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 GAMBITO DE DAMA - I - 
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Piltrafilla

Registrado: Sab Nov 01, 2008 14:34
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Nota GAMBITO DE DAMA - I -
GAMBITO DE DAMA 1





Mientras conducía el Opel Omega de regreso a Benicasim, Ernesto Casas, el chófer particular de los Beltrán, pensaba en todo lo ocurrido desde que cinco años atrás había cambiado de empleo.



Ernesto Casas, tenía entonces veinticinco años, estaba soltero, y era conductor de camiones de Cerámicas Beltrán. Su metro ochenta de estatura, complexión de toro, moreno y atractivo, no le dio motivo para imaginar que un traslado de muebles de Valencia al chalet de Benicasim de su patrón iba a cambiar su vida por completo.


Dos semanas más tarde de este traslado de muebles, el gerente de la fábrica de Cerámicas Beltrán, Fermín Mancisidor, lo llamó para decirle que el Gran Jefe deseaba verlo en su despacho. Por un momento temió lo peor, pero, que él supiera, no había dado motivo alguno para que lo despidieran; ni siquiera cobraba las muchas horas extras que hacía a la semana. Entró en el despacho sin acordarse de que llevaba la gorra de camionero puesta del revés, pero tampoco el Gran Jefe se fijó en el detalle.


Simplemente le dijo si le interesaba ser su chófer particular. Se quedó tan sorprendido que no supo qué contestar. El patrón le indicó que su sueldo sería el mismo, pero dispondría de alojamiento y comida gratis y el trabajo no sería tan pesado. A cambio de todo esto tendría que estar disponible de día y de noche. Asintió con la cabeza mientras el Gran Jefe le indicaba que vestiría de uniforme con gorra de plato. Mudo de asombro, siguió asintiendo sin pronunciar palabra.


— Eres mudo ¿o qué coño te pasa? – le espetó el Gran Jefe frunciendo el ceño.
— No me pasa nada. ¿Qué tengo que hacer?
— Cambiarte de ropa, coger mi Mercedes y pasar por la casa de uniformes de la calle Mayor. ¿Sabes cual es?
— Sí, señor.
— Que te tomen las medidas y que te hagan dos de color azul marino. Las gorras de plato ya te las pueden entregar ahora y que envíen la factura a la fábrica. ¿Tienes un traje oscuro?
— Sí, señor.
— Póntelo, ponte la gorra y pasa por la peluquería Llongueras a recoger a mi esposa. Ella te dirá lo que debes hacer ¿Está claro?
— Sí, señor.
— Ahí tienes las llaves del coche – comentó el Gran Jefe tirando sobre la mesa de su despacho dos llaves - Hala, ya te puedes largar


Se cambió de ropa, subió al Mercedes y condujo hasta su casa comunicándole a sus padres su nuevo trabajo, indicándoles que no se preocuparan que ahora podría darles un poco más de dinero para ayudar a la pequeña pensión de jubilación de su viejo. La madre lloró un poco y el hijo le prometió visitarla varias veces a la semana. Ella le preparó una maleta mientras él se duchaba y se ponía el traje azul marino de los domingos. Metió la maleta en el portaequipajes, besó a los padres y se largó a su nuevo destino.


Aquella tarde, después de pasar por la tienda de uniformes, entró en la peluquería de señoras con la gorra bajo el brazo como había visto hacer a los militares americanos en las películas, y se quedó plantado en la puerta. Cesaron las conversaciones, las peluqueras y las señoras lo miraron con la boca abierta y él, nervioso, apretó los labios hasta que oyó la voz de una mujer que no pudo ver por estar casi tapada por un secador.


— Ernesto, salgo en seguida. Espere en el coche.
— Si, señora – respondió, dando media vuelta.


El gallinero volvió a alborotarse cuando cerró la puerta. Imaginó que tendría que esperar media hora larga. Encendió un cigarrillo paseando arriba y abajo y guiñándole el ojo a cuanta chavala se quedaba mirándolo. Tiró la colilla y se disponía a sentarse en el Mercedes cuando se abrió la puerta de la peluquería. Una rubia, ondulada como una guitarra, lo miró fugazmente. Le pareció conocida pero no se atrevió a preguntarle nada hasta que ella comentó:


— Ernesto, abra la puerta, por favor.
— Si, señora, perdone – respondió azorado


Se sentó al volante esperando que ella le indicara lo que tenía que hacer. La miró a través del espejo retrovisor. Tuvo que desviar la mirada porque los grandes ojos color avellana de la mujer lo ponían nervioso. Se estiró con el índice el cuello de la camisa y ella, adivinando su azoramiento, preguntó:


— ¿Le pongo nervioso, Ernesto?
— No... digo sí, un poco.
— ¿Por qué?
— Pues... no sé por qué, señora.
— ¿Le ponen nervioso las mujeres?
— En absoluto – respondió mirándola fugazmente.
— Ya. ¿Sabe en donde está el Instituto?
— Sí, señora.
— Vamos a buscar a la niña.


Arrancó despacio concentrándose en conducir. El coche era una filigrana y nada tenía que ver con los camiones. Él estaba ahorrando para comprarse uno de segunda mano, pero nunca sería como el que ahora conducía. Se dio cuenta de que cada vez que miraba por el espejo retrovisor encontraba los ojos de color avellana fijos en los suyos. <<Es>>


Mientras esperaban a la puerta del Instituto a que la niña saliera, ella volvió a preguntar:


— ¿Se ha encargado los uniformes?
— Sí, señora.
— En el coche, cuando venga conmigo a solas, no es necesario que lleve la gorra.
— ¿Me la puedo quitar? – preguntó, mirándola agradecido. Notaba el cabello húmedo de sudor.
— Claro, hombre, tiene un pelo muy bonito, aunque demasiado largo, casi se le pueden hacer trenzas. ¿Le importaría cortártelo un poco más?.
— Lo que usted ordene, señora.
— Yo no le ordeno nada. Sólo digo lo que me gustaría que hiciera.
— Sus deseos son órdenes, señora.
— ¡Vaya, quien lo diría¡ Pues muchas gracias, Ernesto. Y por cierto, ¿se ha hecho alguna vez la manicura?
— ¿La manicura? – preguntó, mirándose las manos que se había esmerado en limpiar al máximo.
— Si, hombre, tiene unas manos muy varoniles, pero muy mal cuidadas.
— Es que hasta ahora era camionero.
— Ya lo sé, pero a partir de ahora sólo será mi chófer. ¿Entiende?
— Sí, señora.
— Me parece que no, pero ya lo entenderá.


La miró y lo que vio en la mirada de los ojos color avellana lo hizo parpadear. Ella sonrió levemente ante su cara de desconcierto.


— ¿Tiene novia? – volvió a preguntar.
— No, señora - ¡joder!, pensó, o mucho me equivoco o está va derecha al grano.
— Me alegro. En el chalet tendrá una habitación en el segundo piso, encima de la mía, y separada de las del personal de servicio. Hay dos chicas jóvenes, Martina y Elvira, bastante agraciadas. Desearía que se mantuviera alejado de ellas ¿Lo hará?
— Haré lo que usted desee, señora.
— Gracias, Ernesto.
— Las suyas, señora.
— ¡Caramba! Nunca me lo habían dicho así, pero es muy agradable oírlo.
— La verdad siempre es agradable, señora.
— ¡Vaya con Ernesto! – exclamó la mujer riendo suavemente - Menudo Don Juan está usted hecho. Me parece que con esa labia debe traerlas de calle.
— No lo crea, tengo poco tiempo, o tenía, por lo menos.
— ¿Es que no le gustan las mujeres?
— ¡Bueeeno!, para qué le explico – comentó soltando sin proponérselo un suave silbido. Ella rió suavemente.
— ¿Fuma? – preguntó sonriendo, al tiempo que sacaba un paquete de Marlboro del bolso.
— Demasiado, me parece.
— ¿Marlboro?
— No, Ducados, no puedo permitirme tanto lujo.
— Tenga, un Marlboro.
— En el coche no sé si debo...
— Vamos, por favor, no me gusta fumar sola.


Cogió el cigarrillo del paquete que le alargaba buscando el mechero pero ella se adelantó encendiendo el suyo. Percibió el suave perfume de su rostro rozando el suyo al adelantarse para darle fuego. Su mano era de una perfección increíble, fina y elegante. Giró la cabeza levemente y encontró sus ojos tan cerca que hubiera podido besarlos sin necesidad de moverse, pero se mantuvo quieto y ella se apartó sonriendo. <<As>>


— Baje las ventanillas, por favor.


Hizo lo que le pedía apretando los botones automáticos y expeliendo el humo hacia la calle. Ella hizo lo mismo y durante unos momentos se mantuvo en silencio. Luego comenzó a preguntarle si le gustaba la televisión y qué programas, aunque suponía que las películas del oeste, de guerra y policíacas serían sus preferidas. Contestó que si, que le gustaban, siempre que tuvieran buen argumento, estuvieran bien interpretadas y bien dirigidas. Luego quiso saber si le gustaba un programa de la televisión valenciana que emitían los jueves por la noche y en la que intervenían periodistas y personajes muy conocidos.

Le respondió que, sinceramente, le parecía horroroso que aquellas personas pusieran a debate sus vidas íntimas por un miserable puñado de monedas. Aquello era sólo tele basura. No le gustaban los chismorreos ni de la alta ni de la baja sociedad. Ella pareció muy complacida y le preguntó si sería capaz de guardarle un secreto.


— Señora – respondió apagando su cigarrillo – dejará de ser secreto en cuanto me lo diga.
— Quizá porque piensa contarlo en cuanto tenga ocasión.
— No, se equivoca, señora. No me gusta la gente chismosa. Pero ya no será su secreto si me lo cuenta.
— Pero yo quiero que lo sepas sólo tu – comentó ella entornado los ojos y tuteándolo.
— Muy bien. Aquí se quedará – respondió, girándose en el asiento
— Se trata de mi marido. Me tiene completamente abandonada, ¿sabes?
— Bueno, Don Apolinar tiene muchas responsabilidades y muchos negocios que atender – respondió cautamente.
— También los tenía cuando se casó conmigo. Ahora es que ni siquiera sabe que estoy a su lado en la cama. Claro que es doce años mayor que yo, pero eso no es el motivo del abandono. No, no es por eso, sino porque tiene varias amantes.


Los chicos del Instituto salieron en tropel en aquel momento evitándole a Ernesto el compromiso de tener que responder, pero se dijo que su rubia jefa tenía ganas de ponerle los cuernos al marido y no se andaba por las ramas. Nada de tantear el terreno ni de perder el tiempo, debía andar muy caliente porque las insinuaciones no podían ser más directas.


Una niña rubia de doce o trece años muy desarrollados se acercó corriendo al coche y Ernesto bajó para abrirle la puerta. La niña lo miró descaradamente.


— ¡Ah! – dijo sonriendo a su madre – Así que éste es el chófer que te interesaba. Me lo imaginaba, porque desde que lo viste descargando los muebles no has parado de darle la tabarra a papá.
— Niña, haz el favor de subir y no ser tan descarada – comentó la madre, y por el tono en que la reprendió el chófer comprendió que le importaba un ardite el descaro de la hija.
— Mamá, pero si es un bombón, mujer. ¡Y qué tipazo! – comentó, soltando la carcajada – Oye, ¿cómo te llamas?
— Ernesto, ¿ Y tú?
— Bea, Beatriz, como la de Dante Alighieri. ¿Sabes quien era?
— Claro, mujer – respondió poniendo el coche en marcha – La Divina Comedia y todo eso ¿No? ¿A dónde, señora?
— A Benicasim – respondió la madre mirándolo con ojos risueños.


El tono que utilizaba para reprender a su hija le pareció extraño. No demostraba enojo ni enfado. La muchacha, sin hacerle caso y con todo el descaro propio de su generación, soltaba cada disparate que valía un Credo. Ernesto se enteró de que la madre tenía tan solo treinta y cinco años, que necesitaba un amante, porque el padre también tenía tres y la mataba de hambre. Ernesto callaba y miraba a la madre de cuando en cuando, pero ésta, se limitaba a mirarlo y sonreír, mientras la chiquilla hablaba como una cotorra sin el menor recato. Y al final soltó:


— Mamá, no seas vergonzosa mujer, mira que si tu no lo aprovechas lo haré yo. ¿Verdad que te gusto, Erny?
— Claro, aunque eres muy niña todavía.
— Pero soy tan guapa como mamá ¿verdad?
— Que más quisieras tú – respondió sinceramente y por la mirada que le dirigió la madre a través del espejo supo que acababa de metérsela en el bolsillo.
— Vaya, pues sí que eres galante – recriminó la niña.
— Cuando seas mayor, seguramente serás tan guapa como ella – respondió contemporizando.
— Ya, de todas formas procura guardar algo para esa fecha. No te lo gastes todo con ella – comentó riendo a carcajadas.


Ernesto pensó que si aquello ocurría a las pocas horas de comenzar el trabajo, no quería ni pensar lo que ocurriría al cabo de un mes. Tendría que andar con mucho tino. Le gustaba el trabajo; era mucho más descansado que el anterior; podía ahorrar el sueldo casi íntegro y sería una lástima que perdiera el empleo por no saber desenvolverse entre aquella gente. Que el marido tuviera tres amantes era una cosa, pero que la esposa lo imitara era otra muy distinta.


Tampoco podía desairar a la señora si, tal como imaginaba, deseaba acostarse con él. Al fin y al cabo, quien le había proporcionado el empleo era la mujer y no el marido, pues éste se había limitado a complacer a la esposa cuando le solicitó un chófer y no era normal que lo hubiera hecho para que la esposa tuviera un amante en compensación por las tres que tenía el marido.


Ernesto fue muy bien acogido por el resto de la servidumbre. El jardinero, Pedro, un hombre entrado en años que trabajaba el jardín tres veces por semana, era el único que no dormía en la casa pero se hizo muy amigo de Ernesto y por él se enteró de que el amo era poco menos que un sultán en medio de su harén particular.


Desde Germana la cocinera, una joven viuda sin hijos, asturiana de nacimiento, pasando por Elvira la doncella de la señora, una aragonesa de Calatayud, joven y guapa y terminando en Martina, la otra doncella de la casa, natural de Ciudad Real, tan atractiva y joven como Elvira pero mucho más ardiente, todas se abrían de piernas ante el amo y señor del serrallo que, lógicamente, con tanta mujer a su disposición poco o nada podía atender a la suya y menos pasados ya los cincuenta años.


El viejo Pedro sonreía torcidamente cuando le comentaba a Ernesto que ninguna de ellas sabía cuando tenía que quitarse las bragas porque el señor era tan caprichoso que igual las utilizaba a todas en un día como se pasaba tres días tirándose a una solamente, y el muy cabrito no lo disimulaba, le daba igual que lo supiera la esposa, los hijos y el obispo de la Diócesis.


Llamaba a su despacho a la que le apetecía, y al cabo de media hora la soltaba, cuando no se pasaba con ella más de media tarde haciendo encaje de bolillos. Pero esto, para Ernesto, no significaba que fuera a permitirle a la mujer que le pagara en la misma moneda, aunque Pedro creía que al gran jefe le importaba poco que tuviera un amante, siempre que guardara las formas y no fuera del dominio público.
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La únicas batallas que se ganan huyendo son las que se disputan contra las mujeres


Sab Nov 01, 2008 16:53
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GAMBITO DE DAMA 2

Las cosas no ocurrieron tal y como esperaba Ernesto. Martina se encaprichó de su palmito nada más verlo y se le ofrecía sin disimulos, persiguiéndolo a todas partes. Tenía que escapar de ella como del fuego. La señora de la casa parecía no darse cuenta, como si no le importaran las claras insinuaciones de la sirvienta pero Ernesto sabía que no perdía detalle.

Tuvo que ponerse serio con la chica y amenazar con despedirse si no lo dejaba tranquilo. No quería complicaciones y cuando ella comprendió que no conseguiría nada, como toda mujer despechada, procuraba chincharlo todo lo que podía a la menor ocasión que se le presentaba. Elvira era de otra pasta, más tranquila, más sosegada, guardaba las distancias, aunque con él se mostraba amable y simpática. Con Germana, la cocinera, aún tenía menos problemas.


No llevaba en la casa ni un mes cuando la tarde de un sábado al ir a recoger a la dueña a la peluquería ella le comentó de repente en el camino de regreso al chalet:

— Desde ahora cuando estemos solos no me llames señora ni mi trates de usted. Ya sabes mi nombre.
— Gracias, pero ¿no teme que cometa un desliz?
— Sé que no lo harás y deja ya de una vez el usted.
— Lo que tú digas.
— Aurora.
— Lo que tu digas, Aurora – repitió, sonriéndole a través del espejo.
— Me alegro de que no hayas caído en las redes de Martina.
— He hecho lo que deseabas que hiciera.
— Lo sé y te lo agradezco. Mereces un premio ¿qué te gustaría?
— No necesito que me des nada. Ya me dejas bastantes cartones de Marlboro en la habitación y la gente no es tonta. Además, con verte contenta me conformo.
— ¿Es que no te gusta nada de mí?
— De ti me gusta todo, pero está tu marido y no quisiera perder el empleo y dejar de verte todos los días.
— Eres un encanto de hombre. No te preocupes por culpa de mi marido, se ha ido de viaje esta madrugada ¿No te ha dicho nada?
— Ni media palabra.
— Estará ausente ocho días. Un viaje a Italia. Así que dime ¿qué te gustaría?
— Por qué tengo que decírtelo, si lo sabes de sobra.
— A las mujeres nos gusta oírlo.
— Tú me gustas y a rabiar, además.
— Pero no estás enamorado de mí.
— ¿Y tú de mí?
— Yo he preguntado primero.
— Pues sí, estoy enamorado de ti desde el primer día que te vi. ¿Y tú?
— Hace tiempo. Más del que tú crees. Así que esta noche, ya que te has conservado fiel a la promesa que me hiciste, te compensaré con creces. No cierres tu habitación con llave y espérame.
— Lo podemos estropear todo si te oyen.
— Nadie nos va a oír. Yo me encargo de eso.


Aquella noche a la hora de la cena procuró disimular su ansiedad. Subió a su habitación como todos los días, se dio una ducha y se acostó desnudo, dejando la pequeña luz de la mesita encendida para poder leer. Estaba tan excitado que no se enteraba de lo que leía. Poco después de la doce, sintió que la puerta se abría y la vio entrar con la rubia melena suelta sobre el salto de cama casi transparente. Tenía un cuerpo de mareo y la atrajo hacia él para besarla con ansia. También ella ardía de deseo. Se quitó el camisón y se acostó a su lado, admirándose de sus dimensiones cuando los dos estuvieron abrazados. Después de unos minutos de intensas caricias la consideró suficientemente húmeda.


La penetró despacio y con dificultad, pareciéndole extraño que aquella mujer hubiera tenido una hija y siguiera siendo tan estrecha. La luz de la mesita seguía encendida y él le dijo lo hermosa que era, mientras se hundía en su ardiente feminidad con lentitud deliberada. Ella comenzó a gemir suavemente y la sintió explotar casi antes de acabar de penetrarla. Respiraba a bocanadas, metiéndole la lengua hasta la garganta, quería seguir disfrutando y él la bombeó lentamente, con largas y pausadas embestidas que la obligaban a morder la almohada para no gritar de placer.


Por su parte, Ernesto nunca había disfrutado tanto con una mujer, quizá porque aquella era una fruta prohibida, una señora de la alta sociedad que decía estar enamorado de él. La hizo disfrutar tantas veces que acabó pidiendo paz, completamente agotada y exhausta de placer.


— Cuánto te quiero, amor mío, y cuánto he esperado por esto.
— Yo también – susurró sobre su boca mientras de nuevo comenzaba un lento vaivén.
— ¿Aún quieres más? – susurró, lamiéndole el lóbulo de la oreja.
— ¿Tú no?
— No sé si podré. Estoy agotada.
— Ya verás como sí podrás – comentó, besándole los duros pezones con toda la boca y descendiendo lentamente hasta que su rostro se hundió entre sus muslos.


Rayaba el alba cuando ella regresó a su habitación trémula y temblorosa, ahíta de placer y tan feliz como una gata con un ratón. Era su primer amante y creyó que jamás sentiría nada igual por hombre alguno. Toda aquella semana en que el esposo permaneció ausente, el joven garañón la cubrió y la hizo gozar más veces que el marido durante los dieciocho años de matrimonio. Por fin se encontraba saciada de sexo y se sentía tan enamorada de su amante como jamás imaginó estarlo.


El viernes de aquella semana, después de tres noches de amor frenético, se despertó casi a las diez de la mañana extrañándose de que nadie le hubiera llamado. Más sorprendido se quedó cuando, bajo la lampara de la mesilla, encontró cuarenta mil pesetas en billetes grandes. En principio se sintió molesto y enfadado. Él no era ningún macarra y estaba enamorado de verdad de la mujer. A las once, Elvira le indicó que la señora lo esperaba para que la llevara al Nuevo Centro de Valencia, tenía que realizar algunas compras.


Sacó el Opel Omega del garaje y esperó a que ella bajara de su habitación. Le abrió la puerta sin mirarla y arrancó sintiéndose todavía ofendido. Al entrar en la autopista, ella comentó:

— ¿A qué viene esa cara tan larga, cariño mío? ¿Estás enfadado conmigo?
— Si, lo estoy.
— Pero ¿por qué?
— No soy ningún macarra, ¿te enteras?
— Lo sé, amor mío – exclamó acariciándole la mejilla – Pero imagino que no querrás que nos sentemos a comer y tenga que pagar yo ¿verdad?
— ¿Qué quieres decir? – preguntó, mirándola por primera vez.
— Quiero decir, cariño, que cuando salgas conmigo el que tiene que pagar los gastos eres tú y no creo que tu sueldo dé para tanto. De modo que todas las invitaciones correrán a tu cargo ¿Te molesta eso?
— No, claro que no.
— ¿Te sientes mejor ahora?
— Siendo así, por supuesto.


Sin embargo, aquel sábado, ella le compró dos trajes, dos pares de zapatos, media docena de camisas, media docena de corbatas y una docena de mudas interiores y todo de una calidad que el no hubiera podido pagar. Tuvo que admitirlo porque ella se sentía feliz haciéndolo.


Comieron en el Corte Inglés, en uno de los restaurantes típicos de la cafetería. La comida fue espléndida y el vino de Rioja de Reserva era excelente, pero también lo fue la nota que rayó en las quince mil pesetas. Otras diez mil tuvo que pagar aquella tarde en un motel en donde se follaron durante un par de horas bebiéndose una botella de champán en los descansos.

Pero, de todas formas, al regresar a Benicasim le sobraban quince mil pesetas. A la semana siguiente volvió a encontrar en el mismo sitio otras cuarenta mil pesetas sin haber hecho gasto alguno. Cuando salía sólo con ella todos los gastos de hotel, comida y bebida corrían de su cuenta. Con todo y eso, el finalizar el mes había ahorrado setenta mil pesetas que, añadidas a las ciento sesenta que ganaba, fueron aumentando su cuenta corriente de forma muy satisfactoria.


Transcurrieron los meses sin que nadie sospechara que en ausencia del marido, Aurora y Ernesto se pasaban las noches en blanco disfrutándose ardientemente. Los dos ardían en la misma hoguera de pasión desbocada y se poseían a la menor ocasión que se les presentaba, estuviera o no el marido en casa. Cuando Apolinar pasaba la noche con Martina o con Elvira, Aurora hacía lo mismo con Ernesto. La primera noche que la vio entrar en su habitación estando el marido en casa se asustó, temiendo que el marido hubiera seguido a la esposa. Fue incapaz de excitarse lo suficiente para penetrarla, hasta que ella le juró por sus hijos que entre su esposo y ella habían llegado al acuerdo de no inmiscuirse en la vida amorosa del otro.


Los dos podían hacer lo que les diera la gana, siempre que no trascendiera más allá de los muros del chalet. Con el tiempo y por alguna razón que Ernesto no llegó a comprender aquellas noches en que la poseía con el marido en casa, su deseo de gozarla se centuplicaba y hora tras hora, con una erección inacabable pese a las eyaculaciones, la transportaba a cimas de placer que la arrebataban hasta el delirio en éxtasis que la desmayaban sin sentido sobre el musculoso cuerpo del amante.


Marchaba a su habitación rayando el alba y Ernesto se dormía como un leño hasta las diez o las once de la mañana sin que nadie viniera a molestarlo. Cuando bajaba a desayunar tampoco nadie le hacía preguntas y si en alguna ocasión el señor de la casa necesitaba de sus servicios Aurora se lo advertía por anticipado


Regresó de su ensoñación al dejar la autopista para entrar en Benicasim. Cuando tocó el cláxon ante la verja de entrada para que la puerta se abriera y encerró el coche en el garaje, ella estaba atareada en el jardín arreglando las rosaledas. Se acercó y lo miró fugazmente.

— ¿A dónde te ha enviado? – quiso saber.
— A la imprenta.
— ¡Vaya! ¿Y no ha podido enviar a otro?
— No sé, pero imagino que pronto daréis una fiesta.
— ¿Por qué lo dices?
— Ha mandado hacer cincuenta fajos de papel que parecen billetes de diez mil pesetas en blanco. Supongo que quiere gastarle una de sus bromas a alguien.
— No, no es eso, cariño. Creo que está metido en un buen lío y Cabalgante tiene algo que ver con el asunto.
— ¿Es que te ha dicho algo?
— Algo me ha dicho, pero no lo principal. Ya te lo explicaré esta noche. ¡Ah, y por cierto! Espero que no te líes con Martina o tendrás un o.
— Aurora, te juro que ya no sé qué hacer para quitármela de encima. ¿Por qué no la despides?
— Porque entonces él te despedirá a ti, por eso. Algo haré al respecto, supongo que tendré que buscar primero a otra que le agrade. No sé, ya veremos.
— ¡Ah!, se me olvidaba. Tu marido me ha dicho que estará ausente varios días.
— Estupendo. Eso me viene de perlas. Vete a tu habitación. Ya hablaremos. Disimula y no mires. La muy zorra de Martina está espiándonos tras la ventana.


Ella dio la vuelta encaminándose hacia el próximo rosal, mientras él, procurando no mirar hacia la casa, se encaminaba de nuevo hacia el garaje pensando en como deshacerse de la zorra de Martina. Estaba muy cachonda y follaba de maravilla, pero se estaba exponiendo en dos frentes y eso podía costarle el empleo. No estaba dispuesto a consentirlo. Debió haber evitado quedarse a solas con ella en el chalet aquella primera vez, cuando tuvo la desfachatez de presentarse en su habitación tan desnuda como la parió su madre. Estaba cachondísima y él no era de piedra. Hacía un año que se la estaba follando y tarde o temprano acabarían por descubrirlo. Tenía que acabar con aquello fuera como fuese y, además, olvidarse de Elvira para siempre.



Fue por la noche, cuando, después de disfrutarse dos o tres veces, ella le explicó que había encontrado entre los papeles del marido una citación judicial según la cual un tal Jaime de Orellana le reclamaba mil cuatrocientos millones de pesetas por daños y perjuicios. Si dicha reclamación se hubiera efectuado sobre Cerámicas Beltrán ella no se hubiera preocupado tanto, pero tratándose de una reclamación personal de semejante cuantía no estaba dispuesta a sacarle las castañas del fuego con su dinero.


En las cuentas corrientes particulares ya faltaban más de ciento cincuenta millones de pesetas sin contrapartida. Cuando ella le pidió explicaciones al marido, éste se limitó a decirle que Cabalgante lo estaba chantajeando sin querer explicarle las causas del chantaje. Tampoco quiso explicarle a qué se debía la reclamación de daños y perjuicios que le presentaba Jaime de Orellana.


Aurora sabía que, por dinero, Cabalgante era capaz de chantajear a su propia madre, pero no atinaba a descifrar por qué Cabalgante, en otro tiempo uña y carne de Apolinar, lo sometía ahora a un chantaje, ni si éste chantaje tenía algo que ver con la reclamación de daños y perjuicios de Orellana.


Ella se había enfadado por la falta de explicaciones, las cuentas corrientes particulares eran conjuntas y no estaba dispuesta a pagar las trapisondas de su marido, por lo tanto había transferido a otro banco la mitad del saldo de la cuenta corriente, incrementado con los ciento cincuenta millones que faltaban; en total, trescientos diez millones de pesetas. Dado su régimen matrimonial de separación de bienes, el marido no podría utilizar la cuenta sin su autorización. Pero Aurora tampoco se fiaba del director de su banco, muy amigo de Apolinar y, para evitarse posibles sorpresas, había pensado depositar a su nombre en la Banca Mora de Andorra, trescientos millones de pesetas.


Aurora le indicó a su amante que, al día siguiente, debería acompañarla al banco para retirar el dinero. Imaginaba que tal cantidad de papel pesaría demasiado para ella. Debía preparar un pequeño equipaje pues, durante dos o tres días, vivirían en Andorra como marido y mujer.

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Lun Nov 03, 2008 14:28
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Hola, Fray Lucho.

He pasado el texto de tu otro post a continuación de este, dado que sigue siendo sobre lo mismo. Te ruego que, si añades más, lo hagas a continuación.

Borraré este mensaje mío cuando vea que lo has leído, para no "ensuciar" la lectura...

Y anímate a comentar algo más en otros mensajes.

Un saludo.

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Lun Nov 03, 2008 14:30
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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com