Como ya va siendo habitual, y por séptimo año consecutivo, se ofreció en Madrid la Muestra Syfy de Cine Fantástico, y una vez más en el excelente cine Palafox como escenario. Hacia allí se trasladó un grupo de pasadizo.com para asistir a las proyecciones, y aquí tenéis las impresiones que en nosotros causó el evento.
Jueves 25
Así pues, el jueves 25 de marzo a las 10 de la noche se inauguró lo que viene a ser el mejor sustituto de un festival de cine que tenemos en Madrid. Sabe a poco, pero como se suele decir: menos da una piedra. Desde los tiempos del IMAGFIC, en los, cinematográficamente hablando, gloriosos años ochenta, cuando aquel festival que tenía su sede en Madrid y se consagraba al cine fantástico (antes de la degeneración generalista que supuso su muerte en la década de los noventa), no había ningún evento como éste. Año tras año se organiza un largo fin de semana, que dura de jueves a domingo, y donde los aficionados al fantástico, que en Madrid son miles, tenemos su cita obligada. Una cita donde no sólo se va a ver películas, sino para encontrarse con los amigos de afición, donde charlar un rato y compartir ese amor por el cine fantástico.
Como en los anteriores años, la sala del Cine Palafox se encontraba a reventar, con la presencia en la sala de gentes del mundillo como los directores Paco Plaza y Paco Cabezas, o el crítico Roberto Cueto, entre otros. En Madrid estamos viendo cómo la asistencia a una proyección durante la Muestra se convierte en una experiencia de grupo, donde se percibe la unión y la empatía que se crea entre todos los asistentes, que no olvidan vivir la película como un divertimento al que entregarse siempre dentro del respeto bien entendido, salvo detalles puntales.
Este año el habitual bono o acreditación se sustituye por una pulserita de papel, como esas que te ponen en los parques temáticos, y que debes llevar todo el fin de semana (durmiendo y duchándote con ella) para asistir a las distintas sesiones. Quizás es un sistema un tanto molesto, aunque mucho más barato para la organización. Tiene la desventaja, por ejemplo, de que un grupo de amigos no puedan repartirse las distintas entradas de uno bono para asistir a las sesiones a las que una misma persona no puede asistir. Por otro lado, da gusto (y un poco de pereza) ver esas inmensas colas en la puerta de un cine, algo ya, hoy por hoy, casi una experiencia olvidada, obligando a estar dispuesto a pelearse por la mejor butaca. Algo que también merece la pena destacar, desde un punto de vista negativo, es el sistema de subtítulos. Estos se sitúan en una pantallita electrónica debajo de la pantalla donde se proyecta la película, con letras luminosas y de muy pequeño tamaño (como en la Filmoteca Nacional), lo que en un cine cuyas butacas no están dispuestas en grada significa que la visibilidad de los mismos no sea todo lo adecuada que se podría desear. Con todo, esperemos que esta Muestra SyFy, algún día, se convierta en todo un Festival de Cine, con letras mayúsculas, que es lo que necesitamos en Madrid.
Y a continuación se nos ofreció la sesión inaugural de la Muestra con The Crazies (2010). Es bien sabido que en buena parte del cine de George A. Romero es posible detectar una tendencia clara por hacer hincapié en el lado sórdido de las reacciones humanas ante situaciones extremas. En The Crazies [dvd: Los crazies; vd: Los crazies / Contaminación demencial, 1973], tal vez una de sus películas menos populares, proponía una incursión en el comportamiento tanto de los habitantes de una población como de las fuerzas, en principio, protectoras de la seguridad y el bienestar ante el alarmante caos originado por la locura repentina. Centrándose en el microcosmos de un reducto, el director incidía en el desastre ocurrido en una pequeña comunidad, en donde los componentes de la misma se convierten en sádicos dementes con impulsos devastadores. Y, sobre todo, situaba su mirada en los garantes del orden, que aparecían para, en teoría, resolver la crisis. Científicos y militares, al auxilio de los ciudadanos. Pero hete aquí que, en lugar de suponer una ayuda, se constituían en una fuente mayor de problemas. Como en sus películas acerca de los muertos vivientes, al final la principal amenaza para el hombre de la calle no era el virus o los zombis, sino las radicales medidas adoptadas por uno de los tentáculos del poder gubernamental, formado por uniformados expeditivos y sin escrúpulos que cumplen órdenes, ya sean castrenses o discípulos de la ciencia.
Prolongando el filón de los remakes, ahora surge una actualización de la cinta setentera de Romero, que aquí ocupa el puesto de productor ejecutivo. Breck Eisner es el encargado de tomar el relevo y dirigir esta versión que, como rasgo más llamativo, cede el protagonismo a los ciudadanos afectados por la locura, mientras que otorga un papel más secundario a los componentes del sector militar y científico, siendo tratados como una especie de abstracción, como una fuerza diabólica impersonal y sin rostro que no sólo provoca el origen del desastre, sino que, además, lo empeora al no dudar en exterminar a la población civil. Por lo tanto, los protagonistas (el sheriff, su oficial ayudante y la esposa embarazada del primero) huyen del foco al no poder confiar en nadie. Son supervivientes en un mundo que ha perdido la razón y que se encamina a un probable apocalipsis cuyo detonante no es otro que el propio ser humano.
Es evidente que este remake ostenta una factura técnica muy superior al modesto filme de Romero, rodado a partir de un bajo presupuesto y escasos recursos, lo que se traducía en texturas visuales ásperas, escenarios limitados y un tono campy hoy desfasado. Breck Eisner, realizador de “The Sacrifice”, un muy discreto capítulo de la serie de televisión Fear Itself (2008), toma la determinación de expandir el original al ofrecer una panorámica más general y completa de un estado de las cosas que se encuentra sumido en el horror. Sus medios, obviamente, son superiores y más avanzados.
Sin embargo, The Crazies no escapa de su esclavitud a una fórmula tópica que hoy en día parece de obligado cumplimiento en el cine comercial de género fantástico. Me refiero a las constantes concesiones, ya muy repetitivas, a un público ávido de acción, efectismo y movimiento permanente. El relato no respira, no se concede pausa ni reflexión, y avanza a partir de una serie de escenas de acción previsibles hasta el hastío, en las que es habitual que en el último segundo se salve el personaje principal de turno que está en riesgo de muerte. Y en cuanto a la retahíla de sobresaltos, otro de los aspectos que parecen impuestos en estas producciones resulta, también, cansina la obsesión por recurrir a los sustos falsos y prefabricados según el manual de lo fácil. Con ello, el fin no es otro que el de alterar, sin conseguirlo, al espectador.
Asimismo, el devenir de los protagonistas está compuesto por una serie de retos y combates que se presentan a su paso, de modo que simplemente han de ir superando una cadena de variados obstáculos. Impera la espectacularidad vacía sobre la tensión, el suspense o la incertidumbre que podrían haberse originado. La definición de los personajes se efectúa a brochazos y las relaciones entre los mismos se antojan básicas, así que su integridad no importa demasiado y su camino, plagado de peligros, se entiende como un peaje rutinario, sin acicate. A pesar de la labor en los papeles principales de Timothy Olyphant (presencia básica en la serie Deadwood; 2004-2006) y Radha Mitchell, dos actores eficaces, éstos se constituyen en simples figuras en escapatoria que no son más que peones necesarios y, asimismo, pilares frágiles de una narración preocupada en aparentar y no ahondar.
Sin ir más lejos, se me antoja que el remake jamás iguala, en grado de perturbación, a la secuencia de arranque del endeble filme original de Romero, que consta de una agresión en el seno familiar y un incendio. Allí, la crudeza del suceso y el juego que su director propone al público en forma de punto de vista infantil provocan una incomodidad revestida de verdadera perversidad que The Crazies, en su artificiosa versión de 2010, no alcanza en ningún momento.
Viernes 26
A las 17:15 comenzó el programa con la clásica muestra de cortos, rescatados de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, y que fueron presentados por su director, José Luis Rebordinos. Su presentación fue interrumpida con merecidos aplausos cuando mencionó que era sorprendente (vergonzoso, añadiría yo) que en Madrid sólo hubiera podido prosperar un festival de cine fantástico por iniciativa privada, y que ningún organismo estatal velara por apoyar de algún modo alguno, tras la defunción años atrás del Imagfic. Pasando a los cortos, estos fueron Arbeit für Alle (Alemania, 2008) (Premio del Público en la Semana / Competición internacional), rodado al estilo de un documental televisivo, y de temática zombi, que parte de una idea graciosa que, en cuanto se pone sobre el tapete, se agota, terminando por quedar estirado en exceso, defecto de la mayoría de los cortos exhibidos; Barbee Butcher (Holanda-República Checa, 2008) (Premio del Jurado / Nominado al Méliès de Oro Mejor Corto europeo), sin embargo, no sufre problema de extensión, dado que no llega al minuto de metraje, ofreciendo un pequeño sketch rodado en stop-motion, y que es por completo insignificante; Barbie Girls (Francia, 2009) pretende ser un homenaje-parodia al cine de psycho-killers de los 70, haciéndose agotador en su humor pueril y, de nuevo, excesivamente estirado; King Crab Attack (Francia, 2008), también es una parodia-homenaje, esta vez al cine de monstruos mutantes de los 50, y rodado con estructura de trailer que, para reincidir, arranca de un modo sumamente prometedor para perderse en su alargada letanía; The Last Breath (Reino Unido, 2009) es, posiblemente, el mejor de todo el conjunto, una especie de homenaje (sí, otra vez), ahora tratado en serio, al cine de catástrofes ecológicas de los 70, en el que la atmósfera se hace irrespirable (en el sentido argumental), aunque el conjunto se ve algo carente de intensidad; Paris by Night of the Living Dead (Francia, 2009) es una más de zombis que, de nuevo, tras exponer las cartas del juego, se agota enseguida, ofreciendo tres finales consecutivos que desinflan aún más las escasas ideas; Touchdawn of the Dead (Bélgica, 2008) vuelve con zombis, esta vez con una más que mediocre animación, y que no aporta el menor interés; y terminamos con el agotador en muchos sentidos Amona Putz! (España, 2009) (Premio del Público en la Semana al Mejor Corto español), corto vasco que se hace sumamente cargante por su banda sonora, ininterrumpidamente ruidosa, y que, una vez más, tras el chiste que podría servir de colofón sigue adelante para subrayar lo ya expuesto. Una selección, pues, pobre, con la excusa reiterada del humor para simular las carencias narrativas, y con los gags alargados en demasía, como se ha dicho. En todo caso, pese a su discreción, el nivel era algo mejor que el de la selección del año pasado.
A las 19:00 se ofrecía el film Cargo, pero antes se nos coló otro corto, Lo siento, te quiero (2010), dirigido y escrito por la presentadora de los eventos, Leticia Dolera, que podría definirse como una plasmación del universo de David Lynch destinada a seguidoras del universo de Crepúsculo.
En cuanto a Cargo, que se visionó en una copia a la que el sonido se le fue en unas cuantas ocasiones durante un segundo, amén de digitalizarse la imagen un instante (y que llevaba unos gruesos subtítulos incrustados en inglés en las franjas negras), es una película más dirigida por un dúo, como parece haberse puesto últimamente de moda, aunque en este caso no se trata de hermanos. La peculiaridad proviene de que, en el caso de ambos realizadores, ofrecen esta ópera prima tras rodar un cortometraje, así, Ivan Engler con anterioridad realizó y escribió Nomina Domini (2000) –amén de co-producir y encargarse del sonido, que en la presente está muy trabajado-, que era un corto de veintidós minutos de terror y ciencia ficción, “un cuento oscuro sobre nuestra creciente dependencia con la tecnología”, lo cual, por cierto, también podría aplicarse a Cargo, y premiado en la Semana de Cine Fantástico de Málaga. Ralph Etter, por su parte, escribió y dirigió Wackelkontakt (2004), un corto de veinte minutos de carácter dramático.
Cargo es una película de ci-fi dura, es decir, no tenemos monstruos ni batallas, sino al ser humano enfrentado a sí mismo. Narra un lento (para muchos espectadores de la Muestra demasiado) vuelo espacial en el cual los pasajeros viajan en un sueño criogénico (se asisten de respiradores artificiales y se sumergen en una espesa sustancia orgánica), mientras uno de ellos permanece despierto, por turnos, para llevar el mantenimiento. Laura Portmann es un oficial médico que sólo busca reunir el suficiente dinero para trasladarse a un distante planeta, Rhea, donde vive felizmente su hermana con dos niños; la Tierra ha quedado inhóspita, y la sociedad humana de ese siglo XXV se halla hacinada en bases espaciales que orbitan en el vacío. Mientras Laura pasa las horas muertas con su rutinario trabajo, con el resto de la tripulación criogenizada, de pronto oye ruidos que la confirman que no está sola...
Gran parte de la película se centra en la exploración de esa nave espacial que conduce a los viajeros, ahora despertados de su sueño tras percibir que hay algo más en el navío, como en Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), de Ridley Scott, con sus recovecos, oscuridades y compartimentos desconocidos. Así, Cargo crea un thriller futurista y claustrofóbico, con una atmósfera densa y angustiosa, en que la frialdad del entorno se siente casi de un modo físico. Así, la estética del film, tal como ciertos elementos dramáticos, parece remitir a clásicos de la ciencia ficción soviética, con Solaris (Solyaris, 1972), de Andrei Tarkovsky, a la cabeza. El arranque, tras esos ecos referidos a Alien, parece evocar argumentalmente con cierta fuerza a Pandorum (Pandorum, 2009), del alemán Christian Alvart (la presente película, por cierto, está hablada en alemán), pero pronto se desvía de ese curso, y hace rememorar ciertas ideas del universo de Philip K. Dick.
El problema de Cargo es que, cuando se pone a contar cosas, la sensación de déja vu es constante, pues picotea de muchas fuentes dramáticas para componer su discurso, a lo cual se adhiere una historia de amor que es lo peor de la película. Sin embargo, en cuestión de atmósferas, ambientes y entornos el resultado es muy positivo, y pese a esas dispersiones narrativas, nos hallamos ante un film notablemente interesante, que puede aburrir a un espectador más acostumbrado a otra forma de relatar, pero que si logra uno sumergirse en el pausado discurrir por el espacio de Kassandra se encontrará con una muestra notable de ciencia ficción.
A las 21:30 horas se proyectó, desenfocada, la inglesa The Dissapearance of Alice Creed (2009), de J. Blakeson, e interpretada por Gemma Arterton, Martin Compston y Eddie Marsan; y nadie más. Ante este producto, el espectador se preguntará ¿qué hace un thriller en una muestra de cine fantástico?; más aún, ¿qué hace un thriller tan malo?
J. Blakeson es el guionista de The Descent 2 (2009), de Jon Harris, que curiosamente se exhibiría justo después, y que también ha escrito otros libretos, entre ellos los de sus dos cortometrajes previos como director, Pitch Perfect (2005) y The Appointment (2009), el segundo de ellos con ciertos puntos de contacto con la presente. The Dissapearance of Alice Creed arranca muy bien, articulando tres escenas concisas y enérgicas por medio de briosas elipsis. Lo malo es lo que viene después, puesto que esa concisión desaparece, tornándose todo discursivo en exceso.
La premisa se centra en el secuestro al que es sometida Alice Creed, hija de un millonario, y por la cual se solicitará un rescate. Eso es todo; lo demás transcurre casi en su totalidad en un piso de dos habitaciones, una de ellas destinada a mantener encerrada a Alice. Ahí, las relaciones entre los tres personajes se articularán, derivando de forma paulatina en los terrenos del mayor de los ridículos. El film supone una especie de mezcla entre el cine de Danny Boyle –el arranque recuerda notoriamente al de la mediocre Una historia diferente (A Life Less Ordinary, 1997)- con el de Quentin Tarantino –por el uso de una constante y tonta verborrea con el fin de, en teoría, desarrollar los personajes-.
Hacia la mitad hay un tremebundo golpe de efecto que se pretende ingenioso y provocador, y que sólo incita a la carcajada más estentórea, amén de resultar previsible, como por otra parte el resto de los giros de este vacuo y pomposo guión desarrollado con una estructura teatral en el sentido de sus entornos y con una estructura televisiva en lo que al empleo de la cámara se refiere. Un film patético y risible, pese a su solemnidad, que sinceramente no sé qué pintaba en la Muestra: tan pocos días disponibles, y uno de los pases se emplea en una película que no es del género y, además, de interés tan discutible.
Al fin, a las 23:30 horas, rondando la medianoche, el público más gamberro siempre se dispone a levantar los ánimos intentando interactuar con las imágenes de la pantalla y riendo con los chascarrillos y chistes a viva voz de algunos asistentes, que cuentan con la complicidad del resto del público. En esta noche del viernes se esperaba con interés la segunda parte de The Descent (The Descent, 2005), una correcta salvajada de Neil Marshall que goza de una extraordinaria popularidad entre los fans del terror, así pues aquí tenemos esta The Descent: Part 2 (2009), ahora dirigida por Jon Harris. La secuela no podía empezar de peor manera y sin tener en cuenta el final abierto de la primera parte se recupera a la protagonista de ésta para introducirla de nuevo en las cuevas un día después de salir, sin esperar su recuperación ante un suceso tan traumático. Un punto de partida bastante idiota que deja en evidencia la falta de cohesión argumental con la que se ha afrontado esta secuela, cuya trama es una simple excusa para elaborar un remake pobretón, sin la tensión de su predecesora.
Los personajes carecen de ningún interés y su ausencia de motivación deviene en un tedioso desarrollo donde los pretendidos momentos claustrofóbicos son una mala copia de los que se encontraban en la pieza original. Ya sin el factor sorpresa de las criaturas, el espectador va por delante de los exploradores, esperando el momento en el que los hombres rata hagan su aparición estelar. Esta circunstancia ni siquiera es aprovechada en un guión que tiene prisa por separar a los personajes con cualquier pretexto que pueda justificar escenas de ataque simultáneas. Cuando los monstruos empiezan su festín, la película ha perdido cualquier interés y el festival de violencia y mutilación llega tarde pese a su indudable efectividad gore. Los maquillajes y efectos especiales son tangibles y gráficos, ideales para generar el delirio en este tipo de muestras, pero incluso en un producto de estas características se debe exigir un mínimo de fluidez narrativa para poder mantener la atención.
Tras algunos giros argumentales desatinados (incluida la aparición, tan campante, de un personaje muerto en la primera parte), la odisea acaba de forma calcada a la cinta previa, salvo que añade un absurdo añadido final sin ningún sentido. The Descent 2 es una secuela insípida sobre una idea que podría dar pie a una continuación mínimamente más original, desde explorar la biología de las criaturas a cambiar de escenario o de estereotipos... Hay tantas posibilidades que hacen difícil pensar en seguir la misma ruta por los mismos túneles, esta vez con roca de cartón piedra, adrenalina a medio gas y sangre a borbotones.
Sábado 27 de marzo
Este día comenzó con una sesión matinal a las 12:00, con un pase en el cual los bonos no valían, y había que pagar aparte, o entrar por medio de invitación. En él se proyectaba, y además en versión doblada, la película La niñera mágica y el big bang (Nanny McPhee and the Big Bang, 2010), de Susanna White, con guión y protagonismo de Emma Thompson. Como de esta película ya hemos hablado, con motivo de su estreno, remitimos al lector a esa reseña.
Tras la comida, a las 16:00 horas se proyectó la película franco-belga Amer (2009), dirigida y escrita por Hélène Cattet y Bruno Forzani, con un plantel interpretativo formado por Bianca Maria D’Amato, Marie Bos, Charlotte Eugène Guibeaud o Cassandra Forêt. La sinopsis con la cual se nos presenta este producto es la que sigue:
“Alguien observa a una niña a través de la cerradura de una puerta. El viento levanta tenuemente la falda de una mujer bajo la mirada de un grupo de hombres. La fantasía de un vestido que se desgarra. Compuesta por fragmentos –de ojos, luces, sombras, gestos— y sin diálogos, Amer se adentra en la vida de Ana, a camino siempre entre lo real y lo imaginario.”
En realidad se trata de una especie de giallo, aprovechando tanto la estética como la calidad sonora del mismo, en lo que se refiere a las melodías como al reforzamiento de los efectos de sonido. Sólo que rodado a medio camino entre el cine experimental y los ejercicios audiovisuales para exposiciones y museos, con bastante del lenguaje del spot publicitario, con lo cual el resultado es casi como un anuncio de Cinzano de hora y media de duración. Es falso que carezca de diálogos, en realidad sí dispone de ellos, pero en muy escasa cantidad, y la banda sonora se caracteriza por unos sonidos hiper-acentuados (el ruido de una verja, una gotera, el balón de un niño) que llegan a resultar obsesivos e incluso molestos físicamente. El film se pretende complejo y arriesgado, pero es el clásico ejemplo de pedantería insufrible, totalmente vacuo y plagado de metáforas de lo más pedestres.
Después, a las 17:50 horas se nos ofreció el anime nipón Summer Wars (2009), de Mamoru Hosada. Es verano, y Kenji, que trabaja como informático para el virtual mundo de Oz, es invitado por la chica más popular del instituto a la casa de su expansiva familia. La razón es que pretende hacer pasar a Kenji por su novio debido a una promesa realizada a su bisabuela. Pero las cosas se complicarán tras su llegada, ya que tendrán que enfrentarse a una fabulosa aventura en un mundo de fantasía junto al resto de la familia.
Un grande de la animación como Satoshi Kon ha planteado a lo largo de su obra de qué manera esa identidad, que asumimos un tanto superficialmente apelando al yo o al nosotros, puede tambalearse cuando entra en contacto con otros espacios en los que la identidad es una sustancia mutante e inestable. Una herramienta de cohesión social como Internet acaba, en la mayoría de los casos, desdoblándonos hasta el infinito, hasta que nuestra imaginación sea incapaz de crear un nuevo alias bajo el que camuflarnos. Y en ese proceso parece que hay un momento en el que alcanzamos un punto en el que casi somos incapaces -ni tan siquiera apelando a nosotros mismos- de reconocernos tras los que hemos escrito, tras nuestro discurso. Es una idea interesante por las ramificaciones que supone aplicarla sobre los entornos virtuales, cada vez más presentes en la vida diaria.
A pesar de su regusto familiar, Summer Wars (Samâ wôzu, Mamoru Hosoda, 2009) es un buen ensayo sobre el peso de las redes sociales en la sociedad contemporánea. Aquí, Facebook pasa a llamarse Oz y, en su visualización, Hosoda recurre a las texturas animadas más características de Takashi Murakami, principal impulsor del Superflat Manifesto, para quien Hosoda ha trabajado como director de cortometrajes en las varias colaboraciones entre el artista japonés y la firma Louis Vuitton. Oz es así el continente de todos los elementos que constituyen la sociedad y, claro, una vez es hackeado, la sociedad corresponde con un seísmo de idénticas proporciones que pone en alerta sobre la deriva tecnológica tomada.
Lo interesante del filme de Hosoda no es sólo que cuestione si la relación entre mundo real y mundo virtual beneficia o no a la sociedad. De hecho, es más interesante observar cómo, en un momento determinado, son los elementos del mundo virtual -irracionales cuando dejamos de entenderlos como herramientas- los que saltan al mundo real y lo infectan, como si se tratase de ese ambiente angosto de Paranoia Agent (Môsô Dairinin, Satoshi Kon, 2004). Por eso, Summer Wars amalgama el talento en el trazo que exhiben todos los productos de Madhouse, pero también ahonda en la frágil relación que mantenemos con Internet y que, paradójicamente, capitaliza a pesar de todo nuestro devenir por el mundo. Algo así como existir en el mundo cuando formamos parte de la versión beta de un programa.
Y después, a las 20:00 horas, tuvimos ocasión de presenciar Vengeance (título internacional para la hongkonesa Fuk Sau, dirigida en 2009 por Johnnie To y con un reparto integrado por Johnny Hallyday, Sylvie Testud, Anthony Wong, Lam Ka Tung, Lam Suet.
Vengeance constituye una nueva prueba del extraordinario talento de Johnnie To como estilista de primera categoría y reversionador del cine por el que el realizador profesa una rendida admiración y cuya influencia se estima importante en su extensa producción. En este caso, son obvias, de hecho, las referencias a la obra de Jean-Pierre Melville, que de igual manera también están presentes, por cierto, en otras películas de su filmografía como Exiled (Fong juk, 2006). No en vano, en Vengeance queda clara constancia de lo expuesto si atendemos al nombre del protagonista, llamado Costello, al igual que el hierático y metódico killer interpretado por Alain Delon en El silencio de un hombre (Le samouraï, 1967). Un guiño directo y explícito que evidencia el homenaje de To a un clásico ineludible del polar francés que ha creado escuela.
Es indudable que Vengeance es una película tremendamente personal, pues en ella encontramos representados todos los rasgos, a modo de recopilación, que definen al excepcional cineasta hongkonés. A saber: la estilización visual, la composición del porte y aspecto de los personajes, la camaradería entre los mismos, el virtuosismo en la coreografía de la acción, la elegancia de las formas y las transiciones entre escenas, la suavidad del movimiento de los elementos que aparecen en el encuadre, el aprovechamiento de los espacios como campo de maniobras, la manipulación del tiempo, la épica del sacrificio, la íntima humanidad de unos seres que sólo la sugieren, las pinceladas cómicas, el gusto por la ritualización del enfrentamiento, la apuesta por los actos y silencios como medio fundamental de expresión definitoria… Lo cierto es que To hiperboliza y depura las características de su creación, y el saldo que obtiene es el de haber construido un ejercicio de estilo neo-noir que aúna diversión, espectacularidad, violencia, excesos visuales y hasta un romanticismo hacia las figuras icónicas, que actúan según su total lealtad a una causa.
Desde los postulados del western crepuscular y el noir, el propio protagonista, interpretado por un Johnny Halliday idóneo para el rol, se erige en un pétreo héroe misterioso de rostro ajado y carácter lacónico, envejecido, venido a menos y con problemas graves de memoria. Un samurai fuera de su tiempo que, precisamente por sus limitaciones y su inferioridad de condiciones respecto al enemigo, emociona en su devenir ya que, según avanza en su obsesiva cruzada, es más conmovedor su propósito. No puede romper su juramento, así que su obligación es llegar hasta las últimas consecuencias. Nada más le queda. El ajuste de cuentas propio de un kamikaze es la esencia de una venganza desesperada, suicida. Y la contemplación del mar como fase de absoluta paz que precede al todo o nada es un instante de fascinación que supone un paréntesis melancólico en el relato.
Pero quizás el mayor atractivo de la película resida en el brillante encuentro que propone To entre lo viejo y lo nuevo, entre los géneros, entre las culturas. Es decir, el añejo estereotipo melvilliano (encarnado, claro, por Costello) y las modernas triadas de Hong Kong. O, en otras palabras, el polar clásico francés y el nuevo thriller de acción hongkonés, a lo que se une el crepúsculo norteamericano en el que se sume el universo de Sam Peckinpah. Es por ello que existe, además, una mezcolanza cultural que une a Oriente y Occidente y que también se plasma en lo formal: el hieratismo y la metodología del protagonista, herencia europea, se combina con la escenificación hiperestilizada, lúdica, explosiva, de los tiroteos contemporáneos. Una confrontación, pues, de diferentes épocas, estilos, nacionalidades, corrientes y sensibilidades que desemboca en un todo revisionista que se estima homogéneo y complementario.
Johnnie To continúa conformando una obra prolífica y que se amplía rápidamente. Su trabajo con las herramientas formales es cada vez más destacado. Sublima la acción, domina las pausas, recrea estampas líricas y modela a sus personajes como entes míticos integrados en el mundo del crimen. Su virtud es muy reconocible en algunas escenas que resultan maravillosas, como el tiroteo nocturno al son de la luz de la luna, el enfrentamiento en territorio abierto tras balas de residuos con el aire suicida y trágico de Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969) o el mano a mano final en cuya resolución el papel de un abrigo es fundamental, lo que se entiende como un detalle delirante más a sumar a este gran filme-resumen de un realizador, hoy en día, único.
Y a las 22:15 horas, para los que vinieron de la proyección de la simpática Vengeance y entraron a la siguiente sesión sin apenas tiempo para una cena frugal con la que recuperar fuerzas, debía ser importante el pase de Splice (2009). Sus imágenes promocionales prometían una monster movie interesante y, pese a que su estela de promesa del fantástico ya le queda más bien lejana, el canadiense Vincenzo Natali todavía ofrece cierta confianza tras dos mediocres incursiones en la sci-fi que no han hecho olvidar que fue el artífice de la célebre Cube (Cube, 1978). Su nueva obra no sólo no revalida su debut, sino que pone en evidencia que aunque vaya sobrado de imaginación esto no es lo único necesario para hacer cine.
Durante un primer tercio interesante y bien planteado, Natali consigue crear una sugestiva epopeya científica con criatura que promete una aproximación cercana a Cronenberg sobre los límites de la ética cuando el hombre domina los mecanismos de la creación a partir de material genético. La contigüidad al ambiente de trabajo de los jóvenes biotecnólogos y el mundo de las empresas que los financian se nos muestra a través de una joven pareja a la que, pese a su brillante trayectoria, no se les permite seguir adelante con sus experimentos, al comenzar a adentrarse en pruebas que ponen en duda la moralidad de su compañía. La decisión de seguir con su proyecto tendrá consecuencias y el híbrido resultante se interpondrá en sus vidas y en su propia relación. Y es que, cuando el bicho crece, los límites entre la parodia y el drama se hacen ininteligibles y se duda si realmente las situaciones de humor son intencionadas. El personaje interpretado por Sarah Polley se empieza a comportar como una madre neurótica, Brody sobre-reacciona y la cosa acaba en naufragio. Un absoluto despropósito, que aporta diversas situaciones al límite que, lejos de crear polémica, causan desconcierto y ridículo. Incluso los giros finales que buscan acercarse al horror acabaron en risas en la platea.
En el lado positivo, la película puede funcionar a modo de comedia y, como poco, no deja del todo indiferente. Resulta frustrante ver cómo un buen arranque y una buena facción técnica se desperdician en una tontería que se pierde dentro de una deriva narrativa que maneja a sus personajes conforme a su planteamiento sobre el papel, sin dejar que cobren vida de forma natural, de acuerdo a lo que sucede a su alrededor. Un resultado final muy decepcionante lastrado por desmanes y desmadres gratuitos que, por si fuera poco, dejan escapar un ligero tufillo a autocomplacencia. Esperemos que el señor Natali repase de nuevo cómo se hacía una serie B sólida antes de intentar pretender estar por encima.
A las 00:20 horas, al fin, terminó la jornada con The Children (2008), film inglés de Tom Shankland en el que un joven matrimonio, junto a sus hijos, entre los que se cuenta una adolescente, se traslada en coche a pasar la noche de año viejo a una casa apartada en la nieve. La casa la habitan la hermana de la mujer, su marido, y los hijos de estos. La alegría de la unión familiar va dando paso paulatino a algo escalofriante cuando un extraño virus parece atacar a los niños...
Tom Shankland es un joven realizador británico que, tras rodar tres cortos (dos de los cuales fueron galardonados por el BAFTA) pasó a la televisión, donde filmó episodios de algunas series, así como telefilmes; uno de estos últimos fue dedicado al personaje de la señorita Marple de Agatha Christie. Su debut en la pantalla grande aconteció con WΔZ (W Delta Z, 2007) un thriller que parte de moldes clásicos para casi incursionar en el horror. Aquí, con The Children (2008), penetra ya totalmente en las barreras de este. Todo ello, partiendo de una premisa diríase archi-sobada como es la de los “niños malvados”. La originalidad de la propuesta de Shankland es, por un lado, el entorno, y por el otro el fondo. Así, la acción tiene lugar en un amplio espacio, con luz diurna, e iluminado además por el fulgor de la nieve. Estamos seguros de que situado lo mismo en otro entorno no dispondría de idéntica fuerza. Shankland, además, articula un ejercicio narrativo a partir de los contrastes que suponen elementos relacionados con momentos que tenemos entrañables, como los juegos infantiles, las reuniones familiares, la acampada en la nieve, los viajes en trineo... Shankland se dedica a demoler por completo esas ideas y otras, como veremos.
El otro elemento que decíamos es el fondo. El realizador y guionista se sirve de esta historia de horror para efectuar una reflexión sobre la deconstrucción familiar. La primera escena, tras unos pocos planos del viaje, es la reunión de ambas familias junto a la puerta del hogar, alborozadas, excitadas, entusiasmadas; sin embargo, después de la cena y estando cada matrimonio en su dormitorio, los comentarios despectivos hacia el otro no tardan en aparecer. Shankland reflexiona sobre la hipocresía de estas reuniones familiares y pone en tela de juicio las relaciones que vinculan a unos personajes por el mero hecho de compartir la misma sangre (además, juega de un modo inteligente, sin subrayarlo en exceso, con la atracción física que existe entre tío y sobrina adolescente). Una vez comienzan a acontecer los sucesos terribles, la desconfianza de unos hacia otros no tardará en llegar. Todo ello, además, jugando con cierta ambigüedad: no queda claro al principio lo que sucede, y los sucesos se vislumbran (por parte del espectador, por parte de los otros personajes) de forma fragmentada, de tal modo que todo pudiera hacer malinterpretar las situaciones. Inclusive atacante y atacado no quedan del todo claros entre la nívea claridad.
Shankland narra todo de forma calma, tomándose su tiempo, buscando crear atmósfera antes que sumergirse en la obviedad. Constantes planos de los bosques nevados, algún juguete, una sospechosa mancha en la almohada... Además, hace un excelente uso de la panorámica leve para reforzar la inquietud. Una vez todo se desata alterna elipsis y sugerencias con unos aterradores golpes de violencia, en los que ni siquiera siente pudor en exhibirlos sobre los niños. En este sentido, debe haber sido agotadora la forma de dirigir a los infantes para no conmocionarlos con lo que acontece y poder rodar los planos adecuados, muchas veces planos detalle ambiguos desde la perspectiva de los jóvenes intérpretes. Ello conduce a otra virtud en la puesta en escena de Shankland como es la dirección de actores, y en concreto la de los niños, de una naturalidad franca al inicio, cuando establecen sus juegos, y un resultado escalofriante cuando adquieren el gen del odio; es curioso cómo, muchas veces, cuando efectúan sus ataques, no dejan sin embargo de seguir siendo niños, de plantear todo como un juego.
Conviene seguir con atención la carrera de Tom Shankland (de momento, ha vuelto a televisión para narrar otra aventura de la señorita Marple), pues puede ser un nombre importante en el género si decide seguir vinculado a él. Su capacidad para aunar forma y fondo, y su fuerza para sacar adelante con imaginación situaciones arquetípicas de la temática pueden resultar savia fresca para estos momentos de indigencia narrativa que sufre el cine de terror.
Domingo 28
La sesión del domingo, y última de la Muestra, comenzó a la 16:50 horas con la película estadounidense Cold Souls (2009), escrita y dirigida por Sophie Barthes, y erigida en honor de Paul Giamatti, que estaba acompañado de un buen reparto encabezado por David Strathairn, Dina Korzun, Katheryn Winnick o Emily Watson como la esposa de Giamatti.
Realizar una película de carácter fantástico protagonizada por un actor que hace de sí mismo y donde todo pivota a su alrededor ya se hizo en Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich, 1999), de Spike Jonze. Ahora, el agasajado es Paul Giamatti, que interpreta a Paul Giamatti en Cold Souls (2009), escrita y dirigida por Sophie Barthes, nacida en Francia y criada en el Medio Este y Sudamérica, y que debutó en Ucrania con el corto Zimove vesilya (2004), que co-dirigió con Andrij Parekh, que también escribió, al que siguió otro corto, Happiness (2006), una co-producción entre Estados Unidos y Francia, como la presente, y escrita y dirigida por ella. Estas “Almas gélidas”, pues, son su debut en el campo del largo, que procede de un sueño que contó Woody Allen, y en que veía su alma con el aspecto de un garbanzo, de ahí posiblemente el enorme aspecto que la película ofrece con un posible film escrito y dirigido por el maniático cineasta neoyorquino, algo que a cualquiera que la vea no pasa desapercibido, aún sin conocer el origen de la idea.
Aquí se nos ofrece una clínica que extirpa las almas de los pacientes como si fueran un vulgar quiste; no sólo eso, sino que se pueden alquilar otras por un período de tiempo, o dejar la propia almacenada simplemente, como en un guardamuebles, cuando molesta o incomoda. Idea semejante podría dar lugar a distintas películas con diferentes enfoques, así podría deparar una comedia surrealista desternillante, o derivar en una reflexión de ecos bergmanianos acerca de lo que puede suponer el alma y lo que representa la carencia de esta.
Lo que Sophie Barthes nos depara es algo que picotea en todas partes, sin decidirse por nada, siendo una obra indecisa que, a los escasos minutos de poner sobre el tapete la cuestión que dirime, se agota y cierra sobre sí misma, dando palos de ciego por todo el metraje. Ello cabe unirlo a ideas tan elementales y pueriles como ese bloqueo que sufre Giamatti para interpretar a Chejov; sin embargo, al recibir el alma de una poetisa rusa será capaz de ensayar una escena con una convicción estremecedora. También disponemos de una reflexión sobre la inmigración rusa que, dentro del contexto de la historia, parece como muy postiza y fuera de lugar. Así pues, la cinta ni funciona como comedia fantástica ni como parábola moral ni como nada, vagando su trama, en el ámbito narrativo y geográfico, de un rumbo a otro sin encontrar su lugar. Así pues, el que Paul Giamatti se extraiga el alma, con el aspecto de un garbanzo en remojo, y los problemas que de ello se deriva, a lo que conduce es a una digresión monótona, aburrida y redundante.
Queda, desde luego, un reparto funcional y bien llevado, donde cabe destacar un estupendo secundario de esos cuyo rostro a todos nos suena, pero del que pocos conocen su nombre, David Strathairn, que encarna al doctor Flintstein, y, sobre todo, un Paul Giamatti inmenso e inconmensurable, que aprovecha este vehículo de lucimiento dando oportunidad, gracias a esos juegos con las almas que se trae entre manos, para aportar muy distintos matices que maneja con una facilidad pasmosa. Sólo por él merece la pena ver esta fallida cinta independiente que pretende abarcar mucho más de lo que alcanza.
A continuación, a las 19:00 horas tuvimos la película que para mayo se estrenará en España como Canino (Kynodontas) , aunque es más conocida por el título internacional de Dogtooth, producción griega de 2009 dirigida por Giorgos Lanthimos e interpretada por Christos Stergioglou, Michelle Valley, Aggeliki Papoulia, Christos Passalis y Mary Tsoni, y co-escrita entre el director y Efthymis Filippou. En ella se nos presenta a una peculiar familia formada por un padre, industrial, la madre, ama de casa, y dos chicas y un chico, que viven en una villa campestre; sólo el padre sale del lugar para dirigirse al trabajo, y los chicos no han salido de allí desde su nacimiento.
La película ha gozado de gran cantidad de premios a lo largo de 2009: en Cannes, el premio “Un certain regard”; en el Festival de Montreal, el de mejor película; en el de Sarajevo, el premio especial del jurado y el de la mejor actriz, compartido por Aggeliki Papoulia y Mary Tsoni (que interpretan a ambas hermanas); en el de Sitges, el del carnet joven de jurado y el de director revelación; y en el de Estocolmo, el caballo de bronce. Pese a que uno de los premios sea a “director revelación”, con anterioridad Lanthimos dirigió la comedia O kalyteros mou filos (2001), co-realizada con Lakis Lazopoulos, y el drama Kinetta (2005).
Se trata de una fábula que reflexiona sobre el entorno familiar, donde el cabeza de familia conduce las relaciones con esposa e hijos como si se tratase de una camada de perros amaestrados. La vinculación con estos animales se acentúa por medio del interés que tiene el hombre en incorporar al núcleo familiar a un can, primero acudiendo a un centro de amaestramiento, y luego procurando que su propia esposa dé a luz un cachorro; también ese vínculo se establece ante la idea de que los hijos conseguirán ser adultos una vez se les caigan los caninos. El film, desde luego, es una metáfora, rodada casi en exclusiva en el entorno de la villa en que los personajes habitan, y mostrando una serie de comportamientos chocantes y unos diálogos absurdos, pero planteado ello con una apabullante seriedad, y con la intencionalidad de plantear “grandes temas”.
En cierto modo, podría considerarse que la cinta aporta ciertos puntos de conexión con el cine de Pier Paolo Pasolini en determinados aspectos temáticos, recordando tanto Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) como Teorema (Teorema, 1968), pudiendo considerarse casi una mezcla entre ambas. Sin embargo, con el cine que más conexión parece tener, en su resolución final, es con el de otro italiano, Joe D’Amato (o Aristide Massaccesi, como se prefiera), y en concreto a su última etapa dentro del género pornográfico. Así, tanto las resoluciones visuales, como la capacidad comunicativa, como la dispersión narrativa o las interpretaciones, semejan propias del autor de Rocco e i magnifici 7 (1998), con diálogos absurdos (“El coño se apagó y la habitación quedó a oscuras”), encuadres donde los personajes parecen huir de ellos, centrándose en un trozo de mueble, o las interpretaciones basadas en una gélida frialdad, en especial la de las premiadas hermanas, que recitan sus diálogos de memoria desprovistas de toda emoción y tono, con toques casi bressonianos.
Canino es, en definitiva, la clásica película pedante que se cree dotada de una enorme complejidad y que se basa en dos ideas pueriles más propias para un cortometraje experimental, desarrolladas de manera interminable de una forma torpe y auto-complaciente, que en su pomposa trascendencia no provoca sino la carcajada más estentórea, típica carne de festival que sólo convencerá a quienes ya están convencidos de antemano, o a quienes aportan por sí mismos la complejidad de la que las imágenes carecen.
Y a las 21:00 horas, el plato fuerte de la Muestra se sirvió de postre. La secuela del remake de la película homónima de John Carpenter se estrenaba en una pantalla española por primera vez más de medio año después de su lanzamiento en Estados Unidos. Una situación inexplicable dada la popularidad del título, de su personaje y los resultados en taquilla de la anterior. Es una lástima que la cinta haya sido ignorada ya que, sin ser ninguna obra maestra, supera con creces a su título precedente. Una vez sentadas las bases de la naturaleza de Myers en Halloween (Halloween, 2007), presentando los hechos de la versión de 1979 de forma realista, sucia y macabra, Zombie expande la historia en Halloween II (2009) obviando las continuaciones de la saga y añadiendo esta vez muchos más elementos de su universo personal. La marca del autor de La casa de los 1000 cadáveres (House of 1000 Corpses, 2003) vuelve a brillar al tiempo que aporta una visión del slasher muy apartada de la mayoría de caminos transitados.
La mitología del asesino en serie real se funde con el estilo salvaje de La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974). Para Rob Zombie, Michael Myers existe, nació y actuó en Haddonfield, pero su caso es popular y cohabita con Dhamer o Henry Lee Lucas. El director estudia su caso con frialdad, admiración y miedo. Su representación del asesino es la de un verdadero hombre del saco: real pero invencible; letal y gigantesco; salvaje y tangible. Un monstruo que funciona como expediente clínico y espectro de carácter icónico al mismo tiempo. Quizás su opción para esta secuela resulte demasiado extrema y alejada del patrón establecido en una saga que ha recorrido ya tres décadas, pero sin duda es la única manera de crear un interés renovado por un género ya enterrado en los noventa. El realizador se niega a mirar al legado de Carpenter: el asesino se desprende mucho antes de su característica máscara y el mítico leit motiv musical no aparece hasta los créditos.
Su reformulación no está exenta de detalles chirriantes. Las apariciones que ve Michael Myers, pese a ser un interesante hallazgo visual, no resultan poderosas en la trama. La situación de Loomis y su papel en el devenir de los hechos están un poco forzados. Tampoco terminan de cuajar el clímax y conclusión con el destino de Laurie Strode. Pese a todo, es estimable el esfuerzo del director, y al menos el conjunto es bastante más compacto que su primera revisión del mito. Se deja sentir la voluntad de devolver el peligro al ver una película de horror. No es cómoda de visionar y la suciedad del grano impregna todo, sin limitase al efectismo en los muy brutales asesinatos. Ultraviolento y sin barreras, Halloween II es uno de los slashers más íntegros estrenados en años.
Y así finalizó un año más la Muestra, que arroja un saldo más bien negativo en cuanto a calidad de películas, y donde destaca para nuestra sorpresa la ausencia de títulos obvios dentro del panorama fantástico para en su lugar ofrecer otros que se alejaban de los parámetros temáticos del evento; dado que sólo se emitieron trece películas (una de ellas un deleznable preestreno infantil, en versión doblada), amén de la selección de cortos, se podría haber ido con más tino en la selección. Eso sí, la respuesta del público fue nutrida y entusiasta, y las interminables colas, título tras título, eran desesperantes, lo que da pruebas de que el público madrileño está esperando con verdadero enardecimiento un festival dedicado al género fantástico, y traga con todo lo que le echen. No estaría mal que para el año próximo los responsables se plantearan algo más ambicioso, un Festival con mayúsculas, con todo lo que ello conlleva, sección informativa, retrospectiva y competitiva, un jurado… Creemos que Madrid se merece eso. Al fin y al cabo, el cine sí es un bien de interés cultural.
Han participado en este Dossier:
Manel Lledó Bertomeu (The Crazies, Vengeance) Carlos Díaz Maroto (Cargo, The Disappearance of Alice Creed, Amer, The Children, Cold Souls, Canino), Óscar Brox (Summer Wars) , Jorge Casanueva Sánchez (The Descent 2, Halloween 2, Splice).
Además, Carlos Díaz Maroto, Juan A. Pedrero Santos (textos de coordinación).
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