El Olvido (Relato on-line)

riberaNo recuerdo mi nombre. El médico que me atendió me explicó que me habían encontrado inconsciente, tendido en la acera frente a un viejo edificio de una conocida calle vecinal; pero yo no recuerdo haber vivido nunca en esa calle...

No recuerdo mi nombre.

El médico que me atendió me explicó que me habían encontrado inconsciente, tendido en la acera frente a un viejo edificio de una conocida calle vecinal; pero yo no recuerdo haber vivido nunca en esa calle. Incluso los vecinos y propietarios de la vivienda afirmaron no conocerme de nada. Debió ser casualidad que me desplomase en ese lugar. La policía investigó por las calles adyacentes buscando que mi vivienda se hallase cerca del sitio donde me encontraron. Nadie me conocía. Según parece, padecía de amnesia transitoria producida por causas desconocidas. Mi cerebro no presentaba ninguna lesión ni mi cuerpo herida o señal alguna que indicase que hubiera recibido un golpe. Lo único era una fuerte hemorragia nasal que me provocó una considerable pérdida de sangre hasta que fui hallado y atendido. La ausencia total de documentación o papel alguno que aportase una pista sobre mi identidad complicaba aún más todo el proceso de identificación. Pasé algunos días más en el hospital, recuperándome del estado anémico en el que me había sumido la pérdida de sangre. Periódicamente, durante ese tiempo, un agente y una psiquiatra me visitaban y mantenían largas conversaciones conmigo a lo largo de una hora aproximada. Juntos intentábamos descubrir alguna pista escondida en mi memoria que abriera las puertas de mi conciencia, pero todos los intentos resultaron nulos. Mi pasado se presentaba como una enorme masa de oscuridad y olvido.

Los responsables del centro hospitalario, junto con la policía, decidieron publicar un anuncio en la prensa con la esperanza de que familiares o conocidos pudieran saber de mi paradero y ponerse en contacto conmigo. Pero no hubo respuesta positiva, aparte de algunas llamadas de bromistas que pronto eran descubiertos y descartados. Nadie a quien yo pudiera estar vinculado dio señales de notar mi ausencia. Pasaban los días y había que tomar una decisión. En el hospital escaseaban las camas y yo no podía permanecer allí eternamente, por lo que urgía tomar alguna medida. Por último se optó por trasladarme a una residencia de ayuda social que me proporcionaría un techo y comida mientras durase mi situación.

Había pasado tres semanas en el hospital cuando fui trasladado a la residencia. Era un centro modesto, con instalaciones muy limitadas pero suficientes para poder atender las necesidades básicas de los que allí acudíamos. La encargada del centro era una mujer de trato agradable, de unos cincuenta años y algo entrada en carnes. Todo el mundo se dirigía a ella con afecto y la conocía como María. Allí me facilitaron una cama donde dormir, ropa y tres comidas diarias. La residencia tenía un amplio comedor, al que acudíamos todos periódicamente a las horas convenidas, una sala de recreo con algunas mesas y una televisión. Durante las primeras semanas recibí una última llamada telefónica de la policía: continuaban interesados en mi estado y en saber si había progresado algo en mis recuerdos. Tras este último contacto ya no volví a tener noticias de ellos.

Por las mañanas abandonaba la residencia y salía frecuentemente a dar largos paseos por la ciudad, sin dirigirme a ningún lugar en concreto, perdiéndome en todo aquel paisaje urbano de calles y edificios desconocidos. Visité un par de veces el lugar donde fui hallado y vi que mi huella, la mancha de sangre, ya había sido borrada. Un día, mis pasos me llevaron hasta un parque situado a varias manzanas de la residencia. Un camino de tierra bordeaba un pequeño lago artificial situado en el centro, con unas cuantas barcas varadas a la orilla. Había varios bancos repartidos a lo largo del sendero y me senté unos minutos a descansar en uno de ellos, bajo la sombra de un árbol.

Era algo temprano y había pocas personas en el parque. A pocos metros de donde yo me encontraba distinguí la figura de un vagabundo que hurgaba en el interior de un contenedor de basura. El hombre alzó la vista buscando, supuse, algún otro contenedor en el que continuar sus registros y pude ver cómo su mirada se cruzaba con la mía. Observé cierta sorpresa en sus ojos y acto seguido empujó el carro caminando con paso decidido hacia el banco en el que yo me encontraba.

- Al fin le encuentro -dijo deteniéndose frente a mí.

Yo le miré desconcertado.

- Llevo semanas buscándole. -Hurgó entre los cartones que transportaba y sacó un sobre marrón y una cámara fotográfica, ofreciéndomelos a continuación-. ¿Dónde se había metido?

Cogí la cámara y el sobre.

- ¿Qué es esto, por qué me lo da?

- Es suyo, su máquina, usted me la dejó para poder hacer las fotos. Gasté todo el carrete y ya no pude seguir haciéndolas. El carrete está puesto, no lo he sacado.

Miré de nuevo la cámara sin entender nada.

- ¿Usted me conoce?

El vagabundo me miró con extrañeza.

- Oiga, yo no quiero jaleos. Le he traído su cámara y las notas que me pidió. Yo ya he cumplido. Llevo semanas viniendo aquí y usted no se ha presentado ningún día. Bastante he hecho aún con seguir guardando todo eso.

Noté cómo los ojos se me llenaban de lágrimas.

- Perdóneme, ...pero es que no recuerdo nada. Tuve un accidente, ... bueno, no sé. ...He estado ingresado en un hospital y ahora vivo en un centro de ayuda. No sé quién soy. No recuerdo nada de esto.

El hombre me miró con cierta desconfianza mientras hacía un leve movimiento con los pies, separándose de mí.

- Lo siento. -Señaló los paquetes-. Usted me entregó esa máquina de fotos y el cuaderno. Me pidió que vigilase a la mujer y anotase todo lo que hacía, que le hiciera las fotos.

No entendía nada. Me sequé los ojos con el dorso de la mano.

- ¿Qué mujer?

- La de la foto. -Señaló el sobre.

Rompí el sobre y extraje un cuaderno de color rojo que había en su interior. Una fotografía cayó sobre mis rodillas. La recogí.

En ella se veía a una mujer joven, de complexión delgada. Estaba sentada a la mesa de lo que parecía la terraza de una cafetería. Era muy atractiva, morena y con un cabello ligeramente ondulado que le caía sobre los hombros. Sonreía efusivamente mientras a su lado, una niña que saboreaba un refresco a través de una pajita, miraba con interés a la cámara.

No reconocí a ninguna de las dos.

- ¿Yo le entregué esta foto?

El hombre asintió con la cabeza.

- Me pidió que la vigilase.

- ¿Por qué?

- Eso lo sabrá usted, señor. -Sujetó el carro-. Yo me he limitado a hacer lo que me pidió. En el cuaderno está anotado todo; y el carrete con las fotos está puesto en la máquina. Yo no quiero problemas. Adiós.

El hombre empujó el carro y comenzó a alejarse. Me levanté del banco y le sujeté por el brazo.

- Espere, espere, por favor. No entiendo nada. ¿Usted sabe quién soy yo, sabe mi nombre? Necesito que me acompañe, con su ayuda la policía tal vez pueda...

- Ni hablar. No quiero problemas con la policía.

- Necesito su ayuda. Entiéndalo, he perdido la memoria. Ninguna persona parece saber quién soy excepto usted.

El hombre efectuó un gesto brusco y se soltó de mi mano.

- Yo no sé quién es usted, señor. No me dijo su nombre. Se acercó aquel día a mí y me ofreció el dinero por hacerle este trabajo. No sé nada más.

- Pero yo no tengo dinero para pagarle.

- Ya me pagó al principio, por adelantado. ¿No se acuerda?

El hombre se giró y siguió su marcha.

Me quedé allí, de pie, contemplando cómo se alejaba y salía del parque. Giró una vez la cabeza para mirarme con recelo y luego desapareció. Volví al banco y contemplé de nuevo la fotografía. No recordaba haber visto nunca a aquella mujer y, sin embargo, debía conocerla, puesto que había enviado a aquel hombre a que la espiase. Intenté recordar algo, cualquier cosa que se remontara más allá de mi estancia en el hospital, pero era inútil: no existía nada.

Sin embargo, la foto era real, la mujer y la niña eran reales. El problema se hallaba en mi cabeza, en mi amnesia, que me impedía recordarlo todo. Por muy extraño que pareciese, yo había acudido a aquel vagabundo y le había pedido que vigilase a la mujer a cambio de dinero, y así había ocurrido. Allí estaban el cuaderno y la cámara de fotos que lo atestiguaban. Yo había hablado con aquel hombre; él me conocía y parecía saber más de mí que yo mismo. Incluso puede que la mujer y la niña de la fotografía también me conociesen. Pero, ¿por qué había hecho que las siguieran, qué significaban ellas para mí? Me centré en sus rostros, buscando alguna señal reconocible que abriera las puertas selladas de mi memoria. Tal vez la niña... Había algo en ella que me resultaba conocido, aunque no sabía el qué. Sus ojos, ciertos rasgos de la cara... Se parecía a la mujer, eso sí, probablemente fuese su hija; pero había algo más. ¿No reconocía en su rostro una expresión que me era familiar? ¡Si, cierto! ¡La niña también se parecía a mí! Todas las piezas comenzaban a encajar: aquella mujer debía ser mi esposa y la niña, mi hija. Pero, ¿por qué no podía recordarlo? Yo las conocía, ellas me conocían y sabían quién era yo. Tenía que encontrarlas, volver con ellas, a su lado, y encontrar una explicación a todo aquello. Ellas me ayudarían y reconstruirían un pasado para mí.

Abrí el cuaderno con ansiedad. Se asemejaba a una especie de diario. Cada párrafo se abría con una fecha y una hora y luego pasaba a describir metódicamente cualquier movimiento o actividad que hubiera realizado la mujer. En varias ocasiones se indicaba que se le había hecho una fotografía para aportar más información. Leí algunas páginas, pero nada de lo que en ellas se decía me resultaba familiar. Pasaba las hojas buscando un párrafo donde apareciesen escritos el nombre o el domicilio de la mujer, cuando una voz me interrumpió.

- Al fin le encuentro.

Levanté la vista del cuaderno y vi a un hombre de pie frente a mí.

- Llevo semanas buscándole. ¿Dónde se había metido?

No supe qué responderle. Era bastante grueso, de mediana edad y vestía un traje gris. Unas gafas oscuras ocultaban sus ojos.

- No se quede ahí, mirándome así. Ha hecho lo que le pedí, ¿no? -dijo señalando el cuaderno que tenía en las manos.

Desorientado, miré el cuaderno y luego al desconocido.

- ¿Quién es usted? -pregunté finalmente.

El hombre se mostró malhumorado.

- Ya le dije que nada de nombres.

- ¿Usted me conoce?

- Oiga, déjese de tonterías. Llevo semanas buscándole. Ya pensaba que se había esfumado con mi dinero y sin hacer el trabajo. Deme el cuaderno y la cámara.

- ¿Es suyo todo esto? -Le señalé la fotografía y el cuaderno de notas.

Me miró fijamente durante unos segundos.

- ¿Está intentando tomarme el pelo? -El hombre se abalanzó bruscamente sobre mí y me arrebató el cuaderno de las manos-. ¡Deme esto!

- ¡Oiga, espere! ¿Qué hace?

Cogió la cámara de fotos, la examinó y pulsó algunos botones.

- Bien, parece que ha hecho las fotografías.

Me levanté del banco. Las piernas apenas me sostenían.

- Por favor, escúcheme, no entiendo nada de lo que está pasando. Todo esto es una locura. ¿Quién es usted, de qué me conoce? ...

- Yo no le conozco de nada. -Abrió la cámara de fotos y extrajo el carrete, que guardó en el bolsillo de su americana. Luego hojeó por encima algunas páginas del cuaderno.

- Pero usted ha dicho que había hablado conmigo.

Levantó la vista del cuaderno y se encaró hacia mí.

- Oiga, amigo, no sé qué pretende. Ya le di el dinero que acordamos por anticipado. Usted tiene el dinero y yo tengo las fotos y las notas. Ese fue el trato. No me busque complicaciones.

- ¿De qué trato habla?

El desconocido volvió a mirarme en silencio mientras fruncía los labios.

- De esto. -Agitó el cuaderno frente a mí-. No quiera pasarse de listo. Los dos estuvimos de acuerdo en el precio. ¿No pretenderá ahora que le dé más dinero?

- ¿Quiere decir que usted me pagó por vigilar a la mujer de la foto?

- Y espero que lo haya hecho bien.

- No entiendo nada. Por favor, necesito su ayuda, ... no logro recordar nada de mi vida anterior al accidente, ... y todo este asunto de las fotos me parece absurdo. No le recuerdo a usted de nada, ni al otro tipo, ... el vagabundo. He estado ingresado en un hospital varias semanas. Me han dicho que padezco de amnesia transitoria. Si usted...

El desconocido agitó las manos interrumpiéndome.

- Oiga, oiga, pare. No sé dónde quiere llegar a parar. Tengo prisa, he perdido demasiado tiempo por su culpa. No se invente más historias, no quiero saber nada de usted. Lo que me interesaba ya lo tengo. Muchas gracias y adiós.

Dio media vuelta y comenzó a andar. Le sujeté por el brazo.

- Espere, no puede irse así. ¿Quién es usted, quién es esa mujer? ...

El hombre se volvió violentamente golpeándome en la cabeza con la mano que sujetaba el cuaderno. Caí hacia atrás mientras él iniciaba una veloz carrera por el sendero y desaparecía rodeando el lago.

Me quedé allí, tendido en el suelo, durante unos instantes. La mejilla derecha me ardía, me toqué ligeramente y descubrí un profundo corte en el pómulo; seguramente me había desgarrado la piel con la espiral del cuaderno. Fui a incorporarme y descubrí en el suelo la fotografía de la mujer que debió caerse durante la pelea. La recogí y la contemplé de nuevo durante unos minutos; luego la guardé en un bolsillo de mi chaqueta y volví a la residencia. No conté a nadie lo sucedido y justifiqué la herida en la cara explicando a María que había sufrido una caída.

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Han pasado varias semanas desde el incidente con aquellos dos extraños en el parque y continúo sin recordar nada anterior a mi estancia en el hospital. Padezco de amnesia transitoria. Sí, transitoria. Sé que pronto podré recordarlo todo. Mientras tanto, visito el parque cada día. No he vuelto a ver al vagabundo ni al hombre de las gafas negras. Siempre llevo la fotografía conmigo y paso horas contemplándola, sentado en el mismo banco en el que llegó a mis manos; notando cómo el olvido y la ausencia mantienen extendido su turbio velo sobre mis recuerdos. Y la mujer continúa sonriendo, observándome desde ese trozo de papel, congelada en ese instante, en el tiempo, prometiendo con su limpia mirada todas las respuestas a las preguntas que me acosan.

 

Manuel Ribera Pérez