Una vela para el diablo: Spain is different

Por José Luis Salvador Estébenez

cartelEl boom turístico experimentado por nuestro país durante los años sesenta provocó a su vez una modernización de la sociedad española, estancada tras varias décadas de aislamiento y autarquía. Visitantes llegados desde todos los rincones del planeta arribaron a las calles y playas de esta Piel de Toro, trayendo consigo otras culturas muy distintas, y en ocasiones del todo contrarias, a la que hasta entonces se daba en "la reserva espiritual de Occidente" (sic). Este choque de civilizaciones no estuvo exento de traumas, en especial en aquellas zonas de lo que se ha venido a llamar como "la España profunda" (y no tan profunda), reducidos núcleos urbanos donde el comportamiento social estaba regido por unas estrictas normas no escritas en base a un rancio moralismo retrógrado que excluía a todo aquel incapaz de amoldarse o someterse a sus reglas, fruto de un catolicismo mal entendido propio de la Edad Media, fanático e inquisitorial.

Sobre este caldo de cultivo, el tradicionalmente artesanal Eugenio Martín construiría Una vela para el diablo (1973), película que se antoja como una de sus obras más personales, como demuestra el hecho de que, aparte de dirigirla, fuera coproductor (para lo que fundó la marca Vega Films) y coguionista de la misma. En ella, radiografía y critica aquel hipócrita puritanismo de las apariencias y la doble moral del "a Dios rogando y con el mazo dando", por medio de los personajes de dos hermanas solteronas, regentes de un hostal de un pequeño pueblo turístico del interior, que, alertadas por las "indecentes y pecaminosas" actitudes de sus jóvenes huéspedes, comenzarán una espiral de crímenes en nombre de la decencia y el buen gusto. Como huelga decir, dichos personajes son los encargados de encarnar algunas de las características de esta cateta y caduca sociedad, aunque a muy distintos niveles.

foto1Así, la mayor representa tanto la intransigencia propia de este moralismo, como sus principales causas y efectos, como el miedo al qué dirán -resulta significativo que el primer asesinato se produzca después de que la mujer haya llamado la atención a su futura víctima por tomar el sol semidesnuda en su azotea bajo la mirada de unos chiquillos- , el catolicismo exacerbado -en su delirio, creerá ser el brazo ejecutor de la voluntad de Dios- , o la represión sexual -memorable la escena en la que tras excitarse viendo a unos muchachos bañándose desnudos se auto-infligirá castigo en un zarzal cercano-. Para más inri, dado el subtexto irónico que ello encierra, este personaje es interpretado (de forma soberbia, por cierto) por Aurora Bautista, actriz que había alcanzado cierto estatus gracias a su trabajo en varias cintas de carácter histórico-religioso de la mítica Cifesa, productora que en los primeros años de la posguerra vino a ser algo así como la voz oficial del régimen en el medio.

En cuanto al papel de la hermana menor, a la cual da vida la ex-vedette Esperanza Roy, vendría a equipararse al de cierta parte de la población que, con su apatía y pasividad, acababan convirtiéndose en cómplices y culpables de los desmanes de los exaltados; pese a que no comparte el extremismo ideológico de su hermana, algo que le recriminará en varias ocasiones -incluso mantiene encuentros sexuales con un hombre veinte años menor que ella-, consiente y secunda las acciones de ésta por una mezcla de fe ciega y miedo a las posibles represalias que pudiera tomar hacía su persona.

Encuadrada dentro del coetáneo movimiento del fantaterror hispano, corriente de la que no rehuye algunas de sus más asumidas características, ya sea por las generosas exhibiciones de epidermis que jalonan su metraje, la crudeza de sus asesinatos, o secuencias de un claro regusto fantastique, como aquella en la que las dos protagonistas persiguen y acorralan al personaje de Judy Geeson, la película resultante está más cercana en su tono y tratamiento al de La semana del asesino (1971) de Eloy de la Iglesia o La campana del infierno (1973) de Claudio Guerín, que al de ejemplos más genéricos como El espanto surge de la tumba (1973) de Carlos Aured o La llamada del vampiro (1971) de José María Elorrieta. Pero más allá de estos posibles parecidos, el film atesora una personalidad única e intransferible, con unas señas de identidad muy marcadas.

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Y es que, junto a lo ya apuntado, quizás el aporte más valioso de Una vela para el diablo resida en el confesado intento por parte de su director de crear un modelo de genuino cine de terror español, apartado de influencias y fórmulas heredadas de cinematografías foráneas. En este sentido, es de destacar, tanto el aire entre áspero y documentalista de su realización, como, sobre todo, el poso de crónica negra que anida en su historia, la cual no se diferencia en demasía a las andanzas en la forma (que no en el fondo) de algunos de los asesinos en serie reales más celebres de nuestra historia. Por desgracia, esta nueva vía abierta para el género por el director de Pánico en el Transiberiano paso inadvertida en su época, no siendo recuperada, aunque a duras penas transitada, hasta años después por productos del nivel de El huerto del francés (1977) de Jacinto Molina, El crimen de Cuenca (1979) de Pilar Miró, o la recordada serie televisiva La huella del crimen de Pedro Costa, todos ellos basados en hechos reales, dato este último que viene a reafirmar la verosimilitud de la propuesta de Martín.

 

El nuevo montaje

Debido a su temática, Una vela para el diablo sufrió de numerosos cortes por parte de la Censura franquista, que si bien no consiguieron eliminar completamente todo su mensaje subyacente, sí que lograron desfigurarlo en gran medida. Estos cortes, además, también acabaron por afectar de forma negativa a la vida comercial del film, cuyos derechos de distribución habían sido vendidos en un principio a numerosos países en el mercado de Cannes. Pero una vez realizadas todas las modificaciones indicadas por el órgano censor y enviadas estas a los distintos compradores internacionales, la mayoría deshicieron el negocio al considerar que los cambios realizados afectaban a la calidad final de la película.

eugenioPor fortuna, hace escasas fechas se ha podido recuperar un montaje más aproximado al originalmente concebido por Eugenio Martín (1). Dicho montaje ha sido posible gracias a la colaboración de la Filmoteca Española, en cuyo archivo se halló el negativo amputado en su día por la Censura, y el festival granadino de cine clásico Retroback, que en su primera edición, y con ocasión de la retrospectiva dedicada a la carrera del director ceutí, se hizo cargo de los gastos de la nueva copia en celuloide, cuyo estreno se produjo el domingo 25 de enero de 2009 durante el desarrollo de dicho festival, en una proyección que contó con una presentación a cargo del propio Martín.

Las principales diferencias entre esta nueva edición y la estrenada en cines en la década de los setenta radican en la inserción de algo más de dos minutos de planos inéditos hasta la fecha. La incorporación de estas imágenes censuradas en su día al montaje ya conocido, han redundado, con toda lógica, en una mayor claridad en cuanto a las auténticas intenciones críticas con las que el film fue alumbrado. Pero no solo eso, ya que con su inclusión, el conjunto se ha visto beneficiado con un  ritmo narrativo más sostenido que el que con anterioridad poseía, derivando todas estas mejoras en una obra de mayor consistencia que la hasta ahora vista.

foto4Este montaje, aparte de en el mentado Retroback, ya ha podido ser visto en algún pase de la Filmoteca Española, si bien lo deseable sería que algún sello videográfico de este país apostara por acercarlo al gran público a través de una edición que estuviera a la altura de las circunstancias. Tal vez así, y más allá de la reivindicación a la que está siendo objeto de un tiempo hasta parte desde ciertos sectores de la crítica cinematográfica especializada de este país, Una vela para el diablo consiga recuperar el sitio que por derecho le corresponde dentro de la historia del cine español.

 

José Luis Salvador Estébenez (Madrid. España)

 

(1) "No sé hasta qué punto es la versión completa de Una vela para el diablo, porque tuve que cortar tantas partes de la película...", declararía el realizador con motivo del estreno de esta nueva versión.


Ficha técnica

Dirección: Eugenio Martín. Productores: José María Ramos, Eugenio Martín. Guión: Antonio Fos, Eugenio Martín. Fotografía: José F. Aguayo. Música: Antonio Pérez Olea. Montaje: Pablo G. del Amo. Efectos especiales: Pablo Pérez. Intérpretes: Aurora Bautista (Marta), Esperanza Roy (Verónica), Judy Geeson (Laura Barkley), Vic Winner [Víctor Alcázar] (Eduardo), Lone Fleming (Helen Miller), Blanca Estrada (Norma), Loreta Tovar (May), Montserrat Julió [acreditada como Julia Montserrat] (Beatriz), Fernando Villena (Médico), Fernando Hilbeck (Alcalde), Carlos Piñeiro (Luis), Diego Hurtado... Nacionalidad y año: España 1973. Duración y datos técnicos: 85 min. color 2.35:1.

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