RELATOS GANADORES DEL II CONCURSO PASADIZO 2012

Carlos Díaz Maroto

08_xxx_069l_virgil_finlay_skull-faceA continuación os ofrecemos los tres relatos ganadores del II Concurso Pasadizo 2012 correspondiente a esta categoría.

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Tras arduas deliberaciones, el jurado formado por Manuel Aguilar, Luis Alboreca, Carlos Díaz Maroto, Ana Morán Infiesta y Miguel Valle García decidió galardonar los tres relatos siguientes (sin orden de preferencia):


- "El señor de las moscas", de Luis Guallar
- "Soy leyenda", de Raelana Dsagan
- "La niebla", de Juan Miguel G. S. Sánchez

Los tres autores ya tienen en su casa el premio, consistente en un lote de libros, cedidos amablemente por Calamar Ediciones. Curiosamente, y sin que nos pusiéramos de acuerdo, cada uno de los relatos representa géneros diferentes: ciencia ficción, fantasía y terror.

Pero antes de la publicación de los relatos, permítannos unos comentarios al respecto por parte de alguno de los jurados.

 

El señor de las moscas es un relato de aroma clásico, que actualiza con maestría un arquetipo de la ciencia ficción y se desarrolla en un mundo hawksiano, si se me permite la comparación. La resignada profesionalidad que destilan todos y cada uno de los personajes, hábilmente trazados en unas pocas líneas, choca frontalmente con lo desconocido en una lucha desigual. Narrado con nervio y oficio, es un conjunto perfectamente coherente entre forma y fondo, que huye de los aspavientos o de las sorpresas estruendosas, tan tentadoras en este tipo de historias. Aspira, simplemente, a contar una buena historia con sólidos personajes y que cautive al lector. Y lo logra con creces.

Miguel Valle García

 

La gran virtud que hizo destacar a Soy leyenda por encima de la media, además de la incuestionable calidad de su narrativa, es la maestría con la que la autora logra tejer un universo complejo en pocas palabras, definiendo, además, unos personajes tridimensionales que no dejan indiferente al lector. Añadamos a estas bonanzas que el título del relato no se erige como una mera forma de cumplir con las bases del certamen, sino que se imbrica orgánicamente con la propia historia y el mensaje subyacente en la misma, dotándola de mayor enjundia y generando un bucle perfecto con su cierre.

Ana Morán Infiesta

 

La niebla supone un sentido y directo homenaje a los autores clásicos de la escuela Weird Tales como H. P. Lovecraft, Robert E. Howard o Seabury Quinn. Pero, aparte de eso, logra encontrar su propia identidad con una narración cautivante regada de una suculenta documentación que se percibe concienzuda pero que, al tiempo, no devora el tono lúdico de la historia, logrando una gran fuerza descriptiva, y aunando personajes reales y de ficción de un modo natural. Todo ello deriva en un relato atosigante, que lleva a hacer sentir esa "niebla" al lector, envolviéndolo con su narrativa.

Carlos Díaz Maroto

Y ahora, los relatos:

 

EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

Luis Guallar

 

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La calamidad se abatió sobre la Tierra en forma de chatarra espacial. Nadie la vio caer, pero lo hizo envuelta en llamas, y levantó una gran bocanada de vapor cuando se sumergió en el mar. Se trataba, como se explicó más tarde en los medios, de una cápsula espacial; una cápsula de salvamento de la ISS-3, la nueva estación espacial puesta en órbita semanas antes. El Lucero del Alba se acercaba en aquellos instantes al lugar donde había caído; su casco oxidado se mecía con las olas bajas que rompían contra la embarcación, impregnando la cubierta del olor del mar. Hombres de piel tostada y manos callosas corrían por cubierta, oteaban el horizonte y realizaban sus tareas. Podían ver el objeto a estribor, una masa blanca y brillante flotando a la deriva como un cadáver hinchado.

Salvador Alfaro, robusto capitán de ojos melancólicos y mentón poco afeitado, observaba, con la espalda recta, los movimientos espasmódicos de la grúa mal engrasada. No daba órdenes, ni lo necesitaba; el pequeño y calvo Pedro Ezcurra, su primer oficial desde hacía ocho años, interpretaba en su rostro de piedra hasta la mínima mueca, y gritaba sus órdenes en consecuencia. Los hombres, por su parte, se lo ponían fácil. Rudos pero honrados, cada uno de los tripulantes del Lucero del Alba era buen conocedor de su oficio y actuaba en consecuencia.

A un lado, sentado sobre una caja, el estadounidense Judah Wilkins supervisaba la operación mordiéndose las uñas de forma compulsiva. De piel blanca, barba pelirroja y nariz ganchuda, Wilkins era una nota discordante en la caótica armonía del barco; era el cliente, no obstante, y quien paga es quien manda. Otros dos norteamericanos trataban, con poca maña, de ayudar a los marineros en las maniobras de rescate; pero Wilkins no daba órdenes. Únicamente esperaba. Siempre esperaba.

-Un poco más despacio -susurró Salvador, y el primer oficial repitió su orden a viva voz. Los engranajes de la grúa chirriaron, las cuerdas crujieron, y el barco se tambaleó. Tras unas pocas maniobras, la cápsula fue depositada en cubierta y amarrada con precisión.

-Será mejor que la abramos deprisa -comentó Ezcurra, cuando se acercaron a aquel extraño y pesado objeto cilíndrico, una imponente mole de casi seis metros de largo y dos de altura que había cruzado el espacio para sumergirse en las frías aguas del Atlántico. Salvador Alfaro dio un paso adelante y puso la mano sobre el metal, que ya se había enfriado. Acarició, despacio, su irregular superficie, y finalmente se fijó en la sección central.

-No será fácil -respondió el capitán-. Si eso de ahí es la escotilla, la cerradura se ha fundido en parte. Diles a los muchachos que traigan palancas.

-Eh, nada de palancas. No toquen nada -exclamó Wilkins con marcado acento norteamericano, al tiempo que se interponía entre la cápsula y los hombres. Salvador avanzó hacia él y le lanzó una severa mirada desde arriba; le sacaba casi una cabeza.

-Disculpe, pero sólo queremos abrirlo.

-No, ni hablar. Su trabajo era recoger la cápsula y ya lo han hecho. Ahora la llevarán a tierra, a la costa argentina, donde nos espera nuestro equipo para llevarla de regreso a Estados Unidos. Ese fue el trato, y para eso les pagamos.

-Pero dentro hay gente -protestó Ezcurra-. Sus astronautas están dentro de ese trasto, ¿no?

-Señor Wilkins -trató de explicar Salvador con su voz sosegada pero autoritaria-. No pretendemos contrariar sus órdenes, pero entienda que nos preocupa el bienestar de todos los pasajeros del Lucero del Alba. Y, en estos instantes, los hombres que puede haber dentro de esa cápsula se encuentran bajo mi responsabilidad.

-Entonces le diré, capitán -respondió el norteamericano, moviendo la cabeza y remarcando cada sílaba de la última palabra- que le eximo de toda responsabilidad con el contenido de la cápsula. Pero ni se les ocurra abrirla.

Salvador asintió, despacio, clavando sus ojos claros en los de Wilkins. Este, por su parte, trató de aguantar su intensa mirada, pero finalmente desistió; gritó varias órdenes en un inglés incomprensible a sus hombres, y luego echó a andar en dirección al casillaje del barco. Antes de marcharse, sin embargo, se detuvo y volvió a dirigirse al capitán una vez más:

-Ah, y por si eso le tranquiliza -explicó-: ahí dentro no hay nadie. Se trata únicamente de una sonda.

 

El Lucero del Alba se removía entre el agitado oleaje, que durante las últimas horas había aumentado en altitud y virulencia. Los marineros amarraron mejor la cápsula, y luego marcharon a continuar con sus respectivas tareas. Uno de ellos, sin embargo, se quedó junto al objeto. Intrigado, Coletti imitó a su capitán, acariciando el frío e irregular metal con la palma de la mano. No terminaba de creerse la historia de la sonda; había escuchado las noticias y sabía que algo había ocurrido allí arriba. Sus dedos rozaron, casi con cariño, el metal fundido, tan suave, curvo y orgánico que resultaba sensual.

Coletti pegó la oreja contra la escotilla, y preguntó si había alguien ahí.

Mientras tanto, en el puente de mando, los dedos temblorosos del primer oficial Ezcurra jugueteaban distraídamente con el viejo rosario que siempre colgaba de su cuello. Salvador, por su parte, bebía pequeños sorbos de un vaso lleno de whisky mientras contemplaba fascinado el oleaje; años de experiencia en el mar le habían enseñado a reconocer una tormenta cuando apenas asomaba el hocico, y sabía que aquello no iría a más. Un poco de lluvia, unas cuantas olas que tal vez retrasarían un poco el regreso a tierra, y poco más. La actitud de Wilkins y sus extrañas explicaciones, sin embargo, le tenían más preocupado.

-¿Te lo crees? -preguntó, sin apartarse de la ventana-. Porque yo no.

-Nunca me ha interesado el espacio -respondió el primer oficial-. Todo lo que ocurre allí arriba y no tiene relación con el Creador me resulta extraño y lejano. Pero en la radio hablan mucho del tema; de que se perdió toda comunicación con la estación esa, y que los astronautas habían regresado en una cápsula de rescate.

Salvador asintió, sin responder, y bebió otro trago de whisky. Tal como había predicho, comenzaba a llover; gotas finas, perpendiculares, que caerían durante un buen rato y desaparecerían con la misma celeridad con la que habían llegado. Mientras tanto, los astronautas que hubiese dentro de la cápsula oirían el repicar de la lluvia a través del metal sin saber qué ocurría fuera; en aquel mismo instante se les podía estar terminando el oxígeno. O podían estar muertos.

-¿Quién es ese? -preguntó, señalando a la cubierta principal. Allí abajo, un hombre solitario permanecía en pie frente a la cápsula, de espaldas a ellos.

-Creo que es Coletti -señaló Ezcurra, que conocía bien a sus hombres-. Dios, creo que lleva una palanca.

-Rápido, ve a detenerle o nos meterá en un buen lío -ordenó el capitán. El primer oficial obedeció enseguida; salió de la estancia, bajó por las escaleras de metal y echó a correr por el pasadizo, ante la mirada atónita de un par de marineros, en dirección a la puerta que conducía a cubierta. Cruzó a trompicones, cegado por una lluvia que arreciaba por momentos; llegó al lugar donde habían visto a Coletti, pero el marinero se había marchado ya. La escotilla de la cápsula, por su parte, estaba doblada y ligeramente levantada allí donde habían aplicado la palanca.

-Maldita sea -murmuró Ezcurra, observando la negrura tras la escotilla entreabierta. Durante un instante, tuvo la certeza absoluta de que aquella oscuridad le devolvía la mirada, y aquella sola idea le hizo estremecer. Sin nada más que añadir, dio media vuelta y regresó por donde había venido, mientras luchaba por no resbalar y caer; cruzó la cubierta, y se internó en el pasadizo, dejando un vistoso rastro de agua a su paso. Vio, sin embargo, que ya había otro rastro igual que conducía un poco más allá de las escaleras. Lo siguió hasta llegar a una esquina poco iluminada que torcía a la derecha. Dándole la espalda, ligeramente encorvado, había alguien que aguardaba de cara a la pared.

»¿Coletti? -preguntó-. ¿Qué diablos haces?

El marinero no respondió. Permanecía completamente inmóvil, como si de una estatua se tratara. En la palma de la mano derecha tenía un amplio corte, que probablemente se había hecho al abrir la cápsula. Ezcurra se acercó un poco más, no muy seguro de lo que hacía, y repitió la pregunta. Coletti se giró, muy despacio; sus ojos se clavaron fijamente en el primer oficial, como si aquella mirada turbadora tuviera garras con las que anclarse.

-Tienes sangre, Coletti -murmuró Ezcurra, no muy seguro de qué decir.

-Me he cortado -respondió él, en un susurro cavernoso-. He visto su rostro, y no tiene.

Algo en su expresión, pensó el primer oficial, hacía pensar que el marinero no estaba allí, tras aquella intensa pero vacía mirada.

 

Salvador continuaba observando el oleaje, impasible. Un cuarto de hora más, veinte minutos a lo sumo, y el tiempo mejoraría. Entonces, regresar a tierra sería cuestión de media hora, y podrían desprenderse de aquella suerte de sarcófago espacial. No le gustaba, decidió; no le hacía ninguna gracia llevar a bordo aquel artefacto que, por lo que él sabía, podía estar repleto de cadáveres. Pero las órdenes eran las que eran, y Wilkins quien las daba.

-Capitán, tenemos un problema -susurró Ezcurra, cuando entró-. Coletti ha abierto la cápsula.

-Lo imaginaba -respondió Salvador, con voz tranquila.

-Hay... algo más. Se trata del propio Coletti. Actúa de forma extraña.

-Todo a su momento. Ahora tenemos que hablar con Wilkins.

Con paso firme, Salvador abandonó el puente. Ezcurra le seguía, cabizbajo; sus dedos volvían a juguetear con su rosario, aunque ni él mismo se daba cuenta. Ambos hombres descendieron por la estrecha escalera y se dirigieron al sector de los camarotes; cuando pasaron por la esquina donde Ezcurra había visto a Coletti, este ya no estaba allí. Excepto por el charco de agua, ligeramente rosada por algunas gotas de sangre, nada parecía indicar que el marinero se había detenido allí apenas unos minutos antes. Continuaron andando por lo que a Salvador siempre le había parecido un absurdo laberinto de hierro oxidado; a menudo añoraba aquellos tiempos en los que la brea y la madera eran lo único que se interponía entre el hombre y el mar. Finalmente llegaron a un pasadizo repleto de puertas metálicas, cada una con su pequeña ventana circular. Una de ellas permanecía abierta. Otro hombre estaba agazapado en el umbral. Sollozaba, en silencio, mientras se sujetaba un brazo donde tenía una herida; pero esta no era muy grande, y su reacción no era propia de un aguerrido marinero.

-Dios santo, Linares. ¿Qué haces ahí? -preguntó Salvador, pero en cuanto hubo formulado la pregunta tuvo el presentimiento de que no le iba a responder. El marinero alzó la cabeza, y sus ojos imperturbables se clavaron en él. La puerta de enfrente se abrió, entonces; Coletti, silencioso, asomó la cabeza, con sus ojos fijos en el capitán y en el primer oficial.

-Tengo un mal presentimiento -murmuró Ezcurra, al tiempo que se frotaba la frente con la mano. Salvador se limitó a asentir. Continuaron avanzando, sintiendo en el cogote las miradas inalterables y silentes de los dos marineros; unos metros más allá se detuvieron, y llamaron a una puerta que no tardó en abrirse.

-¿Qué quiere ahora, capitán? -preguntó la cabeza de Wilkins cuando asomó por el resquicio de la puerta, con el ceño fruncido y una mirada inquisitiva.

-Me temo que uno de mis hombres ha desobedecido las órdenes -trató de explicar Salvador-. Han abierto la cápsula.

-¿Qué dice? -exclamó Wilkins; a partir de ese momento, todo se desarrolló muy deprisa. El estadounidense desapareció un instante tras la puerta, y volvió a aparecer llevando una pistola. Golpeó la puerta contigua, comenzó a gritar órdenes a los otros dos norteamericanos, y luego enfiló el pasadizo a toda prisa, indicando a Salvador y a Ezcurra que le siguiesen.

»Idiotas -repetía una y otra vez, mientras sujetaba su arma en el cinturón-. Os dije que no se podía abrir. ¡Os lo dije!

-¿Se puede saber qué ocurre? -preguntó el capitán, resollando por la frenética carrera-. ¿Por qué lleva un arma? ¿Qué hay ahí dentro?

-Puede ser contagioso, maldita sea -fue la respuesta de Wilkins; las palabras se le atragantaban entre tanto jadeo, mientras subía las escaleras de dos en dos-. Hemos de detener el barco ahora mismo.

Ezcurra trató de protestar, pero Salvador no dijo nada. Los tres hombres gritaron órdenes a diestro y siniestro, y corrieron hasta el puente de mando; de pronto, todo el barco era un hervidero de actividad. Transcurridos pocos minutos, el Lucero del Alba echaba anclas en medio de una creciente calma. Tal como había predicho Salvador, la tormenta amainaba por momentos. Junto a Wilkins, Ezcurra y los otros norteamericanos, cruzaba ahora la cubierta principal; inmóvil y ominosa, como si su sola presencia fuera capaz de abrirles una brecha en el alma, la cápsula espacial les aguardaba.

-Que nadie se acerque -ordenó Wilkins.

-¿De qué se trata? -preguntó el capitán-. ¿Alguna clase de virus?

Wilkins negó con la cabeza y se acercó al artefacto, poco a poco. Casi se podía oír cómo todos los presentes contenían la respiración mientras el norteamericano, con suma precaución, alargaba la mano y abría del todo la escotilla; la luz difusa de un atardecer nublado se derramó en su interior, revelando un asiento vacío rodeado de incomprensibles aparatos. Tras unos pocos segundos, Wilkins volvió a cerrar, con rabia, aunque el rumor de las olas se llevó el ruido del golpe.

-¡No está! Maldita sea, ¡no está!

-Cálmese, Wilkins; explíquenos qué ocurre -dijo Salvador.

-Tenemos que encontrarlo, deprisa -Wilkins dijo unas cuantas palabras en inglés, y los otros dos norteamericanos echaron a correr al interior del barco-. Hay que devolverlo a la cápsula antes de que sea tarde, y sellar la escotilla como sea.

-¿De qué diablos habla?

-¡El astronauta! -exclamó, finalmente-. Hay que encontrar al astronauta, rápido. ¿Dónde está el marinero que abrió la cápsula?

-Estaba donde los camarotes -respondió Ezcurra, pensativo, y luego añadió-: se comportaba de un modo extraño...

-My God, tal vez sea tarde -dijo Wilkins, retrocediendo; sus ojos, muy abiertos, observaron a su alrededor con visible terror. Salvador y Ezcurra, contagiados por el nerviosismo del norteamericano, le imitaron; en cubierta había unos pocos marineros con aspecto de estar bastante desconcertados, probablemente por lo singular de la situación. O tal vez fuese otra cosa. En aquel ambiente enrarecido, y sumidos por un desasosiego causado por el desconocimiento, cada gesto, cada mirada, resultaba sospechoso.

Los tres hombres se abrieron paso a través de miradas perplejas. Wilkins murmuró algo relativo a los camarotes, y los otros dos entendieron que tal vez Coletti se había llevado allí al astronauta del que había hablado. Se adentraron de nuevo, pues, en las entrañas del casillaje del barco. Un marinero, sentado en los escalones que conducían al puente de mando, les siguió con una mirada turbia. Conforme trotaban por los corredores del barco se cruzaron con dos hombres más; ambos les observaron de aquel mismo modo, casi sin pestañear.

-No me gusta -murmuraba Wilkins, cuando llegaron a la zona de los camarotes. Salvador le indicó cuál era el de Coletti, y el estadounidense entró tras prohibirles tajantemente que le siguieran; no tardó en aparecer de nuevo, negando febrilmente con la cabeza.

-Tampoco está -adivinó Ezcurra.

-Tenemos que pedir ayuda por radio -sugirió el capitán-. Volvamos al puente.

-Me gustaría enterarme de lo que está pasando, igualmente -insistió el primer oficial, mientras volvían sobre sus pasos. Wilkins, presuroso, no respondía, y Ezcurra apretó con fuerza los puños, reprimiendo las ganas de golpearle. Cuando llegaron a las escaleras vieron que ya no había nadie allí. De la cubierta principal, sin embargo, llegaba corriendo otro hombre.

-¡Capitán! -exclamó el marinero-. Algo raro les está ocurriendo a algunos hombres.

-Onetti, ¿qué ha pasado?

Pero el marinero no tuvo tiempo de contestar, porque un golpe seco y fuerte sonó entonces en su nuca, y cayó desplomado. Coletti se alzaba detrás; un metro noventa de fornido marinero, de mirada desquiciada, armado con una palanca de acero. Sus ojeras se marcaban, ennegrecidas, y su piel había adquirido un tinte gris enfermizo. Tras Coletti aparecieron otros dos hombres de gesto hosco, armados ambos con pesadas herramientas. Otro más asomó de una puerta cercana; en su mano llevaba un enorme cuchillo de cocina, manchado de lo que parecía sangre. Todos ellos, notó Salvador, tenían alguna herida reciente en el cuerpo, como si de algún tipo de prueba de iniciación se tratara.

-¿Es esto un motín, Coletti? -preguntó el capitán, con voz serena; los músculos de su cuerpo, sin embargo, estaban todos tensos. Coletti le miró fijamente; sus ojos eran pozos secos y vacíos. Su boca se abrió, muy despacio, en toda su negra amplitud; de su garganta no brotó palabra alguna, sino el ruido estridente de lo que parecía el zumbido de un millón de abejas.

-¡Es tarde! -exclamó Wilkins. Salvador lo empujó escaleras arriba; el primer oficial los seguía, presuroso, sin perder de vista a Coletti; este, no obstante, permanecía totalmente inmóvil.

No se sintieron seguros hasta que se encerraron en el puente y atrancaron la puerta; pero alguien se había anticipado a sus planes, porque la radio y otros instrumentos habían sido destrozados a conciencia.

-¡Maldita sea!

-Bien, creo que nos debe una explicación -dijo Salvador, dándole la espalda a Wilkins y mirando por la ventana; desde cubierta eran observados por un hombre.

-Qué importancia tienen ya las explicaciones -se lamentó Wilkins; aun así, continuó-: metimos la pata. La metimos hasta el fondo.

-Lo sabía -masculló Ezcurra, malhumorado; su calva brillaba por el sudor, y sus ojos por el miedo-. Ustedes lo sabían. No nos contrataron para rescatar a nadie, sino para deshacerse de las pruebas.

Wilkins asintió, en silencio. Se sentó en el suelo, respiró hondo y comenzó a explicar:

-Íbamos a cambiar el mundo de la astronáutica, ¿saben? El hombre es débil; es propenso a enfermar, sucumbe ante el estrés y la ansiedad, y la ingravidez prolongada hace estragos en su cuerpo. Por eso creamos las moscas; así llamábamos a los nanobots biomecánicos que inyectamos a los astronautas seleccionados para ir a la ISS-3. Dijimos, a los medios y al mundo, que la estación contenía grandes avances que cambiarían el modo de enfocar los viajes al espacio, pero era mentira. El avance eran las moscas.

Wilkins se echó a reír, al tiempo que se le humedecían los ojos. Salvador escuchaba, pero no perdía de vista la cubierta; varios marineros de andares torpes, tez enfermiza y mirada perdida estaban amontonando cajas, sacos y otros bultos frente a la cápsula espacial.

-Lo llamamos Proyecto Belcebú -continuó explicando Wilkins, y Ezcurra se santiguó inconscientemente-. El señor de las moscas. Los nanobots estaban diseñados para recorrer todo el organismo huésped a través de su torrente sanguíneo, monitorizar y regular su estado de salud, reparar tejido dañado, y corregir dentro de sus posibilidades todo problema que encontraran. Así, los astronautas permanecían siempre saludables, y los efectos nocivos de la ingravidez quedarían enormemente paliados desde el interior de sus cuerpos. También tenían acceso a su cerebro, controlando así los niveles de ansiedad. Las moscas eran perfectas; unas diminutas obras maestras de la ingeniería. Incluso estaban diseñadas para que, en caso de que alguna fallara, las otras pudieran autorreplicarse, extrayendo ínfimas cantidades de hierro y otros elementos de la sangre del huésped si fuese necesario.

-Pero algo falló -adivinó Salvador, que continuaba atento a los progresos en cubierta. Los marineros habían terminado de amontonar cajas y sacos, y el resultado asemejaba un trono burdo e improvisado. Coletti apareció entonces; cargaba con un gran bulto blanco, que arrastraba por el suelo. El rostro del astronauta permanecía oculto tras el cristal ahumado de su casco; el traje, enorme y pesado, estaba rasgado en algunos puntos; sus pies colgaban de un modo extraño. Los demás marineros no lo perdían de vista, y cada vez eran más.

-Algo falló en su programación -admitió Wilkins, ajeno a lo que ocurría fuera-. No estamos seguros de lo que pasó, porque de pronto perdimos toda conexión con la estación y entonces lanzaron la cápsula. Creemos, sin embargo, que la autorreplicación pasó a ser la prioridad de las moscas. Lo que hoy hemos visto lo confirma; han comenzado a invadir a los marineros, pero no terminarán ahí. Como he dicho, pueden acceder a sus cerebros. Las moscas no son inteligentes, pero los hombres sí, y ellas pueden modificar sus motivaciones y prioridades: en otras palabras, utilizan la inteligencia humana a su favor, y ahora usarán a los marineros para extenderse a otros huéspedes, al tiempo que consumen sus cuerpos para replicarse. En pocas horas no quedará nadie vivo a bordo y, si no lo detenemos de algún modo y este barco llega a tierra...

-¿Cómo pasan de un cuerpo a otro? -preguntó el capitán, mientras veía cómo sentaban al astronauta en aquel trono improvisado; la cabeza se inclinaba hacia delante de forma incómoda, las manos colgaban flácidas a los lados, y una de las piernas se doblaba en un ángulo imposible.

-Su medio es la sangre y, aunque pueden volar, su autonomía es mínima fuera del organismo, así que buscarán siempre una vía de entrada al cuerpo en forma de herida abierta. Eso es lo que vuelve hostiles a los afectados.

-¿Podrían ser inhaladas?

-El aire no es su medio; aunque podrían ser arrastradas por el viento, en teoría no hay peligro de contagio por esa vía.

-En teoría...

-Belcebú es el señor de las moscas -murmuró Ezcurra-, pero también representa al pecado de la gula; de ahí su hambre, malditos necios. Ni con un millón de vidas aplacará su apetito insaciable.

Wilkins no respondió. En cubierta, dos marineros llevaban a rastras a uno de los norteamericanos, que trataba de zafarse sin éxito; en su cabeza tenía una fea brecha producida por algún golpe. Lo arrastraron frente al astronauta, y lo arrojaron a sus pies. El norteamericano se arrodilló, con la vista fija en aquel extraño ídolo a medio camino entre lo primitivo y lo tecnológico, y entonces quedó paralizado. Salvador no dijo nada mientras observaba la horrible escena, aunque muchos pensamientos sombríos cruzaron por su cabeza. Aquello no tenía freno; no podrían detenerlo si llegaban a tierra.

-¿Y ahora qué? -preguntó el primer oficial. Nadie respondió.

 

Las horas transcurrían lentamente, y el sol terminó por ocultarse tras un horizonte ahora más calmado. Sobre la cubierta principal, los marineros habían encendido linternas; situadas alrededor del astronauta, conferían a la escafandra una luminosidad etérea, artificial y plagada de dobles sombras, que causaba gran desasosiego. Los hombres se erguían a su alrededor con gesto solemne, aunque muchos continuaban vigilando el puente de mando; ya estaban todos allí, incluidos los dos estadounidenses. Salvador, Ezcurra y Wilkins eran los únicos a bordo que no habían sido afectados; pero estaban atrapados. Unas horas antes habían intentado salir, pero tuvieron que cerrar rápidamente la puerta cuando varios marineros se lanzaron escaleras arriba, armados con herramientas y emitiendo aquel desconcertante zumbido. Ahora, Wilkins y Ezcurra estaban sentados en el suelo, pero Salvador permanecía en pie, como siempre, impasible ante el más terrible de los temporales. Continuaba al acecho, vigilando estrechamente a aquellos hombres que ya no parecían hombres, y que hacían lo propio con él; sus pieles se habían vuelto grises, malsanas, y sus rostros estaban ahora cruzados por vasos sanguíneos negros e hinchados que, a la escasa luz de las linternas, asemejaban profundas grietas. El hambre y el sueño acechaban. Transcurridas varias horas desde el último intento de incursión al exterior, Ezcurra entreabrió de nuevo la puerta, asomándose ligeramente; cerró deprisa, no obstante, e informó que varios marineros hacían guardia. Wilkins, mientras tanto, dormitaba en un rincón, hecho un ovillo; el primer oficial deseaba golpearle; golpearle una y otra vez, hacerle pagar por todo el daño que había causado, y finalmente matarle.

Dos horas después, Ezcurra también dormía. Salvador continuaba vigilando.

-Nos movemos -anunció al amanecer-. En algún momento han puesto el barco en marcha.

-¿Qué? No, no podemos -protestó Wilkins-. Haga algo, capitán. Deténgalo.

-No puedo hacer nada.

-¿Cómo que no? ¡Estamos en el puente de mando!

-Y sin hombres en la sala de máquinas ni en las cubiertas para arrojar las anclas puedo hacer tanto desde aquí como desde una letrina.

Wilkins maldijo en voz baja, y Ezcurra volvió a santiguarse. El barco, lentamente, se dirigía a tierra; si no hacían nada por evitarlo, las moscas se extenderían por la población. Salvador, no obstante, señaló algo en cubierta que le llamó la atención, y los dos hombres acudieron a mirar; aunque varios marineros continuaban aguardando, inmóviles, alrededor del astronauta, Coletti yacía en el suelo, muerto en apariencia. Su cuerpo era prácticamente irreconocible; estaba consumido de un modo terrible, como si hubiera sufrido una gran hambruna prolongada, y su piel parecía cuero viejo. Bajo su ropa, sin embargo, parecía producirse algún tipo de frenética actividad, porque el tejido se movía y burbujeaba sin cesar.

-Las moscas están acabando con ellos -explicó Wilkins-. Consumen su cuerpo para reproducirse con ansia; tal como dijo usted, señor Ezcurra.

-Belcebú siempre está hambriento -respondió el primer oficial, malhumorado.

-Todos irán muriendo, y entonces podremos recuperar el control del barco -dijo Salvador-. Aunque no sé si ocurrirá antes de llegar a tierra.

Y aguardaron, porque no podían hacer nada más. Esperaron mientras los hombres, poco a poco, iban cayendo uno tras otro. Se desplomaban como muñecos de trapo, vacíos de vida y de sustento. Algunos quedaban inertes; otros se retorcían en su agonía final, e intentaban arrastrarse en dirección al ídolo que habían levantado, aquel astronauta sentado en su trono indigno. Todos, finalmente, dejaban de moverse.

-Muy bien, vayamos a la sala de máquinas y detengamos el barco -ordenó Wilkins.

-Será mejor que esperemos un poco más -sugirió el capitán-. Por seguridad.

-No hay tiempo. -Wilkins extendió una mano; en ella sujetaba la pistola que había cogido en su camarote.

-¿Qué diablos cree que hace? -preguntó el capitán.

-Lo que tenía que haber hecho desde el principio. Tomar el mando.

-Está bien, lo haremos a su modo. Pero aparte el arma.

Abrieron la puerta con sumo cuidado, milímetro a milímetro, procurando hacer el menor ruido posible. Los marineros que hacían guardia ya no estaban. Salieron, mirando a un lado y a otro, Salvador y Ezcurra, seguidos por Wilkins, arma en mano. Descendieron por las escaleras metálicas, atentos a cualquier movimiento, con la espalda siempre pegada a la pared. Cuando llegaron abajo echaron un rápido vistazo en dirección al astronauta; este se alzaba, inmóvil y ominoso, sobre un trono rodeado de cadáveres. Su presencia les incomodaba enormemente, así que comenzaron a avanzar en la otra dirección, buscando un nuevo tramo de escaleras que les conduciría a la sala de máquinas. Pero nunca llegaron, porque los dos norteamericanos, de tez pálida y venas negras, aparecieron por una puerta lateral y se abalanzaron sobre ellos. Salvador logró agarrar a uno por las muñecas, interponiéndose así en el camino del otro, y gritó a sus compañeros para que escaparan; luego soltó un instante a aquel hombre, le golpeó con fuerza, y echó a correr él también. Otro marinero apareció entonces, y de pronto se vieron perseguidos por cubierta, desesperados. Salvador sabía que tenían que haber esperado más; tenían que haberse asegurado. Algo tronó a su espalda, de pronto, y una flor carmesí estalló en el pecho de uno de los norteamericanos. Wilkins disparó una y otra vez contra sus antiguos compañeros, pero estos no caían; se sacudían violentamente ante cada impacto, sí, pero luego reanudaban su implacable avance, aunque fuese a rastras. Las moscas no iban a permitir que unas simples balas impidieran su propósito.

Y entonces, un terrible rayo de dolor cruzó el hombro de Salvador; su equilibrio falló de pronto, y el suelo pareció precipitarse sobre él. Cuando apoyó las manos vio abundante sangre corriendo por una de ellas, y comprendió que Wilkins, desesperado como estaba, le había disparado la última bala. No podía culparle, sin embargo, porque entendía el motivo; se lo había dicho unas horas antes, en el puente.

Su medio es la sangre, y acuden a las heridas.

Todo el barco parecía dar vueltas; de pronto, todo cuanto acontecía a su alrededor le resultaba ajeno, como si él no fuese más que un mero espectador. Unas manos le agarraron por las axilas, y la herida emitió una punzada de dolor que se extendió por todo su torso. Sus pies ya no respondían, agotados como estaban. A un lado, Wilkins forcejeaba con un Ezcurra fuera de sí, que trataba de arrebatarle el arma descargada mientras le recriminaba lo que había hecho. En el último instante, sin embargo, el primer oficial pareció pensárselo mejor; miró a Salvador por última vez, con expresión de profunda culpa, y en lugar de intentar ayudarle echó a correr, junto al otro hombre, en dirección a los botes salvavidas.

Los hombres dejaron caer al capitán frente al funesto astronauta, que se erguía ante él como un juez de la antigüedad que aguarda para impartir justicia. Su traje, que hasta ahora le había parecido rasgado en varios puntos, en realidad estaba desgastado, como si algo lo hubiera corroído violentamente. En el cristal ahumado del casco solo podía ver oscuridad y su propio rostro reflejado. Era un semblante desencajado por el dolor y la angustia, el rostro de alguien que sabe que ha perdido, y que su destino es peor que la muerte. Aquellos rasgos, de alguien que parecía burlarse de él, se desfiguraban por momentos; cada milímetro de su piel reflejada vibraba, burbujeaba y se movía de lugar. El zumbido de mil abejas resonó con fuerza en sus oídos, y Salvador comprendió entonces que el cristal del casco no estaba ahumado; allí dentro ya no había un cuerpo humano, sino millones de aquellas cosas diminutas, que en aquel preciso instante estaban penetrando en su ser, a través de la herida de bala. Belcebú tenía hambre.

La mañana del 6 de abril, el Lucero del Alba se aproximaba a la costa, sin responder a las llamadas de radio. Cualquiera que lo hubiera visto habría pensado que se trataba de un buque fantasma; un trasto viejo y oxidado cuya cubierta estaba sembrada de cadáveres, y de un polvo fino que el viento arrastraba hacia la costa. Unos pocos hombres, hoscos y taciturnos, conducidos por un capitán silencioso, se preparaban para desembarcar. Volvían a casa, y querían ver a sus familias.

 

SOY LEYENDA

Por Raelana Dsagan

 

dragon

El día pareció llegar antes aquella mañana, tiñendo el cielo de un tono celeste muy claro, extraño. Una suave niebla blanca se elevaba desde el suelo difuminando las dunas lejanas, como si se contemplaran a través de un velo. El aire no soplaba. Los hombres de la tribu conocían los augurios y se iban llamando unos a otros, en susurros, intentando no despertar a los que no podían acompañarlos, aguantando la excitación en silencio. Ese día iban a cazar un dragón.

Leonard se había alejado un poco y contemplaba el pequeño poblado de inestables tiendas, dispuestas en círculo desde la duna más alta de los alrededores. Su disposición cambiaba según el viento. Hechas con tiras de piel de dragón, protegían el lugar sagrado del pueblo: la Fuente Eterna junto a la que la Gran Madre y los niños más pequeños pasaban los días.

Ya nadie lo llamaba Leonard, ahora era Llerand, lo más parecido a su nombre que aquellos hombres podían pronunciar con sus lenguas resecas. Altos y esqueléticos, de largos brazos y esbeltos cuellos, sus pieles cobrizas resistían el brillo del sol sin necesidad de conjuros para preservarlas. Sin embargo se cubrían el cuerpo con tiras de piel de dragón. Leonard no había querido poseer ninguna aunque se las ofrecieron, llevaba todavía su larga falda amarilla y negra, cada día más deshilachada y descolorida, y el símbolo de la magia tatuado en el pecho.

Hacía ya un año que vivía entre ellos. Un año desde que Llorne lo encontró vagando en el desierto, intentando evitar el camino a las montañas a las que no deseaba volver. En las montañas le esperaba la muerte y de Aeresya había huido. Allí, en medio del desierto, había encontrado algo que se parecía a la vida, aunque aún no podía participar en ella. Por eso no había aceptado las tiras de piel de dragón, por eso se mantenía aparte.

Leonard los contemplaba desde lejos. Llorne, llamado ahora El Grande por haber encontrado un extranjero en el desierto, se acercaba a veces y se sentaba a su lado con las piernas cruzadas. Juntos miraban el desierto durante horas, la mayoría de las veces sin que ninguno de los dos pronunciara una palabra. Llorne porque pensaba que era su deber no dejar al extranjero solo, se sentía responsable porque él lo había encontrado. Leonard miraba a Llorne y veía que ese joven tranquilo pertenecía al desierto, mientras que él no pertenecía a nada.

Aquel día Llorne fue uno de los primeros en levantarse y salir de su tienda a mirar los presagios escritos en el cielo. Su mirada recorrió la distancia hasta que encontró la silenciosa figura de Leonard a lo lejos. Agitó la mano para indicar que lo había visto y se volvió a meter de nuevo en la tienda, impaciente. Leonard sabía qué estaba haciendo: llamar a su llorkex, que aún estaría bajo tierra, buscando en las corrientes subterráneas el agua que los mantenía con vida a ambos. El parásito, en perfecta simbiosis con su compañero humano, respondería a su llamada y se acomodaría en los huecos que había practicado en la piel de Llorne a lo largo de los años. Leonard no había dejado que ninguno de aquellos parásitos lo tocara. Los hombres del desierto no lo entendían. Leonard pasaba sed, sí, muchas veces, pero perder su carne y su sangre era un lujo que no podía darse. Era un hechicero, a pesar de todo. No podía dejar que su cuerpo se debilitara y perdiera su fuerza. Podía alejarse del mundo que conocía e internarse en el desierto, podía pasar hambre y sed, podía hablar con los hombres del desierto que lo habían acogido, fingir que podía llegar a ser uno de ellos algún día, pero no podía renunciar a la magia. La magia era lo que lo sostenía, el centro de su vida. Le habían tatuado el símbolo en el pecho cuando apenas tenía seis años y no recordaba un momento de su existencia en el que la magia no estuviera presente. Y no podía compartir esa magia con ningún otro ser vivo. Los hombres del desierto no podían entender eso y Leonard no había intentado explicárselo.

A veces le parecía que Llorne lo entendía, cuando lo miraba con aquellos ojos grandes. Al menos Llorne no le hacía preguntas ni le presionaba en nada. Lo dejaba solo cuando lo necesitaba, se acercaba otras veces a él y, si le preguntaba algo, no le molestaba que no contestara. Le contaba historias de su pueblo y le hablaba de la caza del dragón.

Si no hubiera visto las tiras de piel, Leonard habría pensado que eran mentiras, mitos de un pueblo primitivo que necesita tener sueños y creencias, pero había tocado la piel del dragón, le habían enseñado cómo se curtía y cómo se le daba la forma que necesitaban y Llorne le había enseñado qué lugares eran buenos para la caza y cuáles eran malos. Y ahora llegaba el día, más pronto de lo que había previsto. Sentía curiosidad, los dragones eran seres de leyenda. Él era un hechicero, podía dominar los poderes del mundo; la magia estaba a su alcance, pero aquellos hombres primitivos cazaban dragones y él ni siquiera los había visto. No estaba seguro de creer en su existencia hasta que los viera, hasta que mirara a los ojos a un dragón.

Miró al horizonte, buscando los signos que los demás veían y que él no conseguía separar de los de un día normal. El viento era quizás algo más fuerte y el sol más débil, pero todavía era temprano. Miró hacia abajo, el pueblo hervía de actividad.

Con cuidado, deslizándose sobre la arena sin dejar huellas, Leonard bajó hasta el pueblo y se mezcló con los hombres que se preparaban para la caza. Algunas mujeres se habían despertado y sujetaban a los niños para que no interrumpieran los preparativos de sus mayores. Los niños no podían participar en la caza del dragón, ni siquiera los adultos podían elegir si participaban o no. Los hombres sorteaban quién se quedaría en el poblado para protegerlo y quiénes saldrían de caza. Nunca se había dado el caso de que ninguno de los guerreros regresara con vida, pero podía ocurrir y tenían que estar preparados.

Desde su tienda, Llaveerna convocó a algunos guerreros. Los mejores. Los que no podrían participar en la caza aunque sus nombres salieran en el sorteo. Ellos tenían los semblantes sombríos, pero obedecían y se quedaban junto a Llaveerna, detrás de ella, que contemplaba los preparativos con sus pequeños y penetrantes ojos. Durante un segundo los ojos del hechicero y de la Gran Madre se encontraron. Ella sentía curiosidad hacia él, siempre la había sentido. Y Leonard también sentía una enorme curiosidad hacia ella. Era imposible que hubiera tanta fuerza en un cuerpo tan anciano y frágil. La fuerza de Llaveerna no estaba en el cuerpo, sino en la voluntad. A Leonard le había llevado casi un año descubrir eso. No sabía qué habría descubierto ella de él, sus ojos continuaban siendo tan interrogantes como al principio, pero ahora podían llegar mucho más profundo. Llaveerna quería arrancarle los secretos a base de miradas, como hacían las Brujas de Aeresya. Leonard estaba acostumbrado a poner barreras, pero con Llaveerna se resquebrajaban. De todas formas no parecía importar. El poder de la mujer estaba muy diluido o no podía usarlo. Si hubiera podido ya lo habría descubierto todo sobre él.

¿Acaso había algo por descubrir? Algo que no fuera evidente. Había llevado muchos meses la argolla al cuello que lo identificaba como un esclavo fugado, hasta que un día le había pedido a Llorne que se la quitara. El símbolo mágico estaba tatuado en su pecho y el color de su falda indicaba la posición que había ocupado. Algo le decía que Llaveerna era capaz de interpretar todos estos símbolos, pero ella parecía buscar algo más. Quizás algo que ni él mismo sabía que llevaba dentro. Leonard le sostuvo la mirada, con frialdad. A veces apartaba la barrera, invitándola a entrar y a descubrir ese gran secreto que ella creía que tenía, pero en esas ocasiones ella se apartaba. Miraba desde lejos, pero no pasaba al interior.

Como hago yo en su pueblo, pensó Leonard. Somos invitados tímidos que no queremos abusar de lo que se nos ha dado.

Llaveerna fue la primera en retirar la mirada, cuando la leve inclinación de Leonard en señal de respeto se produjo. La Gran Madre estaba preocupada por su pueblo. Habían resistido al tiempo, al desierto y a muchos dragones, pero cualquier día podía ser el último. Llorne corría hacia él, sus largas piernas dando zancadas y levantando la arena a su alrededor.

-¿Estás listo? -le preguntó arrastrando las palabras como solía hacer, como si las pensara una a una antes de pronunciarlas. Llorne era un joven de ojos audaces y curiosos, siempre dispuesto a buscar y aprender. Si hubiera nacido en las montañas habría llegado a ser un poderoso hechicero.

Pero has nacido en la arena, Llorne, has nacido en el desierto dorado y lo llevas clavado en la piel, tan profundamente como tus pequeños amigos azules.

Leonard nunca había visto un llorkex antes, igual que no había visto un dragón. En las montañas no existían, en Aeresya eran leyendas. El desierto es la tierra de las leyendas. Los peligros proceden del desierto, el mal procede del desierto. No podemos sobrevivir en él. Sin embargo, los hombres del desierto eran los más frágiles que Leonard hubiera visto nunca. Si ellos podían sobrevivir, si se adaptaban a la arena como si fuera una segunda piel para ellos..., ¿por qué se aferraban los hechiceros a las montañas como si no hubiera vida lejos de ellas?

Llorne sonreía y lo miraba.

-Estoy listo -contestó Leonard asintiendo con la cabeza y dejándose guiar por el hombre que lo había salvado de morir en el desierto. ¿Hubiera muerto si Llorne no lo hubiera encontrado? ¿Cuánto habría sobrevivido en soledad? ¿Habrían acabado con él la sed y el hambre o simplemente se habría vuelto loco, perdido en la inmensidad de la arena?

Leonard nunca lo sabría. Allí le habían enseñado a resistir y a sobrevivir. Tenía el suficiente talento para adaptar sus hechizos a su nueva situación, para aprender la tosca lengua del pueblo que lo había adoptado, para crearse una nueva vida.

-Sin embargo, me mantengo aparte, solo, como si tuviera miedo de ser uno de ellos.

-¿Qué? -Llorne lo miró sin comprender. A veces, cuando Leonard se expresaba en su lengua, Llorne sabía que las palabras no iban dirigidas a él y se preguntaba a quién iban dirigidas. Los hombres del desierto nunca pronunciaban palabras que no fuera necesario decir.

-Estoy impaciente por ver al dragón -contestó Leonard, adelantándose y uniéndose a los demás. Una larga fila dispuesta a emprender el camino después de recibir la bendición de la Gran Madre.

¿Creía realmente que iban a cazar un dragón? Leonard deseaba creerlo, pero lo dudaba. Buscaba explicaciones razonables, quizás algún otro animal de piel parecida, quizás lo que ellos llamaban dragón era algo muy distinto del animal que poblaba las leyendas. Sin embargo lo que iban a hacer era algo real, los hombres se estaban preparando. Se dejó contagiar por el nerviosismo de sus compañeros y se mezcló entre ellos como si fuera uno más, preparado para afrontar cualquier peligro. Sus ojos verdes buscaron a Llorne y sonrieron al ver al joven hijo del desierto frotarse las manos con la arena antes de salir del poblado.

Era una costumbre que no entendía. La arena era la misma en todas partes, la arena lo rodeaba todo. Se acercó a Llorne y se arrodilló a su lado, con gesto solemne lo imitó, pero sin que sus manos rozaran la arena que aquellos hombres tanto reverenciaban.

-Te ríes de nosotros -le recriminó Llorne sin mirarlo a los ojos, hundiendo sus manos en la arena.

-¿Y qué vas a hacer?

Llorne no contestó, sus manos seguían sumergidas en la arena cálida, entonces las sacó y en ellas llevaba un puñado de granos dorados que dejó caer sobre las palmas extendidas del mago antes de que este pudiera apartarlas. Leonard no hizo nada, dejó que resbalara entre sus dedos para volver de nuevo al suelo.

-¿Qué ocurrirá ahora? -le preguntó a Llorne, cuando las manos volvieron a estar vacías.

-Ahora la arena te ha bendecido, querrá que vuelvas con ella. Y volverás.

Leonard no pudo evitar que una sonrisa de suficiencia apareciera en su rostro.

-Todo es arena, Llorne, nunca nos alejamos de ella.

-Eso es arena -respondió Llorne, señalando a lo lejos-. Esto, es el pueblo.

-¿Y en qué se diferencia?

-Esta arena la hemos pisado, nos conoce. Esa arena no.

Leonard se incorporó y miró al horizonte, a la lejanía. Era un ritual extraño que hablaba de un tiempo anterior, un tiempo donde la arena no cubriría toda la tierra, un tiempo donde los hombres distinguirían su hogar por el polvo que llevaban en sus pies. ¿Cuándo sucedió aquello? No podía preguntarlo. El tiempo era para ellos una sucesión de estaciones, ninguno conseguía ser demasiado viejo para darse cuenta de su transcurso.

Ninguno, excepto Llaveerna. Pero con ella no podía hablar.

-¿Dónde encontraremos al dragón, Llorne?

-Al norte, los dragones siempre salen por las dunas del norte.

Las montañas estaban al sur. Los dragones estaban en el norte. Tal vez por eso nunca los habían encontrado y se habían convertido en seres de leyenda. Leonard admitía que podía ocurrir, pero al mismo tiempo pensaba que era ridículo que en Aeresya no conocieran la existencia de aquellos animales míticos. Miraba al horizonte y se lo preguntaba una y otra vez. ¿Existían realmente? Los ojos azules de Llorne le decían que sí y quería creerlo, aunque su alma siguiera siendo escéptica.

Los hombres se pusieron en marcha, hundiendo sus pies en la arena y caminando hacia el norte. Leonard los seguía sin hacer preguntas, tan silencioso como ellos, consciente de que aquella caza tenía un componente místico que se le escapaba.

Caminaron durante horas hasta que el sol abrasador llegó a lo alto del cielo, entonces se pararon a descansar y reponer fuerzas. Estaban cerca, muy cerca, y los hombres se hacían gestos en silencio y preparaban las redes para que todo fuera perfecto.

Leonard apenas probó la comida. Al cabo de un momento se alejó un poco de ellos para contemplarlos mejor y se sentó sobre una duna con las piernas cruzadas bajo la amplia falda. Su mirada esta vez no se perdió en la inmensidad del horizonte sino que se fijó en los movimientos que hacía cada uno de ellos: cada hombre era una parte de la red que tan cuidadosamente estaban preparando.

Se habían sentado formando un círculo, con los largos hilos dorados de la red extendidos entre ellos; hacía solo unos minutos Leonard también estaba allí abajo, con ellos, pero era una pieza suelta. Se había salido del círculo y ahora los contemplaba desde fuera. Siempre era así. Él estaba fuera, mirando, esperando. ¿Por qué no podía sentarse a su lado y reír como ellos? Coger un extremo de la red y ayudar a tensarla, como estaban haciendo los demás. No se sentía uno de ellos y tenía que esperar a que Llorne viniera a buscarlo, a que lo invitara a sentarse a su lado. Incluso entonces se sentía extraño rodeado de todos aquellos hombres a los que podía entender pero que no le entendían a él.

Descendió de nuevo al círculo y se sentó junto a Llorne. Aceptó el cabo que le ofrecieron, pero simplemente lo sostuvo en sus manos, jugando con él. Nadie le recriminó que no hiciera nada. Ellos también eran conscientes de la diferencia.

-¿Dónde viven los dragones, Llorne? -se atrevió a preguntar, rompiendo el silencio. Los hombres lo miraron pero no estaban enfadados, esperaban la respuesta. Aquellos hombres silenciosos siempre estaban deseando escuchar leyendas.

-Viven debajo de la arena, nadan en los grandes ríos y evitan a los llorkex cuando bajan a buscar agua.

-¿Y por qué suben a la superficie, Llorne, si viven tan bien bajo la tierra? -si allí nadie les da caza, quiso decir, pero no lo hizo. Quizás existieran más animales míticos debajo de la arena.

-Salen para poner huevos. De los huevos nacen pequeños dragones que se hunden bajo la arena cuando notan el calor del sol. Los huevos no se pueden comer, son venenosos.

-¿Se puede comer un dragón?

-La carne del dragón alimentará al pueblo un año, con su piel haremos vestidos y tiendas, con sus vísceras ungüentos y con sus huesos, armas.

Llorne exhibía una gran seguridad al hablar de ello y algunos hombres asentían a sus palabras. Ninguno de ellos parecía pensar en la posibilidad del fracaso. Leonard sin embargo la tenía muy presente.

-¿Y si no lo atrapamos, Llorne?

-Siempre lo atrapamos, Llerand. La fuerza de la Gran Madre viaja con nosotros. Mañana al amanecer verás al dragón.

Cuando el sol volvió a descender continuaron el camino, siguiendo esta vez el curso de las estrellas. Llelven guiaba la expedición, era uno de los hombres más altos que Leonard había visto nunca y su fuerte mandíbula se apretaba cada vez que su llorkex se movía sobre su piel. Había visto ya treinta meses de Ausencia, sus cabellos habían encanecido y su frente se había arrugado. Llaveerna lo había mirado con sus ojos profundos antes de darle su bendición. Algunos habían pensado que no lo dejaría partir, pero lo hizo. Si sobrevivía, no volvería a cazar al dragón nunca más.

Caminaron durante horas hasta que algo cambió a su alrededor. Al principio Leonard no supo qué era. A su alrededor nada parecía haber cambiado, sin embargo, la arena tenía un olor distinto y el aire se había detenido. Sus compañeros también lo notaron e inmediatamente Llelven dio la orden para que se detuvieran.

-Ya hemos llegado -susurró Llorne, sin poder contener su impaciencia-. El dragón vendrá al amanecer.

Aquel era el momento más delicado, el más peligroso. Los llorkex abandonaron los cuerpos de sus compañeros humanos y se hundieron en la arena buscando el preciado líquido que absorbían para ellos. Los hombres quedaron indefensos y solos en medio de una arena que no habían pisado nunca. Desnudos, esperando la llegada de un ser de leyenda que podía acabar con ellos solo con el batir de sus alas.

Llelven pareció sentirse libre cuando su llorkex abandonó su cuerpo y agitó los brazos para que sus compañeros no se dejaran llevar por el nerviosismo. Con cuidado les instruyó sobre cómo debían colocar la red y distribuyó a los hombres alrededor de ella. Siete de ellos quedaron aparte, esperando. Llelven les dio largas lanzas hechas con hueso de dragón y les deseó suerte. Después miró a Llerand que había observado todos aquellos preparativos con curiosidad e interés.

-Llorne llevará la lanza -le dijo Llelven, acercándose al mago.

-¿Y qué haré yo?

-Nada, observarás y aprenderás.

-¿Qué va a ocurrir?

La boca de Llelven hizo una mueca, como si quisiera sonreír y no supiera cómo hacerlo.

-Yo no cuento las historias tan bien como Llorne, hechicero. Vamos a cazar un dragón. No intervengas.

-¿Por qué?

-Porque no crees en los dragones.

Llelven se alejó hasta su puesto y cogió la red por el punto central. Los hombres se agacharon y esperaron, encogidos sobre sí mismos, en silencio. El dragón estaba cerca y ellos estaban solos.

El viento soplaba cada vez más fuerte y los llorkex regresaron a la superficie cargados de agua y energía. Todos estaban preparados, ya sólo faltaba el dragón.

Leonard se situó en el lugar que le indicó Llelven sin protestar. Llorne estaba de pie sobre una duna, rodeado de otros jóvenes armados con lanzas como él. De vez en cuando miraba hacia atrás, hacia Leonard, preocupado más por el brujo que por el dragón que pronto se le vendría encima.

Esto es tan importante para ellos que casi prefiero permanecer al margen. No me importa no estar ahí, Llorne. Os espero, y os ayudaré desde la distancia.

Leonard se preguntó si sus deseos llegarían al corazón del hombre que lo había ayudado en el desierto. Agitó la mano para desearles suerte y Llorne volvió a concentrarse en la arena que había bajo sus pies. Los granos diminutos comenzaban a deslizarse hacía abajo, rodando por la pendiente hasta ir llenando poco a poco la depresión que rodeaba la duna. El movimiento de la tierra, por una vez, no seguía la dirección del viento e incluso Leonard en la distancia pudo notar el leve temblor de la tierra bajo sus pies.

-El dragón. Es el dragón. Es verdad que existe.

Llorne inclinó una rodilla sobre la tierra, expectante. Sus compañeros lo imitaron, preparándose para cuando la cabeza del dragón asomara abriendo la arena. Las lanzas en ristre, preparadas, los músculos en tensión. Los llorkex hinchados, cubriendo las pieles de los hombres como un manto de vello azulado.

Tras unos intensos momentos de angustia, el animal apareció. Lo primero que asomó a la superficie fue el hocico, husmeando el aire. Después aparecieron los ojos, amarillentos, cubiertos por una velada membrana blanquecina que se desprendió al primer parpadeo dejando a la vista dos enormes huecos negros rodeados de un brillo dorado que, poco a poco, adquiría reflejos esmeralda. El animal aspiró el aire del desierto y de su hocico salió una nube vaporosa que se extendió como una niebla a su alrededor.

Llorne apretó la lanza con fuerza, nervioso. Estaban tan cerca que no hubieran podido fallar aunque lo hubieran intentado, pero no podían atacar hasta que la hembra hubiera dejado atrás su hogar de arena, o la perderían. Tenía que ser paciente y esperar.

Esperar. Los minutos se hacían eternos y, desde la distancia, la falda amarilla y negra de Leonard se agitaba con el viento como una bandera que les indicaba dónde tenían que mirar. Llorne no podía evitar que sus ojos se volvieran hacia él cada cierto tiempo, a pesar del peligro que suponía cualquier distracción. Cuando las alas coriáceas surgieron de la arena y se extendieron sacudiendo el fino polvo que había arrastrado desde las entrañas de la tierra, Llorne tuvo que cerrar los ojos. El silencio era imprescindible, la paciencia inevitable. La tormenta de arena pasaría antes de que la hembra lograra sacar la cola y entonces ya sería suya. ¡Iba a cazar un dragón! ¡Ahora!

Con un grito poderoso que salía de lo más profundo de las entrañas, Llelven dio la orden que movilizaría a sus hombres. No hacía falta nada más. Todos estaban entrenados y preparados, dispuestos para cumplir su cometido. Desde lo alto de las dunas, los lanceros enviaron sus armas directas hacia la cabeza del animal. Si tenían suerte podrían dejarla ciega; si no la tenían, el animal se volvería hacia ellos y los paralizaría con su mirada esmeralda. No podían dejar que eso sucediera. Una vez desarmados, los hombres corrieron hacia el desierto dejando atrás la enorme mole enfadada.

-¿Qué hacen? -pensó Leonard- Corren en círculos.

Desde su posición privilegiada, Leonard pudo ver como los lanceros se separaban corriendo en siete direcciones distintas para después dar la vuelta y regresar hacia donde se encontraban el resto de sus compañeros. La dragona escogió su víctima y la persiguió. De su garganta salió una bocanada de fuego y el hombre cayó al suelo entre gemidos de dolor. Leonard dejó su puesto de observación y salió corriendo.

El animal no esperó a ver morir a su primera víctima y rápidamente se volvió hacia la siguiente aspirando de nuevo el aire del desierto para convertirlo en fuego. Llelven salió de su escondite y gritó una nueva orden, los lanceros que aún corrían se lanzaron al suelo estrellando sus rostros contra la áspera tierra. El fuego les pasó rozando y el animal se elevó en los aires buscando una mejor posición para atacar.

Ya no tuvo tiempo. A una nueva señal de Llelven los hombres se levantaron extendiendo la red que lo atraparía, a la siguiente carga la dragona se encontró atrapada en una inmensa tela de araña que se agarraba a sus escamas como una segunda piel. Los hombres giraron y corrieron, rodeando al animal, envolviéndolo con las tiras de dragón que con tanto esmero habían tejido.

Enfurecida, la dragona volvió a escupir fuego pero las fuertes tiras de la red no se resintieron. Dragón adulto, lo reconocía. Tiras de dragón adulto que lo atrapaban y lo inmovilizaban. Ella se convertiría también en una de aquellas tiras si no conseguía soltarse.

Se retorció, forcejeó, luchó. Extendió las alas hasta que quedaron completamente paralizadas, clavó las uñas en todo aquello que se le acercaba hasta que, agotada después de horas de lucha, se dejó caer al suelo levantando toneladas de polvo a su alrededor.

Los hombres habían desaparecido. Se habían marchado y la habían dejado sola. De su vientre tres pequeños huevos luchaban por salir. No era el lugar adecuado. No era un nido. Sus hijos no sobrevivirían en aquel lugar inhóspito y duro. Con cuidado, escarbando en la tierra hasta que consiguió hacer un pequeño hueco para depositar sus huevos, la dragona sufrió sabiendo que iba a morir bajo aquel cielo estrellado que no conocía.

-Ha muerto.

Leonard había corrido hacia el hombre herido y había empleado todos sus conocimientos para intentar salvarlo, pero no había podido hacerlo. No contempló la captura del dragón, no sintió la alegría que compartían los nómadas del desierto. Leonard atendió uno a uno a todos los heridos y cerró los ojos de los muertos. Llorne apenas tenía unos rasguños, Llelven hubiera podido perder un brazo si no lo hubiera atendido a tiempo, otros no habían tenido tanta suerte. Cuando pudo por fin acercarse al dragón era ya noche cerrada.

Los hombres se habían alejado hasta una distancia prudencial. Veían al animal en la distancia, luchando por liberarse. Al cae la noche pareció tranquilizarse, pero tampoco entonces se acercaron a él. Cuando Leonard avanzó unos pasos en su dirección, Llorne le cogió del brazo para detenerle.

-Es peligroso acercase, Llerand -le dijo-. Todavía es muy fuerte.

-Quiero verlo -contestó Leonard y siguió avanzando. Llorne le siguió porque era su deber. Su responsabilidad. Caminaron durante un buen rato hasta que las facciones del dragón se hicieron visibles en la noche. El animal tenía la cabeza baja, las alas encogidas sobre sí mismas, como si deseara regresar a la tierra de la que había salido y no supiera cómo hacerlo.

-Así que esto es un dragón -comentó Leonard cuando estuvo a su altura. No intentó tocarlo. Tenía la piel pardusca y verdosa, cubierta de escamas que habían brillado a la luz del sol, los párpados cerrados pero no dormía. No sabía por qué pero Leonard lo intuía, igual que podía ver en la oscuridad aquellas alas que se movieron imperceptiblemente cuando sonaron sus palabras.

-No dejes que te mire, su mirada está maldita.

-¿Qué está haciendo? ¿Por qué ha dejado de luchar?

-Tiene que poner los huevos.

-¿Dónde los pondrá?

-Los enterrará en la arena.

-¿Qué hacéis con los huevos?

-Los dejamos aquí. Nacerán en el mes de las lluvias.

Leonard comenzó a girar, admirando al animal desde todos los puntos de vista posibles. En ese momento hubiera deseado poder tener los útiles de dibujo a su alcance, aunque la precisión necesaria para plasmar la grandeza de ese animal él no la poseía.

-¿Los dejáis nacer?

-Las crías se harán grandes y entonces las cazaremos. Es un círculo. Si rompes el círculo no queda nada.

Leonard extendió la mano hacia el dragón. Llorne no podía verle en la oscuridad así que no podía regañarle esta vez. La piel del animal estaba fría al tacto, como si no tuviera sangre en su interior. Un animal sin corazón, eso decían las leyendas. Los ojos esmeralda de la hembra se abrieron y lo miraron. Leonard se encogió. Había magia en aquella mirada. Debería haberlo supuesto: para los nómadas, la magia siempre era maldición.

-¿Quién eres tú?

La voz resonó en su cabeza como un susurro, como si llevara muchos años sin usar ese lenguaje con nadie. Era una voz de mujer, suave, cálida, agradable. Una voz curiosa en vez de enfadada.

-¿Puedes liberarme?

-No, no puedo -la voz de Leonard contestó con auténtico pesar.

-Eres distinto. Tú ves en el corazón de los dragones y yo puedo ver en tu corazón. ¿De dónde vienes? ¿Quién eres?

-Compartimos la magia del mundo, nos reconocemos por ella.

-¿Quién eres? -preguntó la dragona por tercera vez.

Leonard suspiró, y apartó la mano del cuerpo escamoso del animal.

-Soy Leonard, soy un hechicero.

-Hechiceros, seres de leyenda. Nunca había visto un hechicero.

-Yo nunca había visto un dragón.

 

 

LA NIEBLA

Juan Miguel G. S. Sánchez

 

thefog

Mi nombre es William Rattner. Soy arqueólogo. Temo que mi vida esté en ciernes de finalizar en pocas horas, y tengo escaso margen de tiempo para escribir este epitafio, que ha de servir como documento relevante de lo que está aconteciendo aquí, en mi propio hogar. No puedo entretenerme con más preámbulos, he de aprovechar esta pequeña tregua para relatar los hechos que me han llevado a tan angustiosa situación. Incluso ahora, sospecho que este silencio no se debe a descanso alguno del horror que me acecha... Está maquinando algo para entrar en el recinto de alguna forma y acabar conmigo, mi pluma tiembla... Pero he de mantener la serenidad y el poco juicio que me queda para finalizar este escrito. Es indispensable que estas líneas lleguen al profesor Leonard Woolley, él sabrá que de lo que hablo en ellas no se debe a delirio alguno y entenderá el horrible peligro que nos acecha. ¡Puede ser vital para la Humanidad! Un momento... Ese ruido... No, no era nada; tengo los nervios destrozados, será mejor que comience ya, no sé de cuánto tiempo dispongo realmente.

Como señalaba al principio, mi profesión es la de arqueólogo, aunque desde hace tres años doy clases de historia en la universidad de Pennsylvania. Precisamente, el director del centro organizó el mes de marzo del año pasado una expedición de estudio para la ciudad de Ur, sita en Mesopotamia y descubierta por los ingleses hace unos años. Parece ser que el Imperio Británico necesitaba algo de ayuda, y nos concedió el permiso necesario para iniciar nuestra investigación. Por todo ello se preparó en tiempo récord la citada expedición, cayendo en manos del ilustre colega Leonard Woolley su dirección, bajo la tutela del Museo Británico. De este modo, en cuestión de dos meses se dispuso el equipo y se encontró la financiación necesaria para llevar todo a cabo.

Recuerdo la expectación de Leonard... Era una ocasión sin precedentes para estudiar uno de los más antiguos focos de humanidad y civilización de los que se tienen constancia, una ciudad sumeria oculta hasta hace escasos años; y por lo que sabíamos entonces, podríamos hacer grandes descubrimientos, ya que las excavaciones y estudios practicados por los ingleses no habían avanzado demasiado. Por ello habían escogido a Leonard, cuyos trabajos conjuntos con el teniente T. E. Lawrence en Siria le habían colocado en una privilegiada posición entre los colegas de profesión; sus escritos y publicaciones son objeto de estudio en todas las universidades. Y así, en mayo del año de gracia de 1923 descendíamos en un vapor por el Éufrates, hasta llegar a la ciudad de Nasiriya, donde aprovechamos para reaprovisionarnos y tomar contacto con la población, ya que nos hacía falta contratar algunos porteadores y mano de obra para la excavación. No nos fue difícil conseguirlo, dada la precaria situación del país, y decidimos continuar nuestro viaje por tierra, con el fin de inspeccionar la zona y estudiar mejor los anexos de Ur, que se encontraba a escasas treinta y cinco millas. Alquilamos un vehículo y contratamos a un par de guías nativos; más tarde, enviamos el barco, junto con el resto del personal y equipo, a que siguieran la ruta por el río hasta llegar al enclave, donde Leonard y yo nos reuniríamos con ellos. Fue un viaje agradable; Leonard es un gran conversador, y mientras relataba los viajes que compartió con el excéntrico Lawrence de Arabia, yo dejaba pasear mi vista entre las doradas dunas y el gratificante contraste que hacían con el espectacular azul de un cielo constantemente despejado; recuerdo que al llegar a las ruinas de Ur el sol parecía bañarse y deshacerse en las aguas del Éufrates, abriendo, con envejecidos tonos ocres, la puerta a los dormidos misterios de la antigüedad.

Decidimos esperar en la orilla del enorme río la llegada del buque, no tardando demasiado en hacer su aparición, serpenteando entre los ligeros meandros y vomitando por la chimenea el negro aliento de sus calderas. Convine con Leonard que lo mejor sería montar el campamento, ya que la noche se nos había echado encima, y era más adecuado dejar para el día siguiente nuestra visita a la vieja Ur. En pocas horas se montaron las tiendas y, tras una frugal cena, amenizada por el brandy que amablemente compartió con nosotros el señor Leonard, procedimos a buscar cobijo y descansar en nuestros lechos, ya que el viaje había hecho mella en nuestras fuerzas.

Cuando desperté la mayoría del personal ya estaba en pie. Por fortuna llegué a tiempo para el desayuno. En la tienda levantada para tal efecto encontré a Leonard ya inmerso en su tarea, repasando concienzudamente los mapas y planos que se habían realizado en las anteriores expediciones. No perdimos tiempo y nos desplazamos hacia las excavaciones, acompañados por los porteadores, que trasladaban el equipo necesario para comenzar su labor. Un sentimiento de pesar nos afligió de forma momentánea, ya que las huellas del pillaje y el expolio se dejaban notar por todo el terreno. Había pasado demasiado tiempo sin que nadie vigilase la excavación, y los lugareños saben del valor que tienen para el hombre blanco todas esas piezas antiguas; el contrabando de antigüedades está en pleno apogeo, es fácil encontrar en los mercados de cualquier ciudad numerosos tenderetes en los cuales se exhiben y venden todo tipo de restos y material robado de las innumerables excavaciones que se extienden a lo largo de los ríos Tigris y Éufrates. Pero eso ahora no nos concierne. Visitamos la zona. El anterior equipo había descubierto algunas tumbas menores, y Leonard me comentó que debíamos excavar en otro emplazamiento, ya que esa clase de túmulos, pertenecientes a la población llana, se solían levantar en las periferias de las antiguas ciudades. Dedicamos casi toda la mañana en discutir sobre dónde se deberían empezar los trabajos y, al final, decidí fiarme de la experiencia y buen ojo que había demostrado Leonard en sus anteriores expediciones. Así que marcamos el terreno escogido e indicamos al equipo que comenzase los trabajos.

No se había equivocado el bueno de Leonard; pasados varios días, nos encontrábamos descansando en nuestras tiendas, huyendo del tórrido y pegajoso calor, cuando nos avisaron del hallazgo de algo. De inmediato nos personamos en el lugar. En efecto, lo que parecía un templo comenzaba a asomar por entre las arenas, al igual que un cadáver que fuese desenterrado. Nuestro nerviosismo y excitación aumentó considerablemente, había algo grande ahí abajo, esperando nuestra llegada... Enterrado bajo capas de arena, lodo y tiempo. Los trabajos de desenterramiento llevaron meses. Nos encontrábamos en pleno octubre, el pesado y caluroso verano ya había pasado, y se trabajaba más deprisa.

Por fin, el diecisiete de octubre ya podíamos entrar en la construcción que habíamos desenterrado del olvido. Leonard no dudó en catalogarlo como un zigurat, un edificio dedicado a las antiguas deidades, y en el que solía vivir la realeza. Se levantaba unas diecisiete yardas, comprendía tres niveles con terrazas externas, y su base medía aproximadamente sesentiseis yardas por cuarenta y cinco. Nos adentramos en sus profundidades sin dudarlo. Tras pasar por unas pequeñas cámaras, accedimos a una entrada subterránea. No se había equivocado Leonard. Tras descender por unas peligrosas escaleras llegamos a una impresionante cámara. El acre olor de la antigüedad, que hace perder tantas vidas y juicios, nos rodeaba y embriagaba.

Esperamos pacientemente a que bajasen los focos para iluminar de forma conveniente el lugar; cuando así se hizo, se mostró ante nosotros un espectáculo de proporciones y descubrimientos inimaginables para el mundo académico, lleno de conocimientos y riquezas, aunque también albergaba un lado oscuro y siniestro. No cabía duda de que era una cámara funeraria, tan extensa que la potente luz de los focos no llegaba a iluminarla en su totalidad. Hallamos los restos de al menos cien personas, esclavos sin duda del que allí reposaba; tras un minucioso examen, comprobamos que cada uno de ellos tenía cerca una copa: probablemente habían sido obligados a ingerir algún veneno para morir con su rey. Era una práctica muy extendida en las antiguas civilizaciones; al morir un miembro de la realeza, todos sus esclavos, sacerdotes, esposas y personal cercanos eran sacrificados y enterrados junto a su dueño. Varias carretas ruinosas, con los esqueletos de bueyes u otro animal parecido cercaban la periferia del sarcófago real. Innumerables objetos como tablillas, vasijas, cetros y efectos personales de todo tipo poblaban el lugar. En las paredes se encontraban varios murales con representaciones de la vida de aquel pueblo.

Todo se hallaba escrito en caracteres sumerios. Por suerte, Leonard era todo un experto en esa lengua aislada. No tardó demasiado en tomar apuntes y en traducir sobre el terreno algunos de los pasajes que él creía más significativos. Averiguó que se trataba de la tumba de Meskalamdug, un poderoso monarca que había regentado la ciudad. Encontró varias tablillas más, que fue recopilando para su posterior traducción. Llegamos por fin hasta el féretro, e indicamos a nuestro equipo que levantase la pesada tapa del sarcófago. No parecían demasiado dispuestos a ello; de hecho, desde que pisaron la tumba, los cuatro porteadores que nos acompañaban se habían quedado juntos en un rincón de la sala, cuchicheando entre ellos y señalando los murales de las paredes. Continuamente realizaban signos de protección con sus manos, y se cuidaron mucho de tocar o robar nada, una actitud que entonces me pareció bastante extraña. Ellos sabían. Tuvo que bajar Ridley, nuestro capataz, para obligar a los nativos a punta de pistola a que obedeciesen nuestras órdenes. Fue un momento tenso y angustioso, y a pesar de las amenazas costó convencerles para que ayudasen a levantar la pesada losa del féretro.

Al final así se hizo, y descubrimos los restos de Meskalamdug. Por el ropaje y las extraordinarias joyas que hallamos en el interior del sarcófago, no cabe duda de que debió ser un rey de gran importancia. Leonard no podía disimular su creciente excitación, y no paraba de inspeccionar y catalogar todos los objetos que rodeaban al difunto. En un momento dado, se quedó quieto y en silencio, como los cadáveres que nos rodeaban, pues algo había llamado su atención por encima de todo. Con las manos temblando por lo que yo supuse se debía a la emoción del momento, sacó una pequeña arca bellamente tallada, oscura como la noche, y cerrada al parecer con un ingenioso dispositivo. Junto a la misma se hallaba una tablilla de mármol negro y con extraños caracteres cuneiformes cincelados en ella. Leonard la miró gravemente, se ajustó los lentes, y repasó con sus dedos las líneas esculpidas... Mas retiró la mano, ligeramente estremecido, y se la frotó en su pecho con extraña actitud, como si hubiera palpado sin querer algo extraordinariamente repulsivo. Estaba temblando, y pequeños surcos de sudor aparecieron bajo su sombrero y recorrieron sus sonrosadas mejillas. Sin dar más explicaciones ordenó que subiesen los artículos catalogados al exterior, pero él llevó en persona la tablilla y el arca.

Después de un agotador día de trabajo, y ya bajo el reconfortante calor de una hoguera bien alimentada, Leonard y yo fumábamos sendas pipas cargadas con aromático tabaco oriental. Las volutas de humo acariciaban las estrellas, y allí, bajo el oscuro tapiz diamantado de la noche, dos personas divagaban sobre los secretos de perdidas civilizaciones. Después de charlar animadamente sobre nuestro excelente descubrimiento intenté llevar la conversación hacia el arca, y en concreto al extraño comportamiento que había mostrado al descubrirla. Entonces, el profesor mencionó que los caracteres de la tablilla eran distintos a los de la lengua sumeria, y que debía estudiarlos y traducirlos detenidamente con ayuda de sus libros, pero ya entonces supe que me ocultaba algo y que evitaba hablar sobre ello.

Al día siguiente descubrimos que los nativos habían desaparecido, presa sin duda de las supersticiones que siguen vigentes entre esos pueblos, aunque en esta ocasión...

Tuvimos que volver a Nasiriya para contratar más personal, cosa que nos llevó mucho tiempo, ya que se habían extendido ciertos rumores sobre la excavación y nadie parecía estar interesado en trabajar para nosotros. Nos evitaban y miraban con recelo, e incluso miedo. A pesar de todo, las excavaciones pudieron continuar su curso, y en no pocas semanas comenzamos a vislumbrar los restos de Ur. Ya asomaban a nuestro tiempo los restos de las casas y edificios que habían sido protegidos por la arena y que aún se mantenían en pie, retándonos; sin duda había sido una gran urbe.

Por las noches, la tienda del profesor Leonard permanecía iluminada tenuemente gracias a una lámpara de petróleo. Con su titubeante y ocre luz perfilaba la agostada silueta de mi colega, plasmándola sobre la lona de la tienda como un antiguo dibujo sobre un viejo pergamino. Se pasaba las noches investigando y traduciendo, y solo cuando las estrellas eran difuminadas por el alba se permitía unas horas de descanso. Cada día parecía más preocupado que el anterior, y no compartía con nadie sus descubrimientos, ni siquiera conmigo.

El 2 de noviembre recibí un telegrama proveniente del rector de la universidad, en el que se me recordaba que debía estar impartiendo clases sin falta el día 22 del mismo mes, fecha en la que expiraba mi permiso. Con todos los acontecimientos que habían sucedido ya ni me acordaba de ello, y fue como despertar de un agradable sueño para ir a trabajar de nuevo a una gris oficina. Intervine en los trabajos unos días más, ya que Leonard necesitaba toda la ayuda disponible, y de este modo dispuse del tiempo suficiente para organizar mi viaje de regreso y así reunir el material convenido de la excavación que debía llevar a la universidad para su estudio y catalogación. No comenté nada sobre la tabla y la extraña arca pero, sorprendentemente, cuando embarcaba en el vapor que debía llevarme de vuelta a Nasiriya el profesor me llevó a un apartado y me confió el preciado objeto. Leonard estaba preso de un gran nerviosismo, y apenas me miraba mientras farfullaba algo sobre la conveniencia de separar el percutor de la bomba, o algo parecido. Me hizo jurar que no intentaría abrir el arca bajo ningún motivo, y que la guardase en casa, sin ponerlo en conocimiento de la junta universitaria ni de nadie más del equipo. Estaba cubierta con una manta, y recuerdo que al cogerla con mis manos sentí una extraña frialdad... Un helor que atravesaba mi piel y llegaba hasta mis huesos, penetrando hasta mi alma misma, que pareció estremecerse. Era un frío parecido al que se percibe cuando se abre una vieja tumba. Leonard formuló de nuevo sus indicaciones y me obligó a repetir el juramento. Me prometió que me mantendría informado sobre la excavación mediante correo urgente y, con miradas huidizas y vigilantes, desapareció entre el bullicio del puerto.

Por mi parte, y una vez de vuelta en mi ciudad, volví a mi trabajo habitual y entregué al rector todo el material que había traído de la excavación, todo... menos el arca, que guardé celosamente en mi casa, enclavada en la periferia de la ciudad, en una zona tranquila y alejada de los ruidos y molestias típicas de una gran metrópoli. A pesar de mi prolongada ausencia, la señora Wilkins había acudido un par de días a la semana para cuidar y limpiar la casa, y ésta se hallaba en perfecto estado y gratamente acogedora. Volvió la rutina de las clases diarias, preparar exámenes, soportar a ciertos alumnos... Por las noches, abría la celosía en la que guardaba el arca y la observaba con detenimiento. Para mi consternación, descubrí que en el interior de la celosía se estaba formando una capa de moho, resultante de la extraña humedad que parecía haber invadido el mueble. Pedí a la señora Wilkins que la limpiase, pero a los pocos días apareció de nuevo, e incluso en la pared adyacente se había comenzado a formar una mancha de humedad, que parecía querer subir hasta el techo.

Llegaron las fiestas navideñas, y pasé el día de año nuevo con mis padres, en compañía de la totalidad de mi familia. No faltaron, como todos los años, los chistes y comentarios sobre mi obstinada soltería. Por fin, el siete de enero recibí una carta del profesor, la cual adjunto:

  

Tell-al-Muaqqyyar, 14 de diciembre de 1924

Estimado colega:

Me es grato comunicarle que las excavaciones siguen un derrotero adecuado, a pesar de las continuas deserciones de los nativos. Nuestro eficiente capataz, Ridley, se las ha ingeniado para que la mano de obra no nos falte. No le he preguntado cómo lo ha hecho; en realidad no quiero saberlo.

Respecto al trabajo desarrollado, hemos conseguido desenterrar por completo varias de las viviendas, encontrando en ellas información muy interesante que con posterioridad le iré adelantando. Algo que me ha intrigado profundamente es el estado en el que se hallaban esas moradas; da la impresión de que las gentes que las habitaban fueron sorprendidas por algún tipo de cataclismo, incluso hemos descubierto restos humanos en lo que parecían sus lechos habituales. Nos hemos encontrado prácticamente la misma escena en cada uno de los edificios que hemos desenterrado; es muy pronto para hacer conjeturas, y quedan decenas, quizás cientos de construcciones por descubrir.

De lo que sí puedo hablar con propiedad es sobre la historia de la ciudad, a tenor de las traducciones que he ido realizando en mi trabajo de campo. Usted ya sabe que la ciudad tuvo sus orígenes hace unos cuatro mil años aproximadamente, floreciendo como una de las primeras civilizaciones que caminó sobre el planeta. Como otros muchos pueblos y reinos que poblaban Mesopotamia, fueron conquistados por los belicosos acadios, cuyos ejércitos estaban bajo el mando del poderoso monarca Sargón de Acad. Por los escritos que he ido traduciendo, parece ser que la ciudad se sublevó, logrando su libertad durante un escaso margen de tiempo, pero según consta en uno de los murales del zigurat, la rebelión fue sofocada con gran crueldad por un monarca llamado Naram-Sin, para que ello sirviera de ejemplo a las demás ciudades conquistadas. Dicho soberano ordenó que los reyes se suicidaran y promulgó una terrible maldición sobre la ciudad, levantando el zigurat como testigo de su castigo. Así consta su construcción en uno de los escritos: "... y usaron huesos en vez de ladrillos y sangre en lugar de mortero".

El templo se llegó a conocer como "É-temen-ní-gúr-ru", o lo que es lo mismo: La casa de cimientos revestidos de terror. Lo cierto es que no es la primera vez que he tenido noticias sobre esta supuesta maldición; ya en mis trabajos en Siria descubrí velada información sobre el infortunio del pueblo de Ur, a modo de advertencia sobre la venganza de los acadios. De hecho, la ciudad quedó maldita y desierta desde entonces. Nadie, ni tribus o pueblos nómadas quisieron tomar posesión de esas tierras, y así quedó la ciudad hasta que fue descubierta por los ingleses.

Parece ser que las amenazas, mezcladas con el miedo supersticioso de aquellos tiempos, hicieron que todos los reinos del valle ignorasen a Ur en su infortunio. La tabla que encontramos en la tumba y que acompañaba al arca tiene algo que ver con todo esto, de ello estoy seguro, pero los caracteres cuneiformes en ella inscritos son del todo desconocidos para mí, y lamentablemente no dispongo de una oportuna piedra roseta que me ayude en mis investigaciones. Todo el conocimiento que poseo sobre el asunto lo he ido adquiriendo por los antiguos escritos de otras civilizaciones. Sé que no es más que una superstición de las muchas que pueblan la antigüedad, pero no dejo de intuir un aura de peligro en todo el asunto. Incluso en el libro del Génesis se hace mención de este episodio acontecido en Ur, aconsejando "dejar dormidos a aquellos que nunca debieron levantarse en esta tierra". Por eso le he pedido su colaboración y le he confiado a usted la custodia del arca. Probablemente crea que la senectud ya está haciendo mella en mi persona, pero no estaría de más obrar con respeto y prudencia. Le conmino a que siga las instrucciones que en su momento le di. En cuanto recabe más información le volveré a escribir. De momento, eso es todo. Felices fiestas.

Suyo afectuosamente, etc. etc. Leonard Woolley.

 

Después de recibir la carta mi interés por el arca se incrementó. Sabía que las palabras del profesor, a pesar de contener esa cierta tendencia al misticismo que se adquiere cuando se lleva demasiado tiempo ligado a estos temas, no eran para tomarlas a la ligera. Cuando volvía de las clases pasaba las tardes contemplando el arca, estudiándolo detenidamente con el fin de intentar desvelar algún mecanismo o sistema oculto que permitiese su apertura. Algo que me resultaba chocante era comprobar que no disponía de ningún tipo de cerradura; ni una línea que separase la tapa del resto, tan solo su superficie oscura y fría, y unos finos ribetes de plata envejecida que adornaban los laterales. Nada más. A pesar de los esfuerzos de la señora Wilkins, la celosía continuaba sufriendo los efectos de la humedad, y la madera se había combado a causa de ello.

Llegó el mes de abril, y no había recibido noticias del profesor, exceptuando dos escuetos telegramas en donde apuntaba que seguía trabajando en la excavación y traduciendo todo lo que caía en sus manos. Me quedé solo, ya que la señora Wilkins toma sus vacaciones en este mes, pues siempre se traslada a San Francisco para visitar a sus familiares. Es otro ser solitario, al igual que yo. Finalmente, el 14 de este mes, recibí nueva misiva del profesor:

 

Tell-al-Muaqqyyar, 22 de marzo de 1924

Amigo mío:

Las nuevas que le manifiesto en esta carta son en verdad perturbadoras. Creo haber dado con el secreto que rodea a esta diezmada ciudad. A pesar de lo que lea usted aquí, ha de creerme. Es imprescindible. Trataré de resumirlo en pocas líneas.

 La excavación ha seguido su curso natural, y hemos desenterrado una buena parte de Ur; trabajamos en círculos concéntricos para que no se nos pase nada. En todas las viviendas que hemos desenterrado me he encontrado con lo mismo. Restos humanos, la mayoría yacentes en los lechos, incluso en las estrechas vías hay huesos. Era algo que me tenía desconcertado. ¿Qué había pasado? Es una situación parecida a las de los poblados enterrados por erupciones volcánicas, cuya población es cogida por sorpresa y sin poder reaccionar. Pero aquí no había sucedido nada de eso. Esto es el desierto; entonces, ¿qué ocurrió en Ur? Sea lo que fuere, de lo único que estaba seguro era que el cataclismo había tenido lugar durante la noche. A pesar de todo, únicamente podía divagar sobre lo que en verdad debió acontecer. Hasta que descubrimos la vivienda de un escriba o sacerdote. Él fue testigo de lo que sucedió realmente. He repasado varias veces la tablilla que dejó como prueba de la maldición. No hay error posible, debe usted dar crédito a lo que lea a continuación:

Ya le comenté que Ur se sublevó y que fue reprimida y castigada por los acadios, en concreto por su rey Naram-Sin. Obligó a los reyes al suicidio y entregó un objeto, dando instrucciones a la población de que debía ser ofrendado a Nanna, el Dios Luna, en el siguiente plenilunio. Naturalmente, este objeto es el arca que usted posee. Además, no es la primera vez que tengo noticias de dicha divinidad. Su origen no está claro del todo, pero sí que todos los pueblos le tenían un miedo y respeto considerable. Debió ocurrir durante la noche de la ofrenda, con la luna llena. La tablilla está grabada con prisas y desesperación... Habla de un humo, de algo que surge de su interior... Algo que no es humano y, según el escriba, proviene de las estrellas. Sé lo que está usted pensando ahora mismo, pero aún hay más. La tabla que encontramos en la tumba... Su escritura no pertenece, es decir... No es de este mundo. Jamás encontré un lenguaje parecido. Y el material del que está formada la tabla... No sé qué tipo de metal o aleación la compone, pero le puedo asegurar que no encontrará nada similar en nuestro planeta. Suena descabellado pero, ¿tenían los acadios la facultad de contactar con entes que no perteneciesen a...? No me atrevo ni a terminar la frase. ¿Y cómo terminó el arca en la tumba del rey? Quizás los acadios la ocultasen allí, a sabiendas de que nadie se acercaría a la ciudad.

William, debe usted impedir a toda costa que la luz de nuestro satélite lunar alcance al arca. A toda costa. En cuanto pueda me reuniré con usted, y dejaré la excavación al mando del capataz. No me falle, amigo mío, no sabemos realmente a lo que estamos expuestos.

Suyo afectuosamente, etc. etc. Leonard Woolley

 

Esta carta me afectó profundamente. Al principio achaqué tan descabelladas suposiciones a una exposición demasiado prolongada a los rigores del desierto, pues yo mismo lo he padecido. Pero estaba claro que me hallaba equivocado. Por completo.

Ya entrada la tarde, después de retornar de la universidad, leí la carta varias veces. Cada vez estaba algo más convencido de las palabras del profesor. Tenía ante mí el arca, y comencé a experimentar... miedo. Me serví dos vasos de whisky, y volví a leer la misiva del profesor. Al poco tiempo me invadió el sueño; el haber ingerido alcohol con el estómago vacío, unido al agradable calor que desprendía el fuego de la chimenea hizo que me amodorrase y durmiese en el sofá del salón. Dormité varias horas. Entonces, un repentino ruido me hizo despertar. La cabeza me daba vueltas, y una sensación de angustia subía hasta mi boca para recordarme lo mal bebedor que soy. La chimenea se encontraba fría y apagada. Era de noche, y la luz de la luna iluminaba tenuemente la habitación, llenándola de alargadas e imposibles sombras.

Tardé un poco en darme cuenta. El arca. Se había abierto; sin duda fue lo que me hizo despertar. Emocionado, observé su interior... Una pequeña figura rodeada de extraños símbolos se levantaba en un pequeño altar. Tenía forma humanoide pero, desde luego, no se parecía a nada de lo que había visto antes. Su anatomía estaba formada por largos brazos y una cabeza exageradamente abultada, al igual que las supuestas cuencas oculares. No me di cuenta entonces, lo observaba a la luz de la luna mientras tomaba unas notas. Los símbolos comenzaron a brillar con un tono azul-metálico. Recordé las palabras del profesor y la pluma se me cayó de las manos... Giré la cabeza lentamente, hacia la ventana, donde un enorme y pálido disco dominaba el cielo, fulgiendo con su luz fría y plateada.

En ese mismo instante, sacudió toda la casa un sonido similar al que produce una tormenta cuando, amenazadora, se va acercando. Escudriñé el cielo, pero estaba limpio de nubes. Al momento escuché un sonido amortiguado: el arca se había cerrado de nuevo.

Salí al exterior. A lo lejos, la ciudad parecía dormir plácidamente, ajena a todo lo que estaba aconteciendo. Mi casa se encuentra en la ladera de una pequeña loma, y reptando por ella, observé acercarse una extraña niebla. Salí a su paso, y en escasos instantes me rodeó por completo...

Necesito echar un trago antes de continuar...

Estaba helada, y en nada se parecía a una niebla o bruma convencional. Parecía tener cuerpo, consistencia, como el algodón pero más liviano, la sensación era... No sé describirlo mejor. Caminaba lentamente, con precaución, y fue entonces cuando hice un descubrimiento entre la blanquecina neblina que me circundaba. Atisbé una figura, que se movía en silencio en el interior de la niebla. Me adentré aún más en ella. El frío era espantoso. Procuraba no hacer ruido; de entre los retazos de esa extraña bruma pude ver vagamente algunas formas más, de tonos rosados. Mis pisadas sonaban extrañas, de igual forma que si anduviese por un terreno árido, pedregoso... Nada que ver con la hierba que suele rodear mi casa.

Lo que sigue a continuación es difícil de describir, y yo aún no termino de creérmelo. Al poco de seguir caminando por el interior de la neblina, una extraña luminosidad comenzó a rodearme, como si estuviese amaneciendo. Miré el reloj; eran las cuatro de la madrugada, por lo tanto era del todo imposible que algo así sucediera. Me agaché y palpé el suelo, recogiendo extrañas piedras y un polvo de fuertes tonos anaranjados. Continué marchando con prudencia, y sin previo aviso llegué a un punto en el que la niebla se tornó menos densa, formando algo parecido a los ligeros hilos de una telaraña.

Entonces lo vi. No desvarío. Sé lo que he visto. A través de los blancos filamentos, un extraño paisaje se extendía hasta ocupar todo mi radio de visión. Altas estructuras rocosas con múltiples ventanales horadados en ellas se alzaban por doquier. Un paisaje entre desértico y lunar se ofrecía ante mis ojos. Extraños seres de tonos rosados y enormes cabezas deambulaban por el lugar. Ovalados y de verde esmeralda eran sus ojos, y sus cuerpos carecían completamente de vello; arrastraban sus largos miembros con pasos lentos y cansinos. En el firmamento, de suaves tonos púrpura, dos soles gemelos rojizos alumbraban con su irreal luminiscencia un insólito océano que irradiaba fulgores iridiscentes. Sobre las misteriosas aguas, una extraña e imposible embarcación navegaba con placidez bajo un cielo que dejaba entrever desconocidas constelaciones cósmicas.

Esos seres... Parecieron darse cuenta de mi presencia, y comencé a escuchar gruñidos y lo que simulaba ser un lenguaje hosco y gutural. Entonces reaccioné, y corrí de nuevo al interior de la niebla, recordando las palabras del profesor... El humo al que se refería el escriba era sin duda esta niebla, surgida de Dios sabe qué lugar. Corrí con todas mis fuerzas, el corazón palpitaba con fuerza en mi pecho. En un momento dado, creí escuchar cómo me perseguían, incluso noté el roce de algo intentando atraparme... Cerré los ojos y grité, realizando con mis piernas un último esfuerzo para salir de allí. Todo volvió a oscurecerse, y cuando me quise dar cuenta estaba frente a mi casa. Entré precipitadamente y cerré la puerta; durante unos instantes me quedé paralizado sin hacer nada, intentando asimilar lo que había visto. Después, reuní el valor necesario para mirar por la ventana. La niebla había rodeado por completo la casa. Estaba atrapado.

Desde entonces, me he sentido como un soldado aislado de su ejército y cercado por el enemigo. Quieren entrar. Y han usado todos los medios a su alcance para intentar conseguirlo. Primero fue a través de las rendijas de las puertas y las ventanas; a pesar de la densidad de esa extraña niebla, ésta conseguía pasar lentamente por los leves resquicios formados por la madera. Como un loco, he tenido que usar ropa, mantas y todo lo que he encontrado a mi alcance para poder taponar todas las rendijas, la masilla que suelo usar para los trabajos con fósiles en la universidad ha sido mi gran aliada. Entonces, la niebla se ha puesto a girar alrededor, como un ser vivo que intentase hallar la mejor forma de colarse. Inmediatamente después he notado un espantoso frío que inundaba el salón. En un momento dado, y aterrado por completo, he visto pequeños tentáculos de niebla que bajaban por la chimenea. He vuelto a encenderla a toda prisa, con ayuda del whisky que aún quedaba en la botella. Por suerte siempre guardo algo de madera en la cocina para no tener que ir a buscarla al cobertizo. Al fulgor de las primeras llamas he creído escuchar un lejano e inhumano grito. La niebla se había retirado.

He subido al piso de arriba, donde se encuentra el dormitorio, mi estudio y un pequeño aseo. Todo parece asegurado, pero no puedo fiarme. Empieza a crecer en mí una nimia sensación de seguridad cuando, al ir por casualidad a la cocina, he comprobado espantado que la niebla se abre paso entre los conductos del fregadero. Con la celeridad que he podido he vuelto a usar la preciada masilla para impedir la entrada de ese extraño ente que me amenaza. Por supuesto, me he adelantado y he taponado todos los desagües del cuarto de baño y del aseo. Inmediatamente después, la casa ha vuelto a temblar desde los cimientos. Parece ser que estoy impacientando a esa cosa. No se lo pondré fácil. Sigue girando... Pensando cómo entrar. He conseguido dominar mis nervios y he comido algo.

Sus poderes o capacidad no parecen tener más que los límites de su propia imaginación, suponiendo que la tenga. La niebla se ha acumulado en los ventanales y ha bajado gradualmente su temperatura, algo en verdad increíble. Quería hacer saltar los cristales por acción del frío, y ha conseguido resquebrajarlos, pero no han llegado a romperse; han aguantado, al menos de momento. No sé qué se le ocurrirá ahora a esa pesadilla viviente. A pesar de los nervios, he de luchar por mantener el sueño alejado de mí. Las horas de vigilia y constante tensión están haciendo mella en mi resistencia. Inspecciono la casa sin descanso, buscando cualquier tipo de orificio o rendija que le pudiera permitir el acceso al interior. Desde una ventana del piso superior he comprobado que parte de la niebla se ha desgajado del núcleo principal y se dirige loma abajo, hacia la ciudad. No me atrevo a salir, estoy seguro que no tardaría demasiado en atraparme; tengo que avisar de alguna manera a las autoridades. Pero, ¿cómo hacerlo?

He perdido la planta superior. La niebla ha debido entrar por el acceso a la pequeña buhardilla, o quizás se me ha pasado algo, no lo sé. El caso es que me he visto sorprendido en el pequeño rellano; la niebla bajaba por las escaleras, sinuosa y amenazante. He escuchado pisadas y aquel extraño lenguaje en el piso superior. Están dentro. He bloqueado la puerta lo mejor que he podido, usando los pesados muebles. Me encuentro aislado y atrapado en el salón, avivo las llamas, aunque me queda poca leña. Sé que es sólo cuestión de tiempo.

Estoy perdido, la niebla ha debido filtrarse entre la tierra y los cimientos de la casa, y ahora mismo se cuela por el entramado de madera del suelo. Al final lo han conseguido. Conforme el salón se llena con esa blancura infernal, veo que empiezan a trazarse esos rostros entre la neblina. Apenas tengo tiempo... Leonard... El profesor... ¡Debe saber lo que está pasando antes de que sea demasiado tarde! Quiera Dios que...

 

Nota de prensa:

Diario de Pennsylvania. Noticias locales.

 

Ayer tarde la policía se acercó a la vivienda del profesor William Rattner, docente de la universidad, ya que el director del centro había denunciado que no se había personado en su trabajo los dos últimos días. En el interior de la vivienda se encontraron claros indicios de lucha, y un rastro de sangre que nace en el salón y que termina perdiéndose en las lejanías del bosque cercano. Dicho rastro indica, según las investigaciones, que un cuerpo ha sido arrastrado. No se han encontrado más pistas. Este extraño suceso viene a sumarse a la ola de desapariciones que parece sufrir la ciudad. Las autoridades no logran encontrar una respuesta a tales acontecimientos y ya se habla del auxilio de la Guardia Nacional. La paranoia y el miedo crecen sin control; distintas personas afirman haber presenciado extrañas visiones, y los científicos y meteorólogos no saben explicar el origen de la extraña niebla que desde hace dos días aparece y rodea la ciudad por las noches.

  

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