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Cinéfago
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Nota CONFESIONES DE AQUEL QUE INTENTÓ BURLAR A LA MUERTE
CONFESIONES DE AQUEL QUE INTENTÓ BURLAR A LA MUERTE
Por: Rubén Risco Fidalgo

Extraños, aún puedo oír sus voces, ellos cantan junto a mi lecho.
Sombras, recorren mi mente y danzan en la penumbra de mi habitación.
Tan solo son vagos recuerdos que tengo de épocas pasadas, recuerdos que me arrebataron la alegría y la esperanza por la vida.
En el fondo, siempre lo supe... una telaraña mortal que me impide avanzar hacia la luz... pero ¿realmente quiero alcanzarla?

Cuantas noches como esta he pasado, triste y quejumbroso, cuantos lamentos ha tenido que sufrir mi leprosa alma cerúlea.

Todavía recuerdo aquella vez en la que un niño sin pupilas me miraba desde un recoveco en la ventana de su casa. Su madre tenía un hacha en la mano y la locura en los ojos ensangrentados... ¿Qué ocurrió allí?

A veces ese niño se aparece en mis sueños... me visita y cuando despierto envuelto en sudor helado, el niño ya no está allí, sin embargo, noto su espíritu.

¿Cree usted en los fantasmas, señor Wilson? Yo sí, los veo todos los días... siempre están presentes, aunque yo no quiera.

Puede que parezca un loco, puede que nadie me entienda, puede que merezca morir y no disfrutar de los “placeres” que nos han otorgado dándonos la mortalidad.

Porque... ¿qué es la mortalidad? ¿Cuanto tiempo tenemos que aguantarla?
No... no pienso ser esclavo de ella. El fin lo pongo yo.

Seguramente ahora, usted, señor Wilson, seguirá pensando que soy un demente, que soy un incomprendido al que la sociedad ha desahuciado y ha apartado de su lado para no entorpecer más su evolución. Decadente, pero evolución al menos...

Muchas veces tengo los mismos sueños. Recuerdos en los que era un niño, tantas personas a las que ví morir, tantas vidas truncadas, tantas ilusiones rotas, tantos sueños sin realidad.

Era un anciano, el libro escrito de toda una vida, el reflejo de la sabiduría, todo lo que tenía que vivir, lo vivió, pero sin embargo... parecía que su camino había terminado, toda su vida de repente rota, tras tantos años, tantas vivencias, tantos recuerdos, tantas historias... ¿Cómo puede todo acabar así? Me niego a reconocerlo... Es demasiado triste que todo acabe en un segundo, que la vida de casi una centena de años acabe en un miserable segundo... me da tanta pena...

Sin embargo, que puedo hacer yo, pobre mortal, uno más aquí.
Seguro que muchos otros han pensado lo mismo que yo ahora, pero todos ellos han muerto, y pronto me tocará a mi también. No obstante, yo no, yo quiero negarme a morir, prometo y juro delante de la tumba de mi padre, que yo no moriré, que lograré burlar a la muerte y le contaré a todos su secreto. Si no lo consiguiera, le rogaría encarecidamente que esparza mis cenizas sobre el prado del cementerio, para así fundir mi alma con las de cientos de paisanos míos que allí yacieron.

Esto es lo único que pido, el resto carece de importancia. Ni bienes materiales, ni antojos excéntricos, ni rezos por mi alma, ni flores en mi funeral... No para mí, yo volveré, volveré en la noche que más tema, volveré para sembrar el caos, porque la lucidez que me queda, es la justa para poder escribir esta carta, la cual en caso de estar leyendo ahora, señor Wilson, o tú, querido lector, os hago partícipes de mis pensamientos, de mis inquietudes, de mi venganza...

Esto significará que la muerte me ha vencido, pero esa inmunda no vencerá a mis palabras, ni mis pensamientos, que perdurarán eternos grabados en las mentes y en los recuerdos de todos los que me lean. Maldigo a la muerte, maldigo a esa cobarde que utiliza una guadaña para segar las vidas de todos los que aquí estamos, grandes o chicos.

Mi mano tiembla... y ahora comienzo a ver difuntos...
Pero sigo escribiendo, he de hacerlo, he de relatar lo que veo, aunque sea a post-mortem.
Dos mujeres, tres hombres, un anciano y dos niñas.... Son siluetas blanquecinas, espectros silenciosos con grandes ojeras, dan miedo... me miran, noto el mal en sus ojos, noto su respiración en mi nuca, noto como me intentan rozar con manos esqueléticas. ¿Quiénes son? No los conozco... llevan ropas extrañas que nunca antes había visto...
No puedo seguir mucho más tiempo escribiendo, así que creo que voy a dar por finalizada esta carta, que también será mi confesión. Fui yo... maté a todas aquellas muchachas. Sí, fui yo, no me cuesta reconocerlo, necesitaba su sangre para llevar a cabo mis planes de inmortalidad. ¿Me han servido para algo? Supongo que muy pronto lo sabré, y usted también, señor Wilson...
Me despido con una sonrisa, y le doy mi bendición.
Atentamente suyo. Barón Valmorda.

.............................................................................................................................................

La luz de la vela ilumina y distorsiona las sombras de una habitación donde un hombre estremecido por la angustia lee una carta amarillenta y enmohecida.
La carta tiene muchos años, y su contenido, sin duda, las confesiones de un demente.

Nunca antes había sentido tanto pánico, nunca antes había sentido ese frío helado que acabada de envolver cada rincón de su casa. Sentía como sin un mal de incalculable perversidad se hubiera introducido allí aquella noche a través de esa carta maldita.

En la mesa de su dormitorio había un anillo, un broche, unos gemelos y poco más.
¿Por qué Richard Karloff, aquel viejo y pobre diablo del que todos se burlaban, había tenido la brillante idea de desenterrar el cuerpo del Barón Valmorda?
¿Qué le hizo alguna vez pensar que aquel siniestro Barón, poseyera alguna fortuna?
¿Tal vez su título nobiliario?, Sí... eso fue, su título nobiliario.
Richard Karloff, triste sabandija que se dedicaba al innoble arte de profanador de tumbas, había topado aquella noche con el cadáver equivocado. Jamás debió coger aquella carta...

Era más de medio noche en aquella sombría región, Richard Karloff apagó la luz de la única vela que le quedaba y se dirigió a su lecho frío y húmedo. Las paredes proyectaban sombras que jamás habían estado ahí, rostros infernales que parecía salidos de una pesadilla. Richard Karlofff no quiso pensar más en todo aquello, intentando dejar sus fantasmas atrás se introdujo en la cama y se cubrió con la manta, roída por las ratas, hasta la nariz. Así intentó pasar toda la noche... sin embargo, la noche era larga, y una vil rata con Richard Karloff no saldría tan bien parada así como así.

Primero fue el maullido de un gato, un gato al que parecían estar decapitando, luego aquellos extraños ruidos en las paredes que parecía se iban a caer encima, por no mencionar el chisporreteo de la torrencial lluvia, los ululantes sonidos de los búhos que dominaban la noche y las ramas que crujían a cada segundo.

Lenta, muy lentamente, sin que el pobre insensato lo viera, una presencia iba tomando forma justo delante de el. Una presencia hecha de sombras, un ente maquiavélico que había sido despertado de su letargo, la sombra se arrastraba en la noche, esparciendo trozos de negrura que parecían charcos de sangre que chocaban contra el suelo y a su vez creaban nuevas sombras.

Richard Karloff pudo sentirlo, el olor de la muerte, así debía de oler... a brea, a azufre. ¿No dicen que es el demonio el que huele a azufre cuando se presenta?
Puede que fuera el demonio, puede que fuera una bruja, puede que fuera un fantasma, puede que fuera un asesino en la noche, puede que fuera todo a la vez... Richard Karloff lo sabía, sabía que algo malo estaba a punto de ocurrirle a esa misma hora, en ese mismo momento...
Sin embargo... todos sus temores se desvanecieron de golpe...y lo último que pudo ver fue la oscuridad...

.............................................................................................................................................

Menos mal que aquel viejo desgraciado no vio nada más, de haber sido así, hubiera muerto por fallo cardiaco, porque lo que a los varios días pudieron encontrar en su casa, era su cuerpo, amoratado, semi putrefacto y corrompido, con un hacha clavada en la cabeza, dejando entrever un globo ocular que no había sido testigo de nada...

¿Puede un fantasma empuñar un hacha? Seguramente...

.............................................................................................................................................

Así fue como volvió a la vida aquel terrible demonio, porque eso es lo que es, un demonio, un ser condenado a vagar por la noche y a ser la pesadilla de todos los que comenten alguna tropelía similar a la de Richard Karloff.
El Barón Valmorda es el fantasma que asesina sin piedad a los profanadores de sepulcros...


FIN

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Mar Dic 26, 2006 06:18
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Mié Dic 27, 2006 15:00
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Nota SEIS DE ENERO
SEIS DE ENERO


¡Por fin había llegado el gran día! El pequeño Alex se despertó muy excitado, casi eufórico; durante todo el año había estado acumulando infinidad de deseos en su prodigiosa memoria. Las dos últimas semanas habían transcurrido para Alex en una atmósfera de creciente ansiedad, odiaba tener que esperar; y no cesaba de contar y recontar los días que faltaban para el cumplimiento de su sueño, marcándolos con su rotulador fosforescente en el torturado calendario de la salita de estar. Haciendo gala de una paciencia sobrehumana, su madre verificaba a cada momento la exactitud de sus precipitados cálculos, pero Alex nunca estaba conforme con aquellas respuestas.

–El tiempo se ha dormido –pensaba.

La larga espera terminaría por la noche, cuando los misteriosos Reyes Magos dejaran junto al árbol de navidad sus sueños convertidos en maravillosas realidades. ¡Qué nervioso estaba!

Siempre le habían dicho que debía ser muy bueno y obediente si quería que los Reyes cumpliesen sus deseos, o de lo contrario sólo le traerían carbón. Lo cierto es que Alex nunca había visto carbón, y hasta sentía cierta curiosidad por manipular aquello que tan malo debía ser, ¡pero no hasta el punto de intercambiarlo por sus preciados juguetes! Hizo memoria sobre su comportamiento durante el pasado año, y no recordó haber hecho nada malo; aunque su hermana mayor sí guardaba bastantes evidencias en contra de su inocente benevolencia.

Al atardecer, su padre le invitó a dar un paseo por las concurridas calles de la ciudad ,con la esperanza de que la fatiga facilitaría al pequeño conciliar el sueño. Hacía mucho frío y la oscuridad cubría ya el cielo; Alex caminaba de la mano de su padre contemplando el movimiento de la ciudad por el estrecho espacio que quedaba entre la capucha de su abrigo y su repudiada bufanda roja. Le encantaba esta época del año, las calles brillaban con luces de innumerables colores en contraste con el negro vacío de la noche; la atmósfera transmitía una impresión especial, extraña, una esencia oculta que solamente es visible, en determinados momentos, a los ojos que aún conservan la inocencia.

Tras un largo paseo, volvieron a casa. Al entrar, un delicioso aroma salió a recibirles. Su madre estaba en la cocina preparando la cena.

-Podéis sentaros, vamos a cenar pronto –dijo dirigiéndole a Alex una cristalina sonrisa.

Esa sonrisa, y la enorme mano de su padre cobijando la suya cuando paseaban, hacían que se sintiese el niño más protegido del mundo; nada podría hacerle daño, nada en absoluto.

Alex fue el primero en terminar con su cena ante la comprensiva mirada de sus padres.

-¡Parece su última noche en la Tierra! –rió su hermana.

Poco después, Alex se metió en la cama.

-Que descanses, cariño- susurró su madre mientras apagaba la luz.

Pronto cayó rendido en un sueño intranquilo.

* * *

Alex abrió los ojos. Todo estaba a oscuras y en silencio. Aún no había amanecido y sabía que no debía levantarse, pero ¡necesitaba saber si los juguetes habían llegado ya! Tan sigilosamente como pudo, Alex salió de su habitación. Por la puerta entreabierta del salón surgía un pálido haz de luz amarillenta. Dentro, la voz de sus padres era un débil e inconexo murmullo, apenas audible.

Sus gruesos calcetines de lana amortiguaban el sonido de sus pisadas, así que, sin poder resistirse a la curiosidad, se acercó hasta el borde de la puerta para mirar al interior:

Dos enormes gusanos, de un blanco purulento, se encontraban junto al árbol de navidad, erguidos sobre sus hinchadas colas. Sus cuerpos giraron instantáneamente al sentir la mirada del pequeño, mostrando sus rostros deformados, aunque grotescamente reconocibles, a su hijo:

-Nos has desobedecido, cariño –dijeron al unísono con gorgoteante voz gutural -¡NO DEBISTE HACERLO! ¡NO DEBISTE HACERLO! –chillaban mientras se abalanzaron girando en espiral sobre él.

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Mar Ene 02, 2007 22:37
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Nota LA HERIDA SIGUE SANGRANDO


Última edición por LuisBermer el Sab Sep 27, 2008 12:59, editado 1 vez en total



Sab Ene 13, 2007 23:40
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Piltrafilla

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Nota 
Saludos a todos, soy nuevo por estos pagos.

Os presento aquí el primer capítulo de la novela en que estoy trabajando ahora.
Si quereis leer más, podeis encontrar nuevos capítulos en: http://lasfurias.blogspot.com/

Si os gusta iré poniendo nuevos capítulos aquí. Gracias!

Furias/Erínias

Su nombre significa "las airadas".
Cuando Cronos castró a Urano algunas gotas de sangre cayeron sobre la Madre Tierra (Gea). De ahí nacieron las Furias.

Su labor es vengar los crímenes de parricidio.

Se representa a estas hórridas deidades vengadoras como genios femeninos con serpientes enroscadas en sus cabezas entre el pelo, portando látigos y antorchas, y con sangre manando en lugar de lágrimas en los ojos. También se decía que tenían grandes alas de murciélago o pájaro, o el cuerpo de un perro.


Capítulo 1: Carmen

Ella fue la primera.

El infierno se le vino encima aquella noche de febrero, y nada la había preparado para ello.

Llovía a cántaros y se había dejado el paraguas en el autobús. Los escasos cien metros que la separaban de la parada hasta el portal de su bloque bastaron para dejarla empapada. Odiaba la lluvia con toda su alma y ahora se sentía incómoda, y el frío comenzaba a pegársele a los huesos mientras buscaba las llaves en su bolso. También odiaba su bolso. Nunca encontraba lo que necesitaba cuando lo buscaba. Ahogó un grito cuando finalmente las encontró y temblando metió la llave en la cerradura y la hizo girar. Giró solo hasta la mitad de su recorrido, y la puerta no se abrió.
Un gritito de rabia surgió de su garganta y dio una patada sin convencimiento a la puerta, pues temía resbalar en el suelo húmedo y romper un tacón de sus Gucci nuevas, o peor aún, caer y romperse algún hueso.
Al parecer alguien había llamado para que cambiaran finalmente la cerradura de la puerta, que funcionaba cuando le daba la gana. La mayoría de las veces quedaba abierta, dejando el edificio expuesto a las excursiones de los sin techo u otras gentes igualmente deleznables.
Con un largo dedo le dió suavemente a uno de los botones del interfono, cuidando de no estropearse su preciosa uña, e instantes después una puerta se abrió al fondo del pasillo y la cabeza de Alejandro, el anciano portero, asomó al exterior mirando en su dirección. Un vibrante sonido le indicó que la puerta estaba abierta.
El viejo salió a su encuentro y alargando una arrugada mano cubierta de manchas le tendió un par de llaves idénticas.
-Aquí tiene dos copias, señorita Freyle -dijo el hombre, que a pesar de su avanzada edad aun se mantenía en buena forma -. Le dejé una nota anteayer en su buzón informándola de la reparación y ayer antes de acostarme pasé por su apartamento para hacerle entrega de las llaves, pero al parecer no estaba usted.
-No se preocupe, y muchas gracias, ahora ya las tengo -dijo ella sin apenas detenerse, forzando una sonrisa -. Estoy empapada y necesito cambiarme ya mismo. Buenas noches, Alejandro.
-Buenas noches tenga usted, señorita -respondió el anciano, sin moverse del lugar y observando como se alejaba hacia el ascensor. Maldito viejo verde, pensó ella, consciente de los ojos de él recorriéndole el cuerpo de arriba abajo. Empapada como estaba seguía siendo un plato apetitoso para cualquier hombre. Ese pensamiento le hizo recordar que también odiaba a los hombres.
Le sacó la lengua al anciano, que ya avanzaba por el pasillo hacia su propio apartamento, y se metió en el ascensor, asqueada.
Marcó el botón luminoso con un cinco rosado en su centro, y esperó mientras se cerraban las puertas y el ascensor iniciaba el ascenso. Es increible la de cosas que se te pueden pasar por la cabeza en un viaje en ascensor, pensó Carmen, rememorando aquel asqueroso día que estaba deseosa de dejar atrás en cuanto cruzara el umbral de su hogar.

El día había empezado mal, o mejor, terriblemente mal. Había despertado en el ático de Sergio, un colega del trabajo. Un colega del trabajo que salía con una amiga suya. ¡Un colega del trabajo que salía con una amiga suya y que ni tan siquiera le gustaba! Pero lo peor no era eso. Lo peor era que no sabía qué demonios hacía allí. No lograba recordar nada de la noche anterior, y Sergio no estaba en casa para explicarle nada. Una cosa sí sabía: había despertado en la cama de él, totalmente desnuda, y su ropa la había encontrado desparramada por la moqueta de color beige.
Se vistió, recogió sus cosas a toda velocidad y se dirigió al trabajo. ¡Llegaba tarde!
Sergio no estaba en su puesto, y los compañeros le dijeron que no había aparecido esa mañana. Intentó disimular como pudo sus nervios, pues había esperado que todo se aclararía en cuánto llegara a la oficina y pudiera hablar con él, y se puso a trabajar, aunque no pudo concentrarse demasiado.
Una hora después, el Senyor Menéndez, comúnmente conocido como "El Jefe", la llamó a su despacho. Allí le preguntó el porqué de su retraso y ella le dió una de las excusas de su ámplio repertorio. Después él soltó un discurso de los suyos, sobre responsabilidad y trabajo en equipo. Algo realmente insoportable. Ella se disculpó, aseguró que no volvería a pasar, y un minuto después pudo volver a su mesa. ¡Cómo odiaba a aquél tipo!
Al mediodía, mientras todos comían, ella aprovechó para intentar contactar con Sergio. No había vuelto a su apartamento y al parecer tenía el móbil apagado. Dejó un mensaje en el contestador de voz de su casa y otro en el del móbil. Siguió llamando hasta que llegó la hora de volver al trabajo sin resultado. Volvió a entrar en el edificio de oficinas y se dirigió a su puesto con un nudo en el estómago, que por lo demás estaba vacío.
Tenía trabajo acumulado, y hoy debía ponerse al día o al siguiente volvería a visitar el despacho de "El Jefe", pero no pudo concentrarse. Los nervios se la comían. Decidió tomarse un par de calmantes de los que le habían recetado la semana anterior para combatir el estrés, pero fue como si se hubiera tragado una granada y ésta hubiera estallado dentro. Sin nada en el estómago, el efecto de los calmantes sumado a su estado de nerviosismo fue fulminante.
Despertó poco rato después en la cama de un hospital, donde un joven médico le indicó que no había sucedido nada grave, pero que sus compañeros de trabajo se habían alarmado al verla desmayarse y habían llamado a una ambuláncia. Le dio el alta después de hacerle prometer que lo primero que haría sería comer algo.
Cuando salió a la calle en compañía de Sara, una de sus compañeras de la oficina que se había quedado a esperarla, el cielo estaba ya cubierto de nubes grises que no presagiaban nada bueno. Pero, pensó irónicamente, tampoco nada peor de lo que ya ha sucedido.
No tenía ni idea de cuánto se equivocaba.
Después de tomar un café con leche y una pasta en un bar que les venía de camino, volvieron a la oficina. Después de asegurarles a todos que se encontraba mejor y de agradecerles su interés y su ayuda, volvió a su puesto. Se concentró en lo que tenía delante y consiguió rematar algo la faena atrasada, que amenazaba con hacer desaparecer su escritorio si no le ponía pronto remedio. Cuando se dió cuenta era la hora de volver a casa, pero decidió quedarse una hora más y pronto se quedó sola en la planta. O eso creyó.
-Hola Carmen, ¿haciendo horas extras para que "El Jefe" esté contento? -la sobresaltó una voz grave detrás suyo. Supo que era Sandro antes de volverse, aquel imbécil tenía una voz tan inconfundible como repelente -¿Te he asustado? No era mi intención -continuó con una sonrisa nada agradable, mientras ella le fulminaba con la mirada.
-Pues sí, me has dado un susto de muerte. Creía que estaba sola.
Él la miró con sus ojos de pez, y sacó la punta de la lengua de forma lasciva. Ella se levantó e hizo el intento de empezar a recoger. Sandro la cogió por la muñeca con un movimiento increíblemente rápido, y la obligó a mirarle a los ojos.
-Hace mucho tiempo que sueño con ésto, Carmen. Tu y yo solos en la oficina...
-Suéltame Sandro -advirtió ella, furiosa -. Es tu sueño, no el mío.
Él sonrió aún más, e intentó cogerle la otra muñeca con su mano libre. El intento fue en vano, y terminó en el momento en que Carmen alzó con fuerza una rodilla, que dió de lleno en las partes pudendas de su compañero de trabajo, que la soltó al instante para empezar a retorcerse lentamente y acabar en posición fetal en el suelo.
Carmen apagó el ordenador, se puso rápidamente la chaqueta de piel, se enrolló la bufanda al cuello y cogiendo el paraguas se alejó por el pasillo que conducía a la salida. Cuando llegó a la puerta se volvió. Sandro, que intentaba levantarse con bastante dificultad, la miraba con odio e intentaba decir algo, aunque solo sonidos ininteligibles brotaban de su boca.
-¡Que te jodan, anormal! -le gritó ella, haciéndole un gesto obsceno -. No están hechas las margaritas para los cerdos como tú -remató, y salió a la calle dando un portazo.
Cuando llegó a la calle chispeaba, y a mitad de camino hasta la parada de autobús se vió obligada a abrir el paraguas. El odio hacia la lluvia era algo irracional, pero ahí estaba, y se volvía a manifestar cada vez que las nubes se vaciaban sobre la ciudad, como si fueran las nuevas amantes de su ex burlándose de ella.
El autobús no se hizo esperar. Subió, marcó el billete y se dirigió a la parte trasera. Tenía 35 minutos de viaje siempre y cuando no se encontraran con un atasco, que podía alargar el trayecto otros 10 minutos, pero no mucho más. Se sentó atrás de todo junto a una ventanilla, dejándose caer como un muñeco desmadejado. Estaba agotada.
Despertó justo cuando se abrieron las puertas frente a su parada.
Se dió cuenta de donde estaba, saltó de su asiento y corrió hacia las puertas, como en un sueño. Los que se habían apeado allí ya estaban algo alejados del autobús, y caminaban por la calle bajo sus paraguas. Las puertas se cerraron detrás de ella y el autobús arrancó. Entonces, bajo la lluvia, se despejó del todo y se acordó de su paraguas, que ahora viajaba hacia el centro de la ciudad.
Llovía a cántaros.

El ascensor llegó a su destino con un melódico "ding" y las puertas se hicieron a un lado con un leve susurro. Carmen salió al largo pasillo y se dirigió con paso decidido hacia la puerta de su amado apartamento. ¡Al fin! La protección del hogar y una buena ducha de agua caliente mientras escuchaba lo último de Jack Johnson.
Metió la llave en la cerradura y su bolso comenzó a vibrar, al tiempo que una musiquilla salía de su interior. Dejó las llaves colgando en la cerradura y empezó un duro combate con el odioso bolso de 300 euros. Ganó por puntos y consiguió hacerse con el móbil.
Reconoció la voz de Sergio entrecortada, como si se encontrara en un lugar con poca cobertura, posiblemente el metro. ¡Al fin podría aclarar lo de la noche anterior!
-¿Sergio? ¿Donde estás? ¡Apenas entiendo nada!
Sergio hablaba sin cesar, pero resultaba totalmente ininteligible.
-¡No te entiendo, Sergio! ¡Muévete a otro sitio! -gritó Carmen, de los nervios. De repente pareció que la cobertura mejoró. Sergio, con un tono que le pareció entre asustado y preocupado, dijo:
-...Carmen? ¿Me oyes ahora? No vayas a tu apartamento... -la cobertura volvió a fallar y el sonido entrecortado de la voz de Sergio continuó al mismo tiempo que algo llamó la atención de Carmen. Se volvió hacia la puerta de su apartamento y observó sorprendida como ésta se abría y de ella salía el hombre más bello que jamás había visto.
-Apaga el móbil -le dijo sin levantar la voz el hombre, que la apuntaba con una enorme pistola.
Carmen dejó caer el móbil al suelo, y perdió el conocimiento por segunda vez aquel día. Entre tinieblas, antes de que todo se apagara por completo, tuvo tiempo de llegar a una conclusión.
Odiaba desmayarse.

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Lun Ene 15, 2007 15:43
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La portada definitiva de Nueva Era

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Vie Ene 19, 2007 22:52
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Bueno, bueno, Lem, ya no te queda na para la reentré, eh?


Vie Ene 19, 2007 23:00
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Juan A. Pedrero Santos escribió:
Bueno, bueno, Lem, ya no te queda na para la reentré, eh?


Cada día se me hace eterno :? . A ver cuándo lanza la editorial la tirada para la crítica y envían ejemplares a "Pasadizo".

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Sab Ene 20, 2007 17:33
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Tú no sufras Lem, que al menos una venta tienes asegurada.

En un 99%, claro, ya que en el 1% restante podría fallecer yo mismo al ir a comprarla,... :twisted: :twisted: :twisted:

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La vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes...


Mar Ene 23, 2007 16:20
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Bueno, ahí en mi firrma van los enlaces al primer capítulo de mis novelas publicadas. Náufragos es de ciencia ficción y terror psicológico, quedó entre las veinte primeras clasificadas del premio de NOvela Herralde de la editorial Anagrama, el año 2002, y llevo vendidos ya unos mil ejemplares sólo en mi ciudad. Saludos

http://www.castellarte.es/naufragos.html

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aquí podéis leer una reseña de mi nuevo libro de terror y fantasía

http://www.renacerelectrico.com/libros/ ... urnos.html
y otra sobre mi novela de ciencia ficción

http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op01129.htm


Sab Ene 27, 2007 14:05
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Nota 
Si mañana tengo tiempo colgaré uno que acabo de acabar (me encanta esta frase) para que me digáis de todo.

Avisados quedan, preparen los cuchillos. :wink:


Dom Ene 28, 2007 21:56
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Nota 
Greg_Dulli escribió:
Si mañana tengo tiempo colgaré uno que acabo de acabar (me encanta esta frase) para que me digáis de todo.

Avisados quedan, preparen los cuchillos. :wink:



:roll:


Sab Feb 10, 2007 02:35
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Nota SALA DE ESPERA
SALA DE ESPERA


Miguel cogió al azar una de las revistas esparcidas por la mesita de mármol. Le gustaba ojearlas, desde niño: fotos de gente desconocida, información breve y superficial, chicas guapas, las playas del paraíso...lo ideal para alejar la mente de los libros de derecho mercantil y aliviar la tensión de la espera hasta que llegase su turno. El hilo musical –neutro e insípido- también ayudaba a mantener las emociones en una suerte de purgatorio ártico que solamente la presencia de la señorita enfermera podría deshacer. Y mientras llegaba ese momento Miguel se parapetaba tras su revista, rogando para que entre los presentes no se hallase uno de esos sujetos -o sujetas- que parecen sentirse obligados a iniciar conversaciones para dejar clara la diferencia entre personas y objetos de mobiliario. A su lado, una adolescente delgada y pecosa, aislada en el submundo sonoro que le brindaba su walkman, hacia ruido al pasar las páginas de una revista de moda. Bajo la ventana, una anciana de aspecto plácido y concentrado bordaba un jersey de lana azul que alguno de sus nietos no llegaría a ponerse nunca. Dos señoras de mediana edad cuchicheaban monólogos inaudibles frente a él, sin intercambiar sus miradas. Otro señor, embutido en un traje que le quedaba pequeño por muchos esfuerzos de la imaginación que hiciese, se abanicaba sin fuerzas con periódico arrugado contra un calor subjetivo, junto a la puerta que abriría la enfermera.

-¡Rafael, hijo, dejo eso ya! –recriminaba, con toda la fuerza de mando que su educada voz baja le permitía,- una madre a su retoño, que analizaba la resistencia y elasticidad de las hojas de una discreta planta artificial que se había visto acorralada en un rincón por el pequeño explorador.

Pasaron los minutos. La anciana bordaba. El hombre grueso del traje se abanicaba en vano. La chica maltrataba la revista. La madre tomó a su hijo de la mano, salvando a la planta de una defoliación completa. Las mujeres murmuraban...

Pasaron los cuartos de hora. La chica acabó con todas las revistas de la mesa. El hombre dejó de menear su periódico, recostado con la cabeza en la pared y los ojos cerrados; dormido en apariencia. La manga derecha del jersey quedó lista. Las mujeres examinaban las baldosas; ya no tenían nada de que hablar. El niño se esforzaba en alcanzar un cuadro de motivos abstractos ante la impasibilidad de su madre, que vengaba así el tiempo perdido. La paciencia de Miguel comenzó a resquebrajarse, fenómeno bastante insólito en su experiencia y del que apenas guardaba precedentes en su memoria. Hormigueo en los pies, ligero temblor de manos, desasosiego, una gota de sudor resbalando por la frente, sensación de opresión claustrofóbica...ansiedad despertando como serpiente en el nido de su estómago. ¿Por qué no nos atienden de una vez? –masculló en silencio. ¿Se habrán olvidado de nosotros?

Al fin la puerta se abrió, y todas las miradas se alzaron instintivamente. Sin mediar por palabra más que una forzada sonrisa, la enfermera vestida de blanco se dirigió hacia la anciana – que dejó sus labores inacabadas sobre el sillón- y la ayudó a incorporase. Miguel palideció de terror al verla; sintió su corazón retorcerse y comprimirse como si fuese a estallar, latiendo en una cuenta atrás acelerada. La revista cayó al suelo entre revuelo de palomas. La anciana se dejó acompañar por la enfermera, cuya cabeza era una perfecta calavera gris ceniza- en su caminar doblegado por la artrosis. Ambas entraron, y la puerta se cerró a sus espaldas.

Miguel no daba crédito a lo que acababa de ver. Debía tratarse de una broma de pésimo gusto o una terrible ilusión de los sentidos, pero aquello no podía ser lo que él había percibido. Nadie se inmutó ante el rostro de la enfermera, y los comportamientos siguieron su inercia lógica como si la puerta no se hubiese abierto. “No, no puede ser –se dijo en un intento de tranquilizarse-. Mi cerebro ha interpretado mal sus rasgos, por efecto de la tensión acumulada y el cansancio durante la prolongada espera. Debe ser algo relacionado con la ansiedad; de otra forma, toda esta gente se habría levantado espantada como yo. ¡Qué estúpido soy! Y se hubiese reído con ganas de lo absurdo de la situación si no fuese porque aún temblaba como un flan.

La puerta volvió a abrirse. Miguel dejó escapar un grito, sobresaltado, aferrándose el pecho con una mano, como si su corazón quisiera escapar de esta pesadilla dentro de otra pesadilla. La enfermera cadavérica –no había posibilidad de equivocación ahora, contrastando esa lívida tez con la oscuridad enmarcada por la puerta- hizo un gesto con la mano a la chica para que se acercara, dándole a entender que ella era la siguiente. Pasó delante de él con evidente alivió y premura, sin desprenderse de los auriculares, y las dos desaparecieron.

Todos lo miraban de arriba abajo, extrañados, como esperando una explicación por su parte de aquella histérica salida de tono inmotivada. Notó una tenue pincelada de reproche en las miradas por romper así la normalidad y su carencia de autocontrol sobre esos nervios cargados de ruidosa espontaneidad.

-¿Es que no lo han visto ustedes? –les exhortó, mostrando las inocentes palmas de sus manos-. ¡¡El rostro de esa mujer es una calavera, por amor de Dios!!

Todas las miradas se comunicaron instantáneamente entre sí, intercambiando un tácito “Bueno, nos ha tocado un pobre enajenado. Habrá que seguirle la corriente, no vaya a ponerse violento y montemos aquí una escena”.

Haciendo gala de gran naturalidad y un fino sentido del humor con claras intenciones desdramatizantes, una de las señoras que tenía enfrente se dirigió a él con suaves palabras:

-Hombre, la chica está delgadita, para qué lo vamos a negar, pero tampoco hasta ese extremo.

Hubo sentidas risas de apoyo a la señora, que sirvieron para restaurar el orden de lo cotidiano y, de paso, dejarlo en evidencia, ahí de pie, en mitad de la sala.

-Pero...barbotó a modo de excusa.

-Vamos hombre, siéntese –siguió ayudando la comprensiva señora, con cálida sonrisa en los labios; seguro que ya pronto le toca a usted.

Y Miguel se sentó, despacio, abrumado, comprobando antes que el sofá no se había transmutado en cocodrilo o que estaba a punto de ser absorbido por un agujero negro. Entretanto, el chirrido de la puerta al abrirse volvió a impactarle en los oídos. Y allí estaba de nuevo, la grotesca calavera, que reclamó a la buena señora que había intentado salvaguardar su reputación. Ésta se incorporó con otra sonrisa y le dedicó un guiño de complicidad a Miguel, mientras el brazo extendido de la enfermera la invitaba a pasar.

Miguel sintió náuseas, la serpiente recorriendo sus intestinos. Su cuerpo era una cárcel de locos petrificada por acción del horror. Clavó la vista en el suelo, se sujetó la cabeza entre las manos, tal vez para impedir que la esfera paranoide explotase en mil pedazos bajo tal presión, e invocó a la serenidad en mitad de la tormenta que amenazaba con arrastrarlo hasta el fondo de la insania; única forma de recobrar el control sobre sí mismo. “Venga Miguel, debes calmarte. Lo cierto es que no ha pasado nada. Seguro que sufres uno de esos insólitos trastornos neurológicos que afectan a una de cada ochocientas mil personas, como el caso del hombre aquel que un buen día dejó de reconocer el color amarillo o la chiquilla que recobró la vista tras una década de ceguera por el simple hecho de estornudar con fuerza. A diario suceden en el mundo cosas como ésta, sin explicación aparente. Tendrás que visitar a un nutrido puñado de especialistas y someterte a sus pruebas infames, pero al final darán con la causa de tu anomalía y se lo contarás a tus nietos entre risas. La ciencia es algo maravilloso”.

Al mirar a su alrededor, con algo más de calma, reparó en el sofá vacío frente a sus incrédulos ojos. La amiga de la señora ya no estaba allí. “¿Dónde se ha metido? ¿Ha salido o es que se ha esfumado?”. En la sala sólo quedaban el hombre trajeado y la mujer con su hijo.

Y entonces cayó en la cuenta de que ninguno de los anteriores pacientes había vuelto a salir por aquella puerta por la que habían entrado.

-“Tendrán otra puerta de salida para no molestar a los que esperan –razonó ante su extrañeza. Tampoco conozco las dependencias de este edificio, así que son ganas de sospechar y fabular despierto”.

La enfermera entró en la sala sin que nadie la prestase atención. Cogió al niño por una manita y le acarició su hermoso pelo castaño. Su madre le dio un suave empujoncito en la espalda y la enfermera, con delicada determinación, arrastró al pequeño hacia la puerta.

-¡Mamá, mamá! –gritó el niño intentando agarrarse a ella, con la angustia reflejada en los inocentes ojos del que no entiende el porqué de lo que pasa.

-Es sólo un momentito, Rafi. Ahora al salir te compro unos gusanitos y unas chuches.

Miguel no lo soportó más. La imagen del niño aterrado le hizo reaccionar como flecha de ballesta y se puso en pie con los puños apretados, fuera de sí.

-¡Haga el favor de soltar al niño inmediatamente! –escuchó vociferar a su garganta. Se enteró al mismo tiempo que los demás de lo que acababa de decir.

La enfermera se detuvo, y se giró hacia él. Entonces fue cuando Miguel experimentó cómo el horror puro le abría el cerebro en canal, cuando aquellas cuencas negras donde se leía el infinito se fijaron en las suyas, meros continentes de una carne enferma de locura y mortalidad. La sonrisa cincelada en hueso se burló de la crisis nerviosa que castigaba su organismo, tan débil, tan vulnerable, incluso a su propia condición. Miguel retrocedió derrotado, tropezando con la mesita de las revistas para caer sobre el sofá, donde quedó paralizado, casi sin aliento. La enfermera prosiguió sus pasos llevándose consigo al pequeño, cuya cara enrojecía ya por el sofocón irreprimible. La puerta se cerró con un rápido golpe seco, y los gritos del niño cesaron de inmediato.

-Convendría que empezara usted a relajarse –instó con insospechada autoridad el hombre grueso del periódico- sino quiere que llamemos a la policía. La madre asintió, arrugando el entrecejo.

Miguel cerró los ojos y se concentró en regular el ritmo de su respiración. Ni tan siquiera los abrió cuando volvió a escuchar a la enfermera entrar de nuevo, en esta ocasión buscando al acalorado señor del traje, que resopló con satisfacción al incorporarse de su sillón. En la sala ya sólo quedaban él y la madre del chico. Pronto, muy pronto a juzgar por la progresiva reducción del intervalo de tiempo entre las visitas de la enfermera, le llegaría su turno. Y de esta certera intuición arrancó fuerzas de flaqueza.

Per...perdone lo de...lo de antes, señora –se disculpó, tambaleante al ponerse en pie-. Me...me encuentro muy mal; será mejor que salga a tomar un poco el aire.

Pero Miguel no llegó a moverse, porque la única puerta de la sala era aquella por la que había entrado el horror.

-¿Do...donde está la salida? –farfulló, desesperado, pasándose la mano por toda la cara, como queriendo borrar el sin sentido que alteraba su percepción de la realidad.

La mujer le ignoró con evidente fastidio, yéndose a sentar más cercana a la puerta, dándole a entender que deseaba que todo acabase cuanto antes para no volverlo a ver jamás.

Sus sienes pulsaban. Intentó, sintiendo su mente al límite, recordar por dónde había entrado, cuánto tiempo llevaba aquí encerrado, para qué había venido; pero, por más que se esforzó en retrotraerse hacia un lejano pasado, no consiguió recordar el momento en el que entró para tomar asiento, ni nada anterior a esta sala, ni el tiempo transcurrido en medida mensurable, ni mucho menos la intención que le había traído a esperar aquí junto a los demás, que sí lo sabían perfectamente. Ahora era un ignorante ratón en una jaula; y la puerta de la jaula volvió a chirriar.

La madre cogió su bolso y se dirigió hacia la enfermera, que la aguardaba en el umbral. Un instante justo antes de desaparecer, Miguel recibió un fugaz y apenas perceptible brillo de atención en aquella sonrisa y cuencas vacías. “Puedes irte preparando, porque ya sabes lo que sigue” –pensó, sin conocer la autoría de esas palabras.

Le hubiera gustado destrozarlo todo a golpes, tirar la pared abajo y gritar al cielo, reventar la puerta y aquel cráneo a patadas y despertar entre los cimientos humeantes de un mal sueño. Pero sabía con angustiosa rotundidad que esto no era más que un pensamiento reconfortante, una inyección mental de morfina para poder soportar la realidad de esta vigilia incuestionable. Las opciones, todas las opciones se reducían a esperar.

La puerta se abrió.

Y allí, la enfermera también esperaba.

Miguel quiso andar hacia atrás, pero su cuerpo lo hizo hacia delante. Ella salió a su encuentro y le paso un brazo por la espalda, a la altura de los riñones.

-No, por favor...déjeme...déjeme marchar –suplicó, llorando.

La puerta se cerró con un susurro.

Y la sala quedó vacía.


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Vie Mar 16, 2007 23:10
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EL NIÑO PERDIDO

Surge de entre las sombras, sombras más oscurecidas aún por los mantos de la guerra. Como si de una carpa de circo se tratase, dentro de aquel manto, toda clase de objetos vuelan de las manos de violentos payasos y prestidigitadores de la muerte. Las bombas se les escapan de las manos, pero nadie ríe, las granadas caen en su gélido reposo y destrozan el paisaje…

El niño, se pregunta el porqué, porqué en su aldea llena de playa en la que recogía todas las tardes sus conchitas para luego meterlas en su cajita mágica. Por qué a su familia, a sus vecinos, porqué de todo esto. Nadie ha sabido explicarle la razón a sus preguntas y solo obtiene por respuesta susurros de palabras contrahechas salidas de caras huecas por la ignorancia o quizás por la vergüenza…

Camina descalzo, colgando sus harapos de todo su cuerpo, como si fueran las propias carnes desgarradas. Sus ojos están vacíos, casi muertos. En ellos ha visto reflejada la muerte, en sus padres, hermanos, abuelos y hasta en su amada niñita para la que guardaba siempre la mejor concha de su minúsculo arcón. Su colegio yace al fondo, agonizante, y de entre sus escombros regurgitan los disparos de los soldados que responden a los enemigos que a su vez replican en tromba sus ataques alegando defensa propia.

No tiene a donde ir, pero no importa, ya está acostumbrado a vagar sin rumbo por las calles de la insolencia. Sabe bien que los días y las noches de tinieblas nunca dejarán paso a la luz, y la antigua antorcha de felicidad no será ya la misma sin aquellos que se han ido, sin billete de vuelta, que han echado. Lleva días sin comer, sin beber casi, se alimenta de odio. Los ojos, llenos de muerte por el último tránsito, parecen salírsele de las cuencas bailoteando entre la sangre que los envuelve…

Sigue hacia delante. Sus piernas llegan a mitad de camino, y al acercarse ante un soldado que yace muerto, se agacha ante una flauta que el cadáver le parece invitar a coger. La atrapa, es solo una pequeña flauta que quiere hacer tocar, como cuando ganó aquel concurso. Se la mete en la boca, silba, pero ésta no quiere responder; lo intenta de nuevo, pero sigue igual. Las lágrimas le hinchan la cara y contraen todo su interior. Deja el instrumento y lo cambia por otro, una pistola ensangrentada que se guarda en el pantalón. A su alrededor todo se esfuma, se ve en el centro de la estancia y gira la cabeza hacia todos lados: el dolor, el ruido que apaga el silencio de la vida, los llantos y los lamentos destrozan los últimos vestigios de razón que desaparecen en él llamados por los recuerdos.

No mira hacia atrás ya, porque sabe a donde ir. Se acerca pesaroso hasta un grupo de piquetes, los soldados enemigos vestidos con hermosos trajes, mortajas para la matanza. Al verle llegar, dos de ellos dejan de disparar, quizás porque no les quedan mas balas. Uno, el más limpio de todos, parece compadecerse de este niño que ahora les visita y se agacha delante de él. Le dice algo sonriendo, el niño no sabe qué, tampoco le importa, pero sonríe, sonríe con la semblanza de la muerte, muerte que ellos le han llevado, sin ni tan siquiera haberla pedido…El soldado extrañado ante esa desencajada mueca, espejo del desprecio, arquea las cejas desconcertado.

Saca su pistola del bolsillo del pantalón, y sin pensarlo apunta a ese soldado, al que le da el tiempo justo para proferir un NO que se congela con el viento. Después un disparo, un fogonazo en la cara que le desfigura los gestos y destroza por completo la cara de sus compañeros. Parece que la muerte también se asusta de su propia muerte…


Ahora ya es como los demás, ya es un asesino como aquellos que han acabado con su familia y su chica de las conchas. Quisiera haber tenido mas balas para todos, pero no le importa, sabe que es igual matar a uno que a cientos de ellos…es ahora cuando lo comprende. Se aleja entre la confusión, temblando todo él y pensando en las palabras de su maestro:”La vida es dura, hijos, pero hay que sobrevivir…”


Mar Mar 20, 2007 08:40
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Nota 
Muy interesantes vuestros relatos.Me estoy acordando del libro autografico de Stephen King Mientras escribo.La cantidad de relatos que llego a escribir hasta que le publicaron uno en una revista.Por suerte, con Pasadizo podemos disfrutar de los vuestros sin que caigan en saco roto.Animo a todos!! :wink:


Sab Mar 24, 2007 14:25
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Nota LO TRAJO LA NOCHE
LO TRAJO LA NOCHE


Era noche cerrada. La lluvia llevaba horas cubriéndolo todo con su serenidad cristalina, pero pocas personas eran conscientes de ello. Vivir solo en un caserón en medio de algún lugar entre las montañas es algo para lo que no todo el mundo está preparado; yo creía estarlo...hasta aquella noche. Nunca me había ocurrido nada igual. El suave repicar de la lluvia provocaba ecos por toda la casa, reverberando por los pasillos, en cada rincón. Fuera la lluvia se convirtió en furiosa tormenta, mientras dentro de la casa un silencio expectante se imponía sobre cualquier otro sonido. Tres golpes secos en la ventana, contundentes como verdades, rompieron la seguridad de lo cotidiano. No habían sido un producto de mi imaginación, a pesar de que la razón y las circunstancias apuntaran a ello. Tres nuevos golpes, pausados, y aún más vigorosos que los anteriores confirmaron esta angustiosa realidad. Era una llamada, pero...¿de quién? ¿o de qué? El segundo piso donde me encontraba se eleva cinco metros sobre el suelo, y la ventana apenas tiene alféizar sobre el que apoyarse. A pesar de que estaba aterrorizado, una curiosidad morbosa arrastró mis pies fuera de la cama y los condujo hacia la ventana, orientado por la intermitente luminosidad de los relámpagos que atravesaban la ventana para inundar la habitación. La vieja madera del piso crujió bajo mi peso, mientras me acercaba lentamente, paso a paso, hasta colocarme frente a la ventana y...allí estaba, ocupando todo el vano de la ventana con su cuerpo, aquella realidad imposible, error de la Naturaleza y la lógica. Su bulbosa figura recordaba vagamente a la de un pájaro deforme, creado según parámetros absurdos, cubierto su cuerpo por agudas varillas oxidadas, como de paraguas, que entrechocaban produciendo sonidos angustiosos al ritmo de su agitada respiración. El rostro de aquel ente era lo peor...toda cordura quedaba destruida con su visión: poseía dos ojos humanos asimétricos, sin párpados, circunferencias perfectas que reflejaban odio fanático y furia infinita, congelados así sobre su víctima. Mostraba su dentadura de colmillos irregulares, comprimida en un mordisco atroz. Mi mente luchaba por volver a atar los cabos que le permitiesen unirse de nuevo al mundo real mientras mi cuerpo quedó congelado ante la aparición; no hizo nada, no dijo nada, sólo mirarme fijamente con rabia ancestral, lógica sólo dentro de su conocimiento. La lluvia siguió cayendo...

Lo primero que vi al despertar fue la habitación blanca (acolchada) en que me encontraba, y de donde no volvería a salir jamás. Ellos dicen que estoy loco, que la soledad destruyó mi mente; pero ellos no lo vieron, no saben que convive en nuestro mundo, quién sabe con cuántos entes más; su mensaje era su presencia, dar a conocer su existencia real, traspasando el plano onírico. Sin embargo, mi verdad no será nunca oída.


A veces, cuando la tormenta ruge y todos duermen, puedo escuchar entre los truenos lejanos un débil tintineo de varillas herrumbrosas, como de paraguas viejos...


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Vie Mar 30, 2007 20:21
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Os invito a ver la ilustración que a proposito de este relato me envió ayer ese genio llamado LAZARO, entre otras, en la Galería del horror:

http://www1.webng.com/luisbermer/GALERI ... OR%203.htm

¿Qué arte, verdad? :D


Vie Mar 30, 2007 20:24
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Luis Bermer, me ha gustado especialmente tu relato de La Herida Sigue Sangrando.... Me ha parecido un relato la mar de original, con su lado tenebroso y además tus descripciones son muy detalladas. Felicitaciones! :D Has publicado algo?? Eres bueno.

Seguiré leyendo tus escritos y los de los demás, aunque algunos deba leerlos después, ya que los enlaces a Sedice no funcionan ahora, claro! :?


Vie Mar 30, 2007 23:21
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Nota 
Gracias por tus palabras, Darkreader. Yo también le tengo especial cariño a ese relato :wink: . Pues, internet aparte, algún cuento me publicaron en fanzines. Y estoy preparando un libro de relatos ("¡Cortadle la cabeza! y otros relatos de terror") que, sobre todo, pretende ser un regalo para los cuatro fieles monos que me leen :D

¡Saludos!

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Sab Mar 31, 2007 00:50
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Pues insisto, escribes bien y ojalá sigas compartiendo tus escritos por acá y sigue adelante en la publicación, cuesta pero tienes el talento.

Prometo seguir leyendo los demás relatos, es interesante conocer un poco más de los foreros....


Sab Mar 31, 2007 22:04
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Nota 
Pues yo prometo seguir escribiendo hasta la muerte (espero que me quede algo de tiempo...¡glups! :D ), pues tengo algunas ideas más que...interesantes... :twisted:

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Sab Mar 31, 2007 22:49
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Nota 
Luis, será cosa del destino o que tú y yo somos dos acaparadores de Internet :lol: , pero te saludé el otro día con otro nick (Lindemann) en otra web, ¿recuerdas? No tenía ni idea de que estabas registrado también aquí.

Me encantan tus escritos, es un placer leerte.
No dejes de colgar aquí tus nuevas ideas. :wink:


Sab Mar 31, 2007 23:43
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Nota 
Bueno Riven / Lindemann :D , creo que acaparar entre los dos internet -por omnipresentes que nos pongamos :lol: - es como si nos propusiesemos algo así como "¡venga, vamos a bebernos el Atlántico!! :lol: :lol: :lol: "

Estoy difundiendo mis relatos por donde puedo; es mi forma de aportar mi granito de arena al género que más nos apasiona y, además, recibir todas las críticas posibles, las cuales -tanto positivas como negativas- agradezco un montón, de verdad.

Así que...¡Gracias aquí también, Riven!! :D

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Dom Abr 01, 2007 00:10
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Nota EL CIELO SOBRE NOSOTROS
EL CIELO SOBRE NOSOTROS

La amplia plataforma se elevaba constantemente sobre el pilar metálico que tomaba como único eje, eterno en su ascensión hasta perderse entre las distantes nubes grisáceas. Allí, apilados azarosamente por toda su extensión, hallábanse los recursos necesarios para que la mujer y su hijo disfrutasen de una vida sosegada. La mujer cuidaba a su pequeño, prodigándole todo su amor; lo alimentaba, lo aseaba, le cantaba tiernas canciones melódicas para tranquilizarle y facilitar su descanso. Ella le enseñó a contemplar el milagro de la belleza que esperaba en el lejano cielo sobre sus cabezas y a expandir su imaginación, más allá de las brumas que ocultaban las cumbres del inalcanzable horizonte. Juntos reían cuando pequeñas criaturas voladoras cruzaban las distancias dejando a su paso un halo de minúsculas partículas de colores, que se difuminaban envolviéndolos en un mágico instante de pura fantasía. Por la noche hablaban con su amiga Luna y contaban las caprichosas estrellas una por una, llamándolas por su nombre, jugando a descubrir las figuras que para ellos dibujaban sobre el firmamento con tinta de luz blanca.

En ocasiones, cuando el pequeño dormía cobijado por la noche, la mujer miraba en la única dirección que su hijo desconocía. Miraba hacia abajo, donde, a pesar de la creciente lejanía, podían distinguirse con claridad los círculos de ámbar que eran los ojos de aquella monstruosidad inmensa, oscura, y sus repugnantes fauces siempre abiertas, imperturbable en su infinita paciencia. Entonces la mujer apartaba la vista, secando con el dorso de las manos las lágrimas que corrían por sus mejillas. Nunca dejó escapar el más mínimo sollozo que pudiese perturbar el sueño de su hijo.

Una mañana, la mujer cogió en brazos a su pequeño y, mirándole fijamente a los ojos, le preguntó:

-¿Me quieres, hijo mío?

-Te quiero mucho, mamá –respondió inmediatamente.

-Si de verdad me quieres...¿Harás un pequeño favor que yo te pida?

-Sí, mamá.

-¿Me prometes que nunca mirarás hacia abajo? ¿Me lo prometes, cariño mío?

-Claro que sí, mamá, te lo prometo –y se abrazó a su cuello con fuerza.

El tiempo pasaba lentamente, y las nubes parecían, sólo parecían, estar un poquito más cerca. El pequeño maduraba imperceptiblemente al mismo tiempo que su madre envejecía de igual modo. Mas la alegría siempre se mantuvo resplandeciente por encima de las demás cosas.

Cierto momento, cuando un atardecer teñía con su presencia el perenne azul del cielo, el hijo hizo una pregunta a su madre:

-Mamá...¿Qué hay allá abajo?

-Mi querido hijo, existen preguntas que no pueden ser contestadas; debes confiar en tu madre, que te dio la vida. ¿Recuerdas tu promesa?

-Sí, mamá –y besó sus mejillas.

Llegó un día como otro cualquiera, en que las nubes parecían, sólo parecían, estar al alcance de la mano. Aquel día la mujer se encontraba débil, blancos cabellos enmarcaban su joven rostro cubierto de arrugas, no podía incorporar su cuerpo. Su hijo estaba arrodillado a su lado.

-Hijo mío...¿Me prometes que nunca, nunca mirarás hacia abajo? ¿me lo prometes, cariño? –susurró su voz cansada.

-Sí, madre...

El niño cerró suavemente con su mano aquellos ojos anegados en lágrimas que desconocía, que humedecieron su piel, que sintió como suyas.


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Sab Abr 14, 2007 19:46
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Nota MI TUMBA
MI TUMBA


Mi tumba es un lugar cambiante. En ocasiones la encuentro cálida, mullida; un refugio a prueba de toda inclemencia del exterior. Otras, las más de las veces, se convierte en un pozo frío, lúgubre, de oscuridad sin fondo, que roba el aliento. Dentro de este abismo, los ojos no sirven de nada, y los oídos sueñan voces azules. Una de ellas, la mía, intenta destacarse, servir de guía, pero confieso que resulta difícil poder distinguirla. Entre ecos, susurros, ensoñaciones y recuerdos que cruzan esta oscuridad, el tiempo se desgasta, y olvido, por momentos, cómo mi tumba se corroe en su fricción hostil con el mundo. ¿No es esta negritud interna un universo aparte? ¿No nacen estrellas y mueren mundos? ¿No es un reflejo del cielo nocturno? Solo, siempre solo en medio del eterno infinito. Un infinito de uno, espacio para toda soledad y ninguna compañía. No puedo moverme pese a que nada me lo impide. En este espacio cerrado no hay distancias, ni metas; en su lugar flota una espera, que con todo y con nada se llena. Aquí encerrado construyo la realidad ¿Así vive Dios? ¿Consigo en su locura? Enterrado en la tierra roja de mi cuerpo, mi voz es el rumor de un río subterráneo que fluye sin pausa. Sobre la misma sangre se hunden palabras extrañas. ¿Es esta la vida de un muerto? ¿El sueño de un vivo? Mi mente es la canción de mil estrellas en esta helada noche de ataúd. Cada idea, un fulgor estéril. Cada emoción, un lamento. Todo es frío, no hay consuelo.

Miro fuera de mi tumba, por los agujeros cortados que me sirven de ojos.

La veo en el espejo y pienso: ¿Dónde iré cuando los gusanos te devoren?

Afeito con cuidado las mejillas de mi tumba.

¿Sabías que los muertos andan?

Listo, una vez más, para vagar por el inmenso cementerio del mundo.

Observo, hablo y trato con muertos, que con sus ataúdes marchan.

El sueño de la existencia torna en pesadilla de sangre oscura.


Sí, ya no me cabe duda
Mi cuerpo es mi tumba.


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Sab Abr 28, 2007 22:58
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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com