por Javier J. Valencia
El equivalente a un disparo en el corazón en un callejón a plena luz de la luna contra la cultura son los recortes institucionales. Y es que, como dijo el mismo director del Festival Internacional de Cine Negro de Manresa (Fecinema) Carles Ortega durante el discurso de clausura, siempre son los primeros en pagar el pato y, a la larga, probablemente se tenga que pagar un precio aún mayor si se considera, por parte de algunos organismos de poder, un gasto inútil, un derroche innecesario. Pero ante tempestades ya no solo económicas o culturales, sino también políticas e incluso éticas, siempre nos quedan buenos refugios donde disfrutar de cine, casi siempre del bueno, y el Fecinema es uno de ellos, aguantando contra viento y marea la que está cayendo.
Por desgracia no pude acudir el día de inauguración, por lo que me perdí la ceremonia de apertura y la película La conspiración, de Robert Redford, uno de los últimos estrenos estrella que quedan pendientes este año 2011 y personalmente espero con bastantes ganas. Por lo que el Festival dio pistoletazo de salida para un servidor el jueves 10, y nada mejor que empezar revisitando Doce hombres sin piedad, de Sidney Lumet, al cual se le dedicaba una retrospectiva y se daba la oportunidad de presenciar algunos de sus títulos en pantalla grande (por desgracia, muchos en DVD a través de un proyecto no del todo adecuado, por lo que la calidad se resentía un tanto debido a la ausencia de brillo, aunque la sala 3, dedicada a ciclos y retrospectivas, es gratuita). Obra fundamental no solo en la carrera del director, sino del cine de juicios, es quizá uno de los mejores ejercicios de tensión que ha dado la historia del séptimo arte, en el cual se muestran las miserias del alma humana a través del reflejo producido por el sistema judicial en los Estados Unidos cuando un jurado tenga que determinar la culpabilidad o inocencia de un sospechoso de un delito y la mayor parte de ellos sin sopesar debidamente las pruebas le condenen con vehemencia. Pero también refleja la honradez, la paciencia y la virtud en el personaje de Henry Fonda, el cual probablemente nunca brilló con tanta intensidad -y lo hizo muchas veces- como en la presente obra, encarnando al que es un arquetipo en sí mismo. Inolvidable y eterna.

El primer título de la sección oficial al que se le pudo hincar el diente fue Derniere étage, gauche, gauche, de Angelo Cianci. Se trata de una comedia negra en la cual un ujier de juzgado es, tras una serie de equívocos, secuestrado por un padre y su hijo musulmanes. Mientras el muchacho se muestra arrogante y altivo, creyendo que el enredo ha sido causa suya debido al tráfico de drogas, su padre se muestra mucho más cauto, debido a un secreto que guarda de su pasado. Tiene buen ritmo y muy buenas intenciones, pero le falta chicha y muchas escenas caen en la reiteración de motivaciones de los personajes, provocando un cierto tedio, que se evade en su tramo final, donde fluye con mucha más alegría.
London Boulevard, de William Monahan en su primer largometraje como director (había sido guionista de títulos como Infiltrados o Al límite), es una adaptación de la novela de Ken Bruel (recientemente publicada por Ediciones Pàmies, aprovechando el estreno de la película), en la cual un ex convicto interpretado por Colin Farrell empieza a trabajar como guardaespaldas y chico de los recado de una actriz y modelo, a la cual da vida Keira Knightley, que vive enclaustrada en su mansión debido al precio de la fama. Un antiguo compañero de fechorías del protagonista volverá a involucrarle en el mundo de los bajos fondos y estallará el conflicto con un poderoso lord del crimen encarnado por Ray Winstone. Es un título digerible para aquellos a los que les guste el estilo reciente británico de producciones centradas en el cine de gángsters, un poco en la onda de Lock & Stock de Guy Ritchie o, sobre todo, Layer Cake, de Matthew Vaughn, con la que guarda varios puntos en común, y muestra con orgullo su procedencia británica en decorados, estilo y banda sonora (compuesta básicamente de canciones de rock anglosajón de los 60 y 70, el colmo de lo pretendidamente cool), aunque un tanto pasada de rosca en algunos pasajes. Por desgracia, por causas ajenas a la organización, la copia que se pasó era doblada y esto dañó un poco el regusto final de la obra.
La sección retrospectiva "N+F, el negre més fantàstic" ("el negro más fantástico") ofreció por su parte pases de May (2003), de Lucky McKee, y The Children (2009), de Tom Shankland. La primera es, todavía a día de hoy, la mejor película de su autor, quien fue una de las grandes esperanzas del género la década pasada pero nunca terminó de dar el do de pecho, aunque tenga una carrera bastante más apreciable de lo que se suele considerar. Por su parte, la cinta de Shankland es sencilla y directa como una puñalada en el estómago, y narra la historia de dos parejas que ven como sus respectivos hijos, aquejados por un virus, empiezan a tener ansias asesinas contra ellos mientras pasan un fin de semana aislados en una cabaña rodeados de nevadas montañas. Sí, la influencia de ¿Quién puede matar a un niño? es innegable, y a los que planeaban hacer el remake "oficial" les ha salido una dura competidora. Muy recomendable.

La retrospectiva dedicada a Lumet abrió la jornada del viernes 11 con Serpico, título que aguanta con entereza el paso del tiempo gracias a su intenso guion y su sobria puesta en escena, aunque tenga algunos tics del cine de Hollywood de los 70, como el entregar demasiadas escenas en forma de concesión para el lucimiento de su estrella, en este caso un Al Pacino icónico que, en cualquier caso, dio vida a uno de sus personajes más célebres.
La sección oficial de cine negro entregó dos títulos de lo más disfrutables. El primer de ellos es Cuenta atrás (Á Bout Portant), de Fred Cavayé, intensísimo thriller en el cual Samuel, un enfermero interpretado por Gilles Lellouche, ve como le cambia la vida cuando se ve obligado a facilitar la huida de Sartet (estupendo Roschdy Zem) para salvar la vida de su esposa Nadia (Elena Anaya, también brindando una muy adecuada interpretación). La película deja premeditadamente de lado el otorgar profundidad a los personajes a cambio de regalar un espectáculo de acción excelentemente filmado, en el cual destacan sobremanera escenas como la persecución de los agentes de policía a Samuel en la estación de metro o todo el encadenado de situaciones en la comisaría en el tramo final de la cinta. Muy emocionante, y muy recomendable.

Pero se quedó pequeña al lado de Miss Bala, de Gerardo Naranjo, que narra la historia de Laura (Stephanie Sigman, actriz a la que seguir la pista desde ya), una aspirante a modelo que se ve obligada a entrar en el mundo del narcotráfico de Tijuana. Crónica descarnada de una situación desesperante, en la que no importan las ambigüedades morales por parte tanto de guerrilleros como de policías, puesto que todos parecen servir a los mismos patrones y escenificar la misma función. Posee una fotografía cercana al virtuosismo y momentos de un nervio ejemplar (Laura envuelta en un tiroteo, sin tener tiempo de asimilar la tensión, tras haber efectuado un trasvase de dinero a través de la frontera, sus relaciones sexuales con Lino, el líder guerrillero -terriblemente inquietante Noe Hernández-), y es una de las imprescindibles de este 2011.
Mientras, la sección "N+F" regalaba Surveillance, buena oportunidad para todos los que no la vieran de recuperar a la ganadora del Sitges 2008, todavía inédita en nuestras pantallas. Para su retorno a la gran pantalla tras el fracaso de Mi obsesión por Helena Jennifer Lynch se encargó de escribir, a medias con Kent Harper, una historia con un cierto toque de las que suele dirigir su padre (David Lynch), no cortándose un pelo al incluir elementos familiares: la pequeña localidad norteamericana, los agentes del FBI excéntricos y con afición por el café, el crimen sin resolver que resulta mucho más retorcido de lo que parece a simple vista, la carretera sin (aparente) final... El resultado final es una obra simpática, muy pequeña y de propuesta un tanto anémica, pero con algunos momentos brillantes. No los suficientes, desde mi punto de vista, para hacerse con grandes premios en festivales, pero los jurados ya se sabe, son soberanos...

Mis ganas por recuperar un título bastante denostado de Sidney Lumet -La noche cae sobre Manhattan- me obligaron a obviar el nuevo film de Aki Kaurismaki, pero uno ya tenía puesto el chip de crímenes y juicios y a sabiendas de que Lumet era un sello de garantía terminaron por atraerme con más fuerza. La película tiene fuerza, estupendas interpretaciones (Ian Holm está sencillamente enorme, James Gandolfini pre-Tony Soprano ya redondeaba papeles antes de su televisiva popularidad, y Andy García está contenido y elegante) y una intriga interesante, en torno a un joven fiscal que, tras lograr meter en la cárcel a un traficante que asesinó a tres policías y casi acaba con la vida de su padre -oficial también-, empieza a descubrir sistemáticos movimientos de corrupción en dos comisarías de policía que pueden afectar a su relación familiar. Infravalorada, se merece algo más que el mero apelativo de "digna".
La siguiente decisión sí que resultó ser una metedura de pata. Pero contemplar la incursión del japonés Ryhuei Kitamura (Versus, LoveDeath) en el mercado norteamericano, adaptando a Clive Barker, en una película que me vi obligado a saltarme dos años atrás precisamente en este mismo Festival, resultaba una a priori atractiva tentación. The Midnight Meat Train parece ser el enésimo intento por parte de la Lionsgate de dar con una franquicia que pueda aportarle unos dividendos semejantes a los de Saw, pero sin el barnizado de humor negro y folletín rocambolesco que siempre ofrece aquella, hinchando un relato de uno de los más célebres escritores de novela de terror de los últimos tiempos y convirtiéndolo en una historia sin mucho sentido ni interés, aunque sí bastante hemoglobina. Narra la historia de un fotógrafo (Bradley Cooper, quince segundos antes de conocer la fama) que, en busca de unas capturas más artísticas, acaba persiguiendo a un asesino en serie -Vinnie Jones- que descuartiza a sus víctimas en el último vagón nocturno del metro de Nueva York. La película es muy floja, y me dolería más veinticuatro horas después cuando descubriría que por culpa de esta dejé de lado la que a la larga sería la ganadora de la sección oficial, Rundskop (Bullhead), de Michael R. Roskam.

Dentro de la sección oficial también se proyectó Drive, de Nicholas Winding Refn, la cual pude ver en el reciente Festival de Sitges. Por mi parte, era una de las películas que más esperaba del año, y en cuanto terminé su visionado sentí la satisfacción no ya de expectativas cubiertas, sino ampliamente superadas, en la que desde ya se ha convertido en una de las imprescindibles de la década y que casi hace pensar como se sintieron los espectadores que vieron El silencio de un hombre de Jean-Pierre Melville en su día. Su director, uno de los que me parecen más interesantes de los últimos tiempos, ha ido perfilando su estilo, dando palos aquí y allá, tanteando, en películas tan apasionantes como imperfectas, todas ellas con detalles magistrales siempre pero hasta ahora nunca redondas. Con la historia de este conductor de coches, especialista de cine pero también metido en turbios asuntos, interpretado excelentemente por Ryan Gosling, que cuando conozca el amor -más platónico que otra cosa- dejará que un torrente de emociones naveguen por su hasta ese momento robótica existencia hasta revelarse como una suerte de justiciero un tanto psicótico, Refn ha logrado un título que roza la perfección, o al menos eso les parecerá a los que comparten gustos generacionales con él. Momentos de una belleza plástica descomunales, una banda sonora sobresaliente, un reparto repleto de regalos -sobre todo para serie-adictos-, de Christina Hendricks a Ron Perlman, de Carey Mulligan a Russ Tamblyn... Drive es ese tipo de películas que elevan no solo el nivel de un Festival, sino el de todo el año cinematográfico en general.
Una banda de gamberros ingleses se enfrentan a una invasión de extraterrestres con muy malas pulgas en Attack the Block, de Joe Cornish, otro título que también pasó con éxito por Sitges 2011. La aventura que viven es juvenil pero adulta, es divertida pero trágica, sus protagonistas tienen un viaje completo -los que sobreviven- que cambia su experiencia vital, y el resultado es ligero, pero la película pesa, y hasta incluye reflexiones sociales. Cornish no solo ha dado en el clavo, sino que ha dirigido a una banda de jóvenes promesas británicas brillantemente (parece increíble pero da la impresión de que en Inglaterra tiras una piedra y salen seis buenos actores de debajo de ella, totalmente desconocidos), apoyados por un siempre bienvenido a cualquier fiesta Nick Frost. No solo es emocionante y divertidísima, es una de las películas del año, sean del género que sean.

La que sí dejé de lado en Sitges pero aproveché este Manresa para recuperar fue Le moine (El monje), de Dominik Moll, una de los "tapadas" de esta edición del Fecinema, es decir, de la cual uno no esperaba gran cosa, y que sin embargo se ha convertido a nivel personal en una de las mejores proyectadas durante la presente edición. Nueva adaptación del clásico de Matthew Gregory Lewis, se encuentra rodeada de un entorno enigmático y asfixiante, con un fuerte toque de oscura magia, en la historia del monje capuchino Ambrosio (Vincent Cassell), que, arrogante en su fervor cristiano, lo confunde con virtud y le lleva a caer ante las tentaciones del diablo. Rodada en espacios naturales en España (Toledo, Girona, Madrid), saca partido a los escenarios que brinda nuestra geografía y es una obra sensorial y enigmática, pero muy elaborada, con un brillante tratamiento de la imagen y excelentes interpretaciones, entre las que destacan el llorado Jordi Dauder y el cameo -imprescindible para la comprensión total de la historia- de Sergi López.
La crisis es tan fuerte en el Fecinema que ni siquiera tuvieron balas para matar este año, como es tradición, a Antonio Busquets. El que fuera editor de revistas clásicas del género como Flashback o Halloween aprovechó para "volver de entre los muertos" y presentar la sesión golfa de la presente edición, previo pase de un simpático video explicativo donde se nos mostraba como Busquets logró escapar de la tumba, cual Christopher Lee, una vez más, antes de que el staff del Festival se lo llevara envuelto en una bolsa. La película proyectada fue Doghouse (2009), de Jake West, comedia británica de zombis deudora de Shane of the Dead, en la cual un grupo de cinco colegas viajan a un remoto pueblo para "celebrar" el divorcio de uno de ellos y descubren que la zona está infestada de zombis-hembra con ansia por devorar cualquier macho que se les ponga por delante. Se podría dividir en un primer tercio simpático, un segundo un tanto repetitivo pero todavía interesante y otro final bastante cansino. Pierde fuelle.
La última jornada de Festival, el domingo día 13, dio inicio con una sesión matinal de animación: Renaissance (2006), de Christian Volkman, un refrito de muchas películas en versión noir retro-futurista con un estilo de animación muy vistoso y efectivas escenas de acción, pero a la larga bastante tedioso y olvidable, como ha demostrado el paso del tiempo.
Dentro de la sección Pantalla de Actualidad de proyectó Amor bajo el espino blanco, de Zhang Yimou, una love story china que narra el romance de una estudiante, Jing, cuyo padre está en prisión por enfrentarse al régimen maoísta, y el hijo de un militar, Sun, durante los convulsos años de la revolución cultural. Extremadamente blanca, excesivamente cursi, se recrea mucho más en la recreación de una pareja románticamente perfecta (románticamente aburrida también) que en jugar con un entorno muy favorable para crear situaciones de conflicto. Un buen trabajo de fotografía por parte de Zhao Xiaoding y las buenas interpretaciones principales hacen la obra consumible, aunque uno no nade en su elemento en un título de estas características.
En la rueda de prensa previa a la ceremonia de clausura, Álex de la Iglesia, uno de los premiados con el Plácido de Oro por su carrera (el otro fue Sergi López, que no pudo acudir por verse en esas fechas envuelto en los ensayos de su próximo trabajo teatral, pero envió un video para el evento), también habló sobre la crisis económica actual y como afecta al mundo del cine y a festivales más "pequeños" como el de Manresa, al cual defendió: "lo único que encuentras son amigos, gente dedicada al cine por ilusión y por pasión". También habló sobre el cine negro, indicando que de un modo u otro todas sus películas pertenecen a ese género y teorizó sobre el efecto "terapéutico" del cine y la literatura de este tipo. "Todos hemos deseado alguna vez matar a alguien, y el cine coloca estos instintos en el mundo de la ficción. Vehicula los malos sentimientos que todos tenemos y los convierte en cultura. Sublima pequeños momentos de odio y los convierte en arte". Carles Ortega, director del Festival, apretó los dientes cuando fue preguntando por la cierta preocupación que se respira en el ambiente por saber si habrá catorceava edición, y por su respuesta tampoco quedó muy claro, evidenciando lo difícil que ha sido este año sacarlo adelante ("una de las ediciones con menos presupuesto de nuestra existencia"). Si de las próximas elecciones depende, pinta mal la cosa...
Después de la ceremonia de entrega de premios se proyectó Asesinos de élite (Killer Elite) de Gary McKendry, nuevo vehículo de acción al servicio de Jason Statham esta vez muy bien secundado por Robert De Niro y Clive Owen. Narra la historia de un equipo de asesinos expertos en hacer "que parezca un accidente", que van eliminando a los miembros de un comando de las fuerzas armadas británicas que estuvieron envueltos en la muerte del hijo de un poderoso jeque que busca venganza. Para estar basada en una historia real se toma un poderoso número de licencias (para empezar, busca una elevada suspensión de credulidad como suele hacerlo el cine de acción, aunque aquí se disfrace de cine de espías), pero resulta eficaz y cumple con sus pretensiones.

Resaltar el alto nivel de los cortometrajes proyectados que entraban a concurso, en especial el ganador, La casa del lago, de Galder Gaztelo-Urrutia, todo un bombazo de intensidad y puro cine negro de 11 minutos y que hace vislumbrar un futuro muy prometedor a su director. Para no perdérselo.
Y hasta aquí la crónica del Fecinema 2011, el cual espero y deseo que tenga continuidad y el año próximo poder escribir sobre una nueva edición. Tengo el presentimiento de que así será: hay festivales que son como Sam Spade y, aunque les tiemble el pulso, pueden con todo.
PALMARÉS FECINEMA 2011
PREMIO PLÁCIDO DE HONOR
Al actor Sergi López y el director Álex de la Iglesia.
PREMIO PLÁCIDO DE PLATA
(Mejor largometraje en sección oficial): Rundskop, de Michaël R. Roskam
PREMIO PLÁCIDO
(Mejor cortometraje): La casa del lago, de Galder Gaztelu-Urrutia
PREMIO TONI GALINDO
En memoria del fundador de Art&Maña, amigo y colaborador del festival, al mejor cartel presentado a concurso y que se convierte en imagen del certamen: David Calvet (Manresa).
El jurado que ha decidido el ganador del Plácido de Plata estaba formado por:
José Luis Rebordinos, director del Festival de Donosti
Joaquim Noguero, crítico, profesor y comisario de una veintena de exposiciones
Esteve Soler, dramaturgo y periodista cinematográfico
Carlos Losilla, crítico de cine
Alex Gorina, experto cinematográfico
Javier J. Valencia (Barcelona. España)
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