiente. La joven se convertirá cíclicamente en una serpiente humana de asesinos instintos. El apasionante guión de John Elder es traspasado a la pantalla por Gilling mediante una lograda atmósfera enfermiza, de una exuberancia expresiva ideal para una leyenda tan colorista. Un único pero, hay que reconocer que el equipo de maquilladores no se 1ució con la poco agraciada encarnación de la Pearce.

 

De Hammer a Hammer y tiro porque me toca. En el de monstruos, es evidente que la legendaria productora británica dio una vez tras otra en el clavo. Véase para probarlo de nuevo Doctor Jekyll y su hermana Hyde (Dr. Jekyll and sister Hyde, 1971), igualmente una obra maestra sin contemplaciones. Dirigida por un cineasta nunca suficientemente valorado, Roy Ward Baker -aún hoy muchos le siguen considerando un sencillo artesano que realizaba su trabajo con corrección- la realidad es que Baker fue, junto a Fisher, el puntal básico de la productora y uno de los mejores realizadores del cine fantástico mundial. Basado en el personaje creado por R. L. Stevenson, el excelente guionista Brian Clemens consiguió imprimirle un apabullante giro, pleno de desosegador erotismo: el malvado Mr. Hyde no es sencillamente la reencarnación de la parte de mal que todos guardamos en nuestro espíritu, sino que se va más lejos: esa mitad oscura puede ser femenina -la señora Hyde- y además lograr el predominio sobre la menos "dura" parte masculina. Esta brillante idea, llevada hasta el paroxismo por Baker, alcanza una de las cotas más altas del erotismo fantástico, con una Hyde malvada, cruel, sanguinaria, sí, pero también bella, subyugante, hipnotizadora. Martine Beswick efectuó el papel de su vida y resulta inolvidable la escena en la que -tras una primera transformación-, Mrs. Hyde se acaricia el cuerpo desnudo ante un gran espejo: encantada, satisfecha, ufana de su victoria sobre el débil rival masculino. Por su parte, el fallecido Ralph Bates, el torturado Jekyll, no desmereció en absoluto. Tremendamente destacable la inolvidable partitura de David Whitaker.

 

Para finalizar con este largo capítu1o -también con el artículo- tengo el placer de acudir a uno de los realizadores más controvertidos del panorama cinematográfico de los últimos veinte años: Ken Russell.

 

Con Russell, gran cultivador del fantastique (Los diablos, Viaje alucinante al fondo de la mente, Gothic...) no suele haber términos medios: o se le ama, o se le odia. Yo, lo reconozco, estoy entre los primeros. Su refinada locura es llevada a las pantallas en una sinfonía (verborrea, dirían sus enemigos) de imágenes a cuál más impactante/fascinante. Mucho más contenido que de costumbre, en The Lair of the White Worm [tv/vd: El cubil del gusano blanco, 1988]. Russell se basa en una mediocre novela de Bram Stoker, el creador de Drácula, que el cineasta inglés lleva a su particular terreno, más cercano al espíritu del genial Arthur Machen, escritor que exploró profundamente el paganismo pre-romano existente en Gran Bretaña: druidas, dioses terribles, sátiros inmisericordes, sacrificios de vírgenes...

 

Russell, erotómano de pro, ofrece una auténtica orgía erótico/terrorífica de noventa minutos en la que la esplendorosa y sofisticada Amanda Donahoe encarna a Lady Sylvia Marsh, Gran Sacerdotisa Serpiente (¡qué colmillos tan adorables!), quien ofrece a jóvenes vírgenes al Dios Gusano Blanco, inquilino en las entrañas de su propia mansión. Contra ella 1uchará Lord James D' Hampton (Hugh Grant, magnífico), cuyos antepasados derrotaron ya una vez a este terrible dios pagano. Indescriptible en el mejor sentido de la palabra: imágenes oníricas con romanos sacrificando a vírgenes a base de penetrarlas con bestiales falos de piedra mientras un Cristo crucificado es enroscado por una serpiente; Lady March echando un chorro de su veneno a una cruz de madera con un Cristo en ella; el héroe manteniendo a raya a un policía-serpiente a base de tocar melodías con su gaita, lo cual provoca el regocijante efecto de que el agresivo agente tenga que ponerse a bailar sin remedio; Eve James (Catherine Oxenberg), novia de Lord D' Hampton, colgada de unos hierros con un vistoso bañador mientras el Gusano Blanco se dirige a ella desde su abisal agujero... De lo mejor de los últimos años. Atrevida, excitante, imprevisible, con un sentido del humor surrealista: un Ken Russell en su mejor forma que alcanza los objetivos que suele proponerse: escandalizar divirtiendo. Y todo ello en brumosos paisajes británicos que tan bien sabe aprovechar. 

Eduardo Escalante (Madrid. España)