Van Helsing: de Stoker a Sommers

Desde que el escritor Bram Stoker le diera vida como antagonista del pérfido conde transilvano en Drácula, el profesor Van Helsing ha entrado a formar parte, junto a su más temible adversario, del imaginario colectivo, gracias sobre todo a las numerosas adaptaciones y derivaciones cinematográficas que ha sido objeto la novela del autor dublinés...


VAN HELSING: DE STOKER A SOMMERS

Desde que el escritor Bram Stoker le diera vida como antagonista del pérfido conde transilvano en Drácula, el profesor Van Helsing ha entrado a formar parte, junto a su más temible adversario, del imaginario colectivo, gracias sobre todo a las numerosas adaptaciones y derivaciones cinematográficas que ha sido objeto la novela del autor dublinés. Si bien es innegable que nunca ha alcanzado tamaña popularidad como el Rey de los no muertos y, en cierto modo, se ha visto a la sombra de éste (salvo en contadas ocasiones), sí se presenta como un personaje tan interesante -o incluso más, me atrevería a afirmar- como el propio conde Drácula. Asimismo, Stoker, desde su aparición transcurrido ya un tercio de la novela, no oculta su simpatía por el profesor holandés "filósofo y metafísico, y uno de los científicos más avanzados de su tiempo"(1) al que bautizó con su propio nombre de pila -Abraham-, y al que describe, a través del personaje de Mina, como un varón pelirrojo, de ojos azules, pobladas cejas y anchos hombros, rasgos físicos del propio escritor(2), y, por medio del Dr. Seward, como alguien que "posee unos nervios de acero, un temperamento frío, una indomable resolución, un dominio de sí mismo y una tolerancia que más que virtudes parecen bendiciones, y el corazón más bondadoso y leal que pueda encontrarse"(3); una serie de cualidades personales superiores a las de los otros personajes que pueblan el texto, convirtiéndole en un "verdadero Merlín capaz de proporcionarles los secretos necesarios para vencer al monstruo"(4). Esta identificación personaje/autor por medio del nombre de pila y las características físicas resulta curiosa, ya que cuando estaba gestando Drácula, Stoker trabajaba como apoderado del actor teatral Henry Irving, de quien, según Nina Auerbach, Drácula "es una inolvidable caricatura"(5). Para Roberto Cueto y Carlos Díaz Maroto, "Irving fue, en suma, un auténtico vampiro que se nutría de la actividad de los demás para fortalecer su ego"(6). Si Irving vampirizaba a Stoker como Drácula hacía con sus víctimas, qué mejor venganza que la de crear a su cazador de vampiros a su imagen y semejanza.

 

El anciano pragmático: la Universal

Antes de dar el salto al celuloide, la novela de Stoker pasaría con imparable éxito por las tablas, gracias a adaptaciones más o menos fieles -hay que tener en cuenta la compleja estructura de la novela como recopilación de diarios, epístolas y otros documentos redactados por los propios personajes, multiplicando los puntos de vista y haciendo necesaria la simplificación narrativa para su representación-. Entre sus numerosas representaciones teatrales cabe destacar la llevada a cabo por Hamilton Deane en Broadway en 1927 -protagonizada por Bela Lugosi como Drácula- dada la importancia que tendrá en la gestación del Drácula (Dracula, Tod Browning, 1930) que realizaría la mítica Universal tres años después. Curiosamente, nuestro afamado cazavampiros no gozaría de una incorporación cinematográfica digna de estudio hasta este film de Browning, pues la considerada primera adaptación cinematográfica, la húngara Drakula (Károly Lajtay, 1920), desgraciadamente se encuentra perdida, y la adaptación no confesa de Murnau, Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1921), se centra más en el triángulo amoroso de Orlok (Drácula), Ellen (Mina) y Hutter (Harker), y hace desaparecer de la trama al profesor holandés(7).

Por lo tanto, no sería hasta 1930 cuando Edward Van Sloan daría cuerpo al astuto enemigo de Drácula. Este actor californiano ya se había aventurado a interpretar a Van Helsing en los escenarios de San Francisco, saliendo más que airoso del empleo, y fue requerido por Carl Laemmle Jr. para repetir el papel ante las cámaras. Hay que reconocer que tanto el guión de Garret Fort -cuyas fuentes fueron el texto de Stoker y la obra de Hamilton Deane y John L. Balderston-, como el montaje al que se vio sometido el film por parte del estudio -en el que ni siquiera se presenta a Van Helsing argumentalmente-, junto con la falta de interés por parte de Browning hacia el personaje, no hicieron justicia al héroe de Stoker. Y es que "para el maestro de lo macabro, el cazador de vampiros es mucho menos interesante que para Coppola, Fisher y la práctica totalidad de los realizadores que lo convierten en un héroe inequívoco. No hay duda de que el conde es el favorito de Browning. Así, en tanto que el cineasta convierte al vampiro en un héroe romántico que recita versos plenos de un fascinante horror, el cazador de vampiros no es más que un pragmático"(8).

Quizá la reticencia del viejo Laemmle al género de terror(9) condicionó la concepción del personaje de Van Helsing, quien, más que el hombre versado en ocultismo de Stoker, se asemeja a un psiquiatra moderno: Van Helsing escucha y observa paciente y comprensivamente a Renfield, primero, y a Mina, después, como haría cualquier doctor ante unos pacientes con dolencias mentales; incluso mantiene dos enfrentamientos dialécticos con Drácula, en uno de los cuales el conde le replica "para alguien que ha vivido una sola vida, es usted un hombre sabio, Van Helsing".

En su primera aparición en el film, Van Helsing lleva a cabo la autopsia a Lucy, víctima del vampiro, en una sala médica, rodeado de colegas/discípulos que atienden y asienten a sus dictados. La siguiente secuencia le presenta manipulando tubos de ensayo y, tras haber analizado la sangre de Renfield, pide que le vuelvan a leer un texto sobre el vampirismo. Parece como si los creadores del film tuvieran miedo de no convencer al público y se viesen en la necesidad de ofrecer una explicación cuasicientífica de lo que se ha considerado siempre una superstición; es más, los propios protagonistas de la cinta, como el joven John Harker, dudan de las palabras de Van Helsing, quien debe imponer su autoridad, intentando argumentar empíricamente el problema que supone Drácula -le muestra a Harker cómo el conde no se refleja en los espejos, o al Dr. Seward cómo Renfield retrocede al sacarle una ramita de acólito- y repitiendo hasta la saciedad cómo logra saber que se trata de un vampiro lo que ha causado la muerte de Lucy y el malestar de Mina. Van Helsing supone el vehículo para dotar de cierta verosimilitud erudita a la cinta y pierde la frescura y la impronta de héroe de las que sí gozará en las adaptaciones posteriores.

De forma paralela al Drácula de Browning, la Universal llevaría a cabo una versión para el público de habla hispana, dirigida por George Meldford y protagonizada por Carlos Villarías como el conde y Eduardo Arozamena como Van Helsing. En esencia no se diferencia mucho la concepción del personaje, salvo que Arozamena es un tipo más orondo y torpe que el anterior, cuyas insuficiencias interpretativas hacen del personaje del cazavampiros aún más inverosímil y reiterativo, rozando peligrosamente la parodia, por culpa de una interpretación recargada y excesivamente exagerada y afectada -que por otro lado, no se diferencia mucho de la concepción actoral hispana imperante en la época-. En definitiva, tampoco merece una mayor profundización para lo que nos ocupa.

Paradójicamente, pese a las carencias del personaje de Van Helsing, este modelo de anciano profesor sabelotodo sentaría precedente en la Universal y el propio Van Sloan retomaría el rol en otros grandes clásicos del estudio, con otros nombres claro está: en El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931), de James Whale, como el doctor Waldman -"una especie de Van Helsing del que sólo conserva del personaje de la novela [Frakenstein] su apellido"(10)-, y como el doctor Muller en La momia (The Mummy, 1932) de Karl Freud -película que tiene más de una similitud con el film de Browning-. No sería hasta 1936, con La hija de Drácula (Dracula's Daughter, 1936), de Lambert Hillyer, cuando se continuase con la franquicia vampírica, y le ofreciese a Edward Van Sloan la posibilidad de encarnar de nuevo al cazavampiros, aunque en este caso aparece acreditado como "Von" Helsing (¡!), en una trama que comienza directamente donde lo dejó la anterior película y donde el profesor no es más que un nexo de unión entre ambas historias, convirtiéndose en un macguffin y quedando relegado del argumento principal al poco de comenzar el film. En esta ocasión, instantes después de que el profesor acabase con el conde, aparecen dos policías en las ruinas de la abadía. Al ver el cuerpo de Drácula con la estaca hundida en el pecho, interrogan a Van Helsing, quien no duda en confesarse autor de la muerte, revelando la leyenda de Drácula. Evidentemente, los gendarmes no le toman en serio -como ya sucediera en el anterior film- y el incomprendido anciano tiene que responder ante Scottland Yard. Es aquí donde parece que su destino está escrito: o la cárcel, acusado de asesinato, o el ingreso en una institución psiquiátrica. Será un discípulo suyo, el psiquiatra Jeffrey Garth, quien se verá involucrado en el asunto y se verá obligado a descubrir la verdadera naturaleza de los vampiros -en este caso, la condesa Marya Zaleska, la hija de Drácula del título-, para salvar al profesor. El resto de la trama girará en torno a la relación de Garth y la condesa, desapareciendo Sloan del relato.

 

El hombre de acción: Hammer Films

Después de su paso por la Universal, a excepción de un film turco de 1953, Drakula Istambul'da, de Mehmet Muhtar, basado en la novela de Stoker y El voivoda empalador de Ali Riza Seyfioglü(11), Drácula no volvería a ser objeto de adaptación(12) hasta que recogiese el testigo la otra gran casa del terror. Fue la británica Hammer Films la que, tras el éxito cosechado con su versión de Frankenstein -La maldición de Frankenstein (The Curse of Frankenstein, 1957), de Terence Fisher-, decidiera reunir al mismo equipo para llevar a cabo su propia interpretación de la obra stokeriana, dando lugar a un gran clásico del cine de terror (y del cine, en general): Drácula (Dracula, 1958), del propio Fisher, que consolidaría a la productora de James Carreras dentro del género fantástico y de terror.

Si en La maldición de Frankenstein Christopher Lee era el encargado de encarnar a la Criatura y Peter Cushing al doctor Frankenstein, en Drácula ambos volverían a ser cabezas de cartel, dando vida al noble vampiro el primero y a su afamado adversario el segundo. Mucho se ha hablado del carácter seductor -y/o sexual-, incluso animal, que aporta Christopher Lee a su Drácula, rompiendo con las creaciones de Lugosi (y su romanticismo hechizante) o Shreck (y su representación espiritual del mal). Empero, la otra gran ruptura se encuentra en la concepción del Van Helsing encarnado por Cushing, alejado completamente del erudito anciano Van Sloan. El Van Helsing hammeriano (o fisheriano, cabría puntualizar) es mucho más joven -Cushing rondaba los 45 años cuando rodó Drácula-, se trata un hombre de acción, ágil y astuto, con un claro objetivo: la destrucción del mal y, más concretamente, su encarnación, Drácula. Como apunta Juan M. Corral, "el Van Helsing de Peter Cushing será el mejor cazavampiros de la historia del cine; inteligente, decidido y tenaz, y sobre todo tan autoritario como su eterno enemigo"(13). Se podría decir que se trata del primer cazavampiros "profesional" -concepto que se acentuará a lo largo de las siguientes secuelas-. Es más, él es quien da el primer paso, enviando a su discípulo y amigo Jonathan Harker al castillo de Drácula para destruir al monstruo. Al sucumbir el joven en su intento, él mismo acudirá a terminar el trabajo, y apenas se mostrará dubitativo cuando encuentra a Harker en un ataúd convertido en uno de ellos: el joven recibirá el mismo tratamiento que cualquier otra criatura de la noche: la estaca.

Ciertamente, es Van Helsing el que provoca la partida de Drácula a Carlsbück, donde se encuentran él y los Holmwood, los familiares de Harker, pues es el profesor el que mueve la primera ficha: Harker había asesinado a la novia del vampiro, y éste busca la venganza, vampirizando primero a la prometida de Harker, Lucy Holmwood, y después a Mina. Van Helsing, como ya sucediera en los films de la Universal, es un incomprendido. El esposo de Mina y hermano de Lucy, Arthur Holmwood, le considerará culpable la muerte de Harker, y de la de Lucy, hasta que éste ve con sus propios ojos a la muchacha -convertida en vampiro- volver a su tumba. Hay una secuencia de la película que, pese a parecer a simple vista irrelevante, describe perfectamente la situación en la que se encuentra el personaje de Cushing: después de acudir al castillo de Drácula, Van Helsing estudia meticulosamente en su casa el diario de Harker, mientras escucha en un fonógrafo anotaciones previas sobre el vampirismo. Al entrar su criado, desconocedor de esta tecnología, pregunta al profesor si está hablando con alguien, a lo que Van Helsing responde "conmigo mismo". El mayordomo le mira extrañado, como si se encontrara ante un lunático. Esta escena nos describe a Van Helsing como un hombre adelantado a su tiempo, que dispone de las últimas herramientas tecnológicas para su labor -idea que retomará Stephen Sommers de forma mucho mas circense en su Van Helsing (Van Helsing, 2004)-, las cuales combina con otras formas tradicionales -la estaca, la luz del sol-. Pero que esa tarea es algo en lo que ya no se cree: la destrucción física del mal. Precisamente, la "muerte" de Drácula resulta la más física de cuantas se habían rodado hasta entonces. Tras un intenso combate cuerpo a cuerpo entre un saltarín Van Helsing y el conde, el cazavampiros arrancará las cortinas de un ventanal y hará retroceder, gracias a un crucifijo improvisado, a Drácula hasta la luz del sol, donde se descompondrá, transformándose en polvo.

Además de este indiscutible logro que supone, en su conjunto, el Drácula de Fisher, la mítica productora tendría otros grandes aciertos: la serialización -la mayoría de los films comenzaban donde había concluido el anterior-, lo que convirtió a Drácula en una rentable y apasionante franquicia, a la par que permitió crear interesantes desarrollos de los personajes -sobre todo en el tándem Drácula/Lee-Van Helsing/Cushing-, y, como consecuencia de ésta, la consagración de dos grandes iconos del género: el Drácula de Christopher Lee y el Van Helsing de Peter Cushing. No obstante, la secuela de Drácula curiosamente no contaría con la presencia del conde -y por lo tanto de Lee-, aunque sí con la de su adversario. Las novias de Drácula (The Brides of Dracula, 1960), de nuevo dirigida por Terence Fisher, nos muestra a un Van Helsing que continúa con su labor como cazavampiros, aniquilando a alimañas de la noche. En esta ocasión, el padre Stepnik solicitará la ayuda del profesor para terminar con el terror del Barón Meisnter y sus acólitas -entre ellas, su propia madre-, y nos encontraremos con un Van Helsing más radical en sus planteamientos y más expeditivo en sus métodos, como si su aventura anterior le hubiera creado una coraza, atisbándose en él incluso cierta crueldad. Pues, como indica Corral, "la brutalidad del enemigo de Drácula, obtenida después de tantos años de pérdidas de seres queridos y batallas contra el no muerto, contrasta con la debilidad, el arrepentimiento y el deseo de humanidad que los vampiros de este largometraje presentan en sus características"(14): ante la petición de la madre del barón de terminar con su sufrimiento -el vampirismo-, Van Helsing esboza una leve sonrisa y sentencia: "Puede haber una solución", y cuando el profesor es mordido por Meinster en la pelea del establo no duda en cauterizar la herida con un hierro candente, a fin de evitar el mal; lo que también se puede leer como el autocastigo purificador ante la tentación -el vampirismo, en este caso homoerótico y liberador-, tal y como si de un flagelante se tratase.

Aunque la trilogía vampírica de Fisher se completase con Drácula, príncipe de las tinieblas (Dracula, Prince of Darkness, 1966), en esta Van Helsing únicamente aparecería en un breve prólogo a modo de resumen donde se mostraba la lucha mantenida entre vampiro y cazador acontecida en Drácula. Habría que esperar hasta Drácula 73 (Dracula A.D. 1972, 1972), de Alan Gibson, para volver a ver a los archienemigos juntos. En esta ocasión, con la intención de renovar la franquicia y atraer a un público joven, la acción salta casi un siglo, hasta los años setenta, donde los guionistas se vieron en la necesidad de justificar la presencia de los míticos personajes. La de Drácula resultó fácil: resucitándole; de esto se encargaría un joven con el explícito -y manido hasta la saciedad- nombre de Johnny Alucard. Y la presencia de Van Helsing se resolvería afirmando que se trataba de un descendiente del profesor, aunque en realidad Cushing -con unos catorce años más, que no pasan en balde- continúa en la línea interpretativa mantenida en los films precedentes: la lucha contra el mal es la carga que ha de soportar, aunque en este caso haya sido transmitida de generación en generación. A Drácula 73 le seguiría, de la mano del mismo director, Los ritos satánicos de Drácula (The Satanic Rites of Dracula, 1974), continuación de la anterior, en época y casi argumento, con la afinada excepción de que en este caso Drácula se presenta como un empresario y gurú de una secta satánica, decidido a terminar con la humanidad mediante una guerra bacteriológica. Hay en este film una secuencia muy interesante para lo que nos ocupa. Es la escena en la que Van Helsing se dirige al despacho de Drácula, situado en el edificio de industrias Dennan. Ya en el vestíbulo, el conserje advierte a Van Helsing que el señor D. D. Dennan (es decir, el propio Drácula) no recibe a nadie. Pero una cámara de seguridad observa la situación y, a los pocos segundos, el conserje recibe una llamada en la que se le comunica que deje pasar al profesor -después de tantos años de lucha encarnizada, es exactamente su máximo enemigo el único que se puede dignar a visitarle-. Ya en el despacho, Drácula espera a Van Helsing sentado en una mesa, a contraluz, impidiendo que se distingan las facciones de su rostro. El vampiro le pide que tome asiento, y Van Helsing se acerca a la mesa, como si estuviera midiendo a su némesis. Ya están los dos viejos adversarios frente a frente, se conocen muy bien, tantos años de combate hacen que cualquier movimiento pueda ser fatal para alguno de ellos. Tras un breve duelo dialéctico, un juego en el que se trata de desenmascarar a Drácula -una farsa que ambos cumplen con rigor-, es Van Helsing quien toma la iniciativa y, mediante un simple truquito como dejar una Biblia sobre el escritorio -hay que reconocer la falta de imaginación y oficio del director y los guionistas-, logra tener a Drácula bajo su merced y el de la cruz. Trivial victoria, pues en seguida es reducido por los secuaces del conde. Ambos actores, Lee y Cushing, están inconmensurables en sus roles, transmiten esa serenidad de los viejos guerreros y enemigos, ese respeto mutuo que se profesan, a la par de ese odio que sobrepasa la muerte. Una lástima que el resto del film no siguiese por esa línea, desaprovechando lo que podría haber sido una digna actualización del mito: el vampiro -gran empresario- como ese ser despiadado, que se alimenta -dilata su fortuna- a costa de explotados trabajadores y pobres consumidores, intenta copar todos los sectores del poder -sus acólitos de la secta-, y propagar una plaga -el capitalismo- por todo el planeta..

La última película de la Hammer en la que aparecería Van Helsing sería Kung Fu contra los siete vampiros de oro (The Legend of the Seven Golden Vampires, 1974), realizada por Roy Ward Baker(15). En esta ocasión, el profesor Van Helsing se encuentra dando una conferencia en una universidad oriental; parece como si después de tanta sabiduría adquirida a lo largo de los años de interminable lucha, Van Helsing se viese en la obligación de "difundir el mensaje" sobre la encarnación del mal y el combate contra ésta. Entre los asistentes se encuentra un joven asiático, perteneciente a una familia que también se ha dedicado a combatir el mal durante siglos. Juntos comenzarán una nueva aventura contra la nueva personificación del Señor de las Tinieblas, en este caso reencarnado en un tipo que nos recuerda más a Fu Manchú. Como atestigua Juan M. Corral, Van Helsing continúa siendo incomprendido, "tomado por un loco (incluso su propio hijo lo considera un simple antropólogo)"(16), cruz que llevará el personaje toda su existencia.


Laurence Olivier: el regreso a la Universal

Junto a las producciones de la Hammer, y de rivales también británicos como la Amicus, los 60 y 70 fueron un hervidero vampírico, provocando, eso sí, cierta denigración en el mito stokeriano(17), por lo que habría que recurrir a dos remakes en las postrimerías de la década para devolver a Drácula (y por lo tanto, a su cazavampiros) al estatus que merecían. Los encargados fueron por un lado Werner Herzog con el remake/homenaje/revisitación del Nosferatu de Murnau, Nosferatu, el vampiro de la noche (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979), y por otro la Universal y el director John Badham con Drácula (Dracula, 1979). En el caso del film de Herzog, lo primero a destacar es la sensiblemente mayor presencia del profesor Van Helsing que en el film que homenajea. No obstante, incorporado por Walter Ladengast, el Van Helsing de Herzog se aleja bastante de la concepción de cazavampiros que se había caracterizado -sobre todo en la Hammer Films- anteriormente, pues, como dicta Ramón Freixas "el dibujo del profesor Van Helsing, apacible e incrédulo, (es) ajeno a la condición de implacable y obsesivo cazador de vampiros transmitida por el cine, que rehúsa la creencia en la mitología, en la superstición, pero que acabará acusado (y más o menos detenido) de (re)matar a Drácula"(18). Imputación que, como se ha visto anteriormente, tiene el precedente del Van Helsing de Edward Van Sloan en La hija de Drácula, y que aquí Herzog aprovecha para dar la victoria (moral) al vampiro, pues, a pesar la exterminación de éste, Harker, contagiado por el mal, continuará las artes de Drácula, vagando por el mundo.

A la par que un realizador germano revisaba el trabajo de un compatriota realizado más de medio siglo antes, el mito stokeriano regresaba al estudio que le dio fama y creó el concepto aristocrático que goza hasta nuestros días: la Universal. Si bien era difícil superar, bajo mi criterio, el Drácula de Lugosi -y Frank Langella elabora un conde antológico-, el Van Helsing de Sloan no suponía ningún reto, sobre todo si el encargado de darle vida es un intérprete de la talla de Laurence Olivier. Basada -como la versión de Browning- en la obra de Hamilton Deane y John L. Balderston, y con ciertos cambios en el guión -en este caso Mina es hija del profesor, mientras que Lucy lo es del Dr. Seward-, el Drácula de John Badham presenta a un Van Helsing vengativo y obstinado, que se enfrenta incluso al resto de los que, para proteger a sus féminas del chupóptero, se convertirán en improvisados cazadores de vampiros: el Dr. Seward y Jonathan Harker. Un equipo que, más que combatir el mal, intenta proteger su estatus ante "un Drácula que les supera en todos los conceptos, de gestos elegantes, educación refinada y sofisticada inteligencia"(19). En definitiva, un grupo de burgueses reaccionarios que se escudan ante el invasor extranjero, aristócrata y educado, que tienta a sus mujeres, convirtiéndoles en seres detestables (si en la Hammer eran voluptuosas ninfómanas sedientas de sangre -sexo-, en este caso, superando el puritanismo victoriano, se trata de entes repugnantes, engendros). El extravagante Van Helsing de Olivier, curiosamente, es la vanguardia del patriarcado y la organización política que se sustenta de él, y Drácula y sus acólitas -la propia Mina, hija del profesor- suponen un feroz riesgo para el estamento familiar(20). Es realmente el único capaz de hacer frente al noble transilvano, pues Seward y Harker se muestran débiles y pusilánimes, ante la amenaza externa del vampiro.

 

El excéntrico victoriano: Francis Ford Coppola

Tras un período de sequía draculiana(21)en los años 80, tendrían que entrar los 90 para que el cine volviese a ver una adaptación digna de la novela de Stoker, y el artífice sería el megalómano director italoamericano Francis Ford Coppola. Con una concepción atípica en lo que se venía produciendo habitualmente y quizá demasiado pretenciosa, Drácula, de Bram Stoker (Bram Stoker's Dracula, 1992) intentó abarcar, sin todo el éxito (artístico) esperado, numerosos campos: ser fiel a la novela, conferir al personaje del vampiro un rigor histórico, transformar el horror en una historia de amor verdadero, homenajear a los anteriores films sobre el texto de Stoker y responder a la concepción multigenérica que se viene dando en el cine postmoderno. Aún así, Coppola crea un film plásticamente delicioso y hace al mito numerosas aportaciones, sobre todo en el tema que nos ocupa.

El Van Helsing de Anthony Hopkins es quizá el que más próximo esté a su enemigo, al que realmente admira -"¡es el enemigo que he buscado toda mi vida!", llega a aseverar desternillándose como un lunático cuando descubre que se trata de Drácula-. Coppola incluso le da un toque sobrenatural, como demuestra la secuencia donde el profesor está explicando la dolencia que afecta a Lucy, desaparece en mitad de la conversación, mientras continuamos escuchando su voz en la lejanía, y surge -como por arte de magia- en otro lugar del gótico jardín en el que se encuentra el grupo de cazadores de vampiros. Como en la novela de Stoker, Van Helsing es requerido porque es el único capaz de entrar en el mundo de tinieblas al que se van e enfrentar -¿quizá porque efectivamente pertenece a él?-. Van Helsing es un outsider, un tipo que se encuentra fuera de los límites sociales -pese a mostrarse como profesor, sus bases son materias alternativas y ciencias "ocultas" como el mesmerismo o hipnotismo-, que no comparte los modales de la época -cuando le presentan a Mina (Wynona Rider), agarra por la cintura a la muchacha y acomete un impetuoso baile, tras el cual le susurra "usted es una luz"-, ni los respeta ­no duda en sucumbir a las proposiciones de la propia Mina, a los pies del castillo de Drácula-, resultando repulsivo en ciertos momentos -narra la cruel muerte de la vampírica Lucy mientras desgarra un gran pedazo de carne asada-, pero que se antoja indispensable y, efectivamente, el único medio que tienen el resto de personajes de salvaguardar su estatus, anterior a la aparición del conde, y de volver al orden natural de las cosas.

También su atuendo difiere bastante de los usados anteriormente para caracterizar al cazador de vampiros. En esa compilación genérica que es el film de Coppola, se acerca a Van Helsing a la imagen de un anciano aventurero, un viejo y excéntrico hombre de acción, con su sombrero de ala ancha, su bufanda mal colocada y su abrigo largo y oscuro -estética que retomaría de manera más juvenil y cyberpunk el Van Helsing de Stephen Sommers-, bastante alejada del recio caballero victoriano que fueran Peter Cushing o Laurence Olivier. En cambio, el personaje de Coppola no es ajeno a sus predecesores. La presentación de Van Helsing acontece de manera análoga al film de Browning; el profesor se encuentra ante una audiencia que atiende respetuosamente a sus dictados, aunque en este caso se trata de un aula universitaria, a priori una facultad de medicina. Sin embargo, lejos de lo que parece una charla científica, el discurso de Van Helsing se acerca más a una disertación filosófica o sociológica: su identificación de civilización con la sífilis y de la sangre con el sexo revelan el carácter que desarrollará a lo largo del film. Coppola le pone directamente en acción, practicando la transfusión a Lucy. Tras llevar a cabo la operación, Van Helsing es perfectamente consciente de lo que padece la muchacha, no especula en ningún momento, y tratará de explicárselo a su joven discípulo el doctor Seward y a sus compañeros Holmwood y Morris, y, como Cushing en el Drácula de Fisher, no será hasta que los jóvenes vean a la pobre Lucy como una "concubina del diablo", fuera de su tumba, cuando le tomen en serio. En definitiva, es el adjetivo "incomprendido" el que le acompañará en el film, de la misma forma que caracterizó a las creaciones de Van Sloan o Cushing. Si bien, en este caso lo tiene merecido, pues la línea que separa el juicio del fanatismo y, por consiguiente, de la enajenación es delgadísima y, llevando a todos por ese espinoso camino, él mismo llega a afirmar "nos hemos convertido en locos de Dios", mucho más peligrosos que el propio vampiro.

 

El hombre que aniquilaba monstruos: Stephen Sommers

En 1999, el director Stephen Sommers(22)y los estudios Universal sorprendían con un remake del clásico La momia (The Mummy, 1932), realizado en su momento por Karl Freund y protagonizado por el gran Boris Karloff en los propios estudios, tras los éxitos del Drácula de Tod Browning y el Frankenstein de James Whale. De título homónimo, el film de Sommers se aleja considerablemente del ambiente terrorífico y malsano con el que jugaba Freund, para convertirse en un relato de aventuras al más puro estilo de Indiana Jones: acción trepidante y últimas tecnologías arropan a Rick O'Connell (Brendan Fraser), un héroe socarrón e inquieto, que parece el hermano menor del mítico personaje creado por Steven Spielberg, George Lucas y Harrison Ford. Hay que reconocer que La momia conectó muy bien con el público actual, lo que supuso la realización de una secuela, El regreso de la momia (The Return of the Mummy, 2001), de la mano del mismo director y equipo, y de un spin off de uno de los personajes de ésta, El rey Escorpión (The Scorpion King, 2002), escrita y producida por Sommers y dirigida por Chuck Russell. La asociación Sommers-Universal obtuvo abundantes beneficios, lo que dio pie a desempolvar a más personajes clásicos de la época dorada del estudio para que el realizador les actualizara y homenajeara a su manera. Se habló entonces de una nueva versión de Frankenstein en animación, e incluso de una tercera entrega de La momia.

Al final fue una historia original la elegida; eso sí, inspirada en los cócteles de monstruos que el estudio había pergeñado en los años 40 -como Frankenstein y el hombre lobo (Frankenstein Meets the Wolf Man, 1943) de Roy William Neil, o el díptico de Erle C. Kenton compuesto por La zíngara y los monstruos (House of Frankenstein, 1944) y La mansión de Drácula (House of Drácula, 1945)-, cuando el género que tanto les había dado estaba de capa caída. Surgió así Van Helsing (Van Helsing, 2004), protagonizada por Hugh Jackman como el joven cazavampiros, y en la que, pese a que en esta ocasión el conde Drácula vuelve a lucirse como el gran villano de la función, también se pasean por el metraje el monstruo de Frankenstein y el hombre lobo.

Tal y como ya le ocurriera a Dracula, de Bram Stoker, el Van Helsing de Stephen Sommers responde a la ensalada genérica habitual en los films pertenecientes a esta época que algunos autores conciben como posmodernidad. Van Helsing queda lejos de configurarse únicamente como una película de terror -aunque evidentemente no desdeña de sus orígenes, como atestigua el prólogo homenaje en blanco y negro, donde Sommers convierte su película en una pseudosecuela del clásico Frankenstein de James Whale-, inscribiéndose más en el género de aventuras, donde encontramos elementos del western -ver la secuencia de presentación de Van Helsing, en la que éste arranca un cartel con su retrato bajo el lema "Avis de recherche. Mort ou vif" (algo así como "Se busca. Vivo o muerto"); el atuendo del cazavampiros, con ese sombrero de ala ancha y ese abrigo largo, que le hace parecer recién salido de cualquier western crepuscular como Sin perdón (Unforgiven, Clint Eastwood, 1992) o Grupo salvaje (The Wild Bunch, Sam Peckinpah,1969); o ese final con Van Helsing cabalgando hacia la puesta de sol-, del cine de superhéroes -los artilugios que utiliza el personaje de Hugh Jackman le aproximan a los Batman de Tim Burton, o a otro colega de profesión como es Blade; y las acrobacias realizadas en el castillo de Drácula gracias a los cables que sustentan un puente recuerdan mucho a los Spider-Man de Sam Raimi(23)-, o de la saga sobre el agente 007 -su carácter de agente secreto al servicio de la Iglesia Católica con licencia para matar a todo aquel sea considerado perteneciente a las fuerzas del mal; o atención a la secuencia en la que el fraile Carl (David Wenham) le muestra a Van Helsing las armas que ha diseñado para su aventura en Transilvania, como hacía el manitas Q con James Bond-. Tampoco hay que desatender las claras influencias que tiene el film de Sommers del anime japonés, tanto en cuestiones de planificación de secuencias como en la ya comentada vestimenta de Van Helsing, pues también nos remite al cazavampiros más famoso de la animación japonesa: D, del cual se han realizado dos films ­Vampire Hunter D (Vampire Hunter D- Kyûketsuki Hunter D, Toyoo Ashida,1985) y Vampire Hunter D: Bloodlust (Vampire Hunter D: Bloodlust, Yoshiaki Kawajiri y Tai Kit Mak, 2000)- y una serie para la televisión.

El propio Stephen Sommers define a su cazavampiros como el hermano pequeño del ideado por Stoker y tantas veces representado. De hecho, cambia su nombre de pila Abraham por el de Gabriel. Tampoco le describirá como un obseso con su cometido. Se trata de un tipo que realiza muy bien su trabajo, sin implicarse sentimentalmente en lo que hace, cercano a un cazarrecompensas o a un mercenario, como lo eran los cazavampiros de John Carpenter en Vampiros (Vampire$, 1998). Sin embargo, esto (o precisamente por ello) no quita para que Van Helsing haga gala en ciertos momentos de cinismo y sentido del humor (edulcorado, eso sí, a la manera de Hollywood, falto de una buena dosis de verdadera mala leche), restando la categoría mística a su profesión: a este luchador contra las fuerzas del mal poco le importa quién es su adversario (Mr. Hyde, Drácula, el hombre lobo o el monstruo de Frankenstein), todos reciben el mismo tratamiento. Tampoco se molesta en estudiar a sus enemigos (para eso estaría el fraile Carl), lo único que interesa es la forma de aniquilarlos, cuanto más rápida y eficaz, mejor; lo que le aleja evidentemente de sus ilustres antecesores y, a su vez, le aproxima al ya citado Blade o al Jack Crow de Vampiros, claros ejemplos de que en estos tiempos que corren lo único que sirve contra las huestes del Infierno es la fuerza bruta. Lejos han quedado esos enfrentamientos dialécticos entre Van Sloan y Lugosi en el Drácula de 1931, o entre Cushing y Lee en Los ritos satánicos de Drácula.

 

Alfonso G. Moraleja (Madrid. España)

 

Bibliografía

STOKER, Bram. Drácula. Madrid: Cátedra, 2001. Edición y traducción de Juan Antonio Molina Foix.

CORRAL, Juan M. Hammer. La casa del terror. Madrid: Calamar Ediciones, 2003.

CUETO, Roberto y DÍAZ MAROTO, Carlos. Drácula. De Transilvania a Hollywood. Madrid: Nuer Ediciones, 1997.

MEMBA, Javier. El cine de terror de la Universal. Madrid: T&B Editores, 2004.

MOLINA FOIX, Juan Antonio. Introducción a Drácula op. cit.

VV. AA. El cine fantástico y de terror de la Universal. San Sebastián: Donostia Cultura, 2000.

 

Revistas:

Dirigido. Nº 256. Abril 1997. Especial 100 años de Drácula. Barcelona: Dirigido por.

Dirigido. Nº 333. Abril 2004. Especial Hammer (1ª parte). Barcelona: Dirigido por.

Dirigido. Nº 334. Mayo 2004. Especial Hammer (2ª parte). Barcelona: Dirigido por.

Dirigido. Nº 335. Junio 2004. Especial Hammer (3ª parte). Barcelona: Dirigido por.

Quatermass. Nº 6. Verano 2004. Antología del cine fantástico británico. Bilbao: Astiberri Ediciones.

 

Notas:

(1) Bram Stoker, Drácula, Madrid, Cátedra, 2001, pág. 255.

(2) Roberto Cueto y Carlos Díaz Maroto, Drácula. De Transilvania a Hollywood, Madrid, Nuer Ediciones, 1997. pág. 66.

(3) Bram Stoker, Op. cit., págs. 255-256.

(4) Juan Antonio Molina Foix, Introducción a Bram Stoker, Drácula, Madrid, Cátedra, 2001, pág. 45.

(5) Juan Antonio Molina Foix, Op. cit., pág. 12

(6) Roberto Cueto y Carlos Díaz Maroto, Op. cit., pág. 80.

(7) Antonio Santamarina, "Drácula. Un mito convertido en estrella de Hollywood", en VV. AA. El cine fantástico y de terror de la Universal, San Sebastián, Donostia Kultura, 2000, pág. 146.

(8) Javier Memba, El cine de terror de la Universal, Madrid, T&B Editores, 2004, pág. 65.

(9) Juan Antonio Molina Foix, "La gran U: La factoría del terror", en VV. AA., El cine fantástico y de terror de la Universal, San Sebastián, Donostia Kultura, 2000, pág. 23.

(10) Juan Antonio Molina Foix, Op. cit., pág. 32.

(11) Roberto Cueto y Carlos Díaz Maroto, Op. cit., pág. 156.

(12) Aunque los vampiros pasaron a ser una constante en el medio cinematográfico: el propio Bela Lugosi protagonizaría como chupasangre La marca del vampiro (The Mark of the Vampire, 1935), de Tod Browning, The Return of the Vampire (1943), de Lew Landers, y aparecería como Drácula en la comedia Abbott & Costello contra los fantasmas (Abbott & Costello Meet Frankenstein, 1952), de Charles T. Barton, el personaje del conde también formaría parte de los cócteles de monstruos realizados por Erle C. Kenton para la Universal, La zíngara y los monstruos (House of Frankenstein, 1944) y La mansión de Drácula (House of Dracula, 1945), y por último, mencionar, por su radical importancia, otros films de vampiros como el mejicano El vampiro (El vampiro, 1957), de Fernando Méndez, el británico La sangre del vampiro (Blood of the vampire, 1957), de Henry Cass, y el italiano I vampiri [tv: Los vampiros, 1957] de Ricardo Freda (y Mario Bava).

(13) Juan M. Corral, Hammer. La casa del terror, Madrid, Calamar Ediciones, 2003. pág. 70.

(14) Juan M. Corral, Op. cit., pág. 92.

(15) Autor de otro film de la serie de Drácula, Las cicatrices de Drácula (Scars of Dracula, 1970) y de otras películas sobre vampirismo como la basada en el relato Carmilla de Sheridan Le Fanu The Vampire Lovers [tv: Las amantes vampiros, 1970] ­en la que Cushing tenía un papel como el General von Spielsdorf, quien se ha de enfrentar a una atractiva chupasangre (Ingrid Pitt)-.

(16) Juan M. Corral, Op. cit., pág. 200.

(17) Destacar la versión de Drácula de Jesús Franco, El conde Drácula (1969), protagonizada por Christopher Lee como el conde y Herbert Lom como Van Helsing, y su libre continuación Dracula contra Frankenstein (1974), ya sin Lee ni Lom, por citar los trabajos del realizador madrileño.

(18) Ramón Freixas, "Nosferatu, vampiro de la noche, de Werner Herzog", en Dirigido. Nº 256. Abril 1997. Especial 100 años de Drácula. Barcelona: Dirigido por. Págs. 82 y 83.

(19) Tomás Fernández Valentí, "Drácula, de John Badham", en Dirigido. Nº 256. Abril 1997. Especial 100 años de Drácula. Barcelona: Dirigido por. Págs. 84 y 85.

(20) Que no vampírica, pues esta década ha dado films muy destacables como El ansia (The Hunger, 1983) de Tony Scott, Noche de miedo (Fright Night, 1985), de Tom Holland, Jóvenes ocultos (The Lost Boys, 1987), de Joel Schumacher, Los viajeros de la noche (Near Dark, 1987), de Kathryn Bigelow o el film de animación Vampire Hunter D (Vampire Hunter D, 1985), de Tayoo Ashida.

(21) Director de films como Las aventuras de Huckleberry Finn (The Adventures of Huckleberry Finn, 1993), El libro de la selva (The Jungle Book, 1994) o Deep Rising (Deep Rising, 1998).

(22) Las películas citadas son Batman (Batman, 1989) y Batman vuelve (Batman Returns, 1992), ambas dirigidas por Tim Burton; Blade (Blade, 1998), de Stephen Norrington, Blade II (Blade II, 2002), de Guillermo del Toro, y Blade Trinity (Blade Trinity, 2004), de David S. Goyer; Spider-Man (Spider-Man, 2002) y Spider-Man 2 (Spider-Man 2, 2004), ambas de Sam Raimi.

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