El Quatermass de la Hammer

Pese a ya existir desde los años 30, la productora británica Hammer Films saltó a la fama mundial a mediados de los años 50 con una serie de películas de carácter fantástico. La iniciadora de todo fue El experimento del doctor Quatermass, que derivaría en un tríptico que se ha hecho mítico...

 

En el principio...

La productora británica Hammer Films fue fundada en noviembre de 1934. William Hinds (1887-1957) era un hombre de negocios que había puesto sus objetivos en diversas fuentes, y entonces fue cuando decidió acceder también a la producción cinematográfica, iniciándose con la comedia The Public Life of Henry the Ninth (1935), de Bernard Mainwaring, aunque por aquellos años ya coqueteó con el fantástico, importando desde Estados Unidos a Bela Lugosi para protagonizar The Mystery of the Mary Celeste (1936), de Denison Clift.

Durante años la Hammer se dedicó a rodar películas cómicas, policíacas o musicales -y algunas cintas de ciencia-ficción- y, entre su propuesta durante los años cincuenta, figuraba la adaptación al cine de exitosas series televisivas (esto es, lo mismo que ahora se elabora con Misión Imposible, Starsky & Hutch o lo que se tercie). Una de esas series era The Quatermass Experiment, de Rudolph Cartier, debida a un magistral guión de Nigel Kneale, y protagonizado por Reginald Tate como el doctor Quatermass. Emitida a partir del 18 de julio de 1953, con un formato de seis episodios de media hora cada uno, esta mini-serie (pues en realidad era eso) logró tal éxito que, se dice, a la hora de su emisión Londres quedaba desierto, como si una auténtica invasión hubiese acontecido.

La Hammer tenía el éxito, pues, asegurado. Acababa de emitirse el tercer capítulo cuando la productora, por medio de Anthony Hinds y James Carreras, ofreció un acuerdo a la BBC para adaptar el serial. Con el fin de asegurar una distribución mundial se llegó a una resolución con la productora americana Lippert, con la cual ya habían trabajado con anterioridad. Lippert envió como guionista a Richard Landau -quien ya había trabajado para la Hammer con Spaceways (1953), una cinta de ciencia-ficción dirigida por Terence Fisher-, cuyo trabajo fue después retocado por el director designado, Val Guest, quien lo agració con ese rasgo de reportaje televisivo que tanta pujanza confiere a la película. Para el papel protagonista se decidió importar a una estrella americana, de modo que se acicatase esa distribución mundial. El escogido fue Brian Donlevy, actor adusto y habitual malvado en films del oeste como Tierra de audaces (Jesse James, 1939), de Henry King, Arizona (Destry Rides Again, 1939), de George Marshall y Tierra generosa (Canyon Passage, 1946), de Jacques Tourneur, o en el mítico film de aventuras Beau Geste (Beau Geste, 1939), de William A. Wellman. Ya un tanto olvidado -nunca fue una estrella, y entre sus escasos papeles protagonistas figura la magnífica pero incomprendida An American Romance [tv: Un sueño americano, 1944], de King Vidor- y alcoholizado, era la clásica gloria pasada que podía resultar barata a la productora, pero con nombre suficiente para atraer al público anglosajón.

Rodado desde el 18 de octubre hasta diciembre de 1954, el film fue estrenado el 26 de agosto de 1955 con clasificación X. Lejos de asustarles esta eventualidad, fue explotada, y de hecho el título original fue variado a The Quatermass Xperiment para jugar con una gigantesca "X" en los carteles.

Magistral cinta, hace uso de ese antedicho tono de informe periodístico para otorgar unos excitantes visos de plausibilidad a lo narrado; ello, unido a su oscura y tenebrosa fotografía, imprime a la película un matiz sombrío, casi terrorífico. El prodigioso guión va desenvolviendo paulatinamente su intriga, desde su inicio, una versión espacial del "misterio del cuarto cerrado", pasando por la incógnita que rodea al astronauta superviviente, llegando a su misteriosa mutación hasta el soberbio clímax en la abadía de Westminster; todo ello, con una urdimbre increíble, compone una obra maestra del suspense, un film que origina la continua expectación del espectador, manteniéndolo en vilo durante toda la proyección. Por lo demás, la dirección de Guest -destacado por la secuela de esta película, amén de algunos curiosos films de intriga en los 60 y el también modélico film de ciencia-ficción The Day the Earth Caught Fire [tv: El día que la Tierra ardió, 1961]- se manifiesta sólida e impecable por medio de esa gradación cuasi-documentalista que imprime a la cinta, gracias a unos actores de aplicada disposición, en especial Richard Wordsworth -el posterior mendigo de la magistral La maldición del hombre lobo (The Curse of the Werewolf ,1960), de Terence Fisher-, quien ofrece a su anti-héroe del astronauta víctima de la maldición espacial un porte tortuoso, un designio trágico, que refleja en el sufrimiento de su rostro, y que es equiparado con la criatura de Frankenstein: el personaje se llama Victor, como el creador de la creación de Mary W. Shelley, y en una escena se le presenta en un encuentro con una niña, un momento cumbre de la mitología frankensteiniana. En todo caso, una curiosa premonición del posterior gran éxito de la productora: La maldición de Frankenstein (Curse of Frankenstein, 1957), de Terence Fisher.

El éxito fue increíble, y se intentó efectuar una inmediata secuela a partir de un guión original de Jimmy Sangster, habitual de la casa, con X the Unknown [tv: X el desconocido, 1956], de Leslie Norman, pero al no autorizar Kneale el uso del nombre de Quatermass se varió la denominación del protagonista a Dr. Adam Royston; también tuvo infinidad de plagios e imitaciones, cabiendo destacar The First Man into Space [tv: El primer hombre en el espacio, 1958], de Robert Day, Caltiki, il mostro immortale [tv/vd: Caltiki, el monstruo inmortal, 1959], de Riccardo Freda [y Mario Bava] o Viscosidad (The Incredible Melting Man, 1977), de William Sachs. Pronto llegaría, sin embargo, la auténtica secuela.

 

El retorno del doctor Quatermass

La soberbia película de Don Siegel La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956), uno de los hitos indiscutibles de la historia de la ciencia-ficción, planteaba una desasosegante invasión extraterrestre basada en la duplicación de los seres humanos y su consiguiente sustitución por nuevos dobles. Es decir, mediante este mecanismo la invasión se realizaba sin levantar demasiadas sospechas, pues los invasores poseían un aspecto humano que les servía de camuflaje y permitía operar en un amplio ámbito: desde las instancias más insignificantes hasta las más altas esferas de poder. Todo ello, naturalmente, con el objetivo final de conseguir el dominio total y absoluto del inadvertido planeta, receptor inconsciente de unos entes amenazantes a exterminar (una metáfora comunista de la paranoica era de McCarthy).

Similar método invasor encontramos en otra sensacional muestra del subgénero titulada Están vivos (They Live, 1988), donde John Carpenter nos sorprende con unos extraterrestres infiltrados en la sociedad a los que nadie identifica, salvo un antihéroe que se vale de unas misteriosas gafas de sol para ver la auténtica realidad. Incluso son susceptibles de mención las características de la gran obra maestra de Carpenter, La Cosa (The Thing, 1982), al tratar sobre un letal organismo alienígena que infecta a los humanos para tomar su forma y así pasar desapercibido. Este plan resulta ser muy efectivo para que la criatura emprenda brutales ataques inesperados contra el resto del personal de esa inolvidable base militar ubicada en la inmensidad nevada.

En las dos primeras películas reseñadas, el elemento de la paranoia social y de la conspiración está muy presente, como en el excelente clásico británico que nos ocupa, Quatermass 2 [dvd: Quatermass 2; tv: El experimento del doctor Quatermass 2, 1957]; en esta ocasión, la serie original la dirigió de nuevo Rudolph Cartier, con John Robinson como Quatermass, y se emitió a partir del 22 de octubre de 1955, en seis episodios que rondaban los 30 minutos.

En Quatermass 2 somos testigos de otra invasión oculta, en este caso por medio del autoritario auspicio gubernamental y el interesado silencio de un pueblo cercano. La base de operaciones del enemigo, localizada en una apartada planta industrial de actividades extrañas y acceso restringido, se erige en un entorno opresivo, agobiante y hostil, donde todo se prepara con el fin de desencadenar una amenaza letal para la paz terrestre. Ante semejante panorama, no será otro que el avispado doctor Quatermass quien se cerciorará de la trama conspiratoria y liderará, no sin múltiples dificultades, el movimiento que se enfrente a unos hombres de apariencia engañosa, pues se encuentran sometidos a una posesión alienígena que les anula la voluntad y dicta su comportamiento.

La secuencia que abre la película, de manera fulgurante y sembrando la expectación del público desde muy pronto, nos adelanta que el ritmo nunca va a decaer y que nos espera una historia concisa contada de forma directa, sin rodeos que valgan y sin mayores pretensiones que ofrecer un relato de ci-fi seductor. Y lo cierto es que cumple sus objetivos a la perfección, añadiendo a su logro una tenebrosa fotografía en blanco y negro que contribuye a la creación de una atmósfera enrarecida, malsana, impredecible. Esta impresión visual destaca, principalmente, en los sucesos que acontecen en la planta industrial, un escenario que, además, es protagonista de uno de los instantes más impactantes de la cinta: aquel en el que un personaje aparece cubierto por una sustancia corrosiva y humeante tras haber comprobado el interior de unas bóvedas sospechosas de contener lo indecible.

A la meritoria fotografía de Gerald Gibbs habríamos de unir una sobria puesta en escena, unas interpretaciones ajustadas (aunque se haya reprochado la falta de mostrar mayores sentimientos a Brian Donlevy, de nuevo como Quatermass), una banda sonora eficaz (obra de James Bernard) y un inteligente guión (escrito por Nigel Kneale y Val Guest) basado en la teoría de la conspiración y desarrollado con decisión por parte de su director, tal y como apuntábamos con anterioridad. Estas virtudes configuran una obra que cumple con los cometidos planteados sin ir más allá de lo propuesto, sin engañar a nadie.

Eso sí, a día de hoy cabe observar una obvia precariedad de sus efectos especiales, detalle que resta gran parte de credibilidad a las informes criaturas que hacen acto de presencia en el esperado clímax final. Sin embargo, si se es consciente de la época y del modesto presupuesto de la cinta, hasta tal carencia puede causar una entrañable simpatía.

 

Quatermass y los invasores del pasado

De nuevo dirigió Rudolph Cartier la serie original, con André Morell como Quatermass, y se emitió a partir del 22 de diciembre de 1958, en seis episodios que rondaban los 30 minutos, con un éxito increíble. No es, pues, de extrañar que a la hora de retomar al personaje que les había proporcionado popularidad, los artífices de la productora le concedieran la dirección a uno de los artesanos más hábiles de la casa, capaz de volver a fusionar un enfoque clásico con elementos que conectasen con el público del momento. Roy Ward Baker, así, realizó con esta tercera entrega uno de sus mejores trabajos, otorgándole una personalidad propia alejada de influencias televisivas.

Ajeno al estilismo visual de Terence Fisher, Baker centra el eje de la película en la progresión narrativa, potenciando las pautas del modélico guión que Nigel Kneale, creador de la serie precedente, reescribe basándose en su propio telefilm; construido éste conforme al esquema más tradicional de la narrativa terrorífica (introducción de un elemento perturbador en un marco cotidiano), se desarrolla la hilvanación de diferentes premisas argumentales correspondientes a los sucesivos episodios de la mini-serie original, que dan lugar a un crescendo de sucesos y descubrimientos progresivamente perturbadores, hasta un inolvidable clímax final -décadas más tarde homenajeado por Tobe Hooper en la simpática Lifeforce - Fuerza vital-. De esta forma, la astuta habilidad de Baker para enfatizar los puntos álgidos de la trama, las sucesivas sorpresas que se van revelando al espectador, agilizan la narración y proporcionan momentos verdaderamente memorables, así la incursión en la casa abandonada, la huida en el cementerio, la propia hecatombe final…

La película, desde esta perspectiva, puede considerarse como una obra maestra; la atmósfera malsana de reminiscencias lovecraftianas característica de los dos filmes precedentes, bien es cierto, se diluye aquí a favor de apuntes satíricos contra el estamento militar sin duda muy propios de la década en que la película fue estrenada, cuando la estela del Dr. Strangelove de Kubrick causaba estragos; una estela que, sin embargo, no ha perdido un ápice de actualidad en esta gloriosa Era Bush, manteniéndose tan fresca y vital como cuando fue concebida. El terror y la ironía, sin duda, forman una unión indisoluble.

 

The Quatermass Conclusion

Existe un cuarto serial televisivo, The Quatermass Conclusion (1979), de Piers Haggard, con John Mills como profesor, en cuatro episodios de una hora; a partir del serial se haría un montaje de cerca de hora y media para exhibirse en cines, cuyo estreno en España se anunció, pero que no tuvo lugar finalmente. También hay un serial radiofónico de la BBC, The Quatermass Memoirs (1996), escrito por Kneale y con Keir repitiendo como profesor, con cinco episodios, y hubo de igual modo una versión teatral de Quatermass and the Pit, representada en agosto de 1997.

El presente artículo ha sido confeccionado a partir de textos de Carlos Díaz Maroto, Manel Lledó Bertomeu y Manuel Aguilar.