por Carles Martínez Agenjo
Entre mesas abarrotadas de fanzines, piezas de coleccionismo y otras viandas para el fandom se hallaba el camino a la cuarta edición de Cine de Alcantarilla, celebrada el pasado sábado 28 de enero en el centro cultural de una localidad murciana de nombre séptico. Sí, Alcantarilla se llama el pueblo. Y "ratas", los asistentes al festival.
No es una estulticia... Así los apodó el portavoz de la organización -un joven rapado, con espesa barba pelirroja y la pierna teñida de tatuajes- cuando subió al escenario del centro Infanta Elena para dar paso a una tarde de ciencia ficción, terror, comedia y gore con once cortos a concurso que -hay que decirlo- resultaron ser menos amateurs y más ricos en referencias cinéfilas de lo que cabía esperar. Tampoco faltó la presencia de directores invitados, Dani Moreno y Nacho Cerdá, que recibieron premios honoríficos por su labor.
"El cine como acto social" -remarcó Cerdá-, "como una experiencia". El director de la polémica Aftermath (1994), con su inconfundible rostro greconiano y su mirada de póquer, habló del cine como el público de la Grecia clásica hablaría del teatro: es una herramienta catártica, que provoca emociones. Visión parecida nos daba el cameo de Samuel Fuller en Pierrot el loco (Godard, 1965). Pero Cerdá va más allá. Él habla de emociones compartidas ante la gran pantalla, de la comunión entre público y ficción envolvente. Quizá por esto ha creado "Phenomena experience", una recuperación de las sesiones de programa doble de antaño (a cargo del cine Urgell de Barcelona) que se aprovecha de toda esa nostalgia imperante en la sociedad, de toda esa tendencia a encumbrar el mainstream de los setenta y ochenta.

Pero volvamos a las cloacas, a las de Alcantarilla al menos, para hablar de una película que no deja de causar impacto y angustia. Aftermath es cine visceral, de mirada realista y perspectiva radical, que nos encierra en las malsanas paredes de un hospital donde a un encargado de realizar autopsias le da por la necrofilia. Cine polémico, que hiere y te sobrecoge. Una película que sorprendió en Sitges y ganó en el Fant-Asia Film de 1996, esa época que Cerdá rememoró con su entrevistador, Diego López (editor del fanzine El buque maldito). "La época en que se estrenó Alicia", mencionó sonriente el debut de Jaume Balagueró, un corto de poderío visual, tanto o más enfermizo que Aftermath, con el tema de la primera menstruación como punto de partida para arrojarnos al vacío de un surrealismo terrorífico-erótico (a medio camino entre Lynch, Cronenberg y Tsukamoto) que encuentra en el claroscuro y una fauna descabellada, sus mejores bazas.
También salió a la superficie durante la charla esa película paradójica, tan cutre y tan querida al mismo tiempo, que es La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos (Blanco y Llovo, 1993), una cinta que, cuando se estrenó, parecía querer aprovecharse de la época dorada del gore dionisíaco manifestado por Sam Raimi y Peter Jackson en los ochenta. En resumen: mucha nostalgia.
Por otra parte, el brochazo de frikismo más exacerbado lo puso Dani Moreno, ganador hace años del Premio Brigadoon en Sitges por El ataque del pene mutante (2007) y con "problemas" ahora -según afirmó- para comercializar el piloto de un proyecto de serie que sonará a más de uno: Amazing mask. ¿La razón? No puede ser más estrafalario... Dos wrestlers con acento mejicano y resonancias a Batman y Robin (Bennet, 1949) investigan asesinatos y se ven las caras con una puta experta en magia negra. A esto se le añade un diseño de postproducción que parece la versión casera de las hiperbólicas texturas de imagen de Zack Snyder. Ver para creer. Pero el capítulo tiene su punto y agradó a más de un espectador.
Rock, cangrejos mutantes, ritos oscuros y títeres sin amo
Hablemos ahora de galardones. Y de curiosidades, pues el premio del público fue para un film que parece aunar dos cosas: esa nostalgia cinéfila (marca Cerdá) de la que hablábamos y los gustos musicales de un público contemporáneo, bastante greñudo y vestido con oscuros atuendos. Ese nexo entre una y otra cosa se titula Metal Creepers (Cardona y Nájera, 2011) y versa sobre un grupo de glam metal que, al tocar unas partituras prohibidas, resucita el mal. Un film descabellado, grotesco y orgulloso de pertenecer a la serie B, que se atreve a exhibir sin miedo al ridículo una patulea de monstruitos -a caballo entre los Gremlins de Joe Dante y el Belial de Basketcase (Henenlotter, 1982)- que se mueven gracias a la añeja técnica del stop-motion. Una serie de criaturas que, como podemos ver, presentan evidentes ecos a la artesanía gore de los ochenta y que -no es exageración- poseen mayor carisma que el alienígena de Super 8 (Abrams, 2011).
Para más inri, el título de las partituras es "Behemoth", ambivalencia que tanto designa una criatura de la mitología hebrea como una banda polaca de black metal. ¿Qué es entonces Metal creepers, sino un canto al espíritu del rock? El forraje perfecto para un público ávido de arpegios y sangre en pantalla. Gente -por cierto- de la que el festival no iba escaso y que, una vez finalizado, acudió al Pulpopbar de Alcantarilla para disfrutar de la buena música a cargo del dj Boogie Motosierra.
Muchos aplausos se llevó también la hilarante Decapoda shock (Chillón, 2011), que se erigió con el segundo premio del público y el del jurado. Cuenta la historia de un astronauta transformado en cangrejo, víctima de una conspiración, que emprende una senda de venganza contra los supuestos responsables de la desaparición de su familia. Aquí, la virtud reside más en un humor surrealista, que aparece en tromba, y en la concatenación de imagen real y animación pulp con un diseño que hasta cierto punto recuerda al videojuego XIII de Ubisoft. Lo mejor de todo, sin embargo, es la capacidad de Chillón para convertir lo grotesco en icónico (¿qué espectador no se acuerda del estrambótico protagonista?) y narrar con agilidad una parodia sobre esa temática espacial y fantástica mil veces vista en el cine.
Otra grata sorpresa fue 8 (Cerezo, 2011), ganadora del tercer premio del público y del Brigadoon en Sitges 2011. Sin duda, la mejor película de la muestra. Un torrente de poder sugestivo y sin diálogos que se sirve de las atmósferas kubrickianas (esas filmadas en interiores y a plena luz) y del tema de la magia negra, para hablar de una realidad igualmente angustiosa: el maltrato infantil. El corto, por cierto, es un ejercicio de tensión ininterrumpida que corrobora lo tremendamente facultado que está Raúl Cerezo para realizar un largo de intriga.
Y con velocidad de rayo pasaron también por la muestra dos cortos breves e insustanciales: una píldora británica llamada All that Glitters, que no es más que una moraleja tonta sobre la avaricia, y Two Horrorifing Tales To Be Scared (Toupin & Beaudoin, 2011), una suerte de tráiler hecho en Canadá, filmado con textura de "Super 8", cargado de gags (¡efectivos!) y realizado -supuestamente- con el fin de parodiar eso que los yanquis han ingerido durante las últimas décadas hasta decir basta: el psycho-killer de adolescentes.
Rafá Dengrá, por su parte, no estuvo a la altura con Alastor (2011), un slasher sobre payasos vengadores, inferior a la realmente inspirada Brutal relax (2010), ese corto que sometía con ingenio el universo veraniego catalán a los parámetros del gore (impagable la imagen del protagonista consumiendo una cabeza de zombi a modo de piña colada). Por otra parte, menos calidad demostró la cinta italiana 108.1 FM Radio (Capasso, 2011), sumergida en la previsibilidad. Night of the Devil (Böhm & Puchert, 2011) puede contentarse con haber provocado algún que otro susto y Uroboros (Escudero, 2011) quedará como un trabajo de final de carrera donde priva más la exhibición digital que la búsqueda de un guion inteligente y que atrape.
Sí brillaron, en cambio, Time's up (Rea, 2011) y CTIN! (Drevon, 2011). La primera es una rareza genuina, capaz de mezclar cosas tan dispares como una iluminación deudora del cine negro, temática trascendental sobre las almas, el subgénero del cyberpunk y el personaje de la femme fatale: ¡eso sí es utilizar el coco! La segunda, también magnética en su atmósfera (paranoica esta vez), fue el estruendoso colofón de la muestra. Ctin! nos sitúa en un ambiente realmente extraño, una Europa del este apocalíptica, con surrealistas cenas familiares, títeres humanos y madres que lloran por el cuero cabelludo. Esquizofrénica panorámica muy cuidada en la forma que, sumada a una narrativa sugerente de múltiples lecturas y un desenlace sorpresa, deviene, sin dudarlo, en otra gran recomendación del certamen.
Ante tamaño panorama, queda poco que añadir. Algo huele en Alcantarilla... No es hedor, sino el inconfundible aroma de la calidad y el esfuerzo. Así ha olido la cuarta edición de un festival cuyos participantes -como los del Horrorvision de Barcelona o los del festival de terror de Molins de Rei- nos demuestran que el cine fantástico de serie B goza de asepsia y buena salud; el salvavidas perfecto para navegar por un océano de incesante mediocridad y déjà vu hollywoodiense.
Carles Martínez Agenjo (Barcelona. España)
| < Prev | Próximo > |
|---|