Apuntes sobre el cine de terror

texasEl cine de terror ha sufrido en la última década del siglo una decadencia alarmante: saturación de conceptos, carencia de ideas y ausencia de sorpresas son sólo algunas de las características por las que atraviesa el género...

Apenas un puñado de películas han sabido renovar algunos conceptos, nutriéndose desde dentro del género y desde fuera del mismo: en el primer caso, podemos citar la genial Scream, vigila quién llama (Scream, 1996), de Wes Craven, director de grandes cintas como Pesadilla en lo profundo de la noche/Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984) y Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 1977). En el segundo grupo, encontramos un director poco conocido en estas tierras: el italiano Michelle Soavi. Apadrinado por el gran Darío Argento, realizó películas como  Aquarius (Deliria, 1986), La secta (La setta, 1991) y la impresionante Mi novia es un zombie (Dellamorte, Dellamore, 1995), aplaudida en cuanto festival se presentó, y desgraciadamente inédita en Argentina. Pero los ejemplos son contados.

De todos modos, el terror en el cine ha conocido enormes directores y maravillosas películas, desde que el alemán Friedrich Wilhelm Murnau realizara, allá por 1922, la que es considerada la primera película de la historia genuinamente de terror: Nosferatu, el vampiro (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens), basada en la novela Drácula, de Bram Stoker, y transformándose con el tiempo en una de las piezas claves de la cinematografía, trascendiendo su propio ámbito expresionista.


Un poco de historia

El germen del cine de terror lo podemos hallar en películas como El gabinete del Dr. Caligari (Das Kabinett des Doktor Caligari, 1919), El Gólem (Der Golem, wie er in die Welt kam, 1920), Fausto (Faust, 1926)), y la ya nombrada Nosferatu, entre otras, todas ellas pertenecientes al Expresionismo Alemán, cuando el sonido todavía no había llegado al cine. El juego de sombras, los ambientes oscuros, los climas opresivos y la puesta en relieve de la monstruosidad de sus personajes, caracterizaron al período en cuestión. Las bases del cine de terror ya estaban instaladas.

Ya en 1931, un hombre llamado James Whale inmortalizó en pantalla la historia de Frankenstein, con Boris Karloff en el rol del monstruo, a la que siguió una secuela, La novia de Frankestein (Bride of Frankenstein, 1935), considerada por muchos como la mejor película de terror de la historia.

Otro director, Tod Browning, realizó también en 1931 Drácula, con Bela Lugosi en el papel del Conde más famoso de Transilvania, en una versión más fiel a la novela de Stoker que la ya mencionada Nosferatu. Un año después, Browning escandalizó a propios y extraños con su inolvidable La parada de los monstruos (Freaks), utilizando monstruos reales reclutados de circos y ferias.

Otras películas realizadas en la década fueron El lobo humano de Londres/El lobo humano (The Werewolf of London, 1935), La momia (The Mummy, 1932), Vampiro/La bruja vampiro (Vampyr, 1932), El hombre y el monstruo (Doctor Jekyll and Mister Hyde, 1932), entre varias otras. Clásicos de la literatura, monstruos concretos y fácilmente detectables. La humanidad estaba amenazada por un mal externo, pero que no ponía en juego ningún valor social. El monstruo finalmente era destruido, y la estructura social quedaba aparentemente intacta.


La Hammer

La década de los 50 vio nacer a una de las compañías más prolíficas de la historia del cine: La Hammer. Nacida en Gran Bretaña, arrojó hitos como La maldición de Frankenstein (Curse of Frankenstein, 1957) y El horror de Drácula/Drácula (Dracula, 1958), ambas dirigidas por Terence Fisher, el gran protagonista del período.

Los conceptos vertidos en los años 30 fueron consolidados en esta década, pero al poco comenzó a aparecer en forma de boceto algo que en el período siguiente surgió de manera arrolladora: el enemigo empezaba a poner en riesgo los cimientos de una sociedad en decadencia. Es decir, que los monstruos actuaban como espejo de unos valores lentamente cuestionados. Y los monstruos no necesariamente tenían que ser los otros.

Pero es recién en 1960 cuando uno de los más grandes directores de todos los tiempos realiza una de las mejores películas que se hayan hecho: hablamos de Psicosis (Psycho), y también de Alfred Hitchcock. Si bien no se trata de un film genuinamente de terror, Hitchcock introduce elementos propios del género a una historia de psicópata, en una trama con aristas psicológicas hasta ese entonces inéditas en el cine de horror. En la famosa escena de la ducha, el director agrede al espectador mediante el acuchillamiento de la protagonista, exactamente promediando el metraje, además de sentar las bases para lo que posteriormente serían las escenas más sangrientas del género. La idea de la agresión al espectador se desarrollaría por completo 20 años después.

Inglaterra no se queda atrás y se anota con una gran película: El fotógrafo del pánico (Peeping Tom), también de 1960, donde se le da una nueva vuelta de tuerca a la figura del psicópata, redefinida magistralmente 18 años después por John Carpenter, en su genial La noche de Halloween (Halloween), pero ya con los nuevos elementos que poseería el género.

También en este año surge el genio del italiano Mario Bava, nombre importantísimo en la cinematografía, con su pera prima La máscara del demonio (La maschera del demonio), más cercana al clasicismo que al film de Hitchcock.

Con Psicosis, se habían creado las condiciones para que el terror en el cine sufra una dramática renovación. Peropara eso había que esperar 8 años.


1968

1968 fue un gran año para el cine de terror. En Italia, un joven llamado Dario Argento realizaba su  opera prima, El pájaro de las plumas de cristal (L'ucello dalle piume di cristallo). Por fuera del género, pero atravesándolo con furia, Ingmar Bergman dirige La hora del lobo (), y Roman Polanski ingresa en la historia con El bebé de Rosemary/La semilla del diablo (Rosemary's Baby).

Pero hay una película que modifica de cuajo todo lo hecho hasta ese momento: La noche de los muertos vivos/La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead), de George A. Romero. Filmada con pocos recursos y en un rabioso blanco y negro, y con la excusa de mostrarnos un ejército de hombres y mujeres zombies atacando a hombres normales, Romero introduce de lleno gráficas escenas de asesinatos, ya esbozadas en obras anteriores como La noche del cazador (Night of the Hunter, Charles Laughton, 1955), Psicosis, Dementia 13 (Francis Ford Coppola, 1963) y Cálmate dulce Carlota/Canción de cuna para un cadáver (Hush Hush Sweet Charlotte, Robert Aldrich, 1964), además de utilizar el género como soporte de una ácida crítica a la sociedad norteamericana de aquel entonces. En otras palabras, y a diferencia de lo que nos tenía acostumbrado el género, Romero le grita al mundo que el enemigo está entre nosotros. De hecho, somos nosotros mismos. El monstruo ya no es tan detectable.

Todo lo realizado hasta 1968, a excepción de Psicosis, se había caracterizado por el clasicismo en el tratamiento tanto de la historia como de las imágenes. Romero dinamita el género desde dentro, lo deconstruye y establece las bases del cine de terror moderno. Todas las grandes películas que aparecerán a partir de aquí son claramente deudoras de La noche de los muertos vivos, ya sea en sus imágenes como en sus conceptos principales.

De todos modos, no debemos dejar de mencionar obras fundamentales, cada una de las cuales aportó lo suyo para ir renovando el género: El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973), La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper, 1974), Halloween (John Carpenter, 1978), Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), Martes 13/Viernes 13 (Friday the 13th, Sean Cunninghan, 1980), Diabólico/Posesión infernal (Evil Dead, Sam Raimi, 1982), Cuerpos invadidos/Videodrome (Videodrome, David Cronenberg, 1982), Pesadilla en lo profundo de la noche (Wes Craven, 1984) y  Hellraiser, los que traen el inferno (Hellraiser, Clive Barker, 1987). Más allá de lo que hayan aportado cada una de ellas, todas están diciendo lo que nos dijo Romero: "El asesino está entre nosotros, y tiene forma humana".

Además de dichas películas, por supuesto que también hay otras, tan buenas en calidad pero menores en su significación histórica: Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977), Suspiria (Suspiria, Darío Argento, 1977),  Carrie (Carrie, Brian De Palma, 1977), El resplandor (The Shinning, Stanley Kubrick, 1981), Aullidos (The Howling, Joe Dante, 1981), Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, John Landis, 1981), La cosa (The Thing, John Carpenter, 1982), Poltergeist (Poltergeist, Tobe Hooper, 1982),  Henry, Retrato de un asesino (Henry, Portrait of a Serial Killer, John McNaughton, 1987) y Hidden (Oculto) (The Hidden, Jack Sholder, 1987).

En la década del 90, directores como Argento, Craven, Romero y Hooper seguirán haciendo películas de terror, muchas de ellas de excelente factura, pero apostando siempre a los mismos conceptos. También Hollywood se anotó en la carrera, produciendo títulos de buena calidad pero infinitamente sobrevalorados: allí encontramos a El silencio de los inocentes/El silencio de los corderos (Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991) y Misery (Misery, Rob Reiner, 1991), para llegar a las recientes La maldición, La momia (The Mummy), El sexto sentido (Sixth Sense) y Ecos mortales/El último escalón, por citar sólo algunos ejemplos.

Aquellos que aman el cine de terror, como quien escribe estas líneas, deseamos que se repita la historia de hace 32 años, cuando un tal George Romero renovó el por entonces reiterativo género. Mientras tanto, nos tenemos que conformar con ver El proyecto Blair Witch/El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project), una mediocre y marketinera película que produce un efecto devastador en nuestras ilusiones: "El cine de terror está dormido, y películas como ésta no hacen más que sumergirlo en un sueño profundo". ¿Podrá despertar?.

 Pablo Portaluppi (Buenos Aires. Argentina)