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LuisBermer
Piltrafilla
Registrado: Mié Dic 06, 2006 01:56 Mensajes: 35
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 ¡CLANG, CLANG! (Publicado en Alfa Eridiani)
¡CLANG, CLANG!
El artefacto fue construido en madera. Tenía forma piramidal, y tres ruedas macizas incrustadas en su base le conferían libertad de movimientos. Un esquemático rostro dibujado con líneas básicas decoraba una de sus caras. Actuaba como si realmente percibiese su entorno a través de los órganos estáticos de ese bosquejo, al igual que lo haría una persona.
De sus aristas laterales emergían, cuando así lo consideraba oportuno, dos largos apéndices multiarticulados que culminaban en sendas esferas metalizadas, con la aparente capacidad mágica de transmutación en toda suerte de objetos y herramientas. Se comportaba como si estuviese vivo, al modo de cualquiera de los animales orgánicos ligados a la rocosa realidad del mundo.
Entre otras muchas ocupaciones, el artefacto piramidal prestaba especial dedicación a dos, por su trascendental importancia. La primera de ellas consistía en mantener el perímetro del claro del bosque limpio y a salvo de alimañas y sus repentinos ataques en busca de comida. La segunda –algo más delicada en contraste- suponía acudir con celeridad al llanto impaciente que le reclamaba desde el lecho de hojas, donde el pequeño Aratic, indefenso, clamaba por su cuidado. El artefacto se acercaba entonces para tranquilizarlo con suaves caricias de templada mano recién modelada, mientras su otro apéndice, convertido en fina aguja de rayo lunar, inyectaba su alimento justo por debajo del grabado abdominal de su nombre en la piel. Tras esta operación, Aratic tornaba a caer en sueño profundo, ignorante de la presencia de su protector y la infinitud de peligros asomados al borde de su tierna rutina inocente.
Así transcurrieron los días y los soles, las noches sin estrellas y el frío aullando por entre las copas de los árboles, altos y oscuros, amenazantes...
Pero ni todas las acechanzas consiguieron evitar que Aratic aventurase sus primeros torpes pasos por el claro, previamente desbrozado por el artefacto al que debía su vida. Tropezó docenas de veces, lloró sin consuelo otras tantas, ante la apartada presencia de la pirámide inmóvil. Aprendió a caminar con el cuerpo cubierto de rasguños, heridas y magulladuras. Las lágrimas dejaron de bañar a diario sus mejillas. Así sus ojos pudieron observar mejor la ingente cantidad de cosas desconocidas que le rodeaban. Descubrió con sus propias manos el interior de esas escurridizas figuras que intentaban escapar siempre de él, y que ya no volvían a moverse una vez abiertas, aunque las cerrase con delicadeza. Aprendió a discriminar entre aquello que, arrancado a la tierra, podía ser engullido sin dolor y lo que no. Estaba creciendo.
Pronto Aratic corría con soltura por todo el claro, manipulando lo que encontraba, saltando y brincando alegre, radiante de energía vital. Entre sus juegos favoritos destacaba, sobre cualquier otro, el único que era compartido. Le encantaba correr detrás del artefacto con ruedas y su incesante ¡clang-clang! de engranajes viejos, que imitaba con estentórea fruición y deleite, para intentar superarlo en la carrera y observar, frente a frente, sus paternales rasgos inamovibles de pintura reseca.
-¡Clang-clang-clang-clang-clang! –gritaba con innecesario estruendo.
Y el artefacto, así bautizado por la criatura a su cargo, se dejaba perseguir, pero nunca alcanzar. Durante horas interminables.
Pero la sobreprotectora rutina en la que Aratic vivía desde el principio de sus días estaba entonces a punto de terminar para siempre. No tardó en ser consciente de que algo había cambiado, de que no todo era –ni volvería- a ser igual. La primera evidencia del nuevo orden llegó en cuanto concluyeron las persecuciones y juegos de aquella tarde. Normalmente, Aratic se dejaba caer, aún jadeante, sobre su lecho de hojas, esperando que el corazón dejase de golpear el pecho por dentro; al poco, el murmullo mecánico de la sombra piramidal se aproximaba, dulce y leve, con la aguja que le repondría sus fuerzas y un pasaje hacia las nubes del sueño. Su corazón alcanzó el reposo, pero su mente se precipitó por el abismo de la zozobra, pues Clang-clang, ese extraño ser-cosa que velaba por su vida, permanecía en la distancia, estático e indiferente; como si, de repente, por insospechados motivos, hubiera dejado de quererlo.
-Clang-clang –llamó en tono suplicante.
Quietud por toda respuesta.
-Clang-clang –intentó de nuevo, las lágrimas asomando en el borde de su comprensión.
Sintió una honda tristeza, postrado en su lecho de desesperación. ¿Por qué este súbito abandono?- se hubiese preguntado si en su mente existiesen palabras con las que definir y expresar los sentimientos puros que le embargaban. Y a la tristeza se sumó una desagradable sensación desconocida: parecía como si una invisible aguja, gemela de aquella que le alimentaba, se hundiese en su estómago para vaciarlo por completo. Era el hambre. Una cruel necesidad por encima de su voluntad. Debía saciarla, y se sorprendió de saber cómo, pues jamás recibió ejemplo o explicación alguna. Se llevó lo que encontraba a la boca, intentando tragarlo con avidez; llenar el hueco aullante y creciente que se abría en su abdomen, bajo su nombre tatuado. Pero el hambre no cesó, más al contrario, aliada con la debilidad y el dolor, consiguió minar la resistencia de Aratic hasta el punto de hacerle perder la consciencia.
Y sólo entonces, cuando el pequeño se estremecía entre temblores, víctima de la fiebre, fue cuando Clang-clang se acercó de nuevo, para inyectar un espeso brebaje, cuya composición se perdería junto al resto de su vasto conocimiento.
Al despertar, Aratic sintió su cuerpo fortalecido, provisto de un renovado vigor. Y antes de que en él se desvaneciese el recuerdo de la angustia padecida, Clang-clang mostró con el ejemplo cómo había de darse caza a las huidizas criaturas del entorno. Ensartada en uno de sus agudizados apéndices, la desafortunada pieza fue preparada sobre el fuego, previamente dispuesto por el eficiente Clang-clang, ante los asombrados ojos de Aratic. El aroma de la carne asada atrajo sin remisión al hambriento muchacho; pero antes de que sus manos se posasen sobre el delicioso premio, Clang-clang lo arrojó con increíble fuerza tras de sí, fundiéndolo con la espesura del bosque. Y aunque Aratic, guiado por su olfato, lo buscó y rebuscó con denuedo, al final hubo de volver con brazos y estómago vacíos, amén de una abrasadora mirada que intentó proyectar sobre las planas facciones inexpresivas de su salvador, que seguían idénticas al primer día. Clang-clang dio así por concluida su primera, última lección.
Aratic demostró sobrada capacidad de aprendizaje imitando, con lanza improvisada, a su maestro en las artes de la caza y la supervivencia, e incluso buscando el refinamiento y la perfección de sus tácticas. No tardó mucho en olvidar que, en los ya lejanos días de total indefensión, su evolución, nutrición y salvaguarda dependían de ese extraño objeto de madera, semioculto ahora entre arbustos y malas hierbas, que ocasionalmente utilizaba como blanco de sus diversiones y ejercicios de puntería. A veces se proponía acertar en medio de los descascarillados ojos, o justo en el mismo centro, donde iría la nariz, y no paraba hasta conseguirlo. Así gastaba su tiempo, feliz, sin reparar en nada más.
Durante años.
Hasta que llegó el día.
El día que el pasado eligió para regresar.
El barbudo Aratic se encontraba reforzando, con gruesas ramas y hojas gigantes de plantas sin nombre, la techumbre de su refugio –inminente llegada de la época de lluvias-, cuando escuchó el resonante crujido que sobrecogió su respiración en los pulmones. El bosque entero parecía haberse quebrado bajo el hachazo de un gigante; nunca, ni siquiera cuando el poder del rayo doblegaba la majestad de árboles centenarios, sus oídos oyeron fragor semejante. Con suma precaución, Aratic aventuró la vista al exterior del refugio. Sus ojos le devolvieron una brumosa visión, arrebatada al tiempo: un artefacto piramidal, sostenido sobre ruedas, esperaba frente a un muro vegetal reventado. Una línea invisible les unió instantáneamente.
-¿Clang-clang? –dibujó la interrogación de su voz.
La pirámide no se movió, salvo para desplegar sus apéndices. Aratic comprendió que se habían desvanecido demasiados días desde la última vez que buscó establecer esta línea vinculante. Y sintió algo extraño y novedoso por ello, algo etéreo pero pesado como roca inamovible. Culpabilidad, si los sentimientos fueran meras palabras. Algo parecido a una rama de espino en el interior de la cabeza. Un dolor en ninguna parte del cuerpo.
El artefacto se puso en marcha, acercándose. Clang-clang-clang...Aratic tembló de miedo. Comprendió que había hecho –o dejado de hacer- algo trascendente y fundamental. ¿Qué podría ser eso, fuera de su conocimiento y su breve imaginación? El peso de la roca se incrementó en varias toneladas. Y a su pesar echó a correr, tomando el sendero que se internaba, serpenteando como un reptil más por las entrañas desconocidas del bosque cerrado.
Corrió y corrió, siguió corriendo, y en pocos minutos se alejó del claro tanto como nunca antes soñó siquiera que pudiera intentarse. ¡Clang-clang-clang...escuchaba, más grave y lejano que sus recuerdos, tras de sí. Y al mirar por encima del hombro, descubría una pirámide diminuta, que exhibía dos líneas de agujas a la altura de su falsa boca de madera. Sus piernas ardían bajo el desacostumbrado castigo. Pero aquel sonido, no obstante, seguía incrementando su volumen, su proximidad. Las rodillas estallaban, con esa luz rápida e hiriente que precede a la tormenta. Y ese ¡Clang-clang! de pesadilla, próximo e iracundo, amenazaba ya con dar alcance a su agotada sombra. La negra fortuna quiso disponer de afilado guijarro en su camino; y Aratic pisó el desgarro sordo de su pie, y cayó de frente, vencido y resollante. La idea de muerte surgió, como liberación. El fin de todo era ahora una realidad tangible, materializada en agujas que se detuvieron a escasos palmos de su cara. Como antaño, el dolor y la fatiga serían eliminados mediante una larga aguja...
La espera –párpados apretados- del fin se prolongó. Su pecho dejó de agitarse y el latido de su pie perdió fuerza. Aratic aventuró su mirada a las alturas, al encuentro con su paciente verdugo. Las agujas no se habían movido. No atravesarían su carne condenada, después de todo. Entonces... ¿qué enigmáticas intenciones se ocultaban tras la despostillada madera? ¿Cuál era el porqué de esta absurda persecución? Tales consideraciones no germinaban en la mente del joven, que sólo buscaba dejar atrás el acerado peligro de morir ensartado como una de sus presas. Milímetro a milímetro, Clang-clang reemprendió levemente su movimiento, como si de antemano hubiese previsto la duración de esta pausa. Aratic se incorporó, tan sorprendido como asustado, y volvió a correr por su vida. A cuatro metros de sus talones, las agujas.
Cayó el sol tras las montañas y el bosque se cubrió de negro. La carrera continuaba, al ritmo torturado del perseguido. Aratic probó a reducir, lenta y progresivamente –para que Clang-clang lo percibiese con suficiente antelación-, la longitud de sus desmayadas zancadas, y poder así recuperar parte del aliento perdido. Suponía que le sería concedida tan merecida gracia por sus esfuerzos; así que se detuvo, las manos sobre los doloridos muslos, y regaló a sus pulmones el aire de la quietud.
Treinta segundos más tarde sintió una abrasadora línea de pinchazos perforándole las pantorrillas. Con un grito de dolor saltó tambaleándose, aterrado por la posibilidad de caer ante semejante tormento insufrible. De algún modo, el artefacto conocía las fuerzas que quedaban en su cuerpo, por mínimas que fuesen, y exigía su agónico sacrificio. Diminutas lágrimas de sangre manaron libres del encierro de la carne. Y fluyeron, fluyeron...
Dos horas después Aratic se desplomó, ciego en mitad de las tinieblas; inconsciente, demolido, aparentemente muerto.
Lo primero que sintió al despertar fue una hilera de puntos que pugnaban por introducirse en su espalda, presionando la piel sin detenerse. Su cerebro reconoció al instante de qué se trataba, y con un impulso le hizo rodar sobre sí mismo. Llevaba decenas de metros recorridos cuando cobró plena consciencia de que volvía a estar corriendo, incluso antes del retorno completo a la vigilia; y aunque su cuerpo parecía haber descansado, con un martillo de frustración aplastó su ánimo hundido en infiernos de espirales sin luz ni esperanza. Un pelele, era un pelele anulado en su totalidad, dirigido sin remedio por capricho de voluntad inhumana. Deseó destrozar en astillas a Clang-clang. Deseó matarlo. Deseó morir, lloró autocompasión y rabia, lamentó no ser un árbol cualquiera de los que iba dejando atrás en sucesión infinita, desesperada.
No reparó en el irreductible artefacto cuando su cuerpo volvió a caer derrotado por agotamiento. Ni tan siquiera escuchaba ya los eslabones sónicos de su torturador, entrelazados con los pasos de su propia respiración angustiosa; necesitaba canalizar toda su energía y concentración en la difícil tarea de seguir vivo. Clang-clang respetó su descanso, silencioso, a holgada distancia de observación. Dejó que sus piernas se enfriasen, que hasta sus oídos llegara el canto de las aves, el murmullo del bosque, que su alma flotara en algo semejante a la relajación de los músculos llevados al límite de su resistencia. Hasta que consideró que ya había sido suficiente e inició una vez más la marcha infernal con el diabólico aviso de un clang-clang-clang creciente y homicida.
Aratic deliraba, emitía gruñidos que conmoverían a las piedras. Su mente infantil comenzaba a quebrarse, incapaz de comprender el destino inmisericorde que le había tocado en desgracia. Con patético esfuerzo consiguió arrastrar los pies unos metros más, antes de zambullirse en la oscuridad de la inconsciencia.
Su reposo se vio acompañado de sueños fugaces que pincelaban un fresco de pesadilla en colores abstractos. Soñó que volvía a ser un niño, sin pelos cubriendo sus mejillas, libre, despreocupado, una sencilla criatura dotada de vida; Clang-clang era su amigo, su protector y sentía, como una cálida radiación, cuánto lo quería. Jugaban y él reía con inocente regocijo. En un momento la risa devino el llanto sin razón, lágrimas de resina brotaban por los simbólicos ojos de la pirámide cuando el niño tropezó, renovando sus gritos, y entonces fue empalado por cientos de agujas que transformaron incomprensiblemente los lloros en risas cándidas; y el artefacto elevó al niño feliz y sangrante para introducirlo en sus fauces de dientes humanos, y mientras lo masticaba entre gorgoritos y el sonido monótono de su mecanismo, sus ojos de artificio fueron manantiales cuyo rumor no ahogó la alegría del devorado. Sus dulces carcajadas y sueño terminaron con un pastoso crujir de huesos.
La luz del alba abrió sus párpados. Confuso y desorientado, se incorporó despacio, intentando reconocer las diferentes partes de un cuerpo que era el suyo. Su mano derecha chocó por azar con una larga vara de madera rematada en punta que descansaba a su lado. Este tacto activó como un resorte automático el agujero quejumbroso de su estómago. No recordaba la última vez que se llevó algo a la boca. Los retazos de días anteriores volvieron súbitamente a su cabeza, despejando en un segundo las brumas de confusión, aferró la lanza por instinto y se giró, aún en cuclillas, buscando con la mirada la localización exacta de una forma piramidal. Junto al último recodo del camino la encontró observándolo. Uno de sus apéndices señalaba el corazón de la espesura tras las lindes. Aratic, encorvado y expectante a cualquier mínimo movimiento, se desplazó lentamente hasta el borde del camino, donde nacía la vegetación. Sentía que algo diferente a su tortura diaria estaba a punto de ocurrir. En su cabeza vio imágenes de sí mismo escapando en loca huída de su perseguidor por entre los apretados árboles del bosque infranqueables para ese objeto animado por oscura crueldad. No podía creer que a unos pasos, simples pasos, se hallase la ansiada liberación de su castigado cuerpo y maltrecha voluntad. Parecía demasiado fácil después de tantas dificultades; no obstante, su imaginación no acertaba a encontrar ningún obstáculo, ninguna trampa a su deseo. Respiró profundamente, dos, tres veces, sin dejar de apuntar su tosca lanza de madera hacia el lejano artefacto inmóvil. Sabía que, por mucho que acelerase en aquel momento, las agujas no llegarían hasta que él se hubiese sumergido ya en el laberinto verde. Al sol de esa idea, ríos de palpitante energía bramaron bajo sus músculos en tensión y, con un grito salvaje –que activo de inmediato una reacción mecánica en el artefacto-, Aratic empezó a correr como jamás en su vida lo había hecho. El mundo se convirtió a su alrededor en un túnel vertiginoso de ramas, arbustos, hojas y árboles que parecían abalanzarse sobre él a toda velocidad, con la perversa motivación de frenar su carrera y entregarle, derrotado, al tormento de las agujas que, esta vez sí, no guardarían un ápice de piedad ante semejante acto de rebeldía. Despacio, entrarían en su carne como hilos de dolor, abyecto ceremonial de horror y agonía, ahogado en la fuente de su propia sangre. No...cualquier cosa antes que eso. Así que corrió y corrió y corrió, a pesar de sus pies inflamados, a pesar de sentir que los pulmones no tardarían en reventar por el esfuerzo, a pesar del latido del miedo golpeando el tambor de sus oídos, y a pesar del sempiterno clang-clang que venía de dentro y de fuera -¿era su corazón? ¿era el terror que no cesaba en su persecución? -, sin distinción. Sólo la raíz que le hizo rodar detuvo su carrera infinita hacia el desfallecimiento, y entonces sus piernas laceradas se rindieron definitivamente. Tendido hacia un cielo de hojas que filtraba el sol, como una extensión de la tierra que aspirara y expirara un aliento de angustia y derrota, quedó con los palpitantes brazos en cruz. Se preparó a recibir el anuncio sonoro de la muerte que no tardaría en llegar. Había hecho cuanto había podido, forzando su cuerpo hasta sus límites infranqueables; pero al parecer ni siquiera eso era suficiente. Sonrió. Si este era su fin lo encontraría así. Nada quedaba ya por intentar.
Aratic escuchó el dulce canto de los pájaros que habitaban las alturas. Parecían conversar entre ellos, alegres, cosas importantes que él no podía entender. Hacia tanto que no reparaba en ellos...También captó el trote cauto de pequeños animales aventurándose fuera de sus madrigueras, ya fuera por el impulso del hambre o por simple curiosidad. Y la brisa que hacía balancear las cabezas arbóreas con un susurro agradecido y levantar la hojarasca de sus pies por siempre enterrados. Y se le antojó que todo aquello era perfecto a su alrededor. Porque no oía aquello que rompía la espléndida armonía de la naturaleza, ni veía la picuda forma de rasgos desgastados que un día amó, y su corazón ya no quería escapar del pecho...Entonces fue cuando una genuina carcajada de felicidad inmaculada escapó de su garganta, libre, extendiéndose en ecos por todo el bosque, que concluyó en un gemido de lágrimas, igualmente libres.
En los días siguientes, Aratic empezó a recuperar el dominio de su voluntad. Apenas recordaba la sensación de poder dirigir sus pasos allá donde quisiera, sin miedo a ser atravesado por agujas. Podía cazar con trampas simples como antaño, encaramarse hasta casi tocar las copas de los árboles y admirar la inmensa belleza del horizonte, tumbarse durante horas entre la hierba y contemplar las nubes perezosas surcar los cielos inalcanzables. Podía hacer cualquier cosa que se le ocurriese y, sin embargo, un simple ruido insospechado entre la maleza conseguía disparar todos los músculos de su cuerpo hacia una posición de alerta. Aún temía que aquella cosa apareciese de nuevo para continuar torturándole. Podría ocurrir que jamás volviese a verlo en su vida, quedando reducido a recuerdo o...que saliese a su encuentro en los próximos minutos ¿Qué certeza tenía?
La mañana era soleada, casi calurosa, y una leve brisa traía consigo fragancias desde los bosques frondosos. Aratic ya había pescado tres enormes y plateados ejemplares antes del mediodía. Estaba sentado junto a la orilla del riachuelo con la mirada fija en el dócil curso del agua. Y ahora que su mente disfrutaba de la tranquilidad propia del transcurso lento de los días sin sobresaltos, preguntas insidiosas, recurrentes, crecían y se abrían paso a través de su cerebro: ¿Por qué había iniciado Clang-clang esa cruel persecución? ¿Qué ganaba con su dolor y sufrimiento? ¿Cómo podía tratarle así después de haberlo cuidado -¿querido? incluso - durante tanto tiempo en el que no era más que una criatura indefensa?
Y mientras rumiaba estas cuestiones sin hallar respuestas, dos líneas de finas agujas empezaron a emerger de las aguas. Aratic las miró intentando comprender como es posible soñar sin estar dormido y ver frente a uno cosas encerradas en la memoria. Sólo cuando el ronco ¡clang-clang! que precedía el movimiento de la pirámide de madera llegó hasta sus oídos su cuerpo reaccionó, y sus piernas intentaron alejarle de la pesadilla. Podía sentir la furia inhumana de aquel artefacto tras de sí mientras corría con todas sus fuerzas. El horrendo ¡clang-clang! crecía y crecía, como el rumor grave de una avalancha a sus espaldas y, entonces, dos líneas de hielo o fuego atravesaron limpiamente sus piernas de parte a parte y todo se convirtió en dolor. Un dolor indescripble y sin medida. El castigo había comenzado.
Con la mirada perdida y una sonrisa estúpida dibujada en su cara, Aratic caminaba por el camino de tierra al ritmo máximo que sus pies le permitían. Detrás de sus piernas cubiertas de cicatrices, el mecanismo que la pirámide albergaba en su interior emitía un ¡clang----clang! acompasado, que sólo se detenía por un tiempo imprescindible.Y la distancia que les separaba fue siempre la misma.
Los años pasaron; algunos rápidos, otros lentos. Aratic abandonaba únicamente el camino sin fin para conseguir alimento; después volvía a emprender la marcha. A veces era escarpado y pedregoso, otras sinuoso y oculto entre valles, en ocasiones atravesaba el corazón de una montaña envuelto en oscuridad. Nunca pisó dos veces el mismo lugar, nunca contempló dos paisajes idénticos, ni siquiera similares. La tierra, ahora era claro en su mente, se le antojaba una escena infinita, tan inabarcable como el cielo nocturno y sus estrellas.
Parajes helados, junglas asfixiantes, páramos barridos por el viento, desiertos abrasadores...cruzados por este camino que no se desdibujaba. Aratic padeció las crueldades del frío y el calor extremos sin emitir una queja. En su marcha sorteó extraños huesos semienterrados, vio animales de apariencia fabulosa, algunas aterradoras monstruosidades; pero jamás uno con sus brazos o sus piernas, alguien en quien verse reflejado como la imagen que devolvía un estanque.
Durante largos, largos años.
En ese tiempo hubo muchas ocasiones para escapar al acoso permanente de Clang-clang, que aprovechó a pesar de conocer las dolorosas consecuencias que, tarde o temprano, su carne acababa pagando como precio a su osadía. Terminó por comprender que aquellas oportunidades no eran descuidos del artefacto. En absoluto. Y en estos meses de aparente libertad donde no regía más determinación que la dictada por su voluntad, sin embargo, la presencia del artefacto piramidal era constante, durante el sueño y durante la vigilia, eliminando cualquier posibilidad de vivir tranquilo. Pues se había instalado en el interior de su cabeza.
El camino fue desde entonces su único destino. Corrió y corrió sin tregua, superando los límites de su imaginación respecto a sus propias fuerzas. Hasta que llegó un día del futuro lejano en el que Aratic, exhausto, se detuvo intentando llenar de aire sus pulmones. Sin conseguirlo. Se giró con agónica desesperación, boqueando como un pez fuera del agua, buscando ayuda en Clang-clang. Lo último que vio antes de caer sin vida al suelo fue que los rasgos pintados ya no se encontraban en la pirámide de madera desnuda. Su corazón había dejado de latir.
El artefacto pinchó suavemente con sus agujas las plantas del cuerpo inerte. Acto seguido, las refundió en cables de acero con los que aseguró las piernas de Aratic. Sus ojos muertos, pero aún abiertos, parecían contener un mundo; ya no pudieron observar cómo Clang-clang giraba sobre sus ruedas arrastrando su cuerpo tras de sí, para comenzar el largo viaje de regreso.
Mucho tiempo transcurrió entre la muerte de Aratic y el momento en el que el artefacto llegó hasta el claro del bosque del que una vez partieron, con lo que quedaba de sus restos irreconocibles arrastrados por los cables. La pirámide cruzó el claro, que apenas había cambiado en todo ese tiempo, y se internó entre la vegetación unos centenares de metros más allá de los espacios donde Aratic aprendió a cazar para sobrevivir. Atravesando unos enmarañados muros de zarzas que él no llegó a ver, la pirámide alcanzó una inconmensurable llanura en mitad del bosque. Y toda ella estaba cubierta por líneas irregulares de rudimentarias cruces de madera clavadas en el suelo, que se contaban por miles. El silencio era absoluto, en contraste con los sonidos inquietos que, como inequívocos signos de vida, recorrían el bosque a cada segundo. Solamente el sordo ¡clang-clang! del artefacto alteraba la quietud del lugar, mientras rodaba por entre las cruces sin rozar ninguna. Al fin se detuvo ante una cruz torcida, que encabezaba un hondo agujero cavado en la tierra. El artefacto piramidal que una vez fue bautizado como ¡Clang-clang! arrojó los despojos del hombre a las profundidades del agujero. Después, los cables adoptaron una forma adecuada para remover el montículo de tierra que tenía a su lado, con el que cubrir aquella herida en el terreno.
Cuando terminó de allanar la tierra, el artefacto se dirigió hacia un charco de barro próximo. Hundió uno de sus apéndices y, con calculada lentitud, dibujó en su cara frontal unos burdos rasgos humanos. Después quedó completamente inmóvil.
Al cesar el sonido de sus mecanismos, un silencio completo cubrió de nuevo la llanura, como un inmenso manto invisible.
El sol recorrió la esfera del cielo en incontables ocasiones.
Nada ocurrió en la llanura durante todo ese tiempo.
Nada.
Justo al amanecer de un nuevo día, el artefacto piramidal comenzó a desplazarse sobre sus ruedas otra vez, acompañado de un monótono clang-clang constante.
Un llanto desconsolado llegaba desde el claro del bosque.
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| Vie May 11, 2007 19:05 |
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Greg_Dulli
Cinéfago
Registrado: Dom Ago 27, 2006 20:37 Mensajes: 640
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Bueno, esto lo escribí para pasar el rato el otro día, a ver qué os parece.
EXPERIENCIAS SOBRENATURALES: UNA HISTORIA PARANORMAL Y SOBRECOGEDORA COMO LA VIDA MISMA.
Una cosa que siempre me ha llamado la atención es el hecho de que los perros vivan situaciones paranormales a diario, y no una vez solamente, sino varias a lo largo del día. Pero en este preciso instante no recuerdo quién fue la persona que me comentó este hecho, más como curiosidad o dato anecdótico que como revelación trascendental. A decir verdad tampoco sé a ciencia cierta si me lo dijo alguien o si lo ví en alguna película o lo leí en algún libro; es probable que incluso hasta lo soñara, yo lo crea real y esté totalmente equivocado.
¿Pero a qué se refiere con “experiencias sobrenaturales”? ¿Qué es una experiencia sobrenatural para un perro? ¿Es lo mismo que para nosotros o algo totalmente diferente? ¿Acaso el sonido de un semáforo, algo a lo que nosotros estamos tan acostumbrados al tener que lidiar día a día con ello, le causa a un cánido la misma sensación que a una persona escuchar el espeluznante aullido de un fantasma en medio de un bosque oscuro y maldito? ¿Es probable que lo que a nosotros nos parezca una cosa mundana, sencilla y convencional llene de terror y escalofrío a un perro?
Y, dicho sea de paso, ¿es posible que se de el caso contrario? Es decir, que se cambie el elemento “perro” por el elemento “hombre” y que lo que para aquellos es el pan de cada día sea algo inusual e inaudito para nosotros. Yo no lo sé, de hecho simplemente estoy divagando, ya que por desgracia no poseo la percepción de un perro, y siempre que he intentado plantearle estas cuestiones a algún ejemplar de esta especie me suele gritar en un idioma que no logro descifrar, cuando no me intentan morder, reacción que suelen compartir con el noventa por ciento de la gente.
¿Y, otra reflexión también bastante interesante, donde esta el límite que separa lo que es una experiencia sobrenatural de un hecho cotidiano normal y corriente? Está claro que si tú vas por la calle y te cruzas con un vampiro (lo cual nos ha pasado a todos) es obvio que es un hecho sobrenatural, pero ¿y si oyes una voz en tu cabeza o te parece ver algo que en realidad no existe? ¿Cómo puedes saber si ha sido un suceso paranormal, o lo que estrictamente conocemos como esto y que no ha sido tu imaginación que te juega malas pasadas? ¿A partir de que podemos argumentar que determinado suceso es una experiencia sobrenatural? ¿Quizás cuando no tiene una explicación científica? O simplemente cuando es más reconfortante pensar en ello como algo misterioso y oculto que ver simplemente lo que es, es decir, una cosa mundana y común, y por lo tanto, aburrida.
Y era un buen día el veinticinco de abril del dos mil siete, aunque, al igual que la mayoría de la gente, mi concepto sobre un “buen día” era aquel durante el cual no sucedía nada desastroso que se saliera de la rancia rutina diaria sin la cual, horror, el hombre no puede vivir. Regresé de la universidad y me puse a reposar energías tras comerme un buen caldo de cocido. Tras la pertinente siesta, y ya con la comida bien digerida, decidí salir a correr, una de mis más recientes, y para mí de las más gratas, aficiones. Me puse el chándal y mis zapatillas de corredor, que estaban hechas un asco de tanto uso, ya que también me las solía poner todo el día, excepto para estar por casa, y me dispuse a comenzar el viaje. Serían alrededor de las cinco y media cuando salí de mi casa y me encontré en la calle. No hacía mucho frío, aunque sí que soplaba una ligera brisa fría pero reconfortante. Además, había una paleta de nubes grises ondeando en el cielo, con lo cual debía de darme prisa sino quería que de repente mi pillara la lluvia y mis planes para hacer ejercicio dieran al traste. La ruta que había elegido para destrozarme durante un rato las pierna era una especie de camino que se alejaba de la ciudad y se adentraba poco a poco en la naturaleza, pasando primero al lado de una numerosa serie de fincas para ser luego atravesado por una carretera y que finalmente acababa hundiéndose entre los montes para acabar llegando a una especie de santuario religioso. Solía ser un camino bastante transitado por jubilados con mucho tiempo libre, amas de casa aburridas y deportistas expertos, y éstos últimos hacían notar su desprecio hacia el corredor aficionado como yo llevando esas mallas ajustadas horteras y mostrando su aparente superioridad física y atlética.
Pero antes de llegar al camino debía atravesar media ciudad andando, tardando alrededor de veinte minutos a mi marcha en alcanzar el punto de partida, lo cual era un buen calentamiento para lo que solía venir después. Como siempre que voy caminando mi mente va a dos mil por hora, perdida en sus propios pensamientos y haciendo reflexiones sobre asuntos que no vienen al caso, no me fijaba en la gente ya que mi miraba tendía a observar dos de las cosas más interesantes que una persona puede hallar en este mundo: la acera y el asfalto, elementos que siempre estaban allí, mientras los demás nacíamos, crecíamos y moríamos, ellos permanecían ahí, como supervivientes que nunca perecerían. Alguien debería realizar una película que consistiera en hora y media de acera y asfalto, sería interesantísimo. Pero bueno, allí estaba yo, caminando cabizbajo, y sólo levantaba la mirada para contemplarme en los escaparates o para ver mi reflejo en los cristales de los coches. Y que gordo que me veía, llevaba meses yendo a correr y nunca logro perder nada de peso. Tal vez no debería de comer tanto por la tarde cuando vuelvo, pero soy una persona de voluntad muy débil y no como por hambre, sino por ansiedad. Y mira que pelos que llevaba en aquel momento, que desastre de persona.
Y tras cinco minutos de caminata y de tortura bajo el prisma de la auto-compasión llegué a un cruce de carreteras en plena ciudad. Cuatro calles y dos direcciones. Visto desde arriba, como si se tratase de un mapa, imaginando que uno tiene la capacidad de poder volar por encima de las ciudades entre las nubes y la polución la cosa quedaba así: arriba a la izquierda había una tienda en la que se vendían trajes de bodas, y justo enfrente, tras cruzar la calle, se hallaba una tienda de pinturas. Abajo a la derecha del cruce se podía encontrar un grupo de edificios de apartamentos dónde vivía la gente, y enfrente, es decir, abajo y a la izquierda en nuestro gran mapa mental, un bar.
Yo me acercaba por el carril este, por la tienda de pinturas, cuando crucé hasta el bloque de enfrente, llegando a la tienda de trajes de boda. Y allí fue donde lo oí. Incluso fue nada más poner el pie en la acera: era una voz lejana y casi inteligible, no por el tono o una mala pronunciación de las palabras, sino por la cantidad de cosas y significados que daba, sin que ninguno fuera capaz de dejarse oír por encima de los demás, causándome una sensación de aparatosidad y densidad lingüística. Alcé la cabeza sorprendido y desorientado, me quedé quieto y miré para ambos lados, pensando de quién podía ser la voz y qué era lo que me quería decir. Por un momento pensé que era alguien que me estaba llamando, pero la única persona que había cerca, y que venía paseando hacía mí era un hombre mayor, de cincuenta y muchos, de gran corpulencia, quizá seguramente debido a la noble y sana dieta mediterránea y a años de trabajar en el campo que son sustituidos de repente por una vida de bienestar social. Al ver como le observaba y como giraba mi cuerpo hacia él y que yo esperaba que viniera me miró extrañado, pensando que quizás le hiciera algo. Balbuceé, nervioso:
-¿Me decía usted algo?
Pero no creo que lo entendiera. En mis momentos de nerviosismo las palabras salen flojas, confusas y mal pronunciadas. Me acercaba a él, y él se acercaba a mí. Para disimular, ya que yo le había dicho algo y él se había quedado desconcertado, sumando al hecho de que no dejaba de mirarlo y que esperaba al momento en el cual su camino se cruzara con el mío, dijo:
-Buenas
Yo también se lo dije. Siguió caminando, y yo también continué la marcha, decidido a llegar a mi punto de partida para ponerme a correr. Pero durante la caminata estuve reflexionando. ¿Qué había sido eso? ¿Realmente me había dicho algo aquel hombre, o yo me lo había imaginado? ¿Y, si de verdad era esto último, porque leches me había imaginado algo así? Pero, ¿y si no me lo había imaginado? ¿Y si el viento hubiera arrastrado esas voces de alguien o algo hacía mí con la intención de llamar mi atención? Y ya puestos a confabular, ¿y sí esas palabras que había oído eran el recuerdo perpetuo de algo ya lejano y extraño y que había sido condenado por la pesadez del tiempo a una cárcel atemporal? ¿Y si esas voces vinieron de otra dimensión? ¿O eran simplemente recuerdos del pasado que se quedaron pegados a los edificios esperando el día a que pudieran despegarse y volar libremente, mecidos por el viento? Lo más probable es que fuera mi cerebro el que me hubiera jugado una mala pasada, y me hubiera hecho oír cosas que realmente no habían sido dichas por nadie. O quizás aquel hombre quisiera volverme loco y fingiera no haberme dicho aquellas palabras, por el simple hecho de fastidiarme un poco. O quizás…… bueno, quién sabe. Soñar es bonito, y gratis.
Lo único que puedo asegurar a ciencia cierta es lo agusto me destrocé luego las piernas corriendo.
FIN
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| Jue Jun 07, 2007 15:04 |
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LuisBermer
Piltrafilla
Registrado: Mié Dic 06, 2006 01:56 Mensajes: 35
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 UN SACO DE ILUSIONES
UN SACO DE ILUSIONES
Ya sólo le quedaban dos caramelos de café. Había cogido un buen puñado de la bandeja de dulces, polvorones y garrapiñadas sin que nadie la descubriera, pero ya sólo le quedaban dos. Y a pesar de ello, los párpados se hacían cada vez más y más pesados, los deseos de abandonarse al sueño aumentaban por momentos…pero tenía que aguantar. Este año aguantaría, hasta el final. No como en años anteriores -no volvería a sentir esa decepción consigo misma al despertar-. Porque esta vez lo vería. Vería entrar a Santa Claus a dejar los regalos junto al árbol. Aunque tuviese que morir de sueño.
Si sus padres se enteraran de que, en este momento –las cuatro y cuarto de la mañana-, ella, su pequeña Alicia, estaba en el sofá del salón, arropada con dos mantas, la sábana y el cobertor arrancados a su cama, la bronca que le caería sería…inolvidable. Aunque eso a ella no le importaba; sería un aceptable precio a pagar con tal de ser testigo, al fin, de la llegada de Santa Claus. Hacía mucho frío, aunque sentirlo en la cara le ayudaba a mantenerse despierta. Ya no podía faltar mucho tiempo, tenía que estar a punto de aparecer. Desde su trinchera de algodón adivinaba las formas del árbol de navidad, junto al rincón, débilmente iluminado por la luz lunar que atravesaba, fría, silenciosa, el cristal de la puerta del balcón. Y por allí, no sabía muy bien cómo -porque la puerta sólo se abría desde dentro- pero por allí, debía entrar su querido Santa Claus…¿Se acordaría de todo lo que le había pedido? ¿Cómo sería aquel momento mágico que estaba a punto de ocurrir? ¡Qué emoción!
Sin pestañear, atenta a cualquier movimiento en la puerta del balcón, Alicia sentía el paso del tiempo, nada ocurría, escuchando el silencio, luchando por no caer bajo el sueño. De repente, su corazón se contrajo dentro del pecho, impactado. Justo detrás de ella, dos inmensos ojos azules la miraban desde arriba.
-¿Me esperabas, Alicia?
Ella sólo acertó a asentir débilmente, aferrada a las mantas, sin poder separar la mirada de aquellos azules ojos magnéticos, profundos, que parecían brillar en la oscuridad con luz propia. Temblaba de miedo y emoción. Ahora que lo tenía delante no lo podía ni creer…¡Era él! ¡¡Santa Claus!!
Sin dejar de observarla, Santa comenzó a rodear la mesa camilla dirigiéndose hacia el árbol con su voluminoso saco de regalos a la espalda, sin hacer el menor ruido. Alicia lo encontró enorme, gigantesco; tanto a él, con su traje rojo y blanco, como al saco de tela que cargaba. No lo recordaba así de las tardes que lo vio en el centro comercial. No era el mismo, desde luego. Aquel parecería un niño a su lado. La barba se asemejaba a la de su abuelo aunque ésta, en verdad, era como de nieve. Y sus ojos…eran increíbles, cambiaban a cada paso que daba: verdes, púrpuras, grises, plateados, otra vez azules…y tenían una expresión que nunca había visto en nadie, entre bonachona y alucinada, divertida y aterradora…imposible no mirarle.
-¿Se te ha comido la lengua el gato? –preguntó Santa, chispeante y tierno, sin borrar su gran sonrisa tras la barba.
Alicia escuchó la pregunta dentro de su cabeza, pero ningún sonido.
-¿Po…por dónde has entrado? –se atrevió Alicia al fin.
Santa hizo un gesto con su mano libre. Y la puerta del salón se cerró con un susurro.
-Por la chimenea...
Alicia dudó largos segundos.
-¡Pero si no tenemos chimenea! –replicó alegre, por descubrir el truco-juego de Santa.
-Por la chimenea de tus sueños –contestó alzando una pícara ceja de algodón.
Alicia no supo qué decir, pero le sonó muy bonito. Su sonrisa se amplió aún más entre los mofletes.
Santa dejó su gran saco cerca del árbol de navidad. Parecía pesar una tonelada. Por lo menos.
-¿Tú no deberías llevar ya varias horas durmiendo, mi niñita? –ahora sus ojos eran de un verde amarillento.
En el salón ya no hacía ni pizca de frío. Alicia se deshizo de su refugio de mantas -hasta empezaba a sentir calor con ellas encima- para apoyarse en el reposabrazos del sofá más cercano a Santa.
-Es que…tenía muchas ganas de verte.
-¡HO HO HO! –la grave carcajada resonó en la cabecita de Alicia como un trueno- Pero...¡si nos hemos visto esta misma tarde en el centro comercial!
Alicia titubeó. Ambos sabían que él no podía ser el mismo que estaba en el centro, pero no se atrevió a contradecir a Santa; corría el riesgo de quedarse sin sus juguetes. Y puede que se tratara de otro de sus truco-juegos. Como el de la chimenea.
-Bueno…verás –dijo mirándole con esquiva timidez a los ojos-
Que eran inmensos, circulares. Hipnóticos.
…es que…algunas de mis amigas dicen –y al llegar aquí tragó saliva-
-¿Qué dicen tus amiguitas, Alicia?
…pues que tú no existes, que es todo un invento de los padres para engañar a los niños pequeños. Dicen ellas que cómo va a repartir, un solo hombre, millones de juguetes por todo el mundo en una sola noche –alzó la mirada, temiendo la reacción de Santa.
-¿Y tú que crees, Alicia? –sus ojos eran pozos sin fondo.
-Yo…¡yo te quiero mucho! –dijo saltando a su lado- ¡Y creo que son tontas! ¡Tontas del culo! ¡ups! –Alicia se llevó una mano a los labios, arqueando las cejas, sonrojándose. ¡Se le había escapado un insulto delante de Santa!
Comprensivo, Santa Claus se inclinó ligeramente para poder mirarla a la altura de los ojos, apoyando una mano, que parecía descomunal por contraste, sobre su hombro.
-Tus amigas no son tontas, Alicia. Pero yo no puedo existir para ellas si no creen en mí. Por eso tú me ves ahora aquí, en tu casa, justo antes de dejar tus regalos; y por eso ellas nunca me verán, y serán sus padres los que tendrán que suplir mi labor, dejando sus regalos en mi nombre, sueños y deseos que yo podría hacer realidad sin esfuerzo. Por no creer en mí.
Tan cerca, Alicia se había perdido por completo en los ojos de aquel ser maravilloso, mientras flotaba en sus dulces palabras sin sonido, que impregnaban de regocijo su alma, su corazón. Eran como lagos de agua etérea, mágica, cálida e infinita. Y nadaba en ellos, plena de dicha, como si hubiese alcanzado las playas de un paraíso interminable.
-Y ahora debes irte a la cama, o tus padres se enfadarán con razón si descubren que no estás dormida –Santa se incorporó, diluyendo parte del hechizo.
-¡Pero yo quiero ver cómo dejas mis juguetes! ¿Me los has traído todos-todos? –los nervios la recorrían de pies a cabeza.
-¿Sabes, Alicia, que muchos niños en el mundo -niños como tú- ni siquiera tienen agua para beber? –la expresión de Santa se tornó algo distante.
-Sí, ya lo sé, en Africa…¿Pero puedo ver si t…
-Alicia, debes tener en cuenta lo que muchos han sacrificado para que tú puedas disfrutar de tus juguetes –Santa la observaba, paciente.
Alicia notó el cambio. Con Santa no valían las formas que usaba con su padre y con su abuelo. Había en él algo…diferente, no sabía si superior, que lo hacía muy distinto al más entrañable de sus familiares.
-Ya sé que tengo mucha suerte por todo lo que tengo, Santa –Alicia intentó parecer menos excitada, sin conseguirlo- Pero sólo quería preguntarte…¿llevas ahí todos los juguetes de todos los niños?
Santa recolocó el saco para que no se vertiese hacia un lado; después la miró por debajo de sus blancas cejas.
-En este saco guardo todas las ilusiones, deseos, promesas y oraciones que los niños me mandan, junto con lo necesario para poderlas hacer realidad. Y como ves, mi pequeña, es un saco muy grande –Santa le guiñó un ojo.
-¿Puedo ver cómo lo haces? –Alicia estaba fuera de sí- ¡¡porfi porfi porfi porfi porfi!!
-¡Ssschhh! ¡Vas a despertar a tus padres! –advirtió Santa con un grueso dedo sobre la barba, mientras agarraba con fuerza el saco- Tus juguetes ya se están haciendo. Los verás mañana por la mañana, y ahora…
-¡NOOO! ¡Enséñame uno! ¡sólo uno! ¡la casita y me voy!
Santa la inundó con su extraña mirada cambiante.
-Entonces no tendrás todos tus regalos, Alicia. Aún no están preparados.
-¡Me da igual! –tenía los mofletes colorados- ¡Es mi mayor deseo!, ¿no lo ves? ¡Y es lo que quiero, lo que te pido!
Santa fijó en ella sus ojos circulares.
-Acércate pues.
El saco se abrió para ella como la inmensa boca de un túnel. Un fuerte hedor la golpeó en la cara; una vaharada pestilente.
Y allí, de todos los tamaños y colores, entremezclados con los juguetes a medio hacer, fundiéndose con ellos en un pastoso bullir, Alicia contempló el interior del saco: manos arrancadas, cabezas sin ojos, largas tiras de piel…
Y muchas otras cosas más.
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Visita http://www1.webng.com/luisbermer/ …si te atreves…
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| Sab Jun 09, 2007 03:07 |
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Modern Happy
Piltrafilla
Registrado: Dom Jun 24, 2007 22:58 Mensajes: 206
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Mi gran aficion siempre han sido los comics , y he trabajado haciendo comics y animacion,durante años, ultimamente me ha dado por escribir como poesias pero en prosa , ya tengo unas cuantas , y si mas adelante logro hacer como un librillo intentaré moverlo y si no me lo editaré yo , como he hecho con mis comics.... bueno a ver que os parece , esta es uno de esos pensamientos... Saludos VIEJOS SONIDOS LA MUSICA SUENA BAJA, NO ES MUSICA DE MODA, SON VIEJOS "COUNTRYS" DE HANK WILLIAMS, LA CIUDAD ESTA DURMIENDO,TODO EL MUNDO SABE QUE HARA MAÑANA, PERO TU , SIN SABER POR QUE ESTAS ESCRIBIENDO LO QUE NO VALE DINERO , SIEMPRE PARECE QUE NO SEA NADA, NO ES LO MISMO QUE LE DIGAS A TU CHICA QUE POR ESTAS LETRAS COBRARAS MIL DOLARES, QUE SI LE DICES LA VERDAD, POSIBLEMENTE, TUS ESCRITOS ACABARAN EN UN CAJON, ESPERANDO A QUE ESAS LETRAS SEAN RESCATADAS POR UN SER LUMINOSO, QUE LE DIGA AL MUNDO POR QUE ESCRIBES
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| Mié Jun 27, 2007 00:22 |
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Modern Happy
Piltrafilla
Registrado: Dom Jun 24, 2007 22:58 Mensajes: 206
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Disculpar, por que el post ha quedado mal editado , he puesto mal las separaciones y me he comido alguna coma, el titulo es VIEJOS SONIDOS y donde he puesto SIN SABER POR QUE ESTAS ESCRIBIENDO , LO QUE NO VALE DINERO (Falta la coma que hay aquí) , repito disculpar , por que soy un poco novato en esto de la edicion de posts....
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| Mié Jun 27, 2007 00:31 |
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Modern Happy
Piltrafilla
Registrado: Dom Jun 24, 2007 22:58 Mensajes: 206
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Modern Happy escribió: Mi gran aficion siempre han sido los comics , y he trabajado haciendo comics y animacion,durante años, ultimamente me ha dado por escribir como poesias pero en prosa , ya tengo unas cuantas , y si mas adelante logro hacer como un librillo intentaré moverlo y si no me lo editaré yo , como he hecho con mis comics.... bueno a ver que os parece , esta es uno de esos pensamientos... Saludos VIEJOS SONIDOS LA MUSICA SUENA BAJA, NO ES MUSICA DE MODA, SON VIEJOS "COUNTRYS" DE HANK WILLIAMS, LA CIUDAD ESTA DURMIENDO,TODO EL MUNDO SABE QUE HARA MAÑANA, PERO TU , SIN SABER POR QUE ESTAS ESCRIBIENDO LO QUE NO VALE DINERO , SIEMPRE PARECE QUE NO SEA NADA, NO ES LO MISMO QUE LE DIGAS A TU CHICA QUE POR ESTAS LETRAS COBRARAS MIL DOLARES, QUE SI LE DICES LA VERDAD, POSIBLEMENTE, TUS ESCRITOS ACABARAN EN UN CAJON, ESPERANDO A QUE ESAS LETRAS SEAN RESCATADAS POR UN SER LUMINOSO, QUE LE DIGA AL MUNDO POR QUE ESCRIBES Como el anterior pos está mal esditado procedo a escribirlo otra vez , ahora que he pillado lo de los parrafos:
VIEJOS SONIDOS
La música suena baja, no es musica de moda, son viejos "countrys" de Hank Williams
La ciudad está durmiendo, todo el mundo sabe que hará mañana, pero tú , sin saber por que , estás escribiendo
Lo que no vale dinero siempre parece que no sea nada, no es lo mismo que le digas a tú chica que por esas letras cobraras mil dolares, que si le dices la verdad, posiblemente tus escritos acabaran en un cajon
Esperando a que esas letras sean recatadas por un ser luminoso que le diga al mundo por qué escribes.
Modern Happy.
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| Lun Jul 02, 2007 01:58 |
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LuisBermer
Piltrafilla
Registrado: Mié Dic 06, 2006 01:56 Mensajes: 35
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 ALTA MAR
ALTA MAR
La noche era calurosa, apenas traía brisa para alejar los fantasmas que nacían de su habano; Julio, don Julio, sentado en el ático de su mansión solitaria junto a la cala privada, rodeado de tierras innecesarias herencia de crímenes a fuerza olvidados y verjas de acero aún más innecesarias por ser antes las del miedo que en sociedad llamaban respeto, contemplaba el negro mar invertido del cielo. El murmullo incesante resucitaba recuerdos a la lejanía, que la vacía esponja de su presente se encargaba de enjugar. Alguien debió decirle al aspirante a capo Julio, después Don Julio, que ni los zapatos de cemento copiados de las películas, ni el hilo de acero, ni las blancas rayas de polvo y el agua de fuego, ni el dinero a toneladas, ni las noches orgiásticas de sexo catártico podían acallar la eterna voz susurrante de los muertos. Y no es que no pudiese disfrutar de estos clásicos placeres, pero ahora había de compartirlos con ellos, sus miradas fijas, su constante presencia. A veces se preguntaba si el camino hacia ésta, su ambicionada cumbre, mereció la pena. La respuesta siempre era un amargo trago de whisky.
El mar, el mar, la vida, la muerte. Qué pequeño resultaba todo junto a la inmensidad. Su contemplación era lo único que en este mundo no le provocaba hastío, con su ir y venir clamoroso e idéntico de olas, días y espuma. Volvieron a él aquellas travesías en el interior de barcos que eran juguetes en sus caprichosas manos de gigante pueril, inconsciente de su inmenso poder; todas las emociones se sucedían entre el gemido de los aceros, un embrujo que se desvanecía al pisar tierra, dejando en su lugar un poso de anhelo, una llamada que, tarde o temprano, obtenía su respuesta. Y su regreso.
Nada se movía ya en la noche, salvo el mar, inquieto. A través del vapor de sus ojos, Don Julio, hipnotizado, veía las olas limpiando la arena, brazos de una gigantesca ameba, tímida a pesar de su monstruosidad. A pocos metros de la playa, donde el agua aún no llegaba hasta el cuello, apareció un bulto negro. El bulto, muy lentamente, como si hubiese de vencer una gran resistencia, avanzó hacia la playa; y según iba avanzando, el bulto se adivinaba como la cabeza de una emergente figura encorvada. Don Julio se restregó los ojos, pero la imagen persistió. Ahora el agua le lamía las rodillas y no cabía duda de que era un hombre, cubierto de harapos y algas o alguna suerte de camuflaje para pasar inadvertido, como un comando de las fuerzas especiales del ejército. Al fin había ocurrido. Don Julio sabía que, tarde o temprano, los sobornos y otros resortes oscuros dejarían de proporcionarle esta burbuja de protección en la que vivía; pero nunca imaginó el modo mediante el cual tenderían la trampa; tal vez por considerarlo como algo poco probable e impreciso. O era eso, o el despistado buzo había elegido el peor lugar para perderse.
No era un comando, desde luego. Ahora veía, con los ojos bien abiertos, los movimientos innaturales con los que ese hombre arrastraba su cuerpo tambaleante playa adentro, dejando dos surcos paralelos en la arena tras de sí. El no era un hombre miedoso, nunca lo había sido; las contadas ocasiones que tuvo el pánico para recorrer sus venas hubiesen detonado el corazón de cualquier otra persona, aún entre los más habituados al espectáculo de la sangre puesta en libertad. Y sin embargo, la visión de aquel deforme, enajenado, o quien diablos fuese, comenzaba a inquietarlo, motivo sobrado para disparar su inestabilidad, su orgullo homicida. Los chicos de confianza habían bajado al pueblo a divertirse por orden expresa. Quería soledad esta noche, y ya había un intruso –con dos cojones, eso sí- distorsionando sus planes; así que tendría que encargarse personalmente del asunto. Echó una última ojeada por encima de la balaustrada hacia aquel loco penetrando en sus propiedades, que estaba mucho más cerca, aunque no lo suficiente para que las estrellas y la luna iluminasen su rostro. Llegaba entonando un mecánico murmullo tan grave como el rumor del agua, pero no pudo distinguir palabras desde la altura que los separaba. Don Julio dio media vuelta y corrió a su despacho. Allí destrabó del armario su viejo Kalashnikov, regalo de su contacto moscovita Nicolai, muerto en un desafortunado mal negocio meses atrás. Tomó un par de cargadores y salió de nuevo al ático. Dispuso el arma para abrir fuego y, acomodando su culata al hombro, buscó la cabeza del desconocido con la boca del cañón de acero. Pero éste ya se hallaba fuera de su alcance. Los surcos gemelos en la arena conectaban el mar con el pórtico de su mansión. No pudo localizarle hasta que dos golpes de fuerza brutal impactaron contra la pesada puerta principal, reventándola en cientos de astillas y esquirlas de vidrio que repiquetearon como llanto de tormenta sobre el hall. Acababa de invadir su hogar. Don Julio, aplastando su temor bajo la estampida de una rabia incontrolable, atravesó a la carrera su despacho y comenzó a descender por una de las escaleras de suave curvatura que conducía hasta la planta baja, a la altura del inmenso recibidor. Escalón a escalón, la correa del arma anudada al antebrazo, un pie tras otro, Don Julio salió al encuentro del invasor, mientras el murmullo balbuceante de su cántico de palabras sin aire penetraba, ahora sí, con abrasadora claridad por sus oídos.
En la noche serena, por encima de la ensoñación sonora de la espuma y la sal, se escucharon treinta disparos ininterrumpidos. Y un solo grito.
* * *
Se encuentra en la segunda planta, subiendo por la derecha –indicó el agente.
El inspector Núñez entró en la estancia. Un fortísimo olor a whisky inundó sus fosas nasales instantáneamente. Y a pesar de la escena ante sus ojos –modo curioso el que a veces emplea el cerebro al operar-, el primer pensamiento que esbozó su mente fue que el lujoso cuarto de baño era tan amplio como el salón de su casa. Después se percató de la presencia del comisario Torres tras su desgastado bigote.
-Le estaba esperando, Núñez. Empezaba a retrasarse.
-Parece un ajuste de cuentas.
-¡Vaya! ¿no me diga? Su sagacidad no deja de sorprenderme. Y yo pensando en un desafortunado accidente doméstico.
Del borde de la bañera colgaban los pies de Don Julio, sumergido por completo en líquido ambarino. Las manos aparecían crispadas, los ojos conservaban una mirada particularmente horrible de terror cristalizado en el tiempo. La mandíbula, desencajada o rota por descontado, permitía que el manojo de habanos permaneciese obstruyendo la boca en cruel angulación.
-Bueno, pues ya podemos empezar a recorrer la lista de los doce mil sospechosos que deseaban la muerte del angelito.
-¿Alguna pista o indicio revelador, en primera instancia?
- A ver que le parece a usted esto; yo todavía no sé muy bien como interpretarlo –dijo el comisario, tendiéndole una caja de habanos vacía cogida con las enguantadas puntas de dos dedos.
Sobre la fina tapa de la caja de madera, una inscripción rasgada:
Felicidades, papá
_________________ Web: www.luisbermer.com
Blog: www.bermerblog.blogspot.com/
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| Mar Jul 31, 2007 15:26 |
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AmenOffice
Cinéfago
Registrado: Mié Abr 25, 2007 21:02 Mensajes: 253
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Tal vez sea cosa de la senilidad pero no recuerdo haber puesto ninguna de mis obras bajo ese invento del copyleft, Creative Commons o como se llame. Aún así, desde hace tiempo anda circulando por diferentes páginas web y las redes p2p uno de mis primeros bolsilibros: "La muerte es de metal", sin que nadie me haya pedido permiso para su divulgación por estos medios. Bien, como ya es tarde para evitarlo, por lo menos que sirva para algo. Aquí se puede descargar.
Además, dejo un relatillo que quedó finalista en el Tierra de Leyendas VI: Ultimátum.
Recordar también que en portada de Pasadizo está el díptico malayo.
_________________ Cuando estamos en la taberna, no nos preocupa lo que sea de la tierra.
(Carmina Burana, Carl Orff, 1937, basado en cánticos goliardos del siglo XII)
www.lemryan.com
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| Dom Ago 05, 2007 15:44 |
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gilead
Cinéfilo
Registrado: Lun May 15, 2006 10:58 Mensajes: 1979 Ubicación: La Fábrica de Chocolate
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_________________ La vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes...
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| Mar Ago 07, 2007 12:34 |
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wire1984
Piltrafilla
Registrado: Mar Ago 07, 2007 19:36 Mensajes: 2
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Hola a todos. En primer lugar quería disculparme porque he cometido un error al publicar un mensaje, colocándolo en el general en lugar del post it indicado para el tema. Si los moderadores lo creen conveniente pueden cambiar el mensaje de sitio.
Tal y como he dicho en el post LA DALIA BLANCA en la página http://www.usuarios.lycos.es/ladaliablanca pueden encontrar un relato de misterio publicado en diversas entregas acompañado de algunos videos que ilustran los rostros de los personajes.
Siento las molestias ocasionadas. Un saludo y buen verano.
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| Mar Ago 07, 2007 20:54 |
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AmenOffice
Cinéfago
Registrado: Mié Abr 25, 2007 21:02 Mensajes: 253
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Jejeje, deseo concedido: Lem Ryan en estado puro, o, mejor dicho, otra de sus novelas, aquí.
"La espada de Katham", la primera historia del Asesino de Reyes. Espada y brujería a la antigua usanza, sin dragoncitos ni elfos llorones.
_________________ Cuando estamos en la taberna, no nos preocupa lo que sea de la tierra.
(Carmina Burana, Carl Orff, 1937, basado en cánticos goliardos del siglo XII)
www.lemryan.com
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| Mié Ago 08, 2007 18:18 |
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gilead
Cinéfilo
Registrado: Lun May 15, 2006 10:58 Mensajes: 1979 Ubicación: La Fábrica de Chocolate
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Pues no sé qué pasa con ese relato, que cada vez que clico en página siguiente, la lectura salta y no es correlativa... debe haber algún error ¿no? 
_________________ La vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes...
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| Jue Ago 09, 2007 14:39 |
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AmenOffice
Cinéfago
Registrado: Mié Abr 25, 2007 21:02 Mensajes: 253
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Supongo que el resultado de mi experimento informático varía según la configuración de pantalla. Lo he simplificado un poco, a ver si así...
_________________ Cuando estamos en la taberna, no nos preocupa lo que sea de la tierra.
(Carmina Burana, Carl Orff, 1937, basado en cánticos goliardos del siglo XII)
www.lemryan.com
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| Jue Ago 09, 2007 15:16 |
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gilead
Cinéfilo
Registrado: Lun May 15, 2006 10:58 Mensajes: 1979 Ubicación: La Fábrica de Chocolate
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Ahora sí que funciona.
Bueno pero me da igual, no pienso leerla jijiji
_________________ La vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes...
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| Vie Ago 10, 2007 10:58 |
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AmenOffice
Cinéfago
Registrado: Mié Abr 25, 2007 21:02 Mensajes: 253
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Otros bolsilibros on-line: http://usuarios.lycos.es/lemryan/module ... age&pid=52 y http://usuarios.lycos.es/lemryan/module ... age&pid=55
En unos días espero que estén disponibles para descargar en teléfonos móviles. 
_________________ Cuando estamos en la taberna, no nos preocupa lo que sea de la tierra.
(Carmina Burana, Carl Orff, 1937, basado en cánticos goliardos del siglo XII)
www.lemryan.com
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| Sab Ago 11, 2007 20:03 |
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AmenOffice
Cinéfago
Registrado: Mié Abr 25, 2007 21:02 Mensajes: 253
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Ya se pueden descargar las tres novelas de Katham en cualquier teléfono móvil con soporte Java. Más información en www.lemryan.com.
_________________ Cuando estamos en la taberna, no nos preocupa lo que sea de la tierra.
(Carmina Burana, Carl Orff, 1937, basado en cánticos goliardos del siglo XII)
www.lemryan.com
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| Lun Ago 13, 2007 15:58 |
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AmenOffice
Cinéfago
Registrado: Mié Abr 25, 2007 21:02 Mensajes: 253
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He puesto otro de mis viejos bolsilibros para su descarga en teléfonos móviles: "Cuando los dioses mueran...". Como siempre, más datos en mi página web.
_________________ Cuando estamos en la taberna, no nos preocupa lo que sea de la tierra.
(Carmina Burana, Carl Orff, 1937, basado en cánticos goliardos del siglo XII)
www.lemryan.com
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| Mar Ago 21, 2007 16:19 |
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Fill
Piltrafilla
Registrado: Dom Sep 09, 2007 13:33 Mensajes: 20 Ubicación: El Caído
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 RELATO
EN LOS FRIOS BOSQUES DE FRANCIA
FRANCIA, REINADO DE LUIS XV
La población de Francia, en sus distintos estatus, miraba con recelo el reinado de Luís XV.
Ya antes de acceder al poder, su aptitud despreocupada hacia los asuntos políticos no era mirada con buenos ojos. Sus regentes, tanto el Duque de Orleáns como El Duque de Borbón no habían hecho otro logro que el de sumir el país en la más absoluta desgracia. Mientras tanto el futuro monarca prefería dedicarse a los placeres de la corte, a viajes estrafalarios y a la caza que a los asuntos de estado.
En 1743 subió al trono ocupando el mando de Francia. Su política maleable por sus respectivas amantes, La Marquesa de Pompadur y la Duquesa Du Barry y su vida repleta de derroches y excesos provocaron el escándalo de los franceses.
En lo que respecta a su política exterior se alió con Prusia en su guerra con Austria sin obtener ningún beneficio, en la Guerra de Sucesión austriaca, de 1740 a 1748, ni de la posterior con Austria contra la Prusia de Federico II el Grande, Hannover y Gran Bretaña , llamada Guerra de los Siete Años, de1756 a 1763, por la cual perdió Francia Canadá y el Imperio Colonial Francés de la India.
Lo que Luis XV no sabía era que en el año 1764, una serie de horribles sucesos iban a ser el comienzo de una crisis nacional que provocaría la desconfianza total de su pueblo hacia el rey y de uno de sus mayores ridículos internacionales.
I
Jeanne miraba absorta la medalla de la Virgen que su madre le había dejado en herencia. La verdad es que no podía permitirse el lujo de hacerlo durante el día, pues su trabajo en la casa del señor Bauptiste era muy importante y dedicado como para hacerlo. Si el Señor Bauptiste la pillara descansando para mirar la medalla seguramente la echaría de su casa y no volvería a trabajar más allí. Así que durante la jornada de trabajo, desde que salía el sol por la mañana hasta casi el ocaso se conformaba con tener la medalla colgada al cuello. Lo que de hecho la hacía sentir muy bien, pues así pensaba que su madre estaba en cierto modo aún con ella.
Hacia rato que había oscurecido, se encontraba sentada en una vieja silla de esparto, a la luz de la lumbre que había tenido que hacer ella. Fuera, el frío invernal de Averyon se hacía insoportable y no podía más que sentir preocupación, a la vez que admiración por su padre, que cada día regresaba de talar mucho después de que la oscuridad gobernara los bosques.
Ya había dado de comer a su abuela, que permanecía echada en la cama de madera en un rincón de la cabaña. De vez en cuando, la pobre anciana irrumpía en violentos accesos de tos, entonces Jeanne se levantaba corriendo e iba a su lado. No podía hacer nada por ella, pues eran tan pobres que no había dinero para medicinas, si acaso para algo de leche, huevos y algún mendrugo de pan. Aunque en los buenos días también se habían permitido patatas.
La medalla de la Virgen brillaba por el reflejo de las llamas. Era una virgen preciosa, y en su interior, inconscientemente, la cara de esa Virgen es la que siempre tenía en mente cuando recordaba a su madre.
Ella había muerto durante el parto, eso le había dicho papá. Nada más. Cuando ella le preguntaba él la miraba ceñudo, luego miraba hacia otro lado y hacía cualquier cosa para no dar más explicación.
Su abuela tosió con vehemencia.
—Abuela, ¿Cómo estás?—Preguntó corriendo a su lado.
—Niña, mi niña…—Miraba a la pequeña con ojos tristes, llorosos. Apretó su mano con la poca fuerza que tenía. Luego cerró los ojos y siguió durmiendo.
Unos minutos después tocaron a la vieja puerta de madera. Tres golpes espaciados. La señal de que su padre estaba al otro lado.
Abrió y se abrazó a él.
—Buenas noches, padre. ¿ Qué tal la jornada?
Él la cogió por debajo de las axilas y la levantó con facilidad. La abrazó, la besó en la mejilla y la dejó de nuevo en el suelo.
—Muy bien, hija. ¿ Y a ti?.
—Igual que todos los días, padre. El señor Bauptiste me ha dejado venir hoy un rato antes.
El hombre dibujó una leve sonrisa.
—Me alegro. ¿Te ha pagado?
—No, su criada me dijo que hoy no podría, tenía visita. Tal vez mañana, padre.
Su padre asintió.
—¿Cómo está la abuela?—Dijo encaminándose a la anciana.
En realidad no sabían cuál era la enfermedad que padecía, pues pagar a un médico para que la viera era impensable para ellos. Por los síntomas Pierce suponía que debía ser una gripe, y a su edad eso podía ser fatal. Últimamente la anciana no gozaba de muy buena salud.
Tocó su frente y comprobó que tenía fiebre, preparó unos paños húmedos mientras que Jeanne le preparaba la leche y el pan, y se los aplicó a Loise. Ésta volvió a recuperar levemente la conciencia y al reparar en Pierce pronunció algunas palabras.
—Cuida…cuida de la niña. Es lo último que nos queda de ella…
Pierce asintió con mirada afligida y la vieja volvió a cerrar los ojos.
II
Una figura jorobada, tambaleante, caminaba por los bosques de Gévaudan. El nombre del peregrino era Xulius. Llevaba vagando todo el día por sendas y entre los árboles y matorrales. Sin saberlo siquiera se dirigía hacia el término de Aveyron. Iba con la mirada perdida en el pasado, recordando algo, pisaba ramas, hojas y tropezaba con cualquier cosa que se le pusiera por delante. Vestía hábitos de monje, rasgados y descosidos por obra de ramas y piedras.
El sonido del bosque a esas horas, el de las lechuzas, el de los lobos, el de los grillos, era rechazado por sus oídos, lo único que escuchaba era la palabra que golpeaba en su cabeza, que salía de sus labios y que la noche anterior había salido de los labios de ella:
—Sucumbe…
III
Pierce arropó con una manta raída y ya un poco maloliente a Jeanne. Ella, agarraba con fuerza la medalla de su madre y se acomodaba en el camastro que compartía con su padre. Solía dormir con su abuela la mayoría de las noches pero el miedo al contagio hizo que Pierce decidiera que durmiera con él todas las noches.
El hombre se dirigió a la candela y se sentó en una silla. La jornada no había sido tan buena como había dicho a la niña. Se había hecho daño en el brazo a primera hora de la mañana y no había podido talar lo necesario para ganar algo de dinero, tendría que esperar a la leña de mañana para poder comprar unos mendrugos de pan y alguna pinta de leche. Por suerte, dentro de la desgracia, aún conservaban algo del día anterior y por eso habían podido comer hoy.
Echó una mirada a la anciana, que tosió levemente. La vieja le había dicho que cuidara de la niña, ¿ Y cómo hacerlo? Cuando Loise se encontraba bien era ella la que se llevaba a la niña a trabajar a casa del señor Bauptiste, allí podía velar por ella a la vez que trabajaba. Pero la desgracia seguía cebándose en ellos, primero se había llevado a Leonor en el parto y ahora se llevaría también a su madre.
Leonor, pensó, dónde estarás y por qué tuviste que irte. Todo es más difícil sin ti, nada tendría sentido aquí si no fuese por la niña.
Apretaba fuerte los puños y las lágrimas anegaron su espíritu y su cara. Miró a Jeanne y sonrió con melancolía. Tenía la medalla de Leonor apretada en sus manitas, junto a su cara, y pese a que el trabajo debía de ser duro para ella no se quejaba y era obediente y dispuesta en la cabaña.
Se parecía tanto a su madre. Tenía sus ojos verdes, su pelo rubio y su sonrisa de ángel.
Atizó la leña, apagó la lámpara de aceite que iluminaba tenuemente lo que podía y se acostó.
IV
Cuando Jeanne abrió un ojo y después el otro su padre ya no estaba a su lado. Aún no había salido el sol, pero ella ya debía levantarse. Había desarrollado un sentido especial que le hacía despertarse todos los días sobre la misma hora.
Dio agua a su abuela y un pequeño trozo de pan duro mojado en leche que había dejado Pierce para ella. El frío, esta vez acompañado de ráfagas de aire se había adueñado de la mañana y la esperaba con regocijo a la salida de la cabaña. Jeanne hizo acopio de lo único que disponía para protegerse de él, un abrigo viejo de lana y una caperuza blanca.
Miró con tristeza a su abuela, le dolía dejarla allí sola hasta la noche pero no había más remedio.
La cabaña en la que vivían quedaba a cierta distancia del pueblo, así que aún de noche ella tenía que cubrir la distancia andando y sola. Cuando llegaba al poblado los primeros rayos de sol asomaban tímidos por entre las montañas nevadas del Gévaudan. Aún así, ya hacía rato que la vida en Averyon había comenzado. El herrero preparaba las calderas para la jornada, el carpintero metía los troncos a los que daría forma en el taller, los leñadores más impuntuales salían camino del bosque con sus hachas y las mujeres comenzaban con sus quehaceres matinales en el más absoluto silencio.
Ella, Jeanne, saludó con alegría a todos, aunque la mayoría de las veces no obtuvo respuesta. Llegó a la casa del Señor Bauptiste, hombre pudiente en el pueblo, que incluso podía permitirse tener a sus hijas estudiando en París y comenzó las tareas junto a la sirvienta fija de la casa.
A ella le resultaba duro el trabajo, limpiaba y pulía los suelos de rodillas, hacía la cama, bajaba a la ribera a lavar sábanas y ropa, ayudaba a la sirvienta a hacer la comida, luego a fregar los platos, servía la merienda al señor Bauptiste y al invitado que tocase cada día, pues recibía numerosas visitas, por la tarde bajaba a la tienda del señor Lumier y subía con la cesta de esparto repleta de comida para la cena. Esas y muchas más tareas son las que ocupaban el tiempo de Jeanne cada día. Sin embargo ella permanecía en sus pensamientos mientras realizaba todo esto. Imaginaba que su padre comenzaba a ganar más dinero, que su abuela se recuperaba pronto y con su ayuda volvían a sacar todo a flote y con el tiempo cambiaban la vieja cabaña del bosque por una casa en el pueblo. Pensaba que así podría estudiar y aprender a leer como muchos niños del pueblo y que algún día podría casarse con un hombre de buena clase que ayudara a su padre y a su abuela a no tener que trabajar más, nunca más. Imaginaba que su madre, allí arriba en el Cielo también sería feliz de verlos a ellos felices.
Todo esto pensaba, a diario, sin desesperarse porque cada día la cosa parecía ir más a peor que a mejor.
Aquella jornada, pensó por la tarde, se le estaba pasando muy rápida.
V
—Sucumbe…
Xulius no se había dado cuenta de que la noche había dado paso al día. No sentía el frío que amorataba su cuerpo y le hacía temblar y doblarse sobre sí mismo. Había caído varias veces sobre la nieve y había vuelto a levantarse. Cruzaba sus brazos sobre el pecho y seguía caminando, trastabillando, hasta golpearse con algo y cambiar el rumbo, pues carecía de éste e incluso había caminado en círculos durante rato.
—Sucumbe…
La palabra seguía sonando con fuerza dentro de él. Recordaba toda su vida rápidamente hasta que había escuchado de boca de aquella mujer estas palabras, luego volvía al principio, hacia sus recuerdos más lejanos y volvía a empezar.
Recordaba vagamente algunos detalles de su infancia. Lo habían abandonado, como un perro, con apenas dos años, en la puerta de la Abadía de Versalles. Allí, el abad, que tenía experiencia en estas situaciones decidió que se quedara en la Abadía. Sabía que muchos padres no podían permitirse el tener más de un hijo y que algunos de ellos, con una sangre fría helada por el diablo los mataban y enterraban en el bosque para no hacerse cargo de ellos.
Fue así como creció entre monjes y bebió del Cristianismo. Siempre fue una mente inquieta y dolida que dedicaba tardes enteras, camuflado entre libros a cavilar sobre la identidad de sus padres, a divagar sobre las razones que habían tenido para dejarle allí y negarles su cariño. Sabía que seguramente el motivo sería la pobreza pero no podía frenar a sus pensamientos. Odiaba a sus padres por lo que le habían hecho.
Se sentía solo en la Abadía, pese a que allí todos le mostraban su aprecio, él no podía evitar la sensación de sentirse sólo en el mundo, abandonado. Ni siquiera, las enseñanzas de que Dios quiere y está siempre con todos acababan de llenarle. Sabía que estaba pecando pero aún así no se sentía sucio, rezaba y ayunaba muy de costumbre pero más por costumbre que por convencimiento. Muy dentro de él odiaba también a Dios.
Solía salir de la Abadía para comprar en el mercado lo poco que no se producía dentro de ésta. Al contrario que sus compañeros a él le agradaba el bullicio de gente, la algarabía que se respiraba en el mercado, las gentes de un lado a otros atraídas por las voces de los comerciantes, que vendían sus productos como los mejores de todo el reino y que disfrutaban más con el regateo de sus productos que con la propia venta.
Fue allí cuando la vio a ella. Perfilaba tras sus gasas de seda una espléndida figura, sus rasgos parecían orientales sin llegar a serlos, su piel oscura le hizo pensar que pudiera ser de la India y su blanca y radiante sonrisa le invitaba a acercarse y charlar. Pese a estar en medio del gentío y ser sus gasas de colores chillones parecía destacar sólo para él. Nadie más posaba sus ojos en ella.
Sabía que obraba mal pero la mirada de aquella mujer, casi al final de la calle del mercado donde se encontraban le llamaba, le hipnotizaba lujuriosamente, y desde allí, pudo leer en sus labios la palabra, la maldita palabra:
—Sucumbe.
Se dirigió hacia ella, que abandonaba el sitio y giraba en un callejón empedrado. La gente, a la que Xulius empujaba sin el menor reparo le miraba extrañada. Giró en el callejón y la vio meterse en una vieja casa.
No sabía lo que hacía ni porqué lo hacía, pero debía seguirla, averiguar qué significaba esa palabra era lo más importante que había en su vida en aquellos momentos.
Empujó la puerta. La casa estaba en penumbras pues las ventanas estaban cerradas. No parecía haber nadie allí. Olía a humedad y abandono.
Fijó la vista en las escaleras de madera que subían hacia la segunda planta cuando escuchó de nuevo la palabra, la orden. Una orden que escondía un significado que se le antojo sensual a la vez que peligroso.
Subió por escaleras rechinosas y combadas y se encontró a la mujer desnuda y tendida en un camastro de sábanas blancas. Sus turgentes pechos apuntaban hacia él y sintió el incontrolable deseo de beber de ellos y de perderse en la frondosidad de su sexo. Ella sonreía invitándole a hacerlo.
Por supuesto nunca antes había estado con una mujer, ni siquiera sabía cómo era el cuerpo desnudo de una de ellas. Pero no se sorprendió en absoluto de lo que estaba haciendo, de lo que hizo. Sólo quería satisfacerla para obtener el significado de aquella lujuriosa palabra y cuando hubo hecho con ella todo tipo de obscenidades la respuesta quedó en su poder.
—He visto en ti el mal, tú no eres como los monjes o las personas “normales”, que adoran a ese que no les proporciona nada. Piensas que todos son hipócritas y pese a ello tú también lo eres. Y les sigues como oveja descabezada. Adorar al que yo adoro te dará más respuestas que las que encontrarás en cualquier abadía del mundo. Sólo debes sucumbir…sucumbe…
Sin saber de dónde la había ella sacado, se había encontrado con una copa delante, ella derramó su contenido sobre su piel desnuda, sobre sus pechos, sobre su sexo, y pronunció de nuevo las palabra:
—Sucumbe…les odiarás a todos, porque son tan egoístas como lo fueron tus padres al abandonarte.
Y sucumbió.
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Por primera vez en su larga travesía fue consciente de su entorno. El sol estaba poniéndose.
A lo lejos vio una vieja cabaña de madera, y su olfato, que de repente era mucho más fino que su misma vista, le dijo que dentro había alguien, una mujer anciana, y la voz de la hechicera, de la bruja, tronó fuerte en su cabeza:
—¡Les odiarás a todos!
Con paso rápido se dirigió hacia la cabaña. Se sentía arder en su interior, parecía como si un volcán fuese a estallar debajo de su piel. Aún no se había percatado de que estaba cambiando…
VI
Pierce miró el ocaso. Ya le quedaba menos para volver a casa. Hoy sí había cubierto el cupo para ganar algo de dinero y el viejo carpintero le había pagado bien, cosa poco usual. Decidió que intentaría comprar algo de medicinas en la botica del señor farmacéutico al día siguiente. También hubiera querido comprar a Jeanne unos zapatos menos usados que los que tenía ahora, pero sabía que la niña no lo permitiría aún.
Continuó juntando la leña que debía portar al día siguiente al pueblo pensando en su desgraciada vida, en lo que quería a Jeanne y en el miedo que sentía al imaginar que su abuela muriese y se quedasen más solos todavía.
VII
Cuando la sirvienta le dio permiso para irse casi se había puesto el sol. Jeanne agarró contenta la cesta con unos pocos de alimentos, frutas en su mayoría, media pechuga de pollo y algo de pan, que le había dejado llevarse el señor Bauptiste.
La jornada se le había pasado muy rápida, sumida en sus pensamientos como cada día. Echaba de menos a su abuela en el trabajo pero ahora poco se podía hacer. Salió a correr por la senda del bosque para ver cómo se encontraba Loise. Tenía que darle la cena y hoy se iba a despachar bien, con suerte incluso mejoraría de su estado.
No se dio cuenta pero por instinto su mano había apretado con fuerza la medalla de la Virgen.
Siempre había pensado que pudiera ser mágica.
VIII
Xulius había golpeado con vehemencia la puerta de la cabaña, arrancándola de cuajo. No sabía de dónde había sacado tanta fuerza pero creía que provenía del odio, el odio hacia el mundo, hacia sí mismo, animales, seres humanos, objetos materiales, todos eran dignos de su odio.
Ya no sentía ese calor abrasador, al contrario, estaba pletórico. Sabía que había cambiando tanto por dentro como por fuera. Sus sentidos se habían optimizado hasta un límite que nunca sospechó, y por primera vez en su vida se sentía totalmente bien. Por fin podía exteriorizar su repugnancia hacia sus semejantes, y lo haría sin tapujos.
Apuntó con la mirada y el olfato a la vieja que yacía entre las sábanas y ésta, asustada por el ruido había recuperado la semi-conciencia y se había intentado incorporar. Xulius vio el miedo, el pánico reflejado en su cara arrugada y luego lo olió, olió el mismo miedo transformando en orina y esto le hizo sentirse aún mejor, feliz. Y su felicidad en un momento dado fue cambiando hacia la ira, debía matar a la vieja para volver a sentirse mejor. Debía matar a todo el mundo para sentirse mejor, para saciar su hambre, su hambre física y su hambre espiritual.
Así que sin dudarlo un momento se abalanzó sobre la vieja y de un bocado con sus enormes fauces arrancó la cabeza de Loise y la masticó. El sabor le enloqueció, era pura ambrosia, así que siguió comiendo y comiendo hasta que sintió un grito detrás de él, el grito de Jeanne.
IX
Pierce se despidió de algunos leñadores que aún quedaban en el bosque. Al final había recogido el hacha antes de lo acostumbrado. Quería pasar más tiempo hoy con su hija y prestar más cuidados a la anciana.
Le preocupaba el no haberse recuperado del todo del dolor del brazo, imaginar que tuviera que curarlo durante unos días de inactividad le provocaba mareos, no podía recaer todo el peso de la casa en Jeanne, era muy joven, por Dios.
Paso a paso se encaminó hacia la cabaña.
X
Cuando a lo lejos había visto abierta la puerta de la cabaña había pensado que su padre estaría en ella antes de tiempo, después, cuando vio que la puerta permanecía arrancada, partida por la mitad, corrió el último tramo que la separaba de ella.
No pudo por más que gritar como nunca lo había hecho cuando vio a aquella fiera, aquel lobo monstruosamente enorme, peludo y erguido a dos patas que permanecía en el lecho de su abuela, comiéndosela. La bestia no se giró en absoluto al oír el grito, la niña sintió como su cuerpo se aflojaba, como si fuese una marioneta a la que cortasen los hilos. Tembló de pies a cabeza, sus ojos permanecían muy abiertos en sus orbitas y repetidamente se mordió el labio.
Quizá fue esto último lo que la sacó del Shock en el que permanecía. Dio una orden tajante a sus piernas y arrojó la cesta en la puerta. Dentro de su pueril plan de escape eso era una buena idea, el lobo, antes de ir tras ella iría a la cesta y se comería lo que hubiera dentro. Eso le daría cierta ventaja.
Nada más lejos de la realidad. Cuando Xulius o lo que quedaba de Xulius hubo saciado parte de su hambre con la vieja salió corriendo tras ella, en dos zancadas a cuatro patas ya había adelantado a la niña.
Ésta se detuvo de golpe en mitad de la senda y el Lobo se irguió en sus más de dos metros de altura. Permanecían en la penumbra, pese a esto la niña pudo mirarle directamente a los ojos, sorprendiéndose.
—Tus ojos…tus ojos son humanos ¿Cómo has podido hacer esto? Has matado a mi abuela, mi abuelita.
Él oyó las palabras y las entendió. Y el antiguo Xulius, al que aún le quedaba algo de compasión ante sus semejantes intentó hablar a la bestia. Pero lo único que consiguió fue que de los ojos de ésta sendas lágrimas brotaran. Debía odiarlos a todos, sin excepciones.
La niña, agarró la medalla de la Virgen. Había visto en la mirada de la bestia su destino. Las lágrimas que escaparon de su mejilla iban dirigidas a su padre. Le deseó lo mejor, lo quería tanto. Jeanne apretó el metal y no sintió apenas dolor.
XI
Pierce no pudo evitar verlo todo. Llegaba por la senda a la cabaña, hacía más frío que de costumbre, el cielo se encapotaba y supo que esa noche iba a nevar. Cuando sus pasos le aproximaron a unos metros de la casa sus ojos le mostraron algo que no pudo olvidar hasta el día de su muerte varios años después.
Una bestia enorme, un hombre-lobo, decapitaba a su hija con sus garras. Vio saltar la medalla de su madre a un lado y luego fue testigo de cómo esa bestia inmunda devoraba completamente a su hija, dejando sólo la caperuza blanca, destrozada y tintada de su sangre.
Y pese a que corrió y gritó con todas sus ganas no pudo llegar a tiempo. La bestia saltaba hacia el bosque con una velocidad sobrehumana, el hacha que le había lanzado con ira cayó donde segundos antes había permanecido el engendro. Y cuando Pierce llegó no pudo ni siquiera llorar al cuerpo de su hija, pues ésta había sido devorado completamente por el lobo. Aún así lloró desconsolado maldiciéndose a sí mismo, y a Dios por haber permitido tal cosa. Fue hasta la cabaña donde observó amargamente y con asco los restos de lo que quedaba de Loise.
Y allí, en la puerta de la choza, llorando y con la medalla de su hija en las manos juró acabar con la bestia aunque fuese su último acto en este mundo.
XII
Xulius había estado a punto de desfallecer ante la niña. Pero ya nadie podría detener su odio hacia el mundo. Ni esa niña, ni todos los que tuvieran que venir, fuesen hombres, mujeres o niños. Comenzaba su cruzada contra la humanidad apoyado por el diablo. Y no pararía nunca.
Y se le apodaría La Bestia, La Bestia del Gévaudan.
Y sus victimas se contaron por cientos durante tres años, sin discriminación alguna hacia su edad o sexo, y su violencia para con ellos era desmesurada encontrándose en algunos casos la mitad del cuerpo o el cuerpo sin cabeza.
Incluso el rey, Luís XV, actuó debido a las reclamaciones del pueblo. Temiendo un levantamiento popular, mandó una tropa de sus famosos Dragones, que a la par debían seguir las pistas hacia el lobo y esquivar las ingeniosas trampas y engañifas de los caza-recompensas, pues se llegó a ofrecer por la bestia 2700 francos, ya fuese viva o muerta.
Y dieron la vuelta a al mundo las palabras que dijo el capitán de los Dragones cuando por fin consiguió encararse con la bestia. Había dicho que la bestia era de mayor tamaño que su caballo y mucho más ágil y veloz, y que la bala que disparó contra ella rebotó y no le provocó ningún daño. Lo mismo que las que dispararon sus tropas.
Lo que no dijo fue que cuando cruzó la mirada con ella vio una chispa de humanidad en sus ojos, que enseguida se extinguió en el aire.
Y el monarca mandó tres tropas más de sus Dragones, y volvió a ser el hazmerreír de Europa, que se preguntaba atónita cómo iba este rey a ir a la guerra si no era capaz ni de resolver sus propios problemas internos. Pronto volvieron los resquemores de un levantamiento popular en Francia. Todos se acusaban entre sí de ser la bestia o tener el control sobre ésta. El clero acusaba al rey de ser el culpable e incluso defendía la teoría de que la Bestia era un castigo de Dios y mataba sólo a los impuros. Otros acusaron a un noble terrateniente que había servido en África y había importado de allí Leones, tigres, hienas y perros, y decían que los había mezclado hasta dar con una raza incontrolable e imbatible.
Lo cierto es que llegado el año 1767 un leñador acabó con ella. Se llamaba Pierce y renunció a la recompensa. Cuando se le preguntó qué había utilizado para matar a la bestia, contestó que había fundido una medalla de plata de la Virgen y había disparado a la cabeza del animal, habiéndole tenido frente por frente.
Nunca se volvió a saber nada más de él. Desapareció.
Cuenta la leyenda que el cadáver de la bestia desapareció también y que los pocos que tuvieron ocasión de verlo observaron asombrados como en la retina de sus ojos aparecía la figura de una niña rubia que entre sus pequeñas manitas agarraba lo que parecía una medalla.
FIN
_________________ Ponte las pilas cada vez que lo necesites...
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| Dom Sep 09, 2007 15:07 |
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Fill
Piltrafilla
Registrado: Dom Sep 09, 2007 13:33 Mensajes: 20 Ubicación: El Caído
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 RELATO
Si alguien quiere hacer algo con el relato, me refiero a publicarlo en alguna web, ezine o algo que me lo diga, estaré encantado..., y espero críticas...por ejemplo de Lem,ajajaja.
Un abrazo
_________________ Ponte las pilas cada vez que lo necesites...
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| Dom Sep 09, 2007 15:11 |
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LuisBermer
Piltrafilla
Registrado: Mié Dic 06, 2006 01:56 Mensajes: 35
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 EL CORAZÓN DE LA MÁQUINA
EL CORAZÓN DE LA MÁQUINA
La máquina nunca se detiene.
El disonante chirrido de los inmensos engranajes sobre nuestras cabezas, formando parte del zumbido ininterrumpido de las turbinas. Escapes de vapor resoplando en las alturas inalcanzables a la vista, reino de la oscuridad. El gas que inhalamos es nocivo, pero necesario. La cadena trae aquello a lo que los moldes de metal líquido dieron forma, muchos kilómetros arriba, en los estratos superiores. Compruebo la firme sujeción de la vaina radioactiva a los anclajes del cuerpo del obús que llega a mis manos. Ha de ser perfecto porque la perfección es posible, lo único posible con nuestro trabajo. La hilera de piezas orgánicas que conformamos junto a la cadena no tiene fin. Bajo la rejilla a nuestros pies se abre un abismo de estructuras metálicas, débilmente iluminadas por destellos incandescentes, que provienen de la actividad que se desarrolla en las profundidades. Columnas de tubos humeantes invaden su legítimo espacio, conectando distancias inaprensibles.
Toda pieza es sustituible.
El ruido es ensordecedor por momentos. Una cascada de chispas se derrama desde algún lugar, tal vez un cable eléctrico se ha desprendido. Todas las vainas llegan perfectamente ajustadas, una tras otra. Imágenes en azul se apoderan de mi mente: cientos de cañones gigantescos apuntando hacia el cielo disparan sin cesar contra nuestros enemigos. La tierra tiembla. Luz blanca envuelta en llamas convierte la noche en día y...tengo que parar. Los pensamientos no son útiles para la máquina, entorpecen su correcto funcionamiento.
El daño es reparable.
Fabricamos muerte. Fabricamos victoria. Una tras otra. Compruebo y admiro su absoluta perfección. Una violenta explosión lo sacude todo, pero no perdemos el equilibrio. El impacto ha sido lejano. Durante unos segundos nos cubre la oscuridad, aunque la cadena no se detiene. Nuestras fuerzas redobladas compensan la insignificante pérdida. No existe aquello que no podamos conseguir. Me arden los brazos. Inconfundible el distante sonido de los martillos al golpear las planchas de acero, descendiendo sobre nosotros para bendecir nuestras energías. Un hilo de sangre brota de mi nariz.
Nada es desechable.
Temperatura extrema. El dolor que recorre mis brazos cubiertos de ampollas, dejándolos inservibles, es un impedimento a la consecución del fin. Ya no puedo tocar las obras sin defecto que trae la cadena. Se abren. Supuran sangre negra. He caído de espaldas sobre la rejilla. Me recogen, arrastrándome lejos de la perfección que he conocido. Afortunadamente, una infinidad de piezas podrán ocupar mi puesto, asegurando la máxima eficacia. La máquina no debe percibir la sustitución. La nueva pieza está ya en su nuevo puesto, es lo último que veo antes de iniciar el descenso. Mi carcajada es de pura satisfacción. Sé cual es la nueva función que me corresponde por derecho. Descendemos por pasajes abiertos que no parecen tener término. El metal dibuja inconmensurables estructuras infinitas en su gloria. Nos acercamos. Puedo sentirlo en el ritmo palpitante de las vibraciones que hacen inseguros nuestros pasos. El fragor lacera oídos a punto de quebrarse irreversiblemente y el calor es suficiente para desprender la piel, la intensidad roja quema los ojos, pero nada de eso importa porque ya hemos llegado.
Será un honor servir de alimento al corazón hirviente de la máquina.
_________________ Web: www.luisbermer.com
Blog: www.bermerblog.blogspot.com/
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| Jue Sep 13, 2007 22:43 |
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korvec
Piltrafilla
Registrado: Dom Mar 19, 2006 18:28 Mensajes: 199 Ubicación: Terrassa City
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Bueno, aunque no es gran cosa, para no ser menos, dejo enlace a un "relato por episodios" que tengo colgado en el blog.
http://korvecfiles.blogspot.com/2007/03 ... cabra.html
_________________ Hasta la siega del pepino.
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| Vie Sep 14, 2007 02:43 |
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sapoconcho
Piltrafilla
Registrado: Mar Sep 18, 2007 16:35 Mensajes: 21
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 Aos servidores (que non ao servizo) do público
Pregados ao poder,
Coma a caca branda
ó cu
Escagarriados,
Incapaces de enfrontarvos
disidentes do propio,
Subvertido o matinar
que a razón
obriga,
Atufades co fede
da oportunidade,
Dando as costas
ao pobo que precisa
da razón pra a loita,
Facendo que desista
da ilusión da liberdade,
Vos lavades as mans
nos votos do medo
pra xustificar a vosa miseria,
Descansades no leito
florido do poder,
Pero non sodes mais
que cardos,
Que seredes degolados
cando sexades inútiles.
(Okap)
Última edición por sapoconcho el Lun Sep 24, 2007 10:51, editado 1 vez en total
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| Jue Sep 20, 2007 19:11 |
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LuisBermer
Piltrafilla
Registrado: Mié Dic 06, 2006 01:56 Mensajes: 35
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 La humanidad dormida
LA HUMANIDAD DORMIDA
El Apocalipsis no fue como lo imaginamos.
No fueron las bombas atómicas, ni los desastres naturales, ni una feroz pandemia vírica, no…no fue nada de eso. Nuestro final llegó con la alteración de un acto cotidiano: la humanidad quedó dormida.
Inesperado para nosotros, pero largamente premeditado por ellos, nuestros genocidas, nacidos más allá del sistema Oberón. Cuando los primeros hombres caminaron sobre la tierra, ellos se hicieron presentes en los cielos. Así se convirtieron en dioses, luego en mitos, para implantarse por siempre en la tierna mente humana. Y durante generaciones, no dejaron de aparecer y desaparecer sus extraños objetos volantes, en su misión de modificar nuestros cerebros, preparándolos para el Día, y protegidos por nuestros inducidos deseos de contactar con civilizaciones extraterrestres.
24-Agosto-2012: Día del Juicio Final.
En el anochecer de este día, el plan milenario llegó a su culmen: todos los cielos de la Tierra se vieron cubiertos por sus artefactos. Millones de ojos estupefactos miraron hacia arriba por última vez. Y activaron los increíbles patrones lumínicos –un espectáculo sobrecogedor, inenarrable- que nuestros cerebros, condicionados durante siglos, esperaban para desactivarse, para caer en un sueño infinito. Y salvo niños, ciegos y algún ejemplar defectuoso como yo, todos cayeron. Después bajaron en sus naves recolectoras para llevárselos, como quien recoge filetes en un supermercado. Cruel destino del Hombre.
Por miles…millones. Una lluvia de insectos metálicos a cámara lenta, imagen de una plaga bella y siniestra, inconcebible, como un pasaje futurista extraviado del Antiguo Testamento. Un Apocalipsis silencioso.
Y, aterrado, contemplé su descenso de los vehículos de invasión. Ahora tengo la certeza de que Dios no existe, no puede existir. Y si no es así, si realmente vive el Creador de estas abominaciones, entonces estamos condenados para la eternidad, sin esperanza. Dios es una monstruosidad. A su imagen y semejanza.
En mi huida desesperada de la ciudad, mi mente grabó escenas que me torturarán hasta que me alcance la muerte, que apuesto cercana. A mí me ignoraron, tal vez sabedores de que no existe un solo lugar que pueda servir de refugio. Hambrientos tras su largo viaje, comenzaron pronto su festín macabro. En las calles, por las avenidas, en los parques, dentro de las viviendas, en los altos edificios…Nunca olvidaré aquellos gritos de los que despertaban, mientras eran devorados…
Gritos que duraron días, que el viento arrastraba a kilómetros de la ciudad. Con los ojos ahogados en lágrimas, yo escuchaba, golpeando el suelo, sangrando, enajenado. Testigo del infierno en la Tierra.
Después cayó el Gran Silencio. El anuncio de que el mundo era ya un inmenso cementerio, un desierto de vida.
Fue al anochecer del día siguiente, tal y como habían llegado, cuando emprendieron su viaje de regreso. Como una plaga de brillantes langostas, abandonaron el fértil campo de la ciudad aún iluminada, con sus bodegas cargadas con mis seres queridos. Mis hijos, mi mujer, mis padres y mis…millones de hermanos. Sí…porque mientras los veía elevarse hacia las estrellas lo comprendí en un segundo, una suerte de revelación: todos los humanos, sin excepción, eran mis hermanos. De sangre, de especie. Y ahora los perdía para siempre.
Sólo nosotros quedamos.
Niños, ciegos…y algunos extraños supervivientes.
Como las semillas primigenias de la próxima cosecha de carne.
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| Dom Sep 23, 2007 12:43 |
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LuisBermer
Piltrafilla
Registrado: Mié Dic 06, 2006 01:56 Mensajes: 35
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 Consciencia irreversible
CONSCIENCIA IRREVERSIBLE
Desperté, y tras un pausado parpadeo, conseguí abrir los ojos completamente. Las remanentes brumas del sueño me hicieron desconfiar de mis ojos durante unos instantes, y cuando éstas se disiparon, no quedó sombra de duda alguna: todo estaba sumido en la más absoluta oscuridad.
Acto seguido intenté situarme dentro de mis habituales referencias espacio-temporales; mayúscula fue mi sorpresa cuando comprendí que las desconocía. ¡Qué ocurre, no recuerdo nada! –pensé aterrorizado.
Pero mi amarga sorpresa no había hecho sino empezar. Con la salvedad de los ojos, el resto de mi cuerpo estaba paralizado, indiferente a mi voluntad de movimiento. Mis titánicos esfuerzos por arrancar la más ligera señal de vida a alguno de mis miembros fueron estériles, criogénicamente estériles.
Una vez comprobada mi parálisis corporal –e intentando mantener mi creciente angustia bajo control- pasé a revisar el estado de mi mente. Tras un breve intervalo de tiempo, el autoanálisis arrojó alarmantes conclusiones: aunque mi capacidad de raciocinio permanecía intacta, todos los contenidos de mi memoria a medio y largo plazo habían desaparecido por completo, así como la práctica totalidad de mi vocabulario, con la única excepción de los conceptos referidos a mi propia entidad personal. Mi situación parecía confirmar que sólo era un cerebro ignorante, aislado en un medio inexistente, carencia absoluta de estímulos, tal vez esto fuera la Nada. Mi personalidad consigo misma, yo como primordial unidad. Uno. No podía concebir idea más espantosa.
La incapacidad de asimilar la evidencia se apoderó de mi mente incompleta. El horror microorgánico, el horror celular, el horror primigenio...sin fin.
Creí ver fogonazos de luminosidad cromática, creí sentir un movimiento circular que tomaba mi cuerpo como eje de rotación –e incluso escuchaba voces constantemente-, voces susurrantes que decían saberlo todo; aunque es probable que sólo fuesen estímulos alucinatorios que mi cerebro creaba como respuesta a la ausencia ambiental.
Más allá de mis posibilidades estaba conocer por cuanto tiempo estuve inmerso en la sinrazón de la locura, y poco importa, pues el tiempo tampoco existía para mí.
De repente, una serie de fosforescentes caracteres tipográficos –minúsculos, pero perfectamente legibles- comenzó a dibujarse frente a mis ojos, sobre el invariable fondo negro. No se trataba de otra alucinación, pues ningún producto de la imaginación podría poseer semejante nitidez.
Turbado, leí aquella línea de signos:
“Este mensaje fue grabado en la retina de su ojo derecho con fecha /21-07-2074/. El hecho de que usted pueda leer esta inscripción corroborará el correcto funcionamiento de los recursos tecnológicos intrínsecos a su proceso penal en curso.
El Consejo Judicial dictaminó “Consciencia Irreversible” como sentencia final a su prolongado juicio, según los trámites pertinentes.
En este momento acaba usted de abandonar el sistema solar, con una velocidad media aproximada de 27 km/s. Su cerebro se encuentra inmerso en fluido amniostable dentro de un cilindro biocomputerizado modelo Társic –virtualmente indestructible- con trayectoria autorregulada hacia su vacío interestelar más próximo.
El resto de su cuerpo fue incinerado según normativa habitual. Su petición de clemencia fue aceptada por el Consejo Judicial; así pues su consciencia fue desactivada antes de iniciar el traumático proceso de extracción cerebral.
Como habrá podido comprobar, su memoria se encuentra prácticamente anulada. No se preocupe, se encuentra en perfecto estado de conservación, e irá recuperando progresivamente su libre acceso a la misma con el paso de los eones, siguiendo el esquema psicométrico implantado según la pauta 7C-3 de su sentencia. De hecho, podrá usted recordar hasta la más nimia de sus experiencias vividas, y evaluar así el nivel de ajuste existente entre la naturaleza de su castigo y su grado de responsabilidad en el crimen cometido.
Si el azar está de su parte, encontrará su final en el choque con algún cuerpo errático, aunque las probabilidades de impacto son abismalmente remotas. En caso contrario, su vida será eterna.”
Hasta siempre
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| Jue Oct 11, 2007 19:14 |
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LuisBermer
Piltrafilla
Registrado: Mié Dic 06, 2006 01:56 Mensajes: 35
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DE PIEDRA ES EL HOMBRE
-No grite tan fuerte, señora ¿No ve que está asustando a su hijo? Mire, aquí nadie va a oírnos. ¡AAAH! ¡¡AAAAAAAHH!! -¿Lo ve? Yo también grito si quiere. Pero nadie puede oírnos.
-Y tú, chico, no te retuerzas tanto; acabarás cayéndote de la silla y te harás daño. No llores, tu madre está ahí detrás ¿no la oyes? Aún no tienes motivos para ponerte así. Ni siquiera te he tocado.
-¡Qué bonito pelo tienes! Rubio y suave como el oro. Mira ¿Conoces esta herramienta? Son unas tenazas. Verás, dame una manita, te enseñaré cómo se usan. Se coge un dedito así y se tiiira paaaraa atrás ¡Ya está! Joder, qué pulmones, chaval. ¿Sabes? Mi padre me dijo una vez, cuando era chico, como tú, que uno nunca debe quejarse por nada, porque las cosas siempre pueden ir a peor. Y tenía mucha razón. Porque tú tienes nueve deditos ¿verdad?, pero nueve menos uno ¿cuántos son? ooocho!! ¡Sííí! ¿Comprendes? En un solo segundo, todo puede ser peor.
-Dios…me vais a dejar sordo.
-¡Mamamamamamama! ¿Quieres ver a tu mamá? Déjame que te ayude a girar ¿La ves ahora? ¡Cállese señora! ¡Ya llegará su turno!
-Pero las tenazas también sirven para más cosas, atiende. Te dan un mordisquito en la nariz y…¡Chas! ¿A que ya no huele a mierda? Uhmm…creo que un niño no debería ver estas cosas. Y para eso tenemos el cuchillo.
-¡Cállese de una vez señora, he dicho!
-…Un momento…no te muevas…un corte en el iz…quierdo y otro en…el…dere…cho…así. Vas a matar de un  o a tu madre, chico. Y lo estás poniendo todo hecho un asco.
-¿Dónde están ahora su soberbia, su prepotencia?...¿Sabe qué es lo más triste de todo esto, señora? Que cuando le pedí desde el suelo unas monedas, para comer y beber algo, usted me quiso matar con la mirada. Eran sólo unas putas monedas…
-Ahora ya es demasiado tarde…
-Y yo tengo tanta…tanta hambre…
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| Sab Nov 17, 2007 16:08 |
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