Cine argentino: una historia

loiPropio de cualquier autoritarismo, cualquiera sea su forma, que rija en algún país del mundo, la dictadura ejerció sobre las manifestaciones culturales un absoluto poder de censura. Y el cine argentino no fue la excepción...

Mucho se ha escrito y hablado (y filmado) sobre la última dictadura militar que azotó a la Argentina entre 1976 y 1983, que nos gobernó bajo el pomposo nombre de "Proceso de Reorganización Nacional". Durante las sucesivas presidencias de Videla, Viola, Galtieri y Bignone se aplicó en el país un implacable terrorismo de Estado que arrojó la escalofriante suma de entre 8.000 y 30.000 desaparecidos, y que culminó con uno de los actos más cruelmente absurdos que se recuerden: la guerra de Malvinas. La desaparición de los miles de jóvenes de aquel entonces aún hoy lo estamos pagando en nuestra mediocre dirigencia. También estamos sufriendo la demoledora herencia económica que nos dejó el Proceso, que no viene al caso desarrollar en estas líneas. Pero hay algo más: la llamada Herencia Cultural.

Propio de cualquier autoritarismo, cualquiera sea su forma, que rija en algún país del mundo, la dictadura ejerció sobre las manifestaciones culturales un absoluto poder de censura. Y el cine argentino no fue la excepción. Películas de dudoso gusto, muchas de ellas propagandistas, de muy baja factura y livianas en sus conceptos, inundaron las salas de cine y los canales de televisión. Películas que hoy se han transformado en piezas de culto, y no precisamente por su riqueza cinematográfica.

Pero, ¿por qué este artículo comenzó por reseñar brevemente estos años oscuros? Sencillo: porque así como el "Proceso" marcó un quiebre en la historia argentina del siglo XX (no se volvieron a registrar golpes militares desde entonces), también lo marcó en la evolución del otrora rico cine argentino. Nada volvió a ser como antes en nuestra cinematografía. Hubo un importante quiebre conceptual, a lo que sumado a la crisis económica y a la década menemista (llamada así por quien nos gobernó con el voto popular durante diez largos años, Carlos Menem), terminó por mostrarnos en los últimos veinte años un alicaído cine nacional, confuso en sus contenidos, vacío de conceptos y con una profunda crisis de identidad. Pero antes hubo otra historia.

Antes de 1976: breves líneas

El cine argentino conoció grandes directores. Nombres propios de los que hoy, lamentablemente, carece. Aún con un problema de identidad (muy propio de los argentinos) y siendo un cine fuertemente localista, por lo menos se animaba a asumir riesgos, apostaba fuerte, y sabía qué quería contar.

Durante el período mudo, se destaca el inmigrante italiano Mario Gallo, con sus La ejecución de Dorrego y La muerte civil. Eran títulos que provenían de la historia argentina. Entre 1915 y 1920 se realizan cerca de 30 películas, donde se destacan Nobleza gaucha y La resaca. También surgen dos nombres de importancia: Nelio Cosimi y Jose A. Ferreyra (La costurerita).

A partir de 1931, con la llegada del cine sonoro, se asienta la industria. Se construyen dos estudios en Buenos Aires. En 1939 se realizan 50 filmes. La película que da nacimiento a este proceso es Muñequitas porteñas, de José Ferreyra.

Aparecen los nombres de Mario Soffici (Viento del norte, Prisioneros de la tierra), Luis Saslavsky (La fuga), Francisco Múgica (Así va la vida), Lucas Demare (La guerra gaucha)

Con la Segunda Guerra Mundial y la llegada al poder de Juan Domingo Perón, la producción decae notablemente, donde sólo se destaca Hugo del Carril, con Las aguas bajan turbias.

Al final del régimen peronista aparece Leopoldo Torres Nilsson (La casa del ángel, Fin de fiesta). Otros nombres de importancia son los de Carlos Hugo Christensen (Las ratas), Daniel Tinayre (La cigarra no es un bicho) y Fernando Ayala (El jefe).

Un cine de autor con una estética propia. Aún con grandes diferencias, eran películas que nada tenían que envidiarle a las obras de los Bergman, Buñuel, Renoir, Welles, por citar sólo algunos directores. Si bien es cierto que era un cine populista y a veces comercial, no es menos cierto que exploraba, buscaba, asumía riesgos.

Hablemos brevemente del contexto cinematográfico durante la década del '60, época testigo de una revolución cultural, de la que el cine no es ajeno. Apenas comenzada la década, surge en Francia lo que quizás fue el último gran movimiento del séptimo arte: la Nouvelle Vague (Nueva Ola). Irrumpen nombres como el de Jean-Luc Godard, François Truffaut, Eric Rohmer, Claude Chabrol, Alan Resnais, que proponen un nuevo lenguaje. De alguna manera, es un volver a las fuentes: cámara en mano, iluminación natural, actores no profesionales o poco conocidos. Esta corriente comienza a extenderse por el mundo, por ejemplo en Inglaterra, donde surge el Free Cinema inglés. Y también en Argentina: Nuevo Cine Argentino, donde se destacan los nombres de Lautaro Murúa, David Kohon, Rodolfo Kuhn No dejemos de mencionar a Fernando Birri (Los inundados), Hector Olivera y Raúl de la Torre. También este era un cine con muchos defectos, pero como se dice habitualmente, valía el intento.

El cine nacional soporta la crisis del país y la atraviesa con fuerza, y culminando los '60 aparece en escena el último peso pesado de nuestra cinematografía: Leonardo Favio. El dependiente, Juan Moreyra, Nazareno Cruz y el lobo son algunos de sus títulos más reconocidos. También Fernando "Pino" Solanas, Eliseo Subiela y Adolfo Aristarain, que desarrollaron su carrera en los '80, hacían sus primeras armas. Y la película La tregua, de Sergio Renán, compite por el Oscar (lo pierde a manos de Amarcord, de Fellini).

Pero estamos llegando a 1976. Ya la década del '70 mostraba a un país violento, anárquico, donde operaban grupos que se valían de la violencia como método, sembrando de sangre y muerte el sufrido suelo argentino. Montoneros, ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), la Triple AAA (Asociación Anticomunista Argentina) iban minando el cuerpo de la República. El Gobierno democrático de Isabel Perón se caía solo, y ningún dirigente hacía nada por salvar la democracia. Todo estaba listo para que el Ejército comandado por Jorge Rafael Videla tomara el poder por asalto, y así dar comienzo a un proceso, que aún hoy, a más de veinticinco años de aquellos sucesos, sufrimos sus secuelas.

El cine argentino y los años oscuros

Tal vez el director más emblemático de este período sea Emilio Vieyra, de quien poco se sabe. Fue el creador de una saga que los que hoy tienen treinta años recuerdan con cariño: Los Superagentes. Tres hombres bien definidos, que respondían a los apodos de Tiburón (Ricardo Bauleo), Delfín (Victor Bo) y Mojarrita (el recordado Julio De Gracia), y que trabajaban para una misteriosa organización para combatir el delito: Acuario. Luchaban contra el mal, defendían el orden y velaban por la seguridad del país. Cualquier parecido con lo que públicamente se proponía el "Proceso" no es pura coincidencia. Estas películas combinaban humor, acción y propaganda.

Pero no hagamos blanco en un director. También había otras películas, la mayoría de ellas comedias, historias de amor con final feliz, que mostraban un país pujante, con una Buenos Aires que crecía urbanísticamente en forma vertiginosa, un país que había derrotado al elemento subversivo. Películas que nos enseñaban cómo ser un joven correcto, que tenían los valores bien claros, y que anhelaban por sobre todas las cosas la libertad. Hay que aclarar que estos jóvenes, en su búsqueda, por supuesto no ponían en riesgo los valores bien arraigados de nuestra Nación.

Pero hay un título sumamente importante en este período, que no podemos dejar de mencionar: Comandos Azules. Muy simple y directo: dos "simpáticos" parapolicías, operando en las sombras, combaten a grupos que perturban el orden. Contundente. Por supuesto su trama estaba revestida con humor, mujeres y mucha acción.

Estaba claro desde un principio: el cine argentino, como en la Alemania nazi y la Italia de Mussollini, debía servir como vehículo de propaganda para los objetivos de la dictadura, mostrándonos una Argentina que había derrotado a la violencia y había encontrado el sendero de la paz y la prosperidad, nada más lejano a lo que realmente estaba sucediendo. Los Favio, los Ayala, los Olivera, los Solanas, no tenían lugar en ese esquema. Pero llegó la ridícula Guerra de Malvinas en 1982 y, con ella, el régimen se derrumbó. Sobrevivió hasta 1983 con Bignone en la presidencia, y el 10 de diciembre de ese año asumía Raúl Alfonsín.

La "primavera alfonsinista"

Después de siete años de soportar la dictadura más sangrienta de nuestra historia, el regreso de la democracia, encarnado por un hombre muy carismático y gran orador, se vivió de una manera muy especial. Fue como un grito de rabia y esperanza, de dolor y de alegría. Y hubo un renacer en todos los ámbitos, que se lo conoció como "la primavera alfonsinista".

En este período se destacan dos clases de películas: unas cuyas tramas son muy politizadas, y otras muy violentas. Las primeras contenían innumerables referencias a la dictadura, a los Montoneros, al peronismo. Las segundas, que eran la mayoría, generalmente tenían como protagonistas a ex torturadores y parapolicías, personajes que luego se los conoció como "mano de obra desocupada". Sus títulos mas destacados: En retirada, La búsqueda, El desquite, entre otros, casi todas ellas dirigidas por Juan Carlos Desanzo.

Una vez asentado el gobierno de Alfonsín nuestro cine se hizo más reflexivo, pero comenzó a caracterizarse por algunos elementos que lo convirtieron en anodino y acartonado. Luego de algunas películas interesantes como Últimas imágenes del naufragio (Eliseo Subiela) y El exilio de Gardel (Pino Solanas), el cine nacional se repitió en conceptos, en sus tramas, en sus formas. Películas muy retóricas, redundantes, carentes de todo riesgo, plagadas de lugares comunes. Las referencias a la dictadura empezaron a saturar, y nuestra cinematografía se estancó, en calidad y cantidad. Así y todo, no nos podemos olvidar que en 1986, La historia oficial, de Luis Puenzo, se alzó con el Oscar a la mejor película extranjera.

El menemismo y después

Con la llegada de Carlos Menem al poder, el cine argentino volvió a transitar una especie de renacimiento. Con un país que crecía en forma desigual (fuertes aumentos tanto del PBI como de la pobreza y la desocupación), la cantidad de películas realizadas aumentó considerablemente. Algunos nombres: El lado oscuro del corazón, Un lugar en el mundo, Gatica, Siempre es difícil volver a casa, Las boludas, Funes, un gran amor, El camino de los sueños, Tango feroz, entre varias otras. Con la convertibilidad (paridad uno a uno del dólar con el peso), se hizo posible realizar co-producciones con países de Europa: La peste, De eso no se habla, la referida Funes Pero la calidad no variaba demasiado. En el fondo, eran las mismas películas de siempre.

Con la crisis económica que empieza a asomar en 1996, el cine argentino sufre un decrecimiento en su producción, a la vez que surgen algunos títulos muy interesantes. Es un cine menos pretencioso, más sencillo en sus conceptos, de bajo presupuesto. Su título más emblemático es Pizza, Birra, Faso. La desocupación y la pobreza son una triste realidad en nuestro país y el cine debe reflejarlas en toda su crudeza. Algo así como un "Neorrealismo italiano" a la argentina. Pero este fenómeno dura poco. La crisis se agudiza y la producción cinematográfica se paraliza gravemente. Y así llegamos hasta hoy.

En todas sus formas y características, el cine nos representa muy bien a los argentinos: retóricos, poco arriesgados, con una fuerte crisis de identidad. Con una dictadura instalada con fuerza, cuya marca está presente en muchos órdenes de nuestras vidas. Es lo que hay. Es lo que somos. Ni más ni menos.

 

Pablo Portaluppi (Buenos Aires. Argentina)

Luis Puenzo

Cartel americano de La Historia Oficial

Juan Carlos Desanzo

Héctor Oliveira

Leonardo Favio durante el rodaje de El Dependiente

Emilio Vieyra