Arritmia – Relato on-line

por Grupo Pasadizo

deborah-kerr-innocentsA continuación os ofrecemos el relato "Arritmia", escrito entre varios colaboradores de Pasadizo.

A modo de introducción

 

Ante todo, cabe plantearse una cuestión: ¿qué es un round-robin? Se trata, dentro del ámbito literario, de una obra (sea novela o relato) escrito en colaboración entre diversos autores. No es lo mismo que una obra en colaboración, como podrían ser las escritas entre Pierre Boileau y Thomas Narcejac, o entre Dominique Lapierre y Larry Collins, por poner unos pocos ejemplos, donde el trabajo de colaboración es concienzudo en la preparación entre ambos autores de todo el texto de principio a fin.

El round-robin literario se inventó en el siglo XIX, pero se ha puesto particularmente de moda en el género fantástico. Es muy famoso el relato "El desafío del más allá" (The Challenge from Beyond), publicado en Fantasy Magazine en 1935, y escrito entre Abraham Merritt, Catherine L. Moore, Frank Belknap Long Jr., Howard Phillips Lovecraft y Robert Ervin Howard. La labor, en este caso, consiste en que cada aportación se hace, digamos, de forma independiente, sin informar al resto de los colaboradores. Quien inicia la historia la deja colgada en un punto determinado, y el siguiente que la toma debe proseguir según su lógica e imaginación, sin que el escritor previo aporte ninguna pista. Y así, de forma sucesiva.

El presente relato fue propuesto en el foro de literatura de pasadizo, para que se uniera quien así lo deseara. Se apuntaron, sucesivamente, Carlos Díaz Maroto, Miguel Valle García, Jennifer Camacho (la forera que firma como Musa), Luis Alboreca y Manuel Aguilar. En primer lugar, había que buscar un título, y esta labor fue ofrecida a quien quedó en la parte central por orden de colaboración, es decir, Musa. Después nos pusimos a escribir, cada uno de los colaboradores una página Word, en dos rondas sucesivas; es decir, cuando se tenían cinco páginas escritas, y finalizadas por Manuel Aguilar, yo lo tomé de nuevo, y se redactó una segunda ronda, finalizando definitivamente Manuel Aguilar.

El resultado, aquí lo tenéis. En el foro de literatura esperamos vuestras opiniones.

  

Arritmia

Por Grupo Pasadizo

 

Arritmia.

1. f. Falta de ritmo regular.

2. f. Med. Irregularidad y desigualdad
en las contracciones del corazón.

 

El tráfico se movía con ritmo regular, ahí abajo, creando dos ríos interminables de luces amarillas y rojas, según la dirección. En lo alto del edificio, Laura contemplaba desde la ventana ese fluir interminable, un tanto ausente, abstraída, sintiéndose como no perteneciente a ese mundo ruidoso y monótono, plagado de gente siempre arrostrada por las prisas, que se movía perennemente a un ritmo regular.

No recordaba cuánto tiempo llevaba ahí, junto al ventanal, asiendo la cortina casi con desesperación, cuando de pronto llegó a la conclusión de que algo había de hacer. Llevaba varios meses así, sin ánimos de avanzar, anclada en la seguridad de casa, saliendo sólo para cumplir con el trabajo. Incluso hacía que la compra se la trajeran a casa para relacionarse lo menos posible con el mundo. Sus compañeros de la oficina habían notado algo en su comportamiento, pero nada dijo, nada contó. El sufrimiento estaba para disfrutarlo a solas.

Pero había de cambiar. No podía seguir el resto de su vida así. Para ello, mejor morir, desaparecer del todo. Si quería continuar viviendo tenía que seguir avanzando. Conocer a otros hombres que le hicieran olvidar a Oscar.

De pronto soltó las cortinas y se dirigió a su cuarto. Estuvo ahí trasteando durante una hora, eligiendo ropa, duchándose y arreglándose. Cuando terminó sintió que había nacido de nuevo. Se contempló en el espejo e incluso se notó ligeramente guapa, algo que la mayoría de las veces le parecía inconcebible. Los demás decían que era hermosa, pero ella no lo veía así.

Salió de casa y se acercó a un lugar de copas. Si quería conocer gente, ese era el mejor lugar. Nunca había intentado ligar de ese modo. Le parecía vulgar y atrevido a un mismo tiempo. Se sentó ante una mesita y se dedicó a beber con calma el combinado que había pedido. Mientras, observó a su alrededor. Al fondo había un grupo de hombres de negocios, hablando de forma alborotada, cada uno de ellos acompañado de una chica que bebía en silencio, sin hacer caso de la conversación. El resto de la clientela lo conformaba hombres y mujeres solitarios, distribuidos de uno en uno por el local. De vez en cuando, un hombre se levantaba, se acercaba a una chica y le musitaba algo; en ocasiones, ello provocaba que él se largase y siguiese bebiendo en solitario, otras veces se sentaba junto a ella e iniciaban una conversación, las menos, incitaba a que ambos se largasen juntos.

No supo cuándo se dio cuenta de la presencia de aquel hombre, pero percibió que la llevaba mirando mucho tiempo. Vestía de traje, con una camisa clara abierta por el cuello. Tenía cabello oscuro, peinado hacia atrás, y con leves entradas. No era para nada guapo, pero por algún motivo le resultó enormemente atractivo. Le miró con timidez, y casi al momento apartó la mirada avergonzada. Cuando volvió a mirar, él seguía contemplándola impertérrito. Al fin él tomó su copa, que parecía no haber tocado en todo momento, y se acercó a ella.

-¿Me equivoco si te digo que pareces algo incómoda en este sitio?

-No, no te equivocas -respondió ella, y tomó un sorbo de su combinado. Él la miró unos pocos instantes, y luego, sin más, se sentó frente a ella.

-Yo no soy de la ciudad -comentó él. Después pensó que debía explicarse mejor-. Llegué ayer. Hoy es mi primera salida.

-¿Negocios? -preguntó ella.

-Algo así. -Miró su vaso, donde los hielos casi habían desaparecido del todo. Parecía un gin tonic, pero las burbujas de la tónica habían expirado hacía mucho tiempo-. Algo así -repitió.

-¿De dónde eres? Te noto un ligero acento, pero no logro concretarlo.

-He viajado tanto que ya no soy de ningún lugar. Estoy siempre moviéndome de un lado para otro, sin parar. Si alguna vez tuve patria, esa ya quedó olvidada. Ahora... ¡Santo!, qué pretencioso ha sonado eso... -Esbozó una sonrisa franca, de chiquillo avergonzado que no casaba para nada en su rostro tosco, como tallado en roca. Laura no pudo evitar sonreír a su vez; había pasado mucho tiempo desde que lo hiciera de manera espontánea.

-Bueno... sonaba interesante, de verdad -ladeó la cabeza dejando que el cabello ocultara parcialmente su rostro-. Al menos, no me has preguntado si estudio o trabajo. -Lo dijo divertida, con retintín. Hacía tiempo, mucho tiempo. Él rió sin inhibición alguna, lo que atrajo algunas miradas reprobatorias, envidiosas. El ambiente en el local distaba de ser festivo y la mayor parte de la clientela buscaba intimidad o silencio en el que rumiar su desdicha, salvo el grupo de hombres de negocios.

Sin dejar de sonreír se presentaron, él con cierta formalidad anticuada, inclinando levemente la cabeza, que cortó el ligero beso en la mejilla que Laura iba a darle; estaba a medio camino y pudo notar su olor, masculino, limpio, una ligera fragancia que, decidió, no pertenecía a ninguna marca comercial. Se sentía algo mareada, a pesar de que apenas había probado la bebida. Retiró la copa hacia un lado de la mesa, y él siguió su gesto.

-Son hermosas, tus manos -aclaró ante la mirada interrogadora de Laura. La voz había sonado lejana, ensimismada.

-No es el tipo de piropo que se estila en estos sitios -contestó, siguiendo con la mirada a otra pareja que abandonaba el bar.

De nuevo aquella risa franca, impropia de su rostro.

-Me atrevería a decir que nosotros tampoco casamos mucho en este lugar. Sé de un sitio, a un par de calles, donde dan buena comida y la música es algo menos...sugerente.

Laura frunció el ceño.

-Dijiste que no conocías la ciudad.

Él ya estaba de pie y sonreía con el brazo extendido invitándola a levantarse.

-Dije que no era de esta ciudad, no es lo mismo.

  

Amanecía.

Junto a la ventana observaba cómo la ciudad volvía a la vida. El sol naciente parecía animar edificios, coches, autobuses y transeúntes en una sinfonía cuya cadencia se le había escapado durante muchos meses. Una cosa había llevado a otra de una manera tan sencilla: lo notó ya al salir del bar de copas, andando el uno junto al otro, sus pasos acompasados como si hubieran caminado juntos desde siempre. Él contaba anécdotas de la ciudad. No, no soy de aquí, dijo, pero conozco su vieja historia, las piedras de las casas señoriales y el acero de los rascacielos. Y ella le habló de su anodino trabajo, de sus sueños frustrados, de su música e incluso de Oscar. La conversación siguió mientras cenaban en una casa de comidas fundada hacía más de ochenta años, mesas de formica y camareros contratados por la primera generación de dueños del establecimiento.

Luego, en su hotel, un antiguo palacio situado en una de las colinas de la ciudad -pensó que no podía ser de otro modo- hicieron el amor. Sus manos, firmes, sabias, disolvieron dudas y angustia. Aturdida, mientras se desnudaba, sentía que su cabeza iba a estallar, la certidumbre de su mediocridad la asaltó de improviso, paralizándola. Él se rió de su pudor, llegó hasta ella y la hizo comprender que era hermosa. Puso la mano en su pecho, escucha el latido de tu corazón, el ritmo incansable con que impulsa tu sangre, la vida y la juventud anidan en él, susurró. Observó su rostro, la sonrisa franca, los ojos brillantes que conservaban la inocencia de la primera mirada a una mujer, algo tan inesperado en un hombre como aquel.

Un nuevo día, oyó que decía a su espalda. Por primera vez desde que le conociera notó una nota discordante, crispada. Lentamente se dio la vuelta... Y tuvo que llevarse las manos a la boca para contener su estupor. Tenía ante ella una imagen totalmente inesperada: un nonagenario desnudo con la piel recubierta de manchas y arrugada como un pergamino viejo. Un cuerpo roto, que se había rendido a la flaccidez, con la espalda encorvada y las uñas de pies y manos amarillentas. El hombre cano y prácticamente calvo la contemplaba con tristeza y con cierta resignación. Era la primera vez que lo veía en su vida y, sin embargo, lo había reconocido al instante porque tan sólo hacía unas pocas horas que se había acostado con él. Pero aunque sabía que era Él, Laura no podía creer lo que veían sus ojos. Su amante desconocido, atlético, encantador, tan sensual, su Adonis particular, se había convertido en un anciano deslucido, una fotocopia maltrecha a la que le faltaban varios dientes y le sobraban unos cuantos lustros.

-Laura, yo te lo hubiera dicho...-comenzó el viejo.

No había duda de que se trataba del mismo hombre, la misma voz que la había seducido en aquel bar. Y ahora parecía que habían pasado mil años. No supo si sentir asco o vergüenza, o ambas cosas a la vez. La idea de su cuerpo entrelazándose con el que tenía delante le parecía perversa. Él continuó con sus pretextos:

-Verás, de haberlo sabido, no hubieras venido.

Se sorprendió a sí misma preguntando:

-¿Saber el qué?

El anciano suspiró.

-Quién soy. O mejor dicho, qué soy.

-En realidad... -comenzó Laura-. Bueno, me gustaría saber cómo es posible... Es que no lo entiendo.

Laura contempló a su amante de arriba abajo a la luz del día. Había sufrido una transformación repentina, pero no era capaz de encontrar una explicación lógica. No se le ocurría ningún motivo coherente. Su sorpresa inicial se tradujo paulatinamente en auténtica curiosidad. Cómo era posible envejecer de tal forma en cuestión de horas. Cómo se había producido tal sortilegio. Y lo más importante, ¿por qué no se había dado cuenta de que había algo raro? Porque ahora, mientras recordaba la cena y las conversaciones que habían mantenido, se dio cuenta de que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Lo que más consternada le había dejado era haber sido capaz de marcharse con un extraño sin ni siquiera saber su nombre. Hablarle con tal confianza, entregarse a él con tal facilidad, sentirse tan atraída... Nunca se había creído una mujer capaz de liarse con un desconocido en la primera noche. Pero Él desprendía un magnetismo peculiar, su única visión la tenía allí plantada, quería saber qué le había sucedido. Si hubiera sido otro, habría salido corriendo. Por eso creía que había algo extraño en relación con Él.

-Pedro...

-Si así quieres llamarme, Laura, me parece bien.

-¿Qué edad tienes?

-No estoy seguro. Pero quizá más de los que crees.

Laura no se dio cuenta de lo secamente que Pedro le había contestado y siguió con sus inoportunas preguntas sin preocuparse:

-Pero... ¿Cómo?

-Sólo hay una manera de explicártelo.

En cuestión de segundos, Pedro se acercó a Laura con una agilidad asombrosa dada su condición actual y la golpeó con todas sus fuerzas, impropias de una persona de la tercera edad. Laura cayó al suelo aturdida. La imagen empezó a encogerse, a oscurecerse; sintió un dolor punzante en la sien y, de lejos, una voz familiar y fría, pero igualmente seductora, que le anunciaba «Laura, te necesito». Pero no pudo evitar rendirse a la inconsciencia.

-Laura, abre los ojos.

El cerebro escudriñó las conexiones para que la simple acción de abrir los ojos fuera posible, pero no lo consiguió. A lo lejos volvió a oír esa voz tan familiar y a la vez tan extraña.

-Laura, no temas, abre los ojos.

La mujer hizo un esfuerzo, pero nada consiguió. Su alma se preguntaba por qué no podía separar los parpados, y entonces, sin previo aviso, una potente luz la cegó, y un deslumbrante y doliente albor martirizó sus pupilas. Comenzó a vislumbrar unas brumosas figuras grises a su alrededor y poco a poco todo adquirió forma. Estaba en la cama de un hospital, y a su derecha una enfermera le sonreía mientras tomaba su pulso. A lo lejos vio la sombra de Pedro, o eso le pareció. Un doctor se acercó a la cama, sentándose en ella a la vez que tomaba su brazo izquierdo. Estaba vendado hasta el codo y el médico procedió a cortar la tela mientras le decía:

-No se preocupe, no le dolerá, sólo quiero ver cómo va la herida.

Cuando acabó su trabajo, Laura vio una enorme cicatriz que cubría la parte interna del antebrazo, todavía hinchada y rojiza. Ella quiso gritar, pero un nudo se lo impidió; las lágrimas manaban de sus ojos mostrando una incredulidad que desarmó al doctor, y éste no pudo más que comentar:

-Lo siento. Sobrevivió al accidente casi sin ningún rasguño, salvo por esta herida en el brazo. Perdió mucha sangre y a punto estuvo de morir. Tuvimos que suministrarle mucho plasma.

Laura se desmayó y recordó. Vio a Pedro como un viejo golpeándola, y cuando volvió a despertarse vislumbró a su atacante en una esquina, bebiendo algo de una enorme jarra de metal dorado. Cuando hubo terminado, con parsimonia pero con vigor se acercó a ella y pudo ver cómo el enjuto anciano rejuvenecía hasta adquirir su antigua gloria. Volvía a ser ese hombre seductor que conoció en el bar, con una sonrisa perenne en su ahora hermoso rostro. No comprendía nada. Su desnudo y reseco cuerpo yacía en el suelo de la habitación, era incapaz de moverse y él se acercaba cada vez más. La arritmia de su corazón bombeaba un hilillo de sangre, y supo que iba a morir. Pedro la tapó con una sábana que aún olía a él, se le adhirió al rostro como una mortaja y la oscuridad cegó sus ojos.

Según le contaron estuvo dos meses en coma; temieron que la falta de riego hubiese dañado su cerebro, pero por alguna extraña razón se curó con bastante rapidez y salió del coma. La habían encontrado en un accidente múltiple automovilístico, atrapada en un taxi cuyo conductor había muerto atravesado por los cristales del camión de delante, los mismos cristales que casi le destrozaron el brazo. Ahora, una semana después de despertar, su herida parecía como si nunca hubiese existido, a lo cual los médicos no encontraban explicación. Laura no se creía lo del accidente, pero calló la existencia de Pedro; no quería que la llamasen loca y la encerrasen.

Un día, Oscar apareció con un ramo de flores amarillas. Las aborreció, pero permaneció en silencio y aceptó que el hombre estuviese con ella un rato hablando de banalidades. Mientras la detestable voz de Oscar sonaba, Laura rememoró a Pedro. Ya no se acordaba de su cambiante rostro, ni de la noche que pasaron juntos, pero por alguna razón que desconocía su aroma aún la galanteaba y la hacía perder la cabeza. Ni se dio cuenta cuando Oscar la besó en la mejilla y se marchó, tan absorta como estaba en sus íntimos pensamientos.

De noche, mientras dormía, sintió un profundo dolor en el antebrazo, y despertó gritando, o eso creía, pues nadie apareció. La habitación estaba oscura, sólo se veía la rendija debajo de la puerta; la luz amarillenta le infundió ánimos. El tormento persistía, así que a tientas buscó el interruptor, lo apretó y la lámpara apartó la oscuridad de la estancia. Hubiera querido gritar en ese momento, pero su mente se lo impidió. Allí, frente a ella, de nuevo se encontraba Pedro, pero esta vez su apariencia no se correspondía a ninguno de los recuerdos que poblaban su mente.

Quien se dejaba ver bajo la tenue iluminación no era un hombre joven ni viejo. A la estupefacta Laura ni siquiera le recordó a un ser humano: allí, desnudo y agazapado sobre su cama, semejaba más bien una bestia a punto de abalanzarse; su mirada fija en ella distaba mucho de aquella aparente timidez que antaño tanto la había encandilado, lo cual, sumado a la desaparición de párpados, cabello y cualquier tipo de vello en su cuerpo, otorgaba una apariencia reptilesca a aquel ser. Laura, sin embargo, aunque era consciente de todo aquello, no podía gesticular ni moverse en modo alguno: estaba paralizada, su cerebro totalmente incapaz de reaccionar al peligro. Ni siquiera las órbitas de sus ojos pudieron moverse cuando el ser, con movimientos parsimoniosos, posó sus manos sobre el antebrazo herido, provocándole el mismo hiriente dolor que la había despertado. Sintió entonces que todo su ser era como absorbido, drenado por una infinidad de agujas. El sufrimiento era insoportable, pero nada podía hacer. Unas lágrimas, indóciles escaparon entonces por sus mejillas, acompañadas por un hilillo de sangre que le resbaló por los labios.

-No tengo opciones, Laura, créeme, no puedo evitar esto... -murmuró con tristeza la criatura, separándose bruscamente de su víctima.

En ese momento, todo acabó. Laura tuvo la sensación de despertar de una pesadilla, sin fuerzas apenas para moverse de la cama. Pero sus nervios, durante todo aquel proceso, habían estado sometidos a una tensión excesiva, y gritó, gritó con todas las fuerzas que pudo reunir, obligando a los enfermeros de guardia que la atendían a administrarle, con evidente mal humor, un nuevo sedante. Cuando al fin, entre espasmos, consiguieron calmarla observaron con estupor como ya no solo el antebrazo, sino toda la mitad superior del cuerpo estaba infectado de minúsculas incisiones.

Un nuevo despertar, no sabría decir cuánto tiempo había pasado, entre destellos mentales que pasaban de la más extrema placidez a terrores atroces, indefinidos, en los que revivía el tormento sufrido y deseaba con todas sus fuerzas recuperar la consciencia. Una cosa tenían en común ambas sensaciones: en todo momento, tenía la certeza de estar inmersa en la irrealidad, y esa seguridad fue la que, estaba segura, finalmente la obligó a volver. De otro modo, quizá nunca se hubiese recuperado.

A su alrededor se había congregado una multitud de médicos que la observaban con interés, no sólo aquellos que la habían cuidado con anterioridad, sino otros muchos a los que no había visto hasta aquel momento; era evidente que lo que le había sucedido había despertado la curiosidad de la comunidad médica de aquel hospital. Con mucho esfuerzo, pues todo le dolía, echó un vistazo a su brazo, para comprobar, no sin un estremecimiento, que tenía vendado todo el cuerpo, desde el cuello hasta la ingle, y ahora los dos brazos.

Sin prestar oídos a las preguntas que los galenos comenzaron a hacerle, efectuó un leve escrutinio de la habitación, observando a Oscar en un rincón, acompañado por un desconocido de aspecto descuidado que la miraba a su vez con expresión taciturna. Nunca lo hubiera imaginado tras la separación, pero aquella visita la tranquilizó: al menos, era indicio de una cierta normalidad.

Uno de los médicos se acercó entonces a los dos hombres, murmurándole al desconocido unas palabras al oído; sin duda, pensó Laura, le indicaba que abandonase la sala. Sea como fuere, éste hizo caso omiso, permaneciendo allí hasta que los médicos abandonaron la estancia, quedándose únicamente el que se había dirigido a él.

-Menudo jaleo que ha armado -comentó con sequedad el extraño, acercándose a Laura-; pero no se preocupe: según me han dicho, sus heridas son más aparatosas que en verdad preocupantes. ¡Santo! Debe estar muy alarmada.

Laura sintió un pequeño vahído, en su mente se agolparon una infinidad de pensamientos, y de nuevo perdió el sentido. No sabía cuánto tiempo pasó hasta que al fin despertó, un despertar definitivo, después de pequeños momentos de lucidez, de segundos acaso, tras lo cual caía de nuevo en un sueño agitado, donde veía aquella criatura agazapada encima de ella, o la misteriosa sonrisa de Pedro, o comoquiera que se llamase, o ese dolor punzante en el brazo que recorría todo su cuerpo, hasta calmarse de un modo paulatino, hasta que al fin se sintió de nuevo ella misma.

Aquella tarde volvió de nuevo Óscar, con una ridícula cajita de bombones que dejó abandonada sobre la mesilla sin decir nada. Esta vez iba solo, y su expresión parecía una mezcla de inquietud, vergüenza y no sabía qué más. Laura se le quedó mirando, sin saber si calificar su actitud de cinismo o de arrepentimiento.

-¿Quién era aquel tipo? -preguntó con un hilo de voz.

Él puso una expresión de desconcierto, y luego respondió.

-No lo sé. Un día que vine estaba en la sala de espera. Pensé que era un conocido tuyo. Hablamos un poco... Dice llamarse Guzmán. En realidad poco más sé de él. Entonces... ¿no es tu nuevo...?

Ella hizo caso omiso a la pregunta.

-¿A qué has venido? -disparó.

-Yo... Bueno, estaba preocupado por ti. Me enteré del accidente y... Bueno. Creo que no me porté del todo bien contigo.

-¿Y casi he tenido que morirme para que llegues a esa conclusión?

-Yo... Bueno... No sé.

Él se removió inquieto en su sitio, y después exclamó:

-Creo que será mejor que me vaya...

-Sí, creo que será lo mejor.

Él aún titubeó, hizo amago de acercarse a ella, quizás para darle un beso de despedida, luego reculó, señaló la caja de bombones sobre la mesilla y soltó una risita nerviosa, y después se largó de allí. ¡Dios, qué cretino es!, pensó Laura.

Le dieron el alta del hospital dos días más tarde, aunque aún seguía de baja en el trabajo. Regresó a casa, y de nuevo se quedó allí, huraña, temerosa del mundo, renuente a reiniciar todo contacto. Cuando al fin se había decidido había ligado con una especie de vampiro inmortal que se la había follado, que envejecía y rejuvenecía aleatoriamente, que la había agredido, cortado el brazo para succionar su sangre, provocado un accidente multitudinario para ocultarlo... Mejor quedarse en casa, tranquila.

Se pasaba las horas vagando por la casa, oteando por la ventana, y comiendo de cualquier manera comida ya preparada. Intentó leer, pero no podía concentrarse, procuró escuchar música, pero no lograba encontrar aquella que le gustara en aquel momento. Así pues proseguía con sus vagabundeos por las habitaciones, mirando durante largos momentos las paredes, apartando las cortinas para contemplar a distancia ese mundo que tanto temía.

A veces se tumbaba en el sofá, y pasaba largas horas contemplando el techo en silencio, hasta que al fin se quedaba dormida de mero aburrimiento, de esa desidia existencial que la tenía anegada. Se había tumbado a las dos y se había quedado dormida, olvidándose de comer, y ahora se despertó con la tarde languideciendo, con el salón en medio penumbra, el sol deslizándose en el horizonte, y penetrando en línea recta por la ventana con las persianas medio echadas. El polvo relucía en la estancia, como oro flotando, y en el sillón, frente a ella, distinguió una figura masculina sentada, mirándola en silencio.

 

Parpadeó varias veces mientras la languidez que se había enseñoreado de su ser en las últimas semanas desaparecía al ritmo de su corazón palpitante, bum, bum, bum. Cada vez más rápido hasta que la sangre martilleó en sus sienes, en sus venas como si fueran a reventar y una furia que jamás creyó poseer estalló como un torrente.

-¡Maldito hijo de la gran puta! -saltó enervada del sofá, en dos zancadas estaba frente a aquella cosa y antes de que lograra incorporarse del todo le empujó con todas sus fuerzas. La criatura, su amante de una noche, su vampiro, Pedro o como se llamara salió despedido por encima del sillón, chocó contra el espejo, reventándolo, y se deslizó con estrépito entre cristales rotos.

-Espera...

Las palabras apenas traspasaron el velo de ira animal que la embargaba, como una Erinia sedienta de sangre, Laura apartó el sillón volcado y le levantó de los hombros aplastándole contra la pared y el espejo, esquirlas de cristal salieron despedidas arañándole la cara pero no sintió nada.

-¿Qué me has hecho, cabrón...? - se observó reflejada en el espejo roto, dividida en multitud de imágenes incompletas, fragmentadas, deformadas pero las ojeras, la piel tirante y la consunción de su rostro eran tan llamativas que se paró en seco.

-¡Ya basta, mujer! - la voz reverberó en el salón al tiempo que la aferraba por las muñecas con aquellas manos tan fuertes que habían recorrido con sabiduría su cuerpo.

»Ya basta -la desplazó como un guiñapo, perdida toda la fuerza inhumana que la había poseído.

»Ya basta -bajó de tono hasta convertirse en un susurro ronco mientras la obligaba a arrodillarse junto a él en el suelo. Sentía su aliento, cálido, en su cuello. Siguió hablando como quien calma a un animal asustado, para Laura las palabras que decía eran lo de menos, sentía cómo su voz iba dominando todo, cómo se acompasaba al pulso desbocado de su corazón, tranquilizándolo, adormeciéndolo. Olvidado todo menos su presencia empezó a sentir el calor que emanaba del abrazo de Pedro, de nuevo era Pedro, su misterioso amante, el que la hizo vibrar como jamás nadie lo había hecho, el que penetró más profundamente en su ser de lo que nunca creyó posible. Buscó sus labios en un ansia desesperada y notó el sabor cobrizo de la sangre, le besó enlazando las piernas alrededor de su cintura, atrayéndole al suelo.

 

No oyeron a Óscar hasta que estuvo en el salón. Laura lo observó durante un momento, el aire torpe, siempre descolocado, las llaves que ella le dejara y nunca devolviera en la mano y la excusa, como siempre, en los labios. "Todavía tenía tus llaves, no sabíamos nada de ti desde que saliste del hospital... pensé, pensé..." Nunca completó la frase. En un parpadeo Pedro estaba a su lado, en otro lo sujetaba casi amorosamente mientras se deslizaba al suelo y gorgoteaba ahogándose en su propia sangre. Dejó el cuerpo junto a ella, los ojos moribundos pidiéndole una explicación que era incapaz de dar.

-Es magnífico, Laura, ven, acércate, siente cómo escapa su vida - su voz era un ronroneo plagado de satisfacción. Ella lo miró preñada de terror.

-Ven, te digo -y cogiéndola por el cuello pegó su rostro al cuello desgarrado de Óscar, que se moría sin entender nada, como siempre. La sangre manaba a cada latido, cálida, morosa, y a su pesar Laura notó que continuaba excitada, la cabeza le daba vueltas, sacó la lengua y lamió la sangre, se llenó la boca, la abrió y mordió desgarrando carne y arterias. Gimió de placer. Alzó la vista y se encontró con el rostro triunfal de Pedro, lleno de orgullo, vanidoso, excitado y febril. Un rostro que había visto en multitud de ocasiones en cada uno de sus amantes...

-No -dijo despacio, era una negación definitiva y una condena segura. Laura lo sabía. Con un gesto cariñoso ordenó el flequillo apelmazado de Óscar, sólo en ese momento sintió algo parecido al amor por él y se levantó.

La bestia decidió terminar con la faena mientras Laura miraba la pared llena de imperfecciones: una grieta aquí, una mancha pardusca allá; un zócalo roto y la luz de una farola de la calle dibujando sombras amorfas. Se quedó mirando la pared fijamente, mientras aquel ser terminaba de colmar su sed. La sangre de Óscar gorgoteaba abandonando las venas del cuello con un ruido estratosférico, espantoso. Era como si el sumidero no tragara bien. La bestia lo engullía tan deprisa, y aun así, despacio. Óscar tardó unos cuantos minutos en dejar de sufrir. Hubiera sido el momento perfecto para escapar, para correr, para intentar salvar la vida. Pero Laura se quedó allí quieta, contemplando la pared.

Pedro se puso de pie. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Eructó, saciado.

Miró a Laura. Tomó aire. Era una lástima. Hubiera sido su compañera ideal. Su igual. Tan despiadada como él mismo.

-¿Por qué yo?

Laura rompió el silencio.

-¿Por qué los humanos os empeñáis siempre en la misma cuestión?

Qué iba a saber Él. No había nacido para filosofar o dar respuestas. Era una bestia, nada más. Que por supervivencia respondía a sus impulsos y propagaba su maldad entre los vivos. Procreaba. De forma natural. Como cualquier otra especie. Como los humanos. Simplemente no usaba ni huevos, ni placentas, ni caldos de cultivo. Se servía de seres humanos atormentados. Descontentos con su destino. Personas cansadas de este mundo ridículo.

-Tú querías cambiar, Laura. Yo te ofrezco la oportunidad.

Laura se dio la vuelta y se encaró con la bestia:

-¿La oportunidad de matar? ¿De cambiar para ser un monstruo?

-Sí, de matar a la vieja Laura y ser libre. De no sentir toda esa miseria. Lo único monstruoso es lo insoportable que te resulta todo. Cambia eso. Acompáñame.

-¿Y si me niego?

-Me temo que es demasiado tarde... Tú decidiste venir conmigo.

-Si me niego, me destrozarás... ¿No es así?

-Si yo no le pusiera fin sería peor.

-¿Qué sería peor?

-El hambre. Morirías de hambre. Sería emocional, físico, mental... Un dolor tan terrible e interminable que te haría enloquecer. Cada célula revelándose contra tu voluntad. Te dolería todo. Ya eres de las mías. Sólo debes abandonar ese rastro de humanidad que te hace sentir tan mal ahora mismo.

Laura miró el cadáver maltrecho de Oscar y dejó escapar una lágrima y pronunció las palabras más tristes de toda su vida:

-Ya me duele todo.

El arrepentimiento, la culpa. Saber que aquella situación era irreversible. Que nunca volvería a ser la misma.

-Déjame ayudarte, Laura.

La bestia se acercó poco a poco a aquella mujer confundida, que tenía miedo, pero a la que ya todo le daba igual. Tanto, que ni siquiera retrocedió. No luchó. No se resistió porque era cierto: no había marcha atrás.

-Te daré paz.

Pedro no lo pensó más; introdujo su ignominiosa mano en la boca de Laura, hasta bien dentro y tiró. Tiró. Tiró. Y tras un buen rato de forcejeo, las manos de Laura  negadas a la rendición absoluta, consiguió su demoniaco propósito: le extrajo el cerebro, la última fortaleza humana. Laura cayó al suelo. Pero no muerta. Sus ojos veían. Sus oídos funcionaban. Como por arte de magia. No entendía cómo era posible seguir hablando para sí misma sin cerebro. Pero los pensamientos se desdibujaban, se entremezclaban; ya no recordaba nada. No sentía nada. Sólo presenciaba la escena. Como una muñeca de cartón y plástico, hueca, que cobra vida.

Todo era más brillante. Ahí estaba Él, de pie. Con los sesos ensangrentados.

-Esto ya no te sirve para nada.

Y Pedro se zampó su materia gris, de un solo bocado.

En ese instante una repentina ingravidez elevó su cuerpo. Flotando vio que toda la habitación comenzaba a desvanecerse, primero la puerta, después el ventanal, hasta que una nada blanca y opaca lo inundaba todo. Pedro se había convertido en un ente luminoso que irradiaba destellos azul marino y Laura oyó una voz que venía de dentro de ella, pero cada palabra producía un resplandor naranja en el ente.

-Al fin te has liberado de tus ataduras humanas.

-¿Qué lugar es este? -preguntó Laura, mientra se incorporaba para ponerse en pie.

Aunque en realidad no importaba si estaba de pie o tumbada. Hasta donde veía no había un arriba ni un abajo, aunque se mantuvo erguida delante de lo que creía que era Pedro. Este le respondió.

-¡Tu mente! Desde que hicimos el amor, tu mente ha intentado adaptarse creando una historia que fuese comprensible pero a la vez fantástica para asimilar tu cambio. Nada de los que ves ahora es real. Bueno, real sí, pero no físico. Todo tu ser ha sufrido una transformación que te ha convertido en algo más que humano.

Mientra él hablaba, el entorno iba cambiando, volviendo a convertirse en la habitación del hotel. Ella estaba acostada; mientras Pedro la miraba sentado en el sofá y seguía hablando, ahora Laura le veía mover los labios.

-Llevo mucho tiempo buscando a alguien que sea igual a mí. Durante siglos he escudriñado el mundo y por fin he encontrado a un humano capaz de trascender a la siguiente fase.

-¿La siguiente fase?

-Sí, el siguiente paso evolutivo de la humanidad.

Laura se levantó y se puso de pie, furiosa, delante de Pedro, alzó el brazo y golpeó con fuerza su rostro. El sonido se propagó por la habitación como un alud, pero el hombre ni se inmutó. Ella miró la palma de su mano y con súbita alegría rió a carcajadas. Se dio cuenta de que todo lo acontecido había pasado en una noche y en su mente. Y rió durante mucho tiempo, como si no lo hubiese hecho nunca, sin importarle que la oyesen o que Pedro se avergonzase de ella. Sin embargo, este no lo hacía, sino que sonreía.

Laura veía el mundo de forma distinta, literalmente. Todo a su alrededor era más resplandeciente, con colores más vivos. Mientras reía vio su imagen en el espejo y se quedó muda al instante. Lo que presenciaba no se parecía en nada a su anterior ser: era hermosa, seguía siendo ella misma, pero ahora era diferente, como si hubiese aceptado su verdadero yo interior y este aflorase por todos sus poros. Y en ese momento, desnuda delante del espejo, comprendió todo. Vislumbró cómo era el mundo, cómo era ella de verdad y qué era Pedro. Su mente asimilaba la información con una rapidez inaudita, sin necesidad de leer u oír algo, lo sabía y recolectaba todo el conocimiento universal. Supo trascender las fronteras de su propia mente, de todas las ataduras y miedos que a lo largo de su vida le atormentaron: allí, a su alrededor, todo cambiaba con un simple parpadeo de su voluntad: de pronto se vio a sí misma cenando con Óscar en el chino donde este le declaró su amor por vez primera, y comprendió por qué sintió tan inmenso placer cuando se cebó con él. ¿Cómo pudo ser tan patética? Al instante, la escena cambió; ahora se veía de niña, en el patio de su colegio, abandonada por todos sus compañeros de clase, excepto por su único amigo de juegos, Guzmán, aquel niño feúcho, taciturno y solitario, al que las rutinas de la vida adulta no tardaron en hacer olvidar, pese a tratarse poco menos que de un alma gemela en aquellos días. Todo esto lo contempló desde una distancia fría, impersonal, como si viera transcurrir su vida en imágenes.

-No, no estás muerta -dijo Pedro, leyendo sus pensamientos-; simplemente las barreras del tiempo y el espacio no rigen para ti. Has trascendido, y ya nada de lo que perteneciera a tu faceta digamos.... mortal, podrá ser igual. Laura, incluso tu nombre es poco más que un adorno obsoleto. Eres, en términos humanos, una diosa.

»Ven, únete a mí -continuó el Ser conocido como Pedro, complacido ante la sonrisa de su compañera-. Viajemos juntos, mi Elegida, a través de la Eternidad, seamos Uno en Todo -concluyó, mientras su cuerpo y voz se transformaban, hasta formar una nube resplandeciente, que solo mantenía algo parecido a una forma humana a través de   una difuminada silueta en su centro.

Olvidado todo sentimiento, excepto una sensación de inmensa paz, la que antaño fuera Laura avanzó, solícita, hacia el destino que, parsimoniosamente, pero sin cesar, la reclamaba. Solo a un paso para la metamorfosis, la mano alzada para abrazar su nueva esencia, su mente le envió un último recuerdo humano, y volvió su rostro para contemplar el mundo que dejaba atrás, el triste planeta donde había sido poco menos que una sombra; contempló, divertida, el reguero de seres humanos, ahora reducidos a pequeñas hormigas aisladas en sus propias miserias, ajenas al Universo infinito que se cernía a su alrededor. Contempló después, relamiéndose, a los más desfavorecidos, a los  mendigos, los solitarios, los marginados de todo tipo, a los que iban a ser, en fin, sus primeras presas, su primer alimento.

Una carcajada resonó entonces en el Universo; la mayoría de los seres humanos sintieron que se les oprimía el corazón, excepto quienes nunca tuvieron esperanzas. Por vez primera, los desheredados de la sociedad miraron el firmamento con una sonrisa iluminándoles el corazón.

           

Carlos Díaz Maroto

Miguel Valle García

Jennifer Camacho

Luis Alboreca

Manuel Aguilar

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