El pasado 2 de diciembre Suevia lanzó a la venta en dvd una colección de películas de notorio interés. A continuación ofrecemos un análisis, tanto de los filmes en sí como de las ediciones, de aquellas de las que hemos efectuado una selección.
Cuatro caras del Oeste (Four Faces West)
En un pueblo de Nuevo México, Santa María, mientras Pat Garrett está declamando un discurso victorioso, un hombre llega al banco y roba dos mil dólares, tras lo cual escapa. Garrett iniciará una persecución implacable, mientras el forajido encuentra la amistad y apoyo de un mexicano y el amor de una guapa enfermera.
El western es uno de los géneros menos valorados por gran cantidad de la cinefilia concienciada, quien lo delega a un asunto de evasión trivial que está reservado a ancianitos que rememoran sentados ante el televisor sus días de infancia, cuando este tipo de películas se rodaba masivamente. Si muchos de estos cinéfilos incluso miran condescendientemente películas de autores reconocidos como John Ford, Anthony Mann o Delmer Daves, la serie B está relegada al mayor de los desprecios. Cuatro caras del Oeste (Four Faces West, 1948) es un magnífico ejemplo del alto nivel medio de calidad del género en aquella época, amén de una muestra algo atípica.
Protagoniza Joel McCrea, posiblemente quien, junto a Randolph Scott, detenta el podio de intérpretes característicos del western de serie B. No en vano, Sam Peckinpah hizo encabezar el reparto a ambos en la modélica Duelo en la Alta Sierra (Ride the High Country, 1962), como representación arquetípica de un Oeste que en aquellas fechas iba desapareciendo lentamente. En 1948 el género estaba en plena eclosión, sin embargo el uso de este actor responde a motivos similares. De rasgos amables y atractivos, McCrea era el paradigma del vaquero melancólico y defensor de la ley protagonista de innumerables westerns de los 40 y los 50. En 1949 protagonizó la excelente Juntos hasta la muerte (Colorado Territory), donde uno de los grandes del cine norteamericano, Raoul Walsh, jugaba con su papel modélico otorgándole el papel de forajido; sin embargo, un año antes ya se había tributado un personaje similar en la presente, volteando la imagen que se tenía del actor, e impregnándola además de no poca ambigüedad.
El film está basado en una novela del especialista en la temática Eugene Manlove Rhoads, Paso Por Aqui (1926) -así, en español y sin tildes-, que convierten en un boceto cinematográfico William Brent y Milarde Brent, después desarrollado a modo de guión por C. Graham Baker y Teddi Sherman, quienes realizan una extraordinaria labor. Joel McCrea, como decíamos, es el forajido, que se hará llamar Ross McEwen. Al inicio del film asalta el banco, con suma amabilidad y simpatía, por cierto, huyendo tras el golpe. Será mordido por una serpiente, poco antes de intentar tomar un tren para despistar a la batida que ha salido tras él, percance que a punto estará de costarle perder su nuevo medio de locomoción; para subir al caballo de hierro será ayudado por Monte Márquez, un enigmático mexicano y, después, para curar sus heridas, le socorrerá Fay Hollister, una hermosa enfermera que viaja en el tren. Ya tenemos tres de los cuatro vértices (las cuatro caras) de la historia; el cuarto es el sheriff Pat Garrett, el defensor de la ley y la justicia perseguidor del forajido.
Pat Garrett (1850-1908) fue un personaje real, amén de mitificado, del Oeste norteamericano. Trabajó de vaquero, cazador de búfalos, propietario de saloon y fue sheriff en Lincoln County, donde se topó con William Bonney, más conocido como Billy el Niño, y se hicieron grandes amigos. Sin embargo, cuando Billy fue considerado forajido, Garrett partió tras él, y acabó asesinándolo mientras el muchacho dormía plácidamente. La muerte de Billy el Niño por parte de Garrett es mencionada al inicio del film, como un acto heroico de Garrett para aplicar la justicia. Después, Garrett partirá tras McEwen de forma enconada y despiadada, sin inmutarse. Amén de ello, el banquero asaltado por McEwen ofrecerá una recompensa de tres mil dólares por él, mil más de lo que le robó, lo cual demuestra que la sustracción no le resulta demasiado punitiva, e incluso después insistirá que lo quiere bien muerto. McEwen, mientras, encontrará una amistad sincera y el amor, y después sacrificará su libertad, y quizás su vida, salvando de la muerte a una familia mexicana a causa de la difteria.
Garrett, interpretado de forma magistral por Charles Bickford (quien, además, muestra un notorio parecido físico con el auténtico Pat) tiene una especie de segunda oportunidad para compensar lo que hizo con Billy el Niño, a tal punto que la historia puede considerarse como un trasunto de aquel suceso. Garrett, inmisericorde, finalmente quedará anonadado ante el comportamiento de McEwen, dejando patente que muchas veces quien está al otro lado de lado de la ley no ha de ser necesariamente una mala persona, y quien la “defiende” en ocasiones no está impulsado por causas nobles. Esa disyuntiva impregna la película en su totalidad, otorgándole una atractiva ambigüedad, haciendo que el espectador se sienta identificado con el “malo” o mostrando rechazo por el “bueno”, subvirtiendo los arquetipos.
Si la historia resulta espléndida, no lo es menos la puesta en escena del poco valorado Alfred E. Green. Realizador desde 1916, quizás la más famosa de las películas de su primera etapa sea la versión muda de El pequeño lord (Little Lord Fauntleroy, 1921) protagonizada por Mary Pickford. Dirigió más de un centenar de películas a lo largo de su carrera, que finalizó en televisión, y tocó gran cantidad de géneros, si bien destacó en el western, siendo en todo caso la presente su película más popular, junto a, quizás, la convencional comedia musical Copacabana (Copacabana, 1947), con Groucho Marx y Carmen Miranda. Aquí, Green aplica a las imágenes la impronta del cine negro, jugando con las sombras como reflejo de los estadios emocionales de los personajes, e incluso en las tomas diurnas la fisicidad de los negros prepondera en la fotografía excepcional de Russell Harlan. Los encuadres en picado y contrapicado, para destacar un personaje por encima del otro, predominan a lo largo del film, que supone una fábula de la vieja frontera acerca de la nobleza y el respeto por encima de los demás valores.
Dirección: Alfred E. Green. Productor: Harry Sherman para Enterprise Productions, Harry Sherman Productions, United Artists. Guión: C. Graham Baker, Teddi Sherman, según una adaptación de William Brent y Milarde Brent de la novela Paso Por Aqui de Eugene Manlove Rhoads. Fotografía: Russell Harlan. Música: Paul Sawtell. Montaje: Edward Mann. Diseño de producción: Duncan Cramer. Intérpretes: Joel McCrea (Ross McEwen), Frances Dee (Fay Hollister), Charles Bickford (Pat Garrett), Joseph Calleia (Monte Márquez), William Conrad (Sheriff Egan), Martin Garralaga (Florencio), Raymond Largay (Dr. Eldredge), John Parrish, Dan White, Davison Clark, Houseley Stevenson, George McDonald, Eva Novak, Sam Flint... Nacionalidad y año: Estados Unidos 1948. Duración y datos técnicos: 89 min. B/N 1.37:1.
El secreto de Santa Vittoria (The Secret of Santa Vittoria)
Mussolini ha muerto. En Santa Vittoria, los poderes fascistas deciden delegar la alcaldía en Italo Bombolini, un pobre hombre dominado por su mujer, con el fin de que el pueblo no tome represalias contra ellos. Cuando llega la noticia de que un destacamento alemán ocupará en breve el pueblo para hacer acopio del vino del que vive la población, se erigirá un plan maestro para ocultar el más de un millón de botellas ante los nazis.
Stanley Kramer siempre fue un hombre de “grandes temas”. Ya fuese en su mera faceta de productor, o cuando también decidió tomar las riendas de la realización, sus películas siempre trataron argumentos de cierta trascendencia. El ser humano enfrentado a sus prejuicios racistas –Fugitivos (The Defiant Ones, 1958)-, la Humanidad abocada a su fin por culpa de su ceguera –La hora final (On the Beach, 1959)-, la intolerancia cerril de los fanáticos religiosos -Inherit the Wind [tv/dvd: La herencia del viento, 1960]-, el proceso contra los asesinos nazis -¿Vencedores o vencidos?/El proceso de Nuremberg (Judgment at Nuremberg, 1961)- fueron algunos de los temas por los cuales se vio tentado este cineasta neoyorquino.
Ante argumentos tan graves, parece como si el humor le estuviese vetado a Kramer. En 1963 dirigió El mundo está loco, loco, loco (It's a Mad Mad Mad Mad World, 1963), una superproducción homenaje al slapstick de la época muda, aparatoso pero mecánico, que no transmitía la frescura que intentaba emular. El secreto de Santa Vittoria (The Secret of Santa Vittoria, 1969) es una tragicomedia que sufre en parte los mismos problemas que el otro film citado. Kramer era un cineasta cerebral, no intuitivo, de ahí que, una vez más, la presente cinta se ve algo menguada de frescura y naturalidad, mostrando un tanto ese mismo ritmo maquinal que imprimen los habitantes de Santa Vittoria cuando se colocan en cadena y trasladan las botellas de vino.
El guión es interesante, incluso chispeante, y el reparto está muy bien escogido para aportar credibilidad al resultado, pero Kramer no logra transmitir autenticidad a lo que narra. No ya sólo por su torpe caligrafía cinematográfica, plagada de zooms a tal punto que recuerda a los directores italianos de género del momento, sino porque no logra equilibrar los distintos tonos que convergen en la historia. Así, hay momentos que no logran la comicidad que pretenden, y menos aún se percibe el tono de tragedia, y no consigue transmitir en momento alguno sensación de peligrosidad hacia los habitantes del pueblecito italiano (resaltemos, además, ese supuesto toque de queda que nadie parece cumplir, y que lo soldados alemanes tampoco se preocupan en atajar). La cinta además exhibe un metraje desmesurado, de casi dos horas y media, y aún así aparecen momentos que semejan mermados de escenas; la hora inicial podría haberse abreviado sin problema y el resultado hubiese ganado en ritmo. Kramer busca emular el cine de Monicelli o Comencini, aportándole algo de trasfondo político y cierto aura poético, pero el material se le escapa de las manos.
La película no es mala, con todo. Hay suficiente profesionalidad en todos los frentes como para que los logros resulten convincentes, pero quedan por debajo de sus posibilidad. Así pues podemos contar con una historia de interés, bien llevada hasta cierto punto, y sobre todo, y he ahí el plato fuerte de este guiso, y el que aparente mayor sabor del que tiene, es su sólido reparto, que transmite esa autenticidad que falta al resto de la cinta, pese a que tanto Anna Magnani como Anthony Quinn no hagan sino repetir el personaje que tanto les ha consagrado; pese a ello, la vitalidad de ambos, la fuerza y la intensidad que transmiten logran contagiar a las imágenes parte de ello, y el resultado se sigue con simpatía y complicidad.
Dirección: Stanley Kramer. Productor: Stanley Kramer para Stanley Kramer Productions, United Artists. Guión: Ben Maddow, William Rose, según la novela The Secret of Santa Vittoria de Robert Crichton. Fotografía: Giuseppe Rotunno. Música: Ernest Gold. Montaje: Earle Herdan, William A. Lyon. Diseño de producción: Robert Clatworthy. Intérpretes: Anthony Quinn (Italo Bombolini), Anna Magnani (Rosa), Virna Lisi (Caterina Malatesta), Hardy Krüger (capitán von Prum), Sergio Franchi (Tufa), Renato Rascel (Babbaluche), Giancarlo Giannini (Fabio), Patrizia Valturri, Eduardo Ciannelli, Leopoldo Trieste, Gigi Ballista, Quinto Parmeggiani, Carlo Caprioli, Francesco Mulé, Wolfgang Jansen, Aldo De Carellis, Valentina Cortese... Nacionalidad y año: Estados Unidos 1969. Duración y datos técnicos: 139 min. color 2.35:1.
Fuego escondido (Fire Down Below)
Felix y Tony son dos amigos y socios que tienen un pequeño barco con el cual realizan faenas en el Caribe. Les llega el trabajo de transportar a una mujer, Irena, que carece de documentación. Pronto, Tony se enamorará de la mujer, mientras que Felix parece sentir un odio visceral hacia ella.
El equipo formado por los productores Irving Allen, futuro responsable de filmes catastróficos, y Albert R. Broccoli, creador de la célebre franquicia de James Bond, en los años 50 dieron lugar a un ciclo de muy agradables películas de aventuras, tales como Infierno bajo cero (Hell Below Zero, 1954), de Mark Robson, El caballero negro (The Black Knight, 1954), de Tay Garnett, Atraco en las nubes (A Prize of Gold, 1955), de Robson, Safari (Safari, 1956), de Terence Young, Odongo (1956), de John Gilling, o Zarak [tv: Zarak, 1956], de Young (donde Broccoli se topó con su posterior socio en la franquicia del agente 007, Richard Maibaum), entre otras, si bien también tocaron otros géneros como el bélico o el cine negro, así como una joya de la ciencia ficción desconocida en España, The Gamma People (1956), de Gilling.
La presente era una más del ciclo, donde contaron con el interesante director norteamericano, ganador de un Oscar en su etapa como montador, Robert Parrish, especialista en cine del oeste o policiaco, que en esta ocasión nos aporta una historia de aventuras con grandes dosis de melodrama. Resaltemos, por otro lado, que aquí Broccoli ya hace gala de su atracción por los ambientes caribeños, que caracterizan las mejores aventuras del agente secreto más famoso. Como protagonistas contamos con Rita Hayworth, que volvía con esta al cine después de un periodo de descanso de varios años tras La bella del Pacífico (Miss Sadie Thompson, 1953), de Curtis Bernhardt, Robert Mitchum, en plena etapa de esplendor dentro de su espléndida carrera, y Jack Lemmon, quien comenzaba a destacar en aquel entonces y aún no había aportado sus grandes creaciones tanto en el drama como en la comedia.
Ese trío protagonista confiere gran parte de su potencia a Fuego escondido (Fire Down Below, 1957), trío algo atípico, en cierto modo, pero que funciona muy bien en la cinta (aunque choca que las mujeres sientan predilección por Jack Lemmon por encima de Robert Mitchum), si bien destacando entre ellos Lemmon, el tercero en el reparto, pero en el sentido dramático el que prepondera por encima de todos, y que encarna a Tony, un aventurero algo desencantado e idealista. La película es una cinta de aventuras, como decíamos, ambientada en la época actual del rodaje en ambientes caribeños, y con el tema de los transportes ilegales de fondo, un tanto al estilo de al To Have and Have Not (1937), de Ernest Hemingway, llevada al cine en varias ocasiones, en especial por parte de Howard Hawks en Tener y no tener (1944). Sin embargo, las dosis de melodrama son abundantes, ya en el idilio que se establece entre Tony e Irena, o sobre todo por su espléndido y amargo final, que deja al espectador con la desazón en el cuerpo. En medio de ello, el episodio con Tony atrapado en el barco, una escena de notable tensión, que adelante un tanto determinados instantes del cine de catástrofes que caracterizaría a Irwin Allen.
La película es, pues, emocionante, interesante y potente, y aunque no aprovecha del todo sus posibilidades, es una atractiva cinta de aventuras reforzada por un tono de ironía y amarga fatalidad que le confiere un tono más oscuro del que sus brillantes, exóticas y hermosas localizaciones hace aparentar.
Dirección: Robert Parrish. Productores: Irving Allen, Albert R. Broccoli para Warwick Film Productions, Columbia Pictures Corporation. Guión: Irwin Shaw, según la novel Fire Down Below de Max Catto. Fotografía: Desmond Dickinson. Música: Arthur Benjamin, Douglas Gamley, Kenneth V. Jones. Montaje: Jack Slade. Intérpretes: Rita Hayworth (Irena), Robert Mitchum (Felix Bowers), Jack Lemmon (Tony), Herbert Lom (François, capitán del puerto), Bonar Colleano (teniente Sellars), Bernard Lee (Dr. Sam Blake), Peter Illing (capitán del 'Ulysses'), Edric Connor (Jimmy Jean), Anthony Newley (Miguel), Eric Pohlmann, Lionel Murton, Vivian Matalon, Gordon Tanner, Maurice Kaufmann, Joan Miller, Albert R. Broccoli... Nacionalidad y año: Estados Unidos, Reino Unido 1957. Duración y datos técnicos: 116 min. color 2.35:1.
El pisito
Rodolfo vive en un cuarto que tiene alquilado a doña Martina, casa que comparte con otros huéspedes. Rodolfo, además, lleva de novio con Petrita quince años, pero el escaso sueldo de ambos no da para comprar un piso y enlazarse. La solución parece surgir con la idea de casarse con la anciana y, una vez muerta, heredar el alquiler de renta antigua...
El pisito (1959) fue la primera película como director del italiano Marco Ferreri. Trabajaba en la industria del cine, pero su amistad con el escritor Rafael Azcona, y la lectura del libro homónimo de éste, le incitó a producir una adaptación al cine; Azcona, de paso, le instó a dirigirla él mismo. A lo largo de su carrera, Ferreri ha mostrado una capacidad para desarrollar un lenguaje cinematográfico bastante escaso, siendo más un autor de ideas que de imágenes. Importa más lo que el guión dice que cómo se refleja en la pantalla. La presente es una buena prueba de las carencias como narrador de Ferreri, manifestando una puesta en escena abrupta. La suerte que tuvo Ferreri fue la de unirse con buenos guionistas, y aquí tenemos a Azcona en la primera de sus quince películas juntos.
Azcona, como hemos dicho, tenía un libro como base, y junto a Ferreri realizó el guión, variando determinados elementos. No he leído la novela, así pues no sé qué procede de uno u otro. Para mayor confusión, Azcona publicó su obra originalmente en 1957, y luego la retomó en 1999, en su reedición por Alfaguara, en que aprovechó y la rescribió, incorporando ideas derivadas de la película. Sea como fuere, hay que destacar un guión espléndido, que refleja las miserias de la España del momento con inusitado tino, motivo por el cual fue vetado por la censura y el film sufrió una distribución pésima, con la consiguiente taquilla en consonancia.
La película es una comedia, sin embargo, toda ella está plagada de amargura. La miseria en la cual vive Rodolfo, y la presión a la cual le somete su despiadada novia Petrita, convierten a este en un pelele (también dominado por el explotador de su jefe) que es conducido a lo largo del film casi a su pesar. Petrita está angustiada por el paso del tiempo, y cómo este se refleja en su rostro y sus caderas, y mientras aún no ha logrado casarse y formar una familia, objetivo único de la mujer española en la época. Ello la provocará un egoísmo exacerbado, el cual, por otro lado, es característico de otros muchos personajes, como el casero o la hermana de Petrita.
Así pues, tenemos a la no tan joven pareja, la anciana que está plagada de achaques y no termina de morirse, y los personajes que les rodean, así los compañeros de pensión de Rodolfo, los del trabajo y la familia de Petrita, todos los cuales conforman un fascinante microcosmos de la España del franquismo. En medio de todo ello, un humor que provoca que muchas veces la sonrisa se congele en el rostro, dada la amargura, tristeza, bajeza que inunda todo. El humor negro y cruel revela la condición humana en la más desnuda de sus formas.
Pese a las torpes maneras de Ferreri con la cámara, la excelente fotografía de Francisco Sempere aporta unos negros retratos al carbón del Madrid de 1958 y sus gentes, en una impronta a medio camino entre el expresionismo italiano y las pinturas negras de Goya. La película es, también, una especie de versión castiza de El apartamento (The Apartment, 1960), de Billy Wilder, con la cual guarda diversos paralelismos.
Una joya por ende de nuestro cine, que pese a sus penurias industriales logra sobresalir gracias a la espontaneidad y viveza de lo que refleja, componiendo un film no ya importante desde un punto de vista histórico, sino también artístico y lúdico.
Dirección: Marco Ferreri, Isidoro Martínez Ferry. Producción: Documento Films. Guión: Rafael Azcona, Marco Ferreri, según la novela de R. Azcona. Fotografía: Francisco Sempere. Música: Federico Contreras. Montaje: José Antonio Rojo. Diseño de producción: Antonio Cortés, José Paredes. Intérpretes: Mary Carrillo (Petrita), José Luis López Vázquez (Rodolfo), Concha López Silva (Doña Martina), Ángel Álvarez (Sáenz), María Luisa Ponte (hermana de Petrita), Andrea Moro (Mari Cruz), Gregorio Saugar (Don Manuel), Celia Conde (Mery), José Cordero 'El Bombonero' (Dimas), Rafael Azcona, Tiburcio Cámara, Manuel de Agustina, Marco Ferreri, Carlos Saura, Chus Lampreave... Nacionalidad y año: España 1959. Duración y datos técnicos: 76 min. B/N 1.37:1.
El furor de la codicia (Le casse / Gli scassinatori)
Monsieur Tasco sufre el robo en su villa por parte de un equipo de ladrones altamente sofisticado de un maletín lleno de esmeraldas. El inspector Zacharia pronto da con los culpables, iniciando una feroz persecución.
Henri Verneuil fue un director francés muy amante del cine de género, un buen narrador que no se avergonzaba de abordar un cine popular y hacer uso de sus habilidades dentro de estas temáticas. Especialmente destacó dentro del género policial, y de su cine es conocido sobre todo lo realizado en las décadas de 1960 y 1970, permaneciendo un tanto oscuro lo previo, comenzando con una serie de comedias para Fernandel.
El furor de la codicia (Le casse / Gli scassinatori, 1971) es una de sus películas más populares, tanto por el film en sí como por la pegadiza y comercial música que compuso para ella Ennio Morricone, y su popularidad ha llegado a tal punto que inclusive Omar Shariff repetía la misma caracterización de aquí en la parodia Top Secret (Top Secret!, 1984), de Jim Abrahams, David Zucker y Jerry Zucker, con la mítica escena de los zurullos.
Aquí Verneuil toma como excusa la novela negra Rateros de David Goodis (ya se sabe la pasión que sienten los franceses por este género, no en vano fueron quienes lo bautizaron así) para realizar un ejercicio de acción apabullante. La premisa argumental no es sino una excusa para una serie de asombrosas set piéces rodadas con una pericia extraordinaria, comenzando con una larguísima persecución en las calles que minimiza la que aparecía en un clásico del género como es Bullit (Bullit, 1968), de Peter Yates, pero a tal punto que adquiere rasgos casi de parodia, como son esos elementos de la procesión que es desbaratada por los coches que la atraviesan, o los espectadores del espectáculo folklórico que pasan de él y se ponen a observar la persecución vitoreándola, como si fuese una corrida de toros. Esos rasgos de parodia nuevamente hacen aparición en la escena en que Belmondo abofetea a Dyan Cannon, y las luces se encienden y apagan al ritmo de los bofetones. Sin embargo, es la dinámica del cine de acción la que predomina, con una asombrosa escena de Belmondo cayendo por un peligroso terraplén, rodada únicamente en dos planos (picado y contrapicado) para dejar bien patente que fue rodada sin el concurso de algún especialista, y es el propio actor quien realiza esa arriesgada toma.
En todo caso, Verneuil aprovecha para realizar una pulcra narración (inclusive los zooms están bien empleados dentro del contexto) en todo momento, y otros instantes menos espectaculares también asombran por su minuciosa planificación, como es el sofisticado robo inicial, o la mera escena en la cual la policía va a conversar con la víctima del robo, monsieur Tasco (nuestro José Luis de Villalonga), hasta su mítico final, con una forma de acabar con el malo que después fue plagiada alegremente en la muy famosa Único testigo (Witness, 1985) de Peter Weir.
Dirección: Henri Verneuil. Productor: Henri Verneuil para Columbia Films, Vides Cinematografica. Guión: Henri Verneuil, Vahé Katcha, según la novela The Burglar de David Goodis. Fotografía: Claude Renoir. Música: Ennio Morricone. Montaje: Pierre Gillette. Diseño de producción: Jacques Saulnier. Intérpretes: Jean-Paul Belmondo (Azad), Omar Sharif (Abel Zacharia), Robert Hossein (Ralph), Renato Salvatori (Renzi), Dyan Cannon (Lena), Nicole Calfan (Helene), José Luis de Villalonga (M. Tasco), Robert Duranton (Johnny), Myriam Colombi, Marc Arian, Steve Eckardt, Daniel Vérité, Raoul Delfosse... Nacionalidad y año: Francia, Italia 1971. Duración y datos técnicos: 120 min. color 2.35:1.
Los últimos juegos prohibidos (The Nightcomers)
Inglaterra, 1901. Miles y Flora son dos niños que viven en una inmensa mansión sólo en compañía de Mrs. Grose, el ama de llaves, Miss Jessell, una institutriz, y Peter Quint, el jardinero, una vez su tutor se ha desinteresado de ellos. Entre la institutriz y el jardinero existe una enfermiza relación de pasión y dominio, y los niños asisten fascinados a lo que ven como un juego, intentando emularlo.
En 1898 el escritor Henry James publicó la espléndida novela corta La vuelta de la tuerca (The Turn of the Screw), acerca de la llegada a una mansión de una nueva institutriz para cuidar de dos niños y hermanos, Miles y Flora, tras la misteriosa muerte de la anterior gobernanta, miss Jessel. Pronto, la mujer comprueba que su predecesora vivió una relación enfermiza con el jardinero, Peter Quint, y que ambos hicieron a los niños partícipes de esa relación. También comprobará que la presencia de ambos sigue estando en el lugar, después de su muerte.
La novela ha sido objeto de infinitos estudios, desde quienes la interpretan como un cuento de fantasmas tradicional hasta quienes ven una lectura freudiana de todo ello, pues la historia es narrada desde el punto de vista de la recién llegada, una mujer que sufre graves complejos de sexualidad insatisfecha. Las cartas que dejó escritas James parecen confirmar la perspectiva sobrenatural, aunque determinados estudiosos, comenzando por Edmund Wilson en 1957, se adhieren a la teoría psicoanalítica. El hecho de que Henry James (1843-1916) fuese hermano del filósofo y psicólogo William James (1842-1910), autor de influyentes libros sobre psicología educacional y misticismo, y escritor del esencial Principios de Psicología (Principles of Psychology, 1890), podría sin embargo confirmar la directriz psicológica de la novela, y algunos aseveran que Henry consultó a su hermano para desarrollar el carácter de la institutriz desde un perfil patológico.
El texto de Henry James ha dado lugar a diversas adaptaciones cinematográficas y televisivas (y a una ópera en 1954 obra de Benjamin Britten), si bien la más modélica es la de Jack Clayton, ¡Suspense! (The Innocents, 1961), a partir de un guión de Truman Capote, y con Deborah Kerr como la institutriz. Tanto novela como película aportan una sutileza narrativa basada en las insinuaciones, el ambiente y la sugerencia, y deja como un enigma lo que pudo acontecer en la mansión antes de la llegada de la nueva gobernanta.
En 1971, el guionista londinense Michael Hastings desarrolló para el productor y director Michael Winner el guión de Los últimos juegos prohibidos (The Nightcomers), que supone una precuela a la novela de Henry James (y, por ende, a la película de Clayton, entre otras), donde ese misterio acerca de lo que aconteció entre Peter Quint, miss Jessel y los niños es desvelado. Y lo que en el original literario era sutileza y sugerencia, aquí es evidencia y explicitud. Michael Winner, un director nunca caracterizado por su refinamiento, aquí hace honor a su fama y muestra a Quint y Jessel manteniendo relaciones sexuales delante de los niños, e implicados en tortuosos juegos de bondage y sadomasoquismo. En todo caso, al tiempo que pretende ser burdamente explícito, también al final se muestra pudibundo y cobarde, no llevando las implicaciones hasta el final. Lo más llamativo supone aumentar la edad de los niños: Verna Harvey, la actriz que interpreta a Flora, tenía diecinueve años al hacer esta película, y Christopher Ellis, Miles en el film, no lo sabemos, pero aparenta unos catorce años; en todo caso, ambos actores han sido caracterizados para parecer menores, si bien la cosa no cuela.
En todo caso, el plato fuerte del film es el personaje de Peter Quint, para el cual Winner contó con el inmenso Marlon Brando, quien realiza una interpretación tan esforzada y matizada como tenía por costumbre. Con un peculiar acento, desarrolla un personaje burdo, grosero y vulgar, acorde con lo que el libro de James insinúa. Esa vulgaridad parece transmitirse a la propia puesta en escena de Michael Winner, que violenta la exquisita fotografía en color de Robert Paynter -habitual en la filmografía del director de La centinela (The Sentinel, 1977)- con abruptos zooms, lo cual en cierto modo hace funcionar la película, otorgándole convicción en determinado sentido, creando una narración a base de contrastes, como el que se establece entre Quint y Jessel, que a su vez se refleja en Miles y Flora.
Hacia el final del film, cuando se va aproximando a la novela de Henry James, es cuando más traiciona argumentalmente la misma, planteando un nuevo enfoque a la muerte de ambos personajes protagonistas, y donde la conexión entre cierto tipo de cine de terror es más evidente, junto a las insinuaciones sobre la pervivencia de los muertos que se van desgranando a lo largo de los diálogos. Los últimos juegos prohibidos, pues, es un precedente algo zafio a la sutil novela de James (y, repetimos, a la película de Clayton), pero que desprende una extraña convicción en sus imágenes, y que puede verse como una re-interpretación, si no canónica, al menos sí singular de todo un clásico.
Dirección: Michael Winner. Productores: Elliott Kastner, Michael Winner para Elliott Kastner-Jay Kanter-Alan Ladd Jnr Productions, Scimitar Productions. Guión: Michael Hastings, según los personajes de Henry James. Fotografía: Robert Paynter. Música: Jerry Fielding. Montaje: Arnold Crust Jr. [Michael Winner]. Dirección artística: Herbert Westbrook. Intérpretes: Marlon Brando (Peter Quint), Stephanie Beacham (Miss Jessel), Thora Hird (Mrs. Grose), Harry Andrews (señor de la casa), Verna Harvey (Flora), Christopher Ellis (Miles), Anna Palk (nueva gobernanta). Nacionalidad y año: Reino Unido 1971. Duración y datos técnicos: 96 min. color 1.78:1.
Las ediciones
Cuatro caras del Oeste se ofrece en su formato original de 1.33:1, en versión original con subtítulos opcionales, y doblada al castellano. El doblaje es el original del estreno o, al menos, no de los habituales televisivos que destrozan la partitura original (excelente en este caso, obra de Paul Sawtell) y que eliminan matices en las interpretaciones. Cabe referir que la VO está registrada a un volumen muy bajo, por lo cual ha de elevarse casi hasta el máximo, lo cual repercute en cierto ruido de fondo; la versión doblada está registrada a un nivel algo más elevado. La imagen se ofrece algo deteriorada, y la magnífica fotografía de Russell Harlan se muestra algo quemada así como falta de definición, ofreciendo además algunas rayas y topos a lo largo del metraje. De todas maneras, tratándose de una película de serie B poco valorada de finales de los 40, imaginamos que una versión restaurada de la misma es algo poco menos que utópico, por lo cual, dentro de los cánones, puede considerarse una copia aceptable.
El secreto de Santa Vittoria (que en esta edición está retitulada El secreto de Santa Victoria) se ofrece en su formato original 2.35:1 con mejora anamórfica, y audios en inglés y español, con subtítulos opcionales en nuestro idioma. El audio español es el original de estreno, de buena calidad interpretativa, aunque notoriamente censurado; por lo demás, los subtítulos (que traducen fielmente la versión original), muestran cada cierto tiempo la ausencia de una o dos líneas, resultando bastante molesto, sucediendo a lo largo de la película alrededor de una veintena de veces. La calidad de imagen es buena, así como la del sonido.
Fuego escondido se ofrece en su formato original 2.35:1 con mejora anamórfica, y audios en inglés y español, con subtítulos opcionales en nuestro idioma. El audio español es el original de estreno, con Robert Mitchum con su característica voz de la época, si bien el perfil interpretativo es muy inferior al de otros títulos clásicos. Los subtítulos brindan una pobre labor de ejecución, desapareciendo una o dos líneas cada diez de ellas, aproximadamente, y con profusión de erratas tipográficas que unen dos palabras, lo cual, unido al pequeño tamaño de la tipografía empleada, dificulta la lectura; además, en algunos momentos los subtítulos están desincronizados. La imagen exhibe la hermosa fotografía de Desmond Dickinson con su espléndido colorido, si bien está un poco falta de definición, aunque no de un modo escandaloso. El sonido, tanto en versión original como doblada, es bueno, destacando en todo caso la versión original.
El pisito se ofrece en su formato original 1.33:1, con su audio original en castellano. La imagen es de buena calidad, manteniendo los contrastes de la fotografía, si bien el sonido se muestra algo enlatado, como es característico del cine de la época, y a veces es difícil entender los diálogos por el pobre sistema de sonido con la cual fue grabada, con doblaje en estudio pero que a veces sobresatura con la música de organillo o la cacofonía de las múltiples voces superpuestas. El film se ofrece incorporando algunas escenas que fueron eliminadas por la censura y, además, en los extras viene otra escena más, la paralela a la de la muerte de doña Martina, en que Rodolfo magrea a Petrita de un modo asombroso. La edición no puede sino considerarse de espléndida, y además viene con un libreto de 36 páginas obra de José Manuel González-Fierro Santos y José Luis Mena, de notable interés.
El furor de la codicia se edita en su formato original 2.35:1, con mejora anamórfica, y se brinda en su versión original francesa y doblada. Téngase en cuenta, en este sentido, que la película se rodó en dos versiones, con los mismos actores, en francés y en inglés, por lo cual cualquiera de ellas podría haberse considerado la original. El doblaje es el original del estreno, y ofrece una escena subtitulada, al haber sido amputada en su época por mostrar un desnudo. La versión original puede presenciarse con subtítulos en nuestro idioma. El sonido es límpido y espectacular, la imagen se ofrece con algo de grano y ocasionales rayas verticales, que de todas maneras no afectan en exceso a la película, la cual puede considerarse con una más que correcta edición.
Los últimos juegos prohibidos se brinda en su formato original 2.35:1, con mejora anamórfica, y se ofrece en su versión original inglesa y doblada. El audio original disfruta de un buen nivel sonoro, si bien el doblaje, que no es el original del estreno, exhibe una falta absoluta de matices, sonando hueco y apagado, amén del bajísimo nivel interpretativo que exhibe, en especial en la inadecuadísima voz para Marlon Brando. Los subtítulos se ofrecen en un tamaño de letra diminuto, lo cual, unido a una inadecuada tipografía en blanco y sin rebordes, hace que la lectura sea dificultosa; además, en varias ocasiones hay líneas de subtítulos que desaparecen (en lo que parece una seña de identidad de la casa editora), y curiosamente en la escena de sexo lo que mascullan Brando y Beacham aparece sin subtitular, mientras que en el doblaje hay un silencio absoluto; además, los subtítulos son de evidente procedencia sudamericana. La calidad de imagen es excelente, y aporta los matices necesarios a la hermosa fotografía de Robert Paynter.
Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)
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