La Ciudad Futura

lkjhEl siguiente artículo fue publicado en La Ciudad Futura hace casi doce años (octubre de 1990) e imaginariamente fechado en el 2023, dentro de 21 años. Releyendo viejos ejemplares me pareció que cobraba una inusual vigencia. Porque al cabo de doce años todo se repite, pero multiplicado y -¿será posible?- con un final que bien podría ser el que a continuación se reseña. Esperemos que no. Ah, en aquel momento La Ciudad Futura costaba 25.000 australes. ¿Australes? Sí, así se llamaba una moneda que circuló en su tiempo.

"Querido chaval" por Sergio Bufano

España, diciembre de 2023

Querido nieto: Imagino tu sorpresa al recibir esta carta. La nostalgia, el ostracismo, y también la edad (acabo de cumplir los 80 años) me han alejado de las letras, de la hoja escrita, del teclado de la máquina. Venzo hoy una enorme resistencia y me obligo a poner la pluma sobre el papel; disculparás entonces la vacilante letra de este anciano marchito por los años.

No temas. No escribo para narrarte mis cuitas. Lo hago porque debo pedirte un pequeño favor. Pero antes, para que comprendas por qué lo hago, te contaré brevemente una historia. Estoy seguro, mi querido chaval, que poco y nada pueden interesarte las rememoraciones de un viejo, pero los minutos que pierdas leyendo esta carta compensarán los pocos años que me quedan de vida.

Hace tres décadas, a fines de los ochenta o principios de los noventa del siglo pasado, vivía yo en tu ciudad ­llamada en aquel entonces Buenos Aires-, y participaba junto con un reducido pero entusiasta grupo de amigos en la publicación de una revista. Eran épocas de grandes cambios en el mundo y nosotros, hombres maduros ya, nos sentíamos testigos de las transformaciones que finalmente culminaron en este nuevo orden mundial. La historia, aún desordenadamente, avanzaba ante nuestros ojos con un ímpetu formidable y nos colmaba de perplejidades, incertidumbres y también satisfacciones. Sin embargo, en ese territorio del sur del continente americano, la situación era crítica. Se me borran las fechas pero creo que fue por aquellos años que gobernaba un hombrecito oriundo del norte, de apellido árabe o portugués, de rostro hirsuto y peculiar figura. A él le tocó gobernar durante la última etapa, antes de la resolución de Naciones Unidas. Algunos intentaron hacerlo responsable de todos los sucesos. Nada más injusto. Apenas fue el detonante, la última impureza de un tejido harto apolillado que nadie hubiera podido rescatar. ¡Ah, chaval, qué ciegos que fuimos! Todos los días recibíamos claras señales de la desintegración a la que nos dirigíamos y sin embargo no supimos advertirlas. Ante nuestros ojos desfilaban alegremente las pruebas de la inviabilidad de ese país pero nosotros -insensatos- no las reconocíamos.

Recuerdo la desconfianza en nuestra propia moneda; durante muchos años cada gobierno que subía le quitaba ceros con la vana esperanza de agregarle poder. Más adelante le cambiaron el nombre, y aún así en varias provincias circulaban otras monedas paralelas. El trabajo de los hombres se pagaba con papeles sin valor alguno fuera de los límites provinciales, y con dudoso valor en el propio territorio. El dólar, que año tras año se impuso como moneda nativa, era rápidamente enviado a cuentas en otros países.

La gente, desesperada por la corrosión de su nivel de vida, buscaba en el azar lo que no obtenía en el trabajo. Se creaban nuevos juegos: loterías nacionales, loterías provinciales, prodes, quinis, lotos, bingos y casinos proliferaban junto con la ansiedad producida por la catástrofe. Todos iban detrás de dólares, plazos fijos, bagon, bonex, vavis, tidol y más cuyo nombre no recuerdo en una infernal carrera sin destino. Otros, quizás más previsores, optaban por la fuga; largas colas en las embajadas señalaban el sentimiento social. Un nuevo verbo se acuñaba por aquel entonces y se repetía en todos los hogares: salvarse.

¿Cómo no lo advertimos, qué fue lo que nos cegó e impidió ver el deterioro que se producía día tras día en las ciudades, en las calles sucias, en la industria obsoleta, y por supuesto en el trato entre los propios habitantes? Cada vez había menos obreros y más kioscos, se cerraban fábricas y se abrían mesas de dinero, se cortaba la luz a las universidades, se despreciaba la investigación científica y se incentivaba la especulación. ¡Qué curioso! Ahora que enumero todo esto advierto que suena mucho más catastrófico el relato que las vivencias de ese entonces. Las cosas sucedían cotidianamente, pero nos amoldábamos poco a poco a la desgracia y esperábamos -ayudados por vacuas promesas- el salvador arribo de capitales extranjeros que vendrían a brindarnos prosperidad. Tú no sabes, mi querido, hasta qué punto los hombres construyen fantasías con tal de imaginar un futuro promisorio.

La gente se entusiasmaba -con cierta ingenuidad malsana, abotagada la razón- con cualquier aspirante al gobierno que prometiera el paraíso a breve plazo. Así, durante décadas aplaudió el arribo de dictadores militares o presidentes civiles. Era igual. Pero al deslumbramiento sin límites le seguía un desencanto veloz. Ay, mi chaval, nada es más elocuente de la inmadurez humana que el amor o el odio desmedidos.

Es probable que haya sido esa inmadurez la que alentó una historia desenfrenada y a la vez patética. Fíjate que yo crecí viendo cómo se robaban muertos: hubo militares que robaron el cadáver de una mujer y lo escondieron durante dieciocho años; hubo guerrilleros que robaron del cementerio el cadáver de un general. Hubo militares que robaron diez mil cadáveres que jamás aparecieron. Era la sinrazón. Nadie en el mundo civilizado comprendía esa curiosa militancia necrofílica.

A ello se sumaba, en forma simultánea, una suerte de soberbia nacional cuya mayor expresión fue una guerra contra Inglaterra, pero que también se advertía en la certeza de que en la Argentina... había nacido Dios.

Somos los mejores del mundo, gritaban los hambrientos en las calles luego de haber perdido un partido de fútbol en Italia; eran épocas tumultuosas en donde los acontecimientos nos desbordaban. Recuerdo un período en donde en sólo cinco años y medio hubo cuatro mil huelgas.

Al calor de la escritura le memoria se despierta; en la que entonces se llamaba provincia de Córdoba los grandes empresarios robaban al estado un millón de dólares al mes mediante conexiones clandestinas de electricidad. En la otrora provincia de Buenos Aires, que supo ser pujante territorio de industrias, ya en los años 90 los ricos sustraían un setenta por ciento de la energía robada al estado. Buena parte del barrio de San Isidro, una zona donde se levantaban fáusticas residencias, figuraba en catastro como terreno baldío para evitar el pago de impuestos.

Los ricos, mi querido, siempre han robado. En todos los países y en cualquier momento de la historia. Pero no creo que haya habido una burguesía tan escandalosamente corrupta como la argentina, tan despreocupada por el destino de su país, tan desmesurada en su ambición de riqueza que -aún sabiendo que conducía a la nación hacia la disgregación- siguió alentando la inflación y la especulación financiera que le brindaban márgenes de utilidades superiores a los obtenidos por la producción. No hay economía que resista esa gangrena. Y debo decirte que la Argentina había sido productora de petróleo y era rica en gas natural, carbón, hierro y uranio; llegó a tener 28 millones de hectáreas cultivadas. El ganado se reproducía libremente y una apretada malla de ferrocarriles y caminos de densidad no conocida en América Latina recubría pampas fértiles dispuestas a ofrecer abundancia de alimentos. Y sin embargo, todos los años morían 18.000 niños de hambre.

Nuestra clase dirigente estaba sumergida en la molicie.

Hay algo que a pesar de los estudios posteriores realizados en prestigiosas universidades del mundo y con ayuda de la mejor tecnología no se logró establecer jamás: qué conjunción de factores sociales, qué complejo conglomerado de episodios históricos, ideologías, hábitos o sencillamente maleficios divinos se concentraron en ese territorio para que existiera la iglesia más reaccionaria del continente, las fuerzas armadas más recalcitrantes, los sindicatos más conservadores y corporativistas, junto con la burguesía más corrompida. Nunca, nadie, pudo develar esa incógnita que acosó a los más grandes científicos sociales del mundo.

¡Ah, chaval, lo que se hizo en ese país no tiene perdón de Dios!

Hubo momentos en que tuvimos esperanzas; creíamos que la crisis era sólo un lapso de transición entre períodos sólidos. Pero iniciada en 1930, lejos de menguar, la decadencia se acentuó y fue invadiendo todas las disciplinas: el cine, las artes, la literatura, el periodismo, el teatro. Aquel país que había nutrido de libros a toda la América hispana terminó importando ediciones para minorías que continuaron leyendo por obcecación.

Los diarios se ocuparon de frivolidades y olvidaron las noticias trascendentes; valía más la desnudez de una funcionaria que posaba ante los fotógrafos que la muerte de Edgard Bayley, a quien rápidamente olvidaron.

La Argentina se fue dislocando y finalmente llegó a representar un peligro para el mundo civilizado. Cuando las Naciones Unidas decidieron parcelar el territorio, distribuir a los habitantes en distintas regiones y entregar las parcelas a gobiernos vecinos sólo estaba interpretando el anhelo de la mayoría del planeta. El mundo estaba harto de los argentinos.

A mí me enviaron a Santa Fe y quedé bajo bandera paraguaya. Decidí emigrar a España porque no tolero el mate ni el chamamé. Hubiera preferido vivir en la Capital Federal, pero la imposición del idioma portugués superó mi capacidad de angustia. Sinceramente, no me hallaba.

Y ahora voy al motivo de esta carta. La revista que editábamos en aquel momento se llamaba La Ciudad Futura; gracias a un amigo me enteré de que en una vieja librería se vende -por unos pocos cruceiros- una colección completa. Me interesan todos los artículos de Emilio De Ipola, un pensador que trascendió a su tiempo. No creas que me guía curiosidad o entusiasmo intelectual alguno. Sólo deseo vender aquí esos artículos pues podría obtener una suma que me permitiría vivir decorosamente hasta el fin de mis días. Las obras que escribió este buen hombre son muy cotizadas.

Que Dios te bendiga.

S.B.